Capítulo 33
Los dos hombres corren hacia Mary. Richard se yergue sobre las patas traseras y apoya las garras delanteras chamuscadas en la pantorrilla de ella, en apariencia inquieto.
La rojez casi ha desaparecido de las mejillas y la frente de Mary.
Eso quizá sea por efecto del plasum , pero las ampollas también se le han curado.
—No podía dormir —dice ella—. Por lo intenso que era el dolor.
La voz de la masa…, mi masa…, seguía y seguía, me recordaba todo aquello por lo que daría cualquier cosa con tal de olvidarlo: cuando David Hartman me preguntó si estaba borracha, solo que lo dijo de manera más educada…
, porque me preguntó si estaba «bajo los efectos del alcohol», porque estaba «arrastrando las palabras»; cuando le dije que era un pelele y medio se rio y contestó que era un buen momento para pasar a publicidad; cuando el director o el productor o quien fuera dijo «Ya estamos fuera de antena» y él me anunció que la entrevista había terminado.
La voz del camión ha dicho: «Te dijeron que te perdieses, que fue una manera educada de mandarte a la mierda», y entonces se ha callado y…
—Mary —dice Ry—. La cara… ¡La tienes mejor!
—Lo sé. Lo noto. —Sonríe. Ese gesto, hace unas horas, le habría dolido—.
La voz ha callado. Luego otra voz, no la de Hestin, pero parecida a la de Hestin, ha dicho que metiera el brazo en el plasum y se me curaría.
La palabra que ha dicho no era plasum , era otra, una palabra que no conozco ni recuerdo, pero he sabido qué significaba y he decidido probarlo aunque fuera mentira, porque cualquier cosa era preferible a las quemaduras.
Aunque me tragara entera, porque así el dolor pararía.
Pero ¿veis? Decía verdad. Las quemaduras han desaparecido.
No es solo que en los brazos y en la cara no tenga ya ampollas y que ya no se le vean los labios agrietados. No es solo que haya empezado a crecerle en las calvas una pelusa, blanca en lugar de un color rubio sucio.
Es como si se hubieran borrado en ella todos los años de alcoholismo y mala vida.
—Si te ayudamos, ¿puedes sacar el brazo? —pregunta Ry.
—Puedo, pero esto todavía no ha acabado conmigo.
No, no ha acabado. Ante sus propios ojos, Jack ve desaparecer las arrugas de la boca y la frente de Mary, incluso las patas de gallo de los ojos.
En los Territorios ha visto cosas extraordinarias, desde hombres voladores hasta un plunja enorme hipnotizado por un bilibrambo diez veces más pequeño, pero nada que se acerque a esto.
—No me fío —dice Ry—. Es una locura. ¡Te está devorando , Mary!
—No. Es verdad que se está nutriendo de mí, pero a la vez me nutre a mí. —Mary incluso se ríe—. Estamos compartiendo el desayuno.
Richard gimotea.
—Enseguida te cojo en brazos —promete Mary—. Jack, ¿y qué me dices del dedo que perdiste?
Jack no sabe qué decir. Se limita a negar con la cabeza.
2
Al cabo de diez minutos, Mary retira la mano y el brazo de la masa gris sin ayuda y sin daños visibles.
Vuelve a tener la piel blanca y arrugada, como si hubiera pasado mucho tiempo en agua caliente.
Jack y Ry siguen cansados —demasiada acción, pocas horas de sueño—; Mary, en cambio, está resplandeciente y vigorosa.
Rejuvenecida. Insiste en prepararles una comida temprana en la cocina.
Abre dos latas de estofado de ternera Dinty Moore y lo pone en uno de los quemadores del fogón eléctrico que todavía funciona.
—Después de comer algo, podéis acostaros otra vez —sugiere ella—. Yo me quedaré vigilando, por si hay problemas. No tengo nada de sueño.
—No irás a esperar a que nos durmamos y entonces nos matarás, ¿verdad? —pregunta Ry. Puede que esté hablando en broma—. Antes de matarte tú…
Mary se ríe.
—Eso jamás. Lástima que no haya pan. Mi madre siempre servía el estofado irlandés con pan. Y esto más o menos es eso.
—Mary, ¿estás colocada? —pregunta Jack.
Ella niega con la cabeza.
—Solo contenta. Aliviada. Es muy reconfortante que haya pasado el dolor. Me hacía mucho daño, de verdad. El único problema que tengo… —Se toca la cabeza—. Me pica en los sitios donde me crece el pelo.
Les sirve los boles de Dinty Moore, que a Jack le sabe tan bien como cuando era niño y su cocinera de Los Ángeles —la señora Esperanza— se lo servía a veces al mediodía.
Y, sí, siempre con pan y mantequilla. Ry y él se comen un bol cada uno.
Mary va a por una segunda ración y luego a por la tercera.
—Plantéate meter la mano en una de las masas —propone Mary—. No diré que vaya a crecerte otra vez el dedo…, pero tampoco digo que eso sea imposible.
—Todavía no me inspira confianza —dice Ry—. Resulta demasiado oportuno.
