Capítulo 34 #2
—Hasta los camiones la notan —dice Jack.
—¿Ea? —pregunta Mary.
Jack señala el motivo de su anterior asombro: huellas de neumáticos.
—Esta noche nuestros camiones se han movido. No mucho, solo uno o dos metros, pero también a ellos los arrastra.
Ry dirige un gesto hacia los árboles.
—Miradlos. —Están todos inclinados hacia el sudoeste.
—Sí.
—¿Hoy?
—Seguramente no. Quizá mañana. O al otro, si surgen problemas. —No especifica con qué clase de problemas podrían toparse y ninguno pregunta.
—Será un alivio —dice Mary—. No es solo la atracción de la Garganta lo que sentimos.
Tampoco a este respecto hacen preguntas. No es necesario. Mary se refiere al ka-shume , esa sensación de que se avecina un desastre. Jack supone que incluso Richard la siente.
Ry da un breve abrazo a Mary, tal vez para demostrarle que aún son amigos…, o al menos compañeros de viaje.
—Las cosas seguirán el rumbo que tengan que seguir.
—¿Y ahora quién va de puto Wayne Dyer? —pregunta Jack.
—Chúpame un huevo.
—No cuentes con ello.
Va a la cabina de Francesca. En el habitáculo de la litera, apilados sobre latas y botellas y cajas traídas del Fuerte 19, están los trajes antirradiación.
Saca uno y toca el símbolo. Emite un tenue resplandor amarillo.
Se plantea cogerlos todos y ordenar a Ry y Mary que se lo pongan.
Protestarían, pero obedecerían; al fin y al cabo, él es su dinh.
Lo descarta. Mary echaría pestes y se quejaría de que no hubiera traje para Richard. Y, como Ry ha dicho, ¿para qué?
Ka-shume.
4
Una hora más tarde, cuando el bosque empieza a clarear, Ry detiene a Francesca.
Se encarama a la plataforma del vehículo, se instala detrás de la calibre cincuenta y la gira.
Jack para detrás y, en el lado izquierdo de la carretera, ve que unos árboles se agitan y parten.
Mary se apea de Lazaro. Richard la acompaña.
Ry les pide a gritos que vuelvan a montar en el camión.
Cincuenta metros más adelante, los árboles se vienen abajo y aparece algo salido del póster de una película de terror.
De unos cuatro metros y medio de altura, tiene el cuerpo bulboso y erizado de unos tentáculos gruesos y cortos que mueve y retuerce sin orden ni concierto.
Media docena de ojos rugosos escrutan desde una cara que tal vez en otro tiempo fuera femenina.
La nariz y la boca se han fundido en un pico fofo y tembloroso.
La criatura tiene una expresión de pesadumbre atormentada.
Sus piernas no son más que muñones. Al parecer, su principal recurso para impulsarse es una cola que excava un surco a través del asfalto agrietado de la carretera.
Bajo el vientre le cuelga una bolsa semitransparente llena de seres que se revuelven.
De su boca fundida sale una voz entre chillido y maullido que trata de formar palabras.
No le dispares , ruega mentalmente a Ry. Si lo haces, volverá esos ojos grandes y arrugados en esta dirección. Y, Dios y Gan benditos, ¿qué pasa si hay más como ella?
Ry no dispara, o bien porque sus pensamientos han coincidido, o bien porque, horrorizado como está, ni siquiera se le ha pasado por la cabeza.
La criatura repta a través de la carretera arrastrando tras de sí su bolsa llena de horrendas crías.
Tiende los tentáculos y los enrolla en torno a los troncos de los árboles del lado opuesto de la carretera.
Uno le cae encima, y ella, con una especie de repulsivo contoneo, lo aparta a un lado.
Se abre paso premiosamente a través del bosque, dejando a su espalda una maraña de árboles derribados.
En los troncos brilla una especie de baba o icor que la criatura ha… ¿qué? ¿Rezumado? ¿Sudado?
Ry baja del vehículo y corre hacia Jack. Mary se acerca a ellos. Tiene la cara cenicienta.
—¿Qué era eso? —pregunta. Se contesta ella misma—: Da igual. No quiero saberlo.
—Ayudadme a retirar los árboles de la carretera —les dice Ry.
—Ea —responde Mary—. Pero pongámonos guantes, ¿eh? Tenemos, ¿no?
Tienen y se los ponen. Los árboles están muertos y apenas pesan.
El rastro de baba que ha dejado el ser monstruoso se mueve bajo sus manos, se revuelve bajo sus manos, y, mientras empujan los árboles muertos a la cuneta, Jack ve que la baba sigue viva.
Está convirtiéndose en los gusanos —aunque más pequeños, al menos de momento— que vio en su primer viaje a la Garganta.
—Tenemos que salir de este bosque —dice Mary.
—Pues sea —coincide Ry, que encabeza la marcha a bordo de Francesca.
Jack y Mary lo siguen. Antes de dejar atrás el bosque, pasan por otro de los puntos de referencia que Jack recuerda: los restos del árbol que apartó del camino con un misil.
Aquí había mutantes lentos —uno le pidió con señas que disparase contra él y acabase con su sufrimiento—, pero ahora no hay ninguno.
