Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Pero no van a salir hoy. Cuando oscurece prematuramente, el bosque es aún más denso que antes.

Teniendo en cuenta lo árido que es el paisaje a lo largo de la vieja carretera de Gilead, que no puede quedar muy lejos de aquí en sentido geográfico, Jack casi creería que han caído en una realidad alternativa y que, de un momento a otro, empezarán a ver hobbits, orcos y árboles andantes.

Jack piensa que en esta zona debería haber refrescado, pero no es así.

Es como si la fiebre que empieza a abandonar a los miembros restantes del ka-tet se hubiera contagiado a esos árboles raros y retorcidos, y estos ahora la exhalaran hacia ellos.

Las unidades de aire acondicionado pueden enfriar un poco la parte trasera de Lazaro, pero apenas la caja cargada en Sorcerer.

Mejor dicho, lo que antes era una caja. Ahora es una masa gris amorfa que sobresale por encima de la tapa del contenedor, como si para hacer pan hubieran puesto el doble de levadura en la mezcla.

Las voces —en eso están todos de acuerdo— se han reducido a un uniforme murmullo repetitivo.

Para Jack, la voz de Sorcerer ahora se asemeja más a ruido blanco.

Porque no quieres escuchar , le susurra una parte profunda de la mente.

Ry guarda una buena cantidad de picadillo de ternera y patata, y esa es su cena en la séptima noche.

Unos bichos negros pequeños se arremolinan en el aire, sin posarse ni picar, atraídos al parecer por la fogata.

En el bosque, a ambos lados, se oye un croar ronco.

Jack supone que son las ranas de los Territorios.

Se le ha pasado la fiebre, también a los demás, según dicen, pero la sensación de ser observados persiste.

Establece los turnos de guardia y les sugiere que los hagan desde lo alto de los carros artillados.

—Dos horas cada uno —les dice Jack—. Estamos todos molidos y necesitamos el mayor número de horas de sueño posible, pero en este bosque hay algo raro.

4

Jack hace el primer turno en la plataforma de Goldie.

La sensación de ser observado es intensa, pero las voces de las cajas ejercen un extraño efecto arrullador.

En varias ocasiones, se da ligeras bofetadas con la mano ilesa para mantenerse despierto.

Al cabo de dos horas, baja y despierta a Larry, cosa que no es fácil.

Jack insiste, porque él mismo está muerto de sueño.

Puede que la fiebre se le haya pasado, pero a causa de ella —y del meñique perdido, supone— se siente exhausto y sin fuerzas.

—Despierta, Peonza. Levántate y a por el café. Si es que tuviéramos.

Larry se incorpora, se frota los ojos y se pone en pie.

—Estaba soñando con Goldie Hawn en bikini. No me importaría un rato más de eso.

—Volverá para una segunda función dentro de dos breves horas. Ten esto. —Se quita el Timex y se lo entrega—. El siguiente turno le toca a Alice.

Larry examina el Timex.

—Nunca había visto uno así.

—Es digital. Incluso dice el tiempo que hace, al menos en Estados Unidos. ¿Puedes aguantar despierto dos horas, Larry? Si no puedes, dilo, y ya me ocuparé yo del siguiente turno. —Ese es el último de sus deseos.

—Sí puedo. —Sigue admirando el Ironman Classic de Jack. Mantiene la hora del lado de Estados Unidos en ambos mundos, lo cual siempre le ha resultado reconfortante.

Observa a Larry encaramarse a la plataforma de Goldie y sentarse detrás de la SAW. Jack se acuesta al lado de Mary, a quien oye roncar. Richard, del todo despierto, fija la mirada en él.

—Debería ponerte a ti a montar guardia —dice Jack. Al final, en cierto modo, eso es lo que ocurre. Se duerme.

5

En el sueño, Richard Sloat y él tienen diez años y ven La masa devoradora en la leonera de casa de los Sloat.

