Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

—Habrá que hacer el esfuerzo, señorita . Si tenemos que seguir adelante con esto, sigamos. Eso significa ponerse otra vez en marcha de inmediato. ¿Algún problema con eso, mi dinh ?

Jack opta por pasar por alto el sarcasmo.

—No. Pero más adelante hay otro puente. La señora Talbot, mi Binny Ding, lo llamaba Puente 775.

—Dios mío —dice Ry—. Ya estamos repitiéndonos.

—Este es bastante inestable.

—No estará tan mal como el último, espero —comenta Mary.

—No lo creo, pero desearía que al menos alguno de estos camiones tuviera ordenador de a bordo. La señora Talbot no solo contaba chistes; tenía sus habilidades.

—Francesca tenía un sistema de navegación que hablaba —dice Ry—. A George le parecía la caraba. Dejó de funcionar al segundo día.

—El mío era como el de Winola —dice Mary—. Dijo: «Las herramientas de software se están actualizando. Esto puede requerir un tiempo». Después de eso, nada.

—La señora T, mi Binny, hizo una especie de magia con un sonar y dijo que la probabilidad de que el puente no aguantara era solo del ocho por ciento. Estos camiones pesan más, claro, en especial con El Grande Plasums a bordo.

—Puede que Francesca sea el vehículo más pesado —señala Mary—. Además de las armas, hemos cargado la artilla y comida del fuerte.

—Si hay alguna manera de evitar el Puente 775 —dice Jack—, deberíamos buscarla.

—¿Cómo se supone que vamos a encontrar un desvío sin sistemas de navegación? —pregunta Ry—. ¿Has resuelto eso, oh, gran dinh ?

Jack contiene el mal genio. No es fácil. Responde:

—Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.

Mary lo señala con el dedo y dice:

—Ya lo pillo.

7

Ya es casi el final del día cuando llegan al 775.

Al verlo, Jack se acuerda del puente sobre el río Nadie y siente un amago de temor.

La última vez que estuvo aquí, activó el piloto automático de la señora T y cruzó el puente a pie detrás de ella.

Ese es un lujo que ninguno de ellos puede permitirse esta vez.

Tenemos que sortearlo.

Toca dos veces el claxon, la señal para detenerse.

Mary obedece y se coloca detrás de él. Ry no.

De hecho, acelera. Jack toca otra vez: primero un bocinazo doble, luego uno largo.

Ry no presta atención. Levantando una estela de polvo con el carro artillado al que puso el nombre de una chica de la que se enamoró en el instituto, accede al puente a buena marcha bajo un cielo que en el oeste adquiere ya la coloración rojiza del ocaso.

Jack se apea de Sorcerer y Mary corre hacia él.

—¿Se ha vuelto loco? —pregunta con la respiración entrecortada.

—No —responde Jack—. Es por el desconsuelo.

Juntos, observan y esperan el final de Ryall…, que, en realidad, parece desear.

El puente gime y se mece sobre el lecho seco y rocoso.

La calibre cincuenta y la SAW se tambalean como borrachos sobre sus soportes.

Al acercarse Francesca al extremo opuesto, la inclinación del puente herrumbroso aumenta, y Jack oye un chirrido cuando Ry pone primero una marcha más baja y después la tracción a las cuatro ruedas.

El carro artillado vacila, las ruedas traseras giran en vacío y al final, en una última acometida, abandona el puente y llega a la orilla contraria.

Jack y Mary observan mientras Ry maniobra para orientar el vehículo de cara al puente.

Tener a mano el cabrestante es una buena idea, pero Jack no cree que sirva de mucho si el puente se desmonta mientras Mary o él lo cruzan.

Ry se apea y se acerca al borde del puente. Les hace señas con los dos brazos en un gesto de commala-come-come.

Jack entra en el camión y se dispone a cerrar la puerta cuando Mary lo agarra por el brazo.

—Ese vehículo enorme suyo puede haberlo debilitado mucho —dice ella.

—Ajo y agua.

—¿Cómo?

—A joderse y aguantarse.

Jack cierra de un portazo y pone a Sorcerer en marcha.

Avanza hacia el puente a la vez que se dice que es un disparate.

Recuerda que una vez su madre le dijo que «macho» y «memo» son sinónimos de idiota.

Si el puente se desarma, ¿lo salvará El Grande Plasum ?

¿Levitará el camión? ¿Flotará hasta el otro lado del barranco seco? Estaría bien pensar que sí.

Se dice que, si cae, Mary se salvará. Que encontrará una manera de sortear el puente. Que quizá se reúna con Ry o quizá no.

Lo hará. O lo intentará.

Enseguida está sobre el puente. Este emite una sinfonía punk-rock de chirridos que suenan a acople de guitarra.

Nota un golpe sordo en el suelo y la vibración que le sube por las piernas.

Piensa: Son las nueve menos cinco en París y estoy perdido , pero ha sido solo la rotura de una de las lamas metálicas.

Sigue adelante, con la mirada fija en Ry, que se acerca poco a poco.

El morro arrugado del camión se empina. Jack pone la tracción a las cuatro ruedas y pisa a fondo. Las ruedas traseras giran en vacío, las delanteras agarran, Sorcerer accede a tierra firme y casi choca con el camión de Ry.

— ¡Retrocede, sal del medio! —exclama Jack—. ¡Si ella se va abajo, ese cabrestante no le servirá!

Ry echa atrás el carro artillado sin rechistar. Corre hasta donde está Jack. Este no acaba de creerse que siga con vida.

—Mejor será que ella no lo intente —dice Ry—. Ya se han roto cinco o seis lamas.

—Demasiado tarde.

Mary echa marcha atrás para cobrar velocidad, revoluciona el motor dos veces y acto seguido empieza a cruzar el puente.

Jack ve su cara, blanca y resuelta. Richard observa a través de su lado del parabrisas con las patas delanteras apoyadas en el salpicadero.

El metal torturado aúlla. Saltan tornillos con estampidos similares a disparos.

El puente se balancea. Cuando ella llega al final, Jack lo considera un milagro.

El 775 se ha combado mucho y se ladea de manera muy acusada.

Mary trata de poner una marcha más baja.

Lazaro petardea y se cala. Cuando ella pisa el embrague para volver a arrancar el motor, el camión retrocede en el puente chirriante.

—Me cago en la puta —exclama Ry, y corre hacia el puente. Cuando rodea la cabina, el retrovisor del lado del conductor de Lazaro le golpea el pecho. Se tambalea en el borde del puente.

Mary abre su puerta y grita:

— ¡Agárrate, gilipollas!

Ry se agarra a la puerta, pero se hunde hasta la rodilla en el hueco de una lama rota. De inmediato, se encarama al camión (perdiendo una bota en el proceso) y entra en la cabina.

Se oyen tañidos vibrantes a medida que los cables que sostienen el puente se desprenden uno tras otro.

Jack se queda a un lado, sin poder hacer nada más que observar mientras Ry aparta a Mary con el codo hacia el asiento del acompañante, pisa a la vez el embrague y el freno, y arranca de nuevo a Lazaro.

El motor rechina cuando lo revoluciona. El tubo de escape expulsa un humo negro azulado.

Lazaro sube con un rugido el último repecho al mismo tiempo que ceden los soportes del extremo opuesto del puente.

Segundos después de que el camión llegue a tierra firme, el Puente 775 se precipita al fondo del barranco como una serpiente de acero y aterriza en medio de una nube de polvo.

Los puentes también son gemelos, supongo , piensa Jack.

Ry apaga el motor y se apea. Mary desmonta del lado del acompañante con Richard en brazos y rodea el capó de Lazaro.

—Mujeres al volante… —comenta Ry al tiempo que menea la cabeza.

Mary no vacila: todavía con Richard contra el pecho, sujeto con un brazo, echa atrás el otro, cierra el puño y sacude a Ry en la boca.

Él no se lo espera y casi se desploma. Mary lo mira y enarca las cejas, como si le preguntara si quiere más.

Richard no gruñe, pero enseña los dientes.

Jack se lleva la mano a la empuñadura de la pistola, pero no desenfunda. Al menos no todavía.

Ry se echa a reír. Richard oculta los dientes. Ry se limpia la sangre del labio inferior partido con la base de la mano.

—Si hubiese sabido que ibas a tomártelo de una manera tan personal, habría mantenido la boca cerrada.

—Buena idea —dice Mary—. Guárdatela para la próxima vez.

—Demos el día por concluido —propone Jack—. A menos que queráis pelear otro asalto.

Ry se acerca al borde del lecho seco que antes era el río Thomas (y volverá a serlo, al menos temporalmente, después del próximo aguacero intenso). Escruta el barranco. El polvo levantado por el puente caído sigue elevándose en nubes. Se vuelve hacia Jack.

—Si uno de esos El Grande cayera ahí abajo, o lo dos, ¿qué pasaría?

—No lo sé. Ni quiero saberlo.

8

Mary monta guardia desde detrás de la SAW mientras Jack y Ry reúnen leña para una fogata. Ry calienta picadillo de ternera y patata en una sartén, y comen vorazmente, como tienden a hacer las personas que han sido indultadas.

Jack se lleva el plato a la plataforma de Francesca, desde donde escruta los montes y los árboles raquíticos y achaparrados a su izquierda y el terreno en declive a su derecha.

Se bebe una lata de Nozz-A-La mientras come, sorprendido de que el refresco conserve aún el gas.

Este es solo un detalle más —uno nimio— en la caja de misterios que es Mundo Medio.

Lo lleva a recordar una cita de Arthur C.

Clarke: «Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia».

Se le ocurre que, si se intercambiaran las palabras «tecnología» y «magia» en esa ingeniosa frase, se obtendría una descripción bastante aceptable de la vida tal como él la ve en Mundo Medio.

Ry restriega la sartén con arena de la orilla del río seco y después sube al lado de Jack. Mary se queda sentada junto al fuego. Ry pregunta cuánto camino les queda por recorrer.

—Creo que al menos tres días. Tal vez cuatro. Adelante hay montes y la carretera se vuelve un poco…, eh…

—¿Peligrosa?

—Sí. Llegaremos a un bosque donde la mayoría de los árboles están muertos. Hay fauna.

—Doy por supuesto que no hablas de bisontes.

Jack mueve la cabeza en un gesto de negación.

—Para empezar, los árboles estaban llenos de gusanos.