Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 32 #2
88%

Capítulo 32 #2

—Quiero ver una cosa antes de seguir —dice Alice—. Echar un vistazo, como ustedes dicen. Estaba fuera, ahí mismo.

—Me parece que ya sé lo que es —comenta Ry—. La acompañaré.

Jack dice a Mary que vaya con ellos.

—Ya rociaré yo las masas. Engullirán a Sorcerer y Lazaro enteros si no llegamos allí pronto.

—¿Lo dices en broma?

—No lo sé. Ve. Ya os alcanzaré.

Salen los tres, Richard correteando detrás de Mary. Jack humedece las masas grises, que ahora se propagan por todas partes. La voz en su cabeza le dice que su madre está muriendo: la gran P confluye con la gran C.

Cuando estaba en French Landing, me acordaba de todo.

De pronto, Kinderling me disparó y, puf…

, amnesia selectiva. ¿Selectiva hasta qué punto?

Recuerdo que fui allí. Oatley, Thayer, todo eso.

Medio recuerdo que hubo un gran tiroteo en la empalizada de Morgan.

Pero ¿cómo conseguí el Talismán? Eso se ha desdibujado. Salvo por…

Ve las páginas en blanco en la libreta de Sophie.

Ve aparecer las palabras como si se hubiera aplicado calor o luz ultravioleta a la tinta antes invisible: «Fuimos a pie después de Camp Resolution.

Fuimos a pie por lo que quedaba de la vía del tren.

Y, cuando Richard ya no pudo caminar más, cargué con é… ».

—Cállate —dice a su caja, que ya no es una caja—. No es el momento. Tal vez más tarde.

Las palabras cesan. Pero sí, el tiroteo se produjo en Camp Resolution. Ahora lo recuerda. Había lobos malos.

—No Resolution —susurra a la vez que comprueba el funcionamiento de las unidades portátiles de aire acondicionado—. Readiness. Camp Readiness.

Los aparatos de aire acondicionado funcionan bien, en parte gracias a que, de eso no hay duda, no se encuentran bajo el sol abrasador. Jack concibe la esperanza de que ese frescor quizá incluso retrase un poco el crecimiento de las masas.

Piensa en el desenlace. En el mejor de los casos, abandonan los camiones y dejan que los atraiga la Garganta, tal como atrajo a la señora Talbot. Lo que ocurra después escapa a su control. En este momento, no intuye complicaciones. Más tarde pensará que solo el bilibrambo tuvo un presentimiento.

Jack se vuelve para seguir a los demás. Alice y Ry van uno al lado del otro, Ry todavía con la bolsa que contiene el botín de último momento procedente de la cocina.

Mary les da alcance y siguen adelante los tres juntos, Richard apretando el paso detrás de Mary.

Hablan, se ríen de algo. Alcanza a oír una palabra de Alice: olvidé.

Más tarde, dará vueltas y más vueltas a esa palabra en la cabeza.

¿Qué olvidó Alice? ¿Un detalle menor o algo importante?

Nunca lo sabrá. Supone que podría preguntarles a Ry o Mary, pero no lo hace.

Es tan intrascendente como si el campamento de Morgan en las Tierras Arrasadas se llamaba Resolution o Readiness.

Aun así, él se plantea la duda.

Jack lleva los cuatro trajes antirradiación plegados sobre el brazo. No le da mayor importancia cuando Richard agarra a Mary por el dobladillo del vaquero y le da tal tirón que casi rompe la tela.

—Eh, holgazán —dice ella, y se agacha a recogerlo.

Ry y Alice se adelantan. Salen de debajo del voladizo a la intensa luz del sol veraniego. Apretando el paso para alcanzarlos, Jack oye decir a Alice:

—Mire, pues sea. ¿Lo que hay en ese corazón son nombres del lado de Estados Unidos?

—Ea —contesta Ry—. Dice: «Roy y Tara Lynne estuvieron aquí, amor eterno». Solo que la chica escribió «amor eterno» de una forma peculiar.

—¡Qué tierno! —comenta Alice, y Jack pensará más tarde, cuando tenga tiempo para pensar, que ese comentario, como últimas palabras en la vida, no está del todo mal.

Alice se vuelve hacia Ry y el sol ilumina su precioso rostro risueño.

Es casi un cameo. Jack recordará ese instante tanto como duren los recuerdos; será su fantasma.

Alice separa los labios para decir algo más, pero ya no le es posible, porque en ese momento su belleza es aniquilada.

5

Mary actúa deprisa, sin vacilar siquiera un instante, o Ry habría muerto también.

Suelta a Richard, se abalanza hacia delante y agarra no a Ryall, sino la bolsa de provisiones con la que este carga.

Da un tirón y lo arrastra. Las latas se desparraman y ruedan.

Una botella de cristal revienta y Jack percibe un olor penetrante a alcohol.

Ry da un traspié hacia atrás, pisa una lata y cae de bruces en la rampa al mismo tiempo que un trazo de luz y un proyectil de algún tipo pasan zumbando por encima de ellos para arrancar un trozo de la pared a su derecha.

—¡Alice! ¡Alice! —Ryall se levanta atropelladamente a la vez que, con ambas piernas, aparta a puntapiés a la mujer que lo ha salvado. Una de las patadas alcanza a Mary en la mejilla y le abre una herida—. ¡ALICE!

Jack se abalanza sobre Mary y Richard, y sujeta a Ry por la cintura.

