Capítulo 33 #2
Con el estómago lleno de comida caliente, Ry se envuelve en su manta y no tarda en empezar a roncar.
Mary apila los platos sucios en el fregadero, con cuidado para no despertarlo.
Jack regresa a la cochera y aparta las cortinas de lona de la parte trasera de Sorcerer.
Al igual que en Lazaro, la caja gris que parecía una caja en la sala más profunda de Arrowhead y después una masa es ahora un pequeño charco quieto…
, rectangular, delimitado por los laterales de acero de la plataforma del camión.
El contenedor de Palle Dawson ha quedado enterrado.
Lo mismo ha ocurrido con las provisiones almacenadas ahí.
Jack piensa que tendrán que reabastecerse antes de salir y guardar la artilla nueva en torno al armamento situado en lo alto de Francesca y en el compartimento de dormir de la parte de atrás de la cabina.
Ahora que son solo tres, dejarán ahí a Goldie.
Tiende la mano con un dedo menos, vacila y acto seguido la coloca sobre la superficie gris de la cosa.
Recuerda cómo desaparecieron las picaduras de araña de la mano y el brazo de Mary.
Cómo se han borrado las quemaduras, por no hablar ya de las arrugas en torno a sus labios y ojos.
La cosa gris es cálida, mullida, dúctil al tacto.
Vuelve a pensar que es casi como ahuecar la mano en torno al pecho de Sophie.
Presiona un poco, esperando que la mano se hunda, pero eso no ocurre.
Empuja más fuerte. La superficie cede un poco, pero no hay inmersión. En lugar de eso acude a él un recuerdo.
Unos caballeros custodiaban aquello a por lo que yo iba. En los tiempos en que Jack era Jacky, de doce años, casi al final de su búsqueda. Era la última tribulación en el camino de las tribulaciones. Luché con ellos, valiéndome de una… una…
—De una púa de guitarra —dice—. Era de Speedy. Pero uno de esos caballeros tenía un… un… ¿qué?
Presiona con más fuerza la masa gris que llena la parte trasera de Sorcerer y se acuerda.
—¡Era un martel de fer ! ¡Un martillo de guerra! ¡Enorme! ¡Espantoso! Pero yo luché contra ellos con la púa ¡y gané! ¡Gané!
Pero ¿por qué? ¿Y por qué cree que fue en parte Jason, el hijo de la reina, quien había sido asesinado por el gemelo de Morgan Sloat?
—Tuve que luchar —dice Jack— porque aquellos caballeros custodiaban el Talismán.
Por un momento lo recuerda casi todo
( salón de baile )
( la gran C confluye con la gran P )
pero se le escapa.
Todavía no , susurra la voz de la cosa gris, la masa. Todavía no.
Retira la mano de la masa. El dedo meñique sigue ausente, pero también ha desaparecido el dolor. Piel nueva, todavía bastante rosada, recubre el muñón rojo.
Como la mejilla de un bebé , piensa.
El resto llegará cuando lo necesite , piensa. Dama de Plata es la llave que abre la puerta.
Se tiende en el colchón improvisado. Las pocas luces con sensor de movimiento que todavía funcionan se apagan.
Jack fija la mirada en la oscuridad. Las voces permanecen en silencio, y eso es un alivio.
Ahora solo se perciben el sonido tenue de un viento nocturno y el olor débil y untuoso del camión cisterna quemado.
Antes de dormirse, decide que cambiará de vehículo con Mary: él conducirá Lazaro, ella conducirá Sorcerer.
Porque en la película de Friedkin solo sobreviven al viaje Jackie y Sorcerer.
Es consciente de que creer que el cambio de camiones alterará los desastres futuros es pura superstición.
Es consciente de eso y, sin embargo, la idea de frustrar ese eco le resulta muy atractiva.
Intenta decidir si situar el carro artillado de Ry delante o detrás de Sorcerer y Lazaro. Ese detalle podría ser importante. Aún está reflexionando a ese respecto cuando sucumbe a un sueño. En él, se encuentra en el cementerio Largos Vientos. Y los gemelos Destry están de pie ante él.
—Ka es una rueda —dice Aaron.
—Siempre vuelve al sitio donde empezó —dice Moses.
Y los dos al unísono:
—Es la rueda en la que vivirás o te quebrantarás.
4
Jack despierta cuando Ry lo sacude.
—No encuentro a Mary. Tampoco al brambo.
Antes de que Jack comience a alarmarse, Mary entra con toda tranquilidad en la cochera, acompañada de Richard, que trota a su lado. Viste un mono limpio de color rojo y lleva el cabello recogido en una coleta. Se la ve radiante. No hay otra palabra para describirlo.
—Me he despertado y no estabas —reprocha Ry—. Me has dado un susto de muerte.
—No podía dormir, así que me he ido a explorar. He encontrado ropa limpia. He probado la ducha, pero el agua se ha cortado sin darme tiempo a enjuagarme. Además, despedía un olor mineral. ¿Me queda bien este rojo? —Realiza un giro de modelo de pasarela.
—Te cuelga un poco en el trasero —comenta Ry.
Mary suelta un resoplido.
—Gracias.
—Por lo demás, te sienta bastante bien.
—¿Eso dices? He aquí un consejo: tienes que trabajarte un poco la técnica si quieres conseguir una chica.
—Si te estás ofreciendo…
—No me estoy ofreciendo.
—Estás guapa —dice Jack. Está más que guapa. La inmersión en la sustancia gris la ha renovado de maneras muy diversas.