Jack se siente tentado de hundir la mano en la masa gris (aunque no le creciera el dedo, tal vez le aliviara el dolor del muñón), pero renuncia. Aun así, piensa que Mary tiene razón y que Ry se equivoca. A veces surgen situaciones oportunas. Del mismo modo que a veces ocurren desgracias.
—¿Qué sabes, Mary?
En un gesto despreocupado, ella se limpia la boca de salsa con la manga y responde:
—Ya lo sabes. ¿No?
—Es posible, pero quiero que lo digas.
—Dormían, tal como pensábamos, pero su sueño ha sido cada vez más ligero desde que las sacamos de allí.
—En principio debíamos evitar los golpes o incluso las sacudidas —comenta Jack—. De hecho, las pusimos sobre la arena para aislarlas. Esa parte no era una gilipollez, ¿verdad?
—No. Se puede sacudir a alguien profundamente dormido o gritarle para que despierte, pero lo más probable es que esa persona se ponga furiosa.
Incluso es posible que te dé un puñetazo en la cara.
O sea que sí, debíamos ir con cuidado. Tengo la impresión de que han estado dormidas durante mucho tiempo. Mucho mucho. Siglos, quizá.
Jack no cree que las cajas —los objetos que parecían cajas al principio— las fabricara North Central Positronics.
Esa gente construía dispositivos basados en la ciencia: coches y camiones y pistolas y misiles Dragonfire.
Las cosas grises no tienen nada que ver con asuntos tan racionales.
En lo que se refiere a las masas, los de North Central Positronics no fueron los creadores, sino los custodios.
Y los guardianes. prohibido por una razón.
Porque, en efecto, esas cosas grises son peligrosas.
Cualquier cosa que posee el poder de sanar posee el poder de destruir. Además, está la sensación de déjà vu.
Salón de baile , piensa. Dama de Plata , piensa…, y casi sabe por qué. Tiene que ver con esas masas.
—Me parece que ha sido la explosión del camión cisterna lo que las ha despertado del todo —dice Mary—. Eso no lo sé con certeza, pero estoy casi segura.
—¿Y las voces? —la insta a seguir Jack—. ¿Nos hablan del pasado? ¿A veces quizá del futuro?
—No lo sé —responde ella—. Pero creo que tiene que ver contigo, Jack.
—¿Estás diciendo que Jacky es realmente la reencarnación de Roland de Gilead? —pregunta Ry.
—No. Esto es un eco distinto. ¿Quién tenía cáncer y pulmonía, Jack? Tu madre, ¿no?
—Sí.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
—Es algo relacionado con el Talismán. Yo tenía que conseguir el Talismán. Era una bola. Una bola brillante. O al menos eso creo.
—¿Dónde lo conseguiste?
—Yo iba a pie en Mundo Medio, lo que por entonces llamaba los Territorios, y hacía autostop en el lado de Estados Unidos. Fui a por Richard a su colegio, la escuela Thayer…, más o menos lo secuestré…, y después saltamos a los Territorios y cogimos el tren. Richard y yo.
—¿Qué tren? —pregunta Ry.
—Es difícil de explicar. Pay y yo llegamos a la Estación pasados muchos años.
Esa estación es donde los pelirrojos originales, Kinneston y Speckhoffer, lo mataron.
Pero después, cuando intentaba salvar a mi madre, mi amigo y yo…
, Richard, puse ese nombre al brambo por él…
, cogimos ese trenecito y vinimos a…, bueno…
—¿Dónde? —pregunta Mary.
—Todo eso lo recordaba antes de que esa Kinderling, la muy bruja, me pegara un tiro, pero ya no lo recuerdo. Solo recuerdo que aceleramos y dije a Richard que tenía el tiempo justo para hacer el saludo de los Fish. Imagino que eso no lo recordáis, pero…
—Yo sí lo recuerdo —lo interrumpe Ry—. La banda Country Joe and the Fish . «¿Cómo se deletrea eso? ¿Cómo se deletrea eso?».
—Yo también me acuerdo. —Mary sonríe—. No fui a Woodstock, pero vi la película. ¿Qué pasó, Jack? ¿Qué os pasó a Richard y a ti? ¿Él sigue vivo?
—Sí, pero no recuerdo qué pasó a continuación. Recuerdo que aquello se llamaba Camp Readiness, no Camp Resolution, pero qué era … o dónde… —Menea la cabeza.
—Basta ya de gratos recuerdos de infancia —dice Ry—. Estoy seguro de que fue muy emocionante y te lo pasaste muy bien…
—No me lo pasé bien —contesta Jack—. Nunca. Tenía miedo y me sentía solo.
—Vale, entendido, pero volvamos al presente. ¿Estás diciendo que esas cosas grises están de nuestro lado?
—Son fuertes, sean lo que sean —contesta Mary—. Y, sí, creo que están de nuestro lado. Pero tenemos que llevarlas hasta allí.
Ry la mira con cara de curiosidad.
—¿Hasta qué punto has cambiado, chica?
Jack duda que ella misma lo sepa.
3