Solo que el televisor no es ya el modelo pequeño de sobremesa con antena de cuernos.

Es la puerta aislada en el jardín del Gran Jefe, que está abierta.

Jack y Richard ven La masa devoradora en PuertaVisión.

Es la escena de la película en que la masa brota de la cabina de proyección y cae sobre los adolescentes de abajo, todos ellos patanes pelirrojos.

Solo que además entra por la puerta de la leonera de los Sloat.

De color rojo sangre, se arrastra y se desliza por el suelo y se engancha.

No estoy viendo eso , dice Richard, que es Richard el Racional en su máxima expresión, el Richard el Racional que se negó a creer en los Territorios a la vez que enfermaba debido a la incredulidad.

¡Viene hacia aquí, Richard! , grita Jack. Es un grito en una pesadilla. ¡Despierta, despierta!

Pero Richard se niega. Obstinado, opta por mantener los ojos cerrados, alarga el brazo y pellizca a Jack en la mano herida.

TÚ necesitas despertar, Jack , dice, y a continuación le pellizca con más fuerza y su voz se convierte en la de las criaturas semejantes a perros que infestaron el campus de Thayer.

Aúllan: ¡Despierta, despierta, despierta, Jack! Y vaya si le duele, le duele porque…

6

Es Richard, sí, pero no Richard Sloat. Es Richard el bilibrambo. Mordisquea a Jack en la mano herida.

—¿Qué…?

Adormilado, lanza un manotazo al brambo, que Richard esquiva con facilidad.

Jack mira alrededor y ve que docenas de mutantes lentos han invadido el campamento.

Rodean los vehículos, las últimas llamas parpadeantes de la fogata y a los miembros del tet de Jack.

Ry, Mary y Alice están dormidos. Larry también.

Ronca desmadejado detrás de la SAW, en la plataforma de Goldie, con el mentón en el pecho.

De pie junto a él, con el vestido vaquero roto y descolorido de la esposa de un cavi-cava, hay una mutante lenta cuyas ralas greñas rubias le caen por la espalda.

Vuelven a recordarle a los zombis de una película de terror.

Tienen la misma expresión de avidez vacía, pero no atacan; permanecen ahí inmóviles, sin más.

Hasta que uno se agacha hacia Mary y tiende una mano plagada de llagas.

Richard emite un sonido entre siseo y gruñido, y el muti lento, que lleva un sombrero de ala ancha y copa baja y los restos de un peto de minero, retira la mano.

Otro se inclina hacia Alice. Uno —más joven, con los ojos caídos hacia las mejillas— alarga el brazo hacia Ry.

Jack desenfunda la pistola, indiferente al dolor en el muñón del meñique. Dispara dos veces, una al aire y una a la frente del muti que pretendía tocar a Mary. La cabeza del mutante estalla en un salpicón de sesos.

Los demás despiertan y ven a las criaturas que los rodean.

Las detonaciones de las armas desgarran la noche.

Varios de los mutantes lentos se desploman; uno en el fuego, en medio de una nube de chispas.

Los demás no atacan. Tampoco huyen. Sencillamente retroceden, lentos pero seguros.

Salvo por la mujer que ha subido a la plataforma de Goldie junto a Larry.

Esta se agacha, abre mucho la boca en unas fauces medio fundidas y cubre los labios de Larry —toda la parte inferior de la cara— con los suyos.

Mary chilla, Ry y Alice gritan, Richard gruñe, pese a lo cual Jack oye la succión cuando la muti lenta inhala el aliento de Larry.

En ese momento se oye el doble chas-chas de una pistola de rayos, y la cintura de la muti lenta estalla por detrás y salpica el costado de Goldie.

Las partes seccionadas de su cuerpo caen del carro artillado.

Frotándose la boca con una mano, empuñando aún la pistola de rayos con la otra, una mueca de asco grabada en la cara, Larry se desploma pesadamente en el asiento situado detrás de la SