Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 32 #4
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Capítulo 32 #4

Los lobos están cerca, con la piel teñida de tinte rojo de bayas de ave en vetas y chorretones.

Miran a Richard, disparan contra Richard, mientras el brambo alcanza el terreno polvoriento y pedregoso a la derecha de la rampa.

Una saeta se clava en el suelo a unos centímetros de sus cuartos traseros y una bala levanta una nube de arena cerca de su cabeza.

Jack dispondría de tiempo de sobra para echarse el lanzador al hombro y disparar, incluso tendría tiempo para recargar si el primer misil saliera defectuoso.

Pero, si aprovecha ese tiempo, con toda seguridad matarán a Richard.

Cuenta con sus reflejos mejorados y dispara desde la cadera.

El Dragonfire surca la corta distancia. Con su visión ahora más aguda, Jack de hecho ve la sombra del misil deslizarse por el suelo rocoso.

Mary ha salido detrás de Richard y no está ya al alcance de Jack. Agarra a Ry por el grueso cuello y lo obliga a tumbarse. ¿Cuántas veces en los últimos cuatro o seis minutos ha tenido que obligar a ponerse a cubierto a este matón problemático? Jack ha perdido la cuenta. Grita a Mary:

— AL SUE …

Entonces el mundo estalla.

6

En realidad, solo estalla el camión cisterna, y Jack nunca sabrá que eso es otro eco, este del camión de Shell que voló en el centro de Hemingford Home.

Una onda de calor pasa por encima de ellos.

Sigue una lluvia de fragmentos de metal.

Jack se levanta de inmediato, consciente de que ya es demasiado tarde, de que Mary y Richard han muerto los dos.

En ese instante oye los gritos de ella. Corre rampa arriba, deslumbrado momentáneamente por el fuego y la intensa luz veraniega.

La ve entre nubes de humo negro que se desplazan de izquierda a derecha.

Se le ha quemado casi todo el cabello y se le ha prendido la camiseta.

Tiene a Richard en brazos. El pelaje de este también ha ardido en su mayor parte, lo que le confiere un aspecto moteado.

Lo que queda de él está chamuscado, emborronado y sanguinolento.

Jack la sujeta. Ella suelta a Richard, que da dos pasos tambaleante y se desploma.

Jack voltea a Mary por el suelo rocoso y arenoso hasta que se extinguen las llamas de la camiseta.

Tiene ampollas en el torso y le corren hilos de sangre desde el cabello, pero, al parecer, el resto de la metralla no la ha alcanzado, del mismo modo que las saetas de ba no han herido a Ry.

Algo en el lado blanco de las cosas vela por nosotros , piensa Jack.

—¡Richard! —exclama Mary—. ¡Dios mío, Richard !

Este se levanta y, al sacudirse, salpica gotitas de sangre. Se acerca a Mary con paso vacilante. Ella se arrodilla y tiende hacia él los brazos quemados.

Jack se vuelve y ve envueltos en fuego los restos del camión cisterna. La silueta calcinada del lobo que lo conducía se ha desplomado sobre la palanca de dirección.

No podía estar lleno. Si lo hubiera estado, hubiéramos acabado fritos junto con los lobos.

Ry se pasea entre el untuoso humo negro, tosiendo, pero en apariencia ajeno tanto al calor como a las diversas extremidades cercenadas.

Lleva el AR. De detrás de la mole en llamas del camión sale un lobo superviviente, una criatura peluda cargada de hombros de más de dos metros.

En la cabeza de Ulrich siguen los restos de un sombrero de jinete de la Pendiente, con el ala rajada a los lados para que asomen las orejas peludas y teñidas de rojo.

Tiene la cara muy quemada y no ve nada con los ojos cocidos.

—¿Lobo? —dice con voz ahogada—. ¿Lobo-lobo?

—Aquí mismo —contesta Ry, y levanta el AR.

El superviviente, esperanzado, se vuelve hacia la voz ronca de Ry.

—Espero que el infierno sea un sitio lo bastante caliente para ti —dice Ry. Aprieta el gatillo.

Ha sabido retirar el seguro.

7

Los cuatro supervivientes —Jack, Ry, Mary, Richard— acampan esa noche en el Fuerte 19.

Aún queda plasum en la artilla de Alice, y Jack utiliza la mayor parte en las quemaduras de Mary.

Desearía por Dios y por Gan poder ofrecerle unos calmantes —la aspirina estaría bien, el Percocet todavía mejor—, pero no tiene y no se atreve a saltar al lado de Estados Unidos tan cerca de la Garganta.