—Al menos podrías haberme dejado una nota —rezonga Ry.
—¿Con qué? No hay papel ni bolígrafos ni lápices.
—Podrías haberla escrito en el polvo de la encimera. Enseguida vuelvo, todo en orden. Así de fácil.
—Ahora te estás poniendo quisquilloso —responde Mary con tono jovial—. También yo me he llevado un susto, por si te sirve de consuelo. He entrado en una de esas habitaciones y había dentro una chica . Muy mona y apenas vestida. Casi he chillado antes de darme cuenta de que era una proyección.
—¿Con estrellas en unos minishorts? —pregunta Jack.
—Ea. ¿La viste cuando estuviste aquí la otra vez?
—Sí. También yo me llevé un buen susto.
—Tenemos que salir de aquí —insiste Ry. Se lo ve ojeroso.
Jack sospecha que quizá no haya podido conciliar el sueño pensando en cómo habrían sido las cosas si se hubiera actuado de otro modo. Jack ha tenido su propia dosis de eso.
—Tienes razón —dice Jack—. Mary…
—¿Qué?
Su mirada lo lleva a desear preguntarle cuál ha sido en realidad el motivo de su exploración, porque duda que solo pretendiera encontrar ropa limpia y tomar una ducha. Pero ¿diría ella la verdad? Jack no lo cree. Aun así, siente curiosidad por otro detalle.
—¿Quién te enseñó a disparar?
—¿Eh?
—Cuando disparaste mi pistola, te sujetaste la mano derecha con la izquierda. Postura de tiro. ¿Dónde lo aprendiste?
—En Harry el Sucio.
Ry alza la mirada el techo.
—Dios mío. Y Gan también.
—Fijaos en esto —dice Jack. Alza la mano. Da la impresión de que el meñique lleve años de cicatrización, no solo unos días.
—¿Eso ha sido la masa? —pregunta Mary.
—Sí. Pero la mano no se hundía, ni siquiera al apretar.
—Así y todo…, ¡guau! ¡Increíble!
Se dispone a decirles que ya recuerda más cosas, pero se abstiene. En Mundo Medio hay un dicho: El tiempo pondrá fin a lo que inició, pero solo cuando le venga en gana.
Jack decide creérselo.
5
Ry no pide permiso. Sencillamente ocupa la posición de cabeza en el reducido convoy cuando se encaminan en dirección sudoeste hacia la Garganta.
Sin duda, Ry es consciente de que así se pone en la situación poco envidiable de ir por delante en caso de emboscada, y sin artillero en la plataforma sus probabilidades de supervivencia serán escasas, pero una especie de melancolía fatalista envuelve a ese hombretón desde la muerte de Alice Stines.
Mary se niega a cambiar de vehículo con Jack, y su razonamiento no admite disputa.
—La parte delantera de tu camión está prácticamente destrozada, y dices que tira a la derecha.
Imposible que yo pueda enfrentarme a eso durante los días que aún quedan de viaje, sean cuantos sean.
Además… —Da unas palmadas en el capó polvoriento de Lazaro—.
Me he acostumbrado a este vejete. Y no soy la única.
—Señala a Richard, ya hecho un ovillo en el asiento del acompañante.
En la cochera hay otros muchos camiones, todos en mejor estado que Sorcerer, pero ¿cómo iban a trasladar la cosa gris, a la que Ry ha empezado a llamar El Grande Plasum ?
Ahora debe de pesar trescientos kilos, tal vez más.
Por otro lado, Jack tiene el furtivo presentimiento (no una intuición; estas siguen enmudecidas) de que a El Grandes tal vez no le gustara el cambio.
Así que, a su pesar, con la sensación una vez más de que es un instrumento y no el hombre que maneja el instrumento, Jack cede.
Menudo dinh estoy yo hecho , piensa.
6
A Jack se le ha parado el reloj, así que no sabe cuándo han salido por fin del Fuerte 19, dejando atrás el cascarón quemado del camión cisterna y los restos de los lobos desmembrados, pero, a juzgar por la posición del sol, calcula que deben de rondar las nueve.
La calzada ya no es la carretera de Riven; un indicador ladeado y polvoriento ante el que pasan reza (en inglés) giledee rode , que, interpreta Jack, es como se escribía antiguamente «Gilead».
Tragándose el polvo de Ry (como, supone, Mary se traga el suyo), se pregunta si la «Giledee Rode» lleva realmente a la ciudad mística y mítica donde en teoría vivió y gobernó la familia Deschain.
Lo mismo sería preguntarse si de verdad hay un caldero de oro al final del arcoíris , piensa.
A eso de las doce del mediodía, ve quebradas en zigzag a la izquierda y la derecha de la Giledee Rode. Las recuerda bien del primer viaje. Ry toca dos veces el claxon y todos se detienen. Señala la quebrada de la derecha.
—Supongo que eso no será la mundialmente famosa Garganta, ¿no?
—No. Si estuviéramos cerca de la Garganta, lo notarías.
—Lo noto.
—Yo también —dice Mary—. Una especie de atracción ligera.
—Lo notaréis más. Entretanto, bien podríamos comer. ¿Hay algo apetitoso, Ry?
—Si ha de ser apetitoso, no tienes suerte. Preparé media docena de popkins de pescado antes de salir. Añadí unas especias, que probablemente ya no saben a nada. Sin mayonesa, por supuesto.
—Puaj —dice Mary.