Capítulo 34
En el decimotercer día después de salir de Dezi, la carretera se estrecha y asciende en una sucesión de curvas cerradas.
A la izquierda, hay escarpados montes cubiertos de una vegetación amarillenta y birriosa, y laderas de terreno arenoso y desmoronadizo; a la derecha, una pendiente que es casi un precipicio.
Hacia el noroeste, un paisaje despoblado que se aleja hasta difuminarse en el horizonte.
A lo lejos, Jack alcanza a ver una vez más los raíles de acero por los que Richard y él fueron a la costa oeste del lado de Estados Unidos.
A Point Venuti.
Mientras Francesca se ciñe despacio a cada recodo, Jack contiene la respiración y se pregunta si son las nueve menos diez en París.
El carro artillado, aparte de ser el más grande y pesado de los tres vehículos, es también el más ancho, y Jack ve bien (mejor de lo que querría, en realidad) cómo se desprenden fragmentos del borde de la carretera cuando las ruedas exteriores de Francesca trazan cada nueva curva.
Y cada vez que el propio Jack supera una de esas curvas, deja de respirar hasta que ve reaparecer detrás a Lazaro, en cuya cabina Mary va encorvada sobre la palanca de dirección y Richard mira con los ojos brillantes a través de su lado del parabrisas.
Llegan al sitio donde el peñasco bloqueaba el paso.
Su caída se llevó medio metro del lado derecho de la carretera.
Ry se arrima lo máximo posible a la izquierda, pero la mitad de las ruedas exteriores asoman por un instante al precipicio, ancladas solo por las ruedas interiores y el peso del camión.
El retrovisor del lado del conductor de Francesca se desprende y se hace añicos.
Con el contorno lateral de la plataforma, abre un surco en la ladera que se alza imponente a la izquierda en medio de una lluvia de polvo.
Jack nota el traqueteo al pasar sobre la tierra que Francesca ha dejado atrás y oye una voz que le habla en la cabeza, breve y muy potente.
Es una especie de exclamación inarticulada, quizá de inquietud.
Es la voz de El Grande Plasum que él transporta, y entiende que sería imposible resistirse a esa voz si le ordenara que se quitase la vida o matase a los demás.
Seríamos incapaces de oponernos. Pero quizá no sea eso lo que debemos hacer.
Paran a comer a primera hora de la tarde.
Más adelante se encuentran el socavón cubierto de cascotes que Jack recuerda.
Ahora le parece recordar todas las hondonadas y giros.
Están acercándose. Siente cada vez más fuerte la atracción de la Garganta.
Aún no es gravitacional, sino más bien como el tirón de la marea menguante.
Cuando alza la vista, ve que las nubes avanzan también hacia el punto de atracción, como si las nubes, tal como cuentan las leyendas, siguieran el Camino de los Haces.
Ry abre una lata de carne picada, la huele y dictamina que está en buen estado. (Lo que en realidad dice: No nos envenenará ). La calienta y la comen envuelta en insípidas tortas de pan ácimo.
—Esto estaría mucho mejor con salsa de taco y cebollas —comenta Mary.
—¡Ya ves tú, me pinchan y no sangro! —exclama Ry—. Me olvidé la Old El Paso. Me acercaré al Gristedes en la Segunda Avenida y compraré una poca. Y de paso una lata de caviar y una morterada de foie-gras.
—Los cocineros son muy susceptibles —confía Mary a Richard.
—Vaya que sí, muñeca.
—Ha habido un par de veces que he pensado que te salías de la carretera, Ry —comenta Jack.
—Eso lo tenía controlado. Más me preocupaba el monte de la izquierda. Un sitio ideal para una emboscada. Ahí una pandilla de pelirrojos no tendría ni que disparar. Les bastaría con provocar un corrimiento de tierra, y ángel, ángel, abajo vamos.
—Casi todos los pelirrojos han desaparecido —dice Mary—. Puede que todos. Se han tirado estúpidamente a la Garganta como ratones y allí duermen. O hibernan. ¿No es así?
—Esperemos —contesta Jack, aunque piensa que llegar a la Garganta sin que nadie los estorbe y echar allí su cargamento sería demasiado fácil.
Desde luego, no se corresponde con el sinfín de testimonios con los que el viejo Joe Campbell ilustra el viaje del héroe.
Jack sospecha que, si lo que sea que vive en la Garganta es capaz de pensar y planear, es posible que haya apostado una guardia perimetral de pelirrojos para protegerse.
Ciertamente es lo que él haría—. Prevé lo peor y sorpréndete gratamente si las cosas salen bien.
—Caramba —dice Ry—. No es solo nuestro dinh : es el puto Wayne Dyer.
—Como tú digas —responde Jack—. ¿Podemos seguir adelante?
2
La carretera penetra en un bosque de árboles muertos en su mayor parte que Jack también recuerda.
Y no le gusta. Cuando llegan al límite de esa arboleda muerta, surge un alarido de sus profundidades.
Empieza como un grito de dolor infantil, se intensifica hasta convertirse en un aullido y después disminuye hasta degenerar en una risa burlona.
