Capítulo 31 #3
Se ha ido hasta el punto de que ha quedado hecha pedazos , piensa Jack.
—Se han ido.
—No —dice Alice, y es verdad.
Los mutis se han detenido en el linde del bosque.
Jack ve las caras pálidas, que los escrutan desde ambos lados de la carretera.
Le recuerdan a un relato de Ray Bradbury en el que unos siniestros mirones se congregan en lugares donde se han producido accidentes y deciden si los heridos vivirán o morirán.
Y las voces procedentes de las partes traseras de Sorcerer y de Lazaro siguen susurrando.
La de Sorcerer parece decir Saltaire, saltaire, saltaire.
No , piensa Jack. No Saltaire. Salón de baile.
—El turno siguiente le toca a usted, Alice —dice Jack—. Si vienen hacia aquí, dispare. Mañana nos espera un largo día. Necesitamos descansar.
Pero todos tardan mucho en dormirse.
7
Es el octavo día. Jack albergaba la esperanza de haber llegado ya a la Garganta, pero desconocía la de vueltas y revueltas que tenía la carretera de Bayver. ¿Lo sabía Hestin? No está seguro, pero cree que sí.
Hay un aspecto positivo: los árboles por fin empiezan a estar más dispersos y alejados de la carretera.
Los mutantes lentos se apartan también, como si fueran wympis y la luz del día en espacios más abiertos pudiera matarlos o dañarlos más de lo que ya están.
Salta a la vista que se han contagiado de lo que Ryall llama enfermedad de los pelirrojos, pero no parecen más peligrosos que las voces monocordes
( salón de baile salón de baile )
que proceden de las cajas. Ahora, viéndolos a la luz del día y lejos de la carretera, Jack en realidad los compadece. Ellos no querían convertirse en lo que son, como tampoco los lescentes.
Cuando, en una de sus paradas de cada media hora, Ry le pregunta qué causó esas mutaciones, Jack responde que tal vez la radiación de las minas.
No añade lo que sabe del antiguo socio de su padre y progenitor de Richard.
Sabe que Morgan Sloat —o su gemelo en los Territorios, Morgan de Orris— reabrió las minas, que llevaban mucho tiempos cerradas, y liberó así cosas más horrendas, entre las que la radiación era lo de menos.
¿Fue Sloat, en cualquiera de sus encarnaciones, responsable también de la apertura de la Garganta?
Jack no lo sabe. Solo lamenta que su bondadoso padre no viera antes la podredumbre en su socio.
Y no lo matara , piensa. Así nos habría ahorrado al menos parte de estos horrores.
Una idea absurda. Phil Sawyer era capaz de liquidar un acuerdo que le pareciera desfavorable para un cliente, pero liquidar a una persona…
En especial una persona que lo había acompañado a lo largo de todo el camino desde sus tiempos de brega y penalidades, cuando eran tan pobres que a veces dormían en su viejo DeSoto. Jamás en la vida.
Comen sobre la marcha. A eso de la una, según el Timex de Jack, baña la carretera luz suficiente para que el vehículo de cabeza de Larry, Goldie, despliegue los paneles solares.
Los otros hacen lo mismo. Ahora el terreno se asemeja a los páramos que Jack y Mary atravesaron a su regreso desde Pernil.
En cierto modo, es como entrar en un cine en mitad de una película que ya has visto antes.
En este paisaje más árido y despejado, vuelven a verse los postes del heliógrafo, pero en su mayoría han sido derribados, y sus bruñidos espejos, hechos añicos.
Jack piensa en el ISIS cuando destruía iconos que ofendían su sensibilidad religiosa.
¿ Tienen sensibilidad los pelirrojos? Lo duda. Su religión es Discordia.
Hacia primera hora de la tarde, han desaparecido los últimos mutantes lentos.
Alice maneja la palanca de dirección de Goldie.
Larry se ocupa de las armas en la plataforma, al frente de la pequeña procesión.
A eso de las tres y media, se detienen a rociar las cajas, que aún susurran sus diversos mensajes.
Para Mary, son todavía sus humillantes ocho minutos en Good Morning America , cuando David Hartman le pregunta si está borracha y añade que no le gusta preguntarlo, pese a que es evidente que le encanta preguntarlo.
Para Ry, es el momento en que Sammy el Toro le anuncia que tiene que llevarlo a dar un paseo, lo cual solo puede significar una cosa.
A Jack la masa le dice despierta, despierta, despierta, es hora de visitar el salón de baile.
Jack y Mary utilizan los pulverizadores mientras Ry y Alice montan guardia. Larry vigila desde su carro artillado. Jack está casi seguro de que no volverá a dormirse. Tras el beso apasionado de una mutante lenta, puede que padezca insomnio terminal.
Se han partido unas cuantas tablas en el contenedor de Palle Dawson cargado en el Sorcerer y pronto reventará del todo.
Jack rocía el bulto en expansión y observa cómo desaparecen de inmediato las gotitas en la masa gris.
Vuelve a acordarse de La masa devoradora , que ahora se le antoja mucho menos cómica de lo que les pareció a dos niños de diez años.
Se dispone a regresar a la cabina cuando Mary llama con voz baja y tensa.