Cuando por fin salen del bosque, empieza a caer una lluvia ligera aunque persistente. No sopla el viento, pero la atracción de la Garganta arrastra las gotas hacia el sudoeste. Jack piensa: Antes todo estaba al servicio de los Haces. Ahora todo está al servicio de la Garganta. Al menos aquí.
Jack toca dos veces el claxon. Cuando Ry y Mary se apean, les explica que se acercan a un tramo de pronunciada pendiente y que tendrán que ir reduciendo a marchas más cortas.
—Aquí no hay zona de frenado de emergencia.
Superan la bajada y se detienen a pasar la noche en el límite de un llano cubierto de hierba que Jack también recuerda de su viaje anterior.
Mientras Ry prepara la cena (muesli con pasas), consulta el símbolo de uno de los trajes antirradiación.
Ahora emite un resplandor amarillo constante, y la atracción de la Garganta es aún mayor, menos moderada, más semejante a la fuerza de gravedad.
Pronto , piensa Jack, no será como la gravedad de la Tierra, sino la de un planeta gigante como Júpiter.
Les sugiere que echen el freno de estacionamiento.
—¿Es esta la última noche? —pregunta Ry.
—No lo sé con seguridad.
—Eso lo interpretaré como un quizá rotundo. —Ry regresa a su camión y rebusca entre las pilas de la artilla. Vuelve con un plato cubierto por una campana de servicio. Hace una reverencia ante ellos y, en un francés más que aceptable, dice:
— Un dessert spécial pour une nuit spéciale pour la mademoiselle et le monsieur.
Retira la campana y deja a la vista un bizcocho con glaseado de chocolate.
—En principio tenía que salir redondo, pero la levadura estaba chunga, o sea, muy muy chunga.
—Ha quedado precioso —dice Mary—. Gracias, sai. Mucho mejor que los E. T. de Caiden’s Candies.
Jack está de acuerdo con ella, y también Richard, que se sienta con su trozo en las patas delanteras y lo devora en tres bocados. Le quedan en los bigotes migas de chocolate, que se relame.
—Cuéntanos cómo viniste a Mundo Medio, Jack —lo anima Ry—. De niño. Me gustaría oírlo.
—A mí también —añade Mary—. Cada fogata necesita su historia de campamento.
—También —repite una vocecilla ronca.
—De acuerdo, ¿por qué no? —accede Jack—. Aunque por entonces yo lo llamaba los Territorios.
Les cuenta que su amigo Speedy tenía su propio gemelo en los Territorios. Parkus no era un pistolero, pero sí, casi con toda certeza, un dinh de la estirpe de Eld.
—Me dijo que, si conseguía un objeto llamado Talismán, podría salvar con él la vida de mi madre. Eso era verdad, pero también quería utilizarme… como peón, supongo…, para arrebatárselo a Morgan. En ese sentido, era como Hestin: me utilizó para cumplir más de un objetivo.
No lo cuenta todo —para eso habría necesitado la noche entera y parte del día siguiente—, pero les habla de Oatley, en Nueva York, y de cómo acabó siendo un trabajador en régimen de servidumbre de un tal Smokey Updike.
Relata cómo encontró a Lobo en los Territorios y cómo terminaron recluidos en el lado de Estados Unidos.
Les cuenta cómo dio Lobo su vida por salvar al rebaño y que el rebaño era cierto Jacky Sawyer.
Y les cuenta algo que había olvidado hasta que estuvo en el Fuerte 19: su amigo Richard y él atacaron una empalizada llena de lobos malos en un lugar conocido como Camp Readiness.
—El tren de Morgan iba cargado de armas en cajas que, según la etiqueta, contenían piezas de maquinaria. También llevaban el dibujo de una fruta, y dentro había fruta. Estaban llenas de piñas.
—¿Y granadas? —pregunta Ry.
Jack asiente con la cabeza.
—Volamos por los aires aquel nido de ratas, sobre todo porque teníamos el factor sorpresa de nuestro lado.
Podría decirse que Camp Readiness no estaba preparado para un par de niños con armas automáticas y granadas.
De allí fuimos a Point Venuti, en California.
Un ka-tet de dos. Para entonces, Richard estaba enfermo.
Digamos que tenía alergia a Mundo Medio, pero no creo que hubiéramos podido volver aun si hubiéramos querido. Nos atraía.
—Como la Garganta —dice Mary.
—Sí. Como la Garganta. Dices verdad.
5
Esa noche no tienen visitas, ni lobos malos ni mutantes lentos ni horripilantes abominaciones.
La lluvia cesa y los tres se quedan ahí sentados hasta tarde, contemplando al norte los vertiginosos saltos y vaivenes de las bolas de fuego sobre las Tierras Arrasadas, que a veces chocan y dejan de existir en medio de un estallido de resplandecientes destellos de luz verde azulada.
Cuando Ry le pregunta qué puede ser eso, Jack no tiene más respuesta que un gesto de negación.
Conversan —tranquilos pero muy conscientes, aun sin hablar de ello, del ka-shume que ahora los rodea— sobre los Estados Unidos que ellos conocieron antes de su exilio en Mundo Medio.
Sobre los momentos destacados de su vida allí.
Mary cuenta que fue al Radio City Music Hall de niña y que después su mayor deseo era ser una Rockette.
Ry explica que vio De profesión: invencible en el Loew’s de Times Square y sigue con su breve etapa como chófer de limusina, que terminó en una pelea a puñetazos.