Ry para y se apea con la pistola de rayos en la mano. Mira alrededor, no ve nada y después retrocede hasta el camión de Jack.
—¿Qué coño era eso? —Corpulento como es, parecía casi indiferente ante la posibilidad de caerse al lecho seco del río Thomas y, en cambio, ahora se lo ve asustado—. ¿Lobos?
Mary se acerca a ellos con Richard al lado.
—Pienso que los únicos lobos en esta parte del mundo son los que nos tendieron la emboscada en el Fuerte 19, y están todos muertos —dice Jack—.
Eso ha sido…, no sé qué ha sido. Pero seguid con las ventanas cerradas, ¿vale?
Porque hay otras cosas. En mi primer viaje, una mañana desperté con el parabrisas cubierto de bichos blancos.
Parecían gusanos. Solo que eran, ya me entendéis, muy grandes.
El rostro de Mary es el vivo retrato de la repugnancia.
—Lo dices en broma.
—Por desgracia, no. —Jack se explica lo mejor que puede—. Nos acercamos a la Garganta…
—Lo noto —dice Ry—. Esa atracción.
Mary asiente con la cabeza.
—… pero además no estamos muy al sur de las Tierras Arrasadas. Al lado de los mutantes lentos que vi en esos bosques, los que nos hemos encontrado antes parecen actores de cine.
Mary señala los árboles muertos, que crecen en medio de una maraña de maleza igualmente muerta.
—¿Eso es por la radiación? ¿O por los malos espíritus?
—¿Hay alguna diferencia? —pregunta Ry.
El aullido inconexo se repite, pero esta vez se suman otros.
—Eso no son mutantes lentos —dice Mary.
—No —coincide Jack—. Volved a vuestros vehículos. Mantened las ventanas cerradas. Y bloquead las puertas.
3
Conducen casi hasta que oscurece. Jack albergaba la esperanza de salir del bosque, pero no ha sido posible.
Los árboles despiden un olor acre, como de desechos industriales antiguos.
Lo lleva a pensar en Love Canal, pero no lo dice; aquella pifia ecológica tuvo lugar después del cuándo de Ry y Mary.
Estacionan en paralelo a lo ancho de la carretera, bloqueando el paso a modo de barricada. No han visto mutis lentos, lo cual no reconforta a Jack. Por el contrario, lo preocupa aún más, porque estaban aquí la última vez que él atravesó este lugar repulsivo. ¿Qué ha sido de ellos?
De buena gana habría seguido después de oscurecer, pero el combustible escasea y la carretera está en muy mal estado, flanqueada por profundas zanjas lodosas a ambos lados.
Salirse de la carretera y acabar con un camión embarrancado después de sobrevivir no a un puente inestable, sino a dos —por no hablar de las cerradas curvas recién superadas—, sería no poco irónico.
Posiblemente también implicaría el final de su misión.
Jack no puede estar seguro de si se necesitan los dos El Grandes para cerrar la Garganta —su intuición sigue desaparecida—, pero lo está.
Toman una cena fría en los camiones y montan guardia desde dentro; abren las ventanillas solo para hablar entre sí.
Jack nunca se ha sentido tan solo y la noche se le hace muy larga.
Aullidos y risas inconexas surgen del bosque, a veces a lo lejos, a veces demasiado cerca para su tranquilidad.
Destella algún que otro relámpago, pese a que el cielo está despejado y han salido las estrellas.
Jack entra en un duermevela, atormentado por un mal sueño que se interrumpe cada vez que esa criatura (o criaturas) gañe y grita, y luego vuelta a empezar.
Visita a Judy Marshall en el ala psiquiátrica del hospital Luterano del Condado de French.
Pese a que esa ala está cerrada, la traspasa un viento que agita las sábanas, convirtiéndolas en fantasmas de dibujos animados, y zarandea los frascos de suero suspendidos de sus soportes.
En alguna parte lúcida de su mente, Jack entiende que el viento de su sueño es en realidad la atracción de la Garganta.
Dos veces se despierta con una sacudida y cree ver grandes siluetas deslizarse entre los patéticos árboles, pero no está seguro de si realmente se despierta o si eso forma parte del turbulento sueño.
Al menos no hay gusanos. En el decimocuarto día, cuando por fin despunta el alba, una luz débil se filtra a través de un cielo encapotado.
Jack se apea para hacer sus necesidades y estirar las piernas.
A la vez que se desabrocha los botones de la bragueta con una mano y empuña la Glock con la otra, retrocede hasta la parte de atrás de Sorcerer. Mientras mea, advierte algo asombroso.
Al cabo de un rato se reúnen los tres frente a Francesca.
Ahí, de pie, Ry les sirve un desayuno tan mísero como los árboles que los rodean: mantequilla de cacahuete untada en tortas de pan ácimo.
La mañana no es del todo fría, pero hace fresco.
Mary se ha puesto una manta a modo de chal.
Jack la ve ondear, pese a que no sopla la brisa.
Ve las nubes moverse con rapidez. A veces se separan lo suficiente para dejar a la vista retazos de azul.
—Aquí es más intensa —comenta Ry. No necesita explicar a qué se refiere; todos sienten la atracción.