—Me he quedado atrapada.
Jack se apresura a volver a la parte trasera de Lazaro y se queda paralizado ante lo que ve.
Ese contenedor ha reventado ya. Por delante está intacto, al igual que la tapa echada a un lado, pero los laterales se han hecho pedazos.
Y la mano derecha de Mary ha desaparecido hasta la muñeca en la amorfa masa gris.
Pequeñas gotas de sudor le cubren la frente, pese a lo cual consigue esbozar una sonrisa trémula.
Los caballos sudan, los hombres transpiran, pero las mujeres resplandecen , le dijo una vez su madre con una sonrisa sarcástica.
Es un pensamiento inconexo, pero, entre el calor, los mutantes lentos y el agotamiento general, la mente le flojea.
—He tendido la mano para tocarla, quizá para hacerla callar, y me… me… —Traga saliva y sale de su garganta un chasquido audible. La sonrisa trémula permanece—. Tengo miedo. Lo noto. No me hace daño. Al menos todavía no. Pero…, no sé…, aprieta.
Aparece Ry.
—Tenemos que seguir, grandu… ¡Dios bendito! ¿Qué coño pasa?
—Chist —dice Jack—. Aún está dormida.
—¿Cómo lo…?
—Sencillamente lo sé. Mary, voy a intentar sacarte la mano. Quédate lo más quieta posible. Aunque te duela.
Aparece Alice. Larry sigue en la plataforma de Goldie. Los labios le sangran a fuerza de restregárselos con la base de la mano, pero, por alguna de las disparatadas razones propias del Peonza, sonríe.
—¿Qué…? —empieza a decir Alice.
—¡Chist! —susurra Ry, que se lleva el dedo a los labios—. Silencio. —Señala.
Alice ve el bulto gris en el que Mary ha hundido la mano.
—¡Por Gan!
—No me está mordiendo —dice Mary en voz baja—. No le dejes que me muerda, Jack. No la despiertes, no sea que vaya a arrancarme la mano de un mordisco. Por favor.
Jack agarra la muñeca de Mary con las dos manos y tira.
Muy despacio. Se le marcan los tendones en sus propios antebrazos.
La voz murmura sobre el hotel frío donde Lily Cavanaugh yacía moribunda.
Sobre la gran C y la gran P. Y sobre Dama de Plata.
Speedy dice a Jack que ayude a Richard a seguir adelante, lo cual es absurdo, porque Richard nunca estuvo en Divertimundo Arcadia, nunca vio el tiovivo.
Jack comprende que la cosa gris habla dormida, lo cual le resulta aún más espeluznante.
Esos fragmentos de su pasado acuden a él desde el bulto.
La masa. Cree que tenía aún más recuerdos antes de que Wanda Kinderling le disparara.
Después de eso, perdió la mayor parte de su viaje a los Territorios y no le importó.
Porque fue… ¿Qué? ¿Traumático? Sí, eso. Se acuerda de Smokey Updike y de Oatley, pero el Talismán…
¿Cómo lo consiguió y qué hizo con él? ¿Salvó a su madre? ¿Y qué importancia tiene eso ahora?
Poco a poco, la mano de Mary sale de la masa. Espirales grises le rodean la muñeca como brazaletes; al cabo de un momento, se retraen hacia el bloque principal. Mary tiene la mano blanca y las yemas de los dedos arrugadas, como si la hubiera mantenido sumergida en agua tibia durante mucho tiempo.
Mary abraza a Jack.
—¡Gracias! ¡Ya me has salvado la vida dos veces!
Alice examina la mano que estaba inmersa y no advierte ningún daño, pero dice que conviene que ella y Mary la tengan en observación.
—¿Puede usted hacer algo si se infecta? —pregunta Mary—. Ahora tiene mejor aspecto, las picaduras de araña han desaparecido, pero, si por esto empiezo a convertirme en una de ellos … —Señala con el pulgar hacia el bosque—. Pegadme un tiro.
8
En la octava noche o tal vez la novena mañana…, unos tiros arrancan a Jack del sueño. Larry Magruder, alias el Peonza, inclinado sobre la SAW, dispara hacia los matorrales. Luego, mientras los demás se levantan, gira lentamente el cañón de la ametralladora hacia ellos.
Larry se ha abierto las mejillas con las uñas y tiene el cabello veteado de sangre.
Jack mira el cañón de la SAW y piensa: Estoy muerto, estamos todos muertos, se acabó.
De pronto, Larry golpea la culata del arma con el antebrazo y el cañón queda apuntado hacia el cielo.
Dispara el resto de la cinta de munición en una única y prolongada ráfaga, como para abatir a las mismísimas estrellas.
A continuación, se levanta. Con una mano se agarra un costado de la cabeza.
Con la otra se restriega la boca. Tiene los labios tan despellejados y ensangrentados que ya apenas son labios.
Alice ha extraído un plato y lo sostiene en posición ladeada.
—¡No! —grita Jack. Ryall ha desenfundado su pistola y Jack lo obliga a bajarla—. ¡Tú tampoco!
—¡Va a matarnos! —exclama Mary.
—No lo creo —dice Jack.