Se oye otro estampido hueco, aparece un nuevo trazo de luz y otra sección de piedra artificial se desprende del muro lateral de la rampa.

Los salpican algunos fragmentos. Uno golpea a Jack detrás de la cabeza y siente el calor de la sangre que le corre por la nuca. Fuera se oyen hurras roncos y jolgorio.

—¡Me he cargado a una! —exclama una voz áspera. Habla en la lengua, pero sus palabras son casi irreconocibles. A Jack se le hiela el corazón cuando oye—: ¡Lobo! ¡Lobo!

—¡Suéltame, Jack! ¡Suéltame, puto…!

—Está muerta —le susurra Jack al oído—. No puedes salvarla. Lo único que conseguirás es que te maten a ti también.

— ¡No puede estar muerta! —grita Ry, y aporrea con los puños la rampa metálica—. ¡Joder, no he tenido ocasión de decirle que la quería!

Jack entiende que transportar las masas no significa nada para Ry Connors en este momento. Solo la posibilidad de vengarse le impedirá salir corriendo a ciegas y acabar muerto.

—Nos los cargaremos, Ry. Son lobos malos y pagarán por lo de Alice.

Mary avanza a gatas hacia los tres supervivientes por debajo del voladizo del fuerte.

Se encuentran poco más allá de la línea divisoria entre sol y sombra.

Richard permanece junto a Mary, y Jack no duda que, si ella se sitúa a tiro de los lobos que les han tendido la emboscada, Richard la morderá con la ferocidad necesaria para obligarla a detenerse.

Richard interpreta mejor las situaciones de lo que Jack habría creído.

—¡Jacky! —Lo pronuncia casi Shhacky. Es una voz femenina, semihumana y arrastrada. Es una voz que ya conoce—. ¡Sal, Jacky! Amiiiiigos , ¿recuerdas? ¡Tu rebaño! ¡Guardamos tu rebaño! ¡Ea, ea!

Es Lena, un miembro de la manada de lobos que conoció en su primer viaje a la Garganta.

Parece que han pasado años desde entonces, pero no hace más de una doza .

Entonces era buena. Todos lo eran. Le ofrecieron una marmita con un delicioso estofado de carne.

Lo acompañaron todo el día. Lo protegieron.

Viajaron con él hasta donde fue posible, porque años antes Jack había viajado con uno de los suyos, tanto en los Territorios como en el lado de Estados Unidos.

Más importante aún, porque él era el rebaño.

—¿Lena?

La respuesta es un largo aullido que degenera en risa.

—¡Lena! ¡Dices verdad! ¡Verdad- AUUU !

Jack desea preguntar qué le ha ocurrido, qué les ha ocurrido a todos, pero está casi seguro de que ya lo sabe.

Entre los humanos, solo se han contagiado de la enfermedad de los pelirrojos los adolescentes, pero parece que los lobos de todas las edades son susceptibles de contraerla.

Resulta en extremo cruel que su simplicidad y su bondad innatas los hagan vulnerables.

Mary llora. Ryall yace de espaldas entre las latas desperdigadas y los cristales rotos, blanco como el papel debido a la conmoción.

Jack recuerda que dijo a la señora T que bajara la ventanilla porque no tenía miedo a los lobos.

Pero ahora sí lo tiene. Como dicen en Mundo Medio, tiene un miedo grande-grande.

Se oye un vocerío ronco, en parte en la lengua, en parte solo ladridos y gruñidos y risas guturales. Jack oye:

—¡Otro! ¡Dispara otro cohete! ¡Lobo-lobo!

—No os levantéis —dice Jack.

Mary se tiende boca abajo y se tapa la cabeza.

Ry permanece tumbado de espaldas, con la mirada fija en el voladizo, que es una escasa protección en el mejor de los casos.

Jack oye un HUUSH , y trozos de piedra artificial vuelan hacia el cielo azul y tórrido, y caen después alrededor de ellos en una ruidosa lluvia de cascotes.

Uno golpea a Richard, que lanza un gañido, pero se queda donde está, despatarrado sobre la espalda baja de Mary.

Un hilo de sangre brota entre su pelaje.

—¡Seth! —dice Jack a voz en grito—. ¿Dónde está Seth? ¿Dónde está vuestro dinh ?

La sensación de bondad y fortaleza que irradiaba aquel individuo corpulento, el jefe de la manada, le había despertado un vívido recuerdo del que fuera su amigo y compañero de viaje en la infancia.

Cuesta creer que alguien tan decente y entregado como Seth pueda haberse corrompido. Al menos sin resistirse.

—¡Seth! —exclama Lena con una voz tan gutural que es como si se aclarase la garganta—. ¡Eeeooo, Seth! ¿Dónde estás, Seth? ¡Lobo-lobo! ¡Jacky busca a Seth! ¿Dónde está Seth? ¡Id a buscarlo, traedlo!

Risotadas y aullidos; después, voces susurrantes mientras la manada garla dan-dinh.

A continuación, Lena dice:

—¡Seth está aquí y desea que te sea de provecho!

Sobre el lado izquierdo de la rampa que desciende al fuerte, asoma una vara.

Empalada en ella, Jack ve la cabeza cercenada de un lobo, sus dientes apretados en un gruñido, un hilo de sangre que desciende por la vara desde el corte desigual del cuello.

Sangre noble , a Jack no le cabe duda. Tiene el pelo y el hocico coloreados de bayas de ave. No, profanados con el tinte.

—¡Aquí está, Jacky! ¡Aquí está Seth! ¡Lobo-lobo- AUUU !