Podría salir bien; podría no salir bien.

En último extremo, no se atreve. Hay demasiado en juego.

Es probable que en el complejo haya alguna enfermería, e irá a echar una visteada en cuanto pueda.

Sospecha que cualquier medicamento que descubra se conservará en buen estado —como tantas otras cosas—, pero, si no es capaz de leer las etiquetas, lo que sea que encuentre podría hacer más mal que bien. Podría incluso matar.

—No te preocupes más —dice ella con la voz cascada—. Esa sustancia plasmática ya sirve.

—No puedo ponerle a Richard —dice Jack—. Me lanza dentelladas cuando lo intento.

—Ya lo hago yo. —Coge a Richard en los brazos ampollados y aplica el plasum en las quemaduras del bilibrambo. Al este no le gusta, pero se queda quieto. Por ella.

—Me vendría bien un poco de eso antes de que se acabe. —Ry tiende los brazos enrojecidos.

—Nadie te ha pedido que te des un paseo alrededor de un camión cisterna en llamas —replica ella—. Sobrevivirás.

En los viejos tiempos, Ry la habría abofeteado. Ahora se limita a sentarse con la espalda apoyada en la pared y entrelaza las manos detrás de la cabeza agachada.

En esos mismos tiempos, Mary nunca se habría disculpado; al parecer, estos son tiempos nuevos.

—Eso no ha estado bien por mi parte. Digo perdón.

—Pues sea. —Una expresión multipropósito que en este caso podría significar Disculpa aceptada o Me hago cargo o Por favor, calla ya.

—Queda un poco —dice a Jack—. Dáselo a él.

—No te vendría mal ponerte también en la cabeza, Mary. —En los tres o cuatro sitios donde se le ha quemado el pelo, el cuero cabelludo se le ve escaldado.

—Yo ya estoy bien. Ve.

Jack se acerca a Ry.

—Tiende los brazos.

Jack le aplica el último resto de plasum en los antebrazos. Aún sin alzar la vista, Ry le da las gracias.

—Lamento mucho tu pérdida —dice Jack.

Todavía con la mirada fija en el suelo, Ry contesta:

—No seas bobo, grandullón. Por citar al difunto gran Muddy Waters, no es posible perder lo que nunca se ha tenido.

—Aun así, lo lamento. Por todos nosotros.

Ry levanta la vista. Tiene los ojos enrojecidos. Es por el humo; es por el dolor.

—La veré morir hasta el final de mi vida. Intentaré verla tal como era, tan guapa y tan fuerte, la manera en que gritaba Riza cuando lanzaba el plato, pero ese último momento suyo seguirá interponiéndose. Su final.

—Eso cambiará —afirma Mary—. Dale tiempo.

—No tenemos tiempo —dice Ry—. Ninguno de nosotros. Ni siquiera creo que lleguemos a ese Tajo, o Garganta, o como quiera que se llame. Lo tenemos todo en contra.

—Llegaremos —afirma Jack.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Las voces —dice Mary, adelantándose a Jack.

Ry mueve una mano hacia los camiones.

—Incluso esas cajas… ¿Cómo las llamas ahora? Porque desde luego ya no son cajas.

—Masas.

Ry consigue esbozar una sonrisa adusta.

—Ea, masas, un buen nombre. Mienten, ¿sabéis?

La que lleva Mary dijo que Sammy el Toro cambió de bando.

Atestiguó para la fiscalía contra Dapper Charlie.

Aceptó un trato. El puto Sammy nunca haría eso.

Ni aunque le arrancaran las uñas. Mienten, esas voces.

Me juego lo que sea a que incluso el brambo sabe que mienten.

Jack no lo corrige. No serviría de nada. Señala primero a Sorcerer, después a Lazaro.

—Están en silencio, al menos de momento. Duermen.

—Entonces, mejor será que las llevemos allí cuanto antes —propone Ry—. Esas cabronas son peligrosas.

—Esperemos que sean peligrosas para lo que sea que está ensanchando esa grieta en la tierra —dice Jack. Piensa en los pelirrojos, pero también en el cartel con una sola palabra: prohibido—. M antengamos la esperanza.

—¿Y si son buenas? —pregunta Mary.

Richard, que casi nunca habla, repite la última palabra:

—¿Buenas?

Ry se echa a reír. Es un sonido roto que degenera en tos.

—Hace ya días que vienes oyendo cómo la cagaste en la televisión nacional ¿y ahora crees que podrían ser buenas ?

—Dijo Hestin…

—Hestin tiene su propia…, cómo lo llamas…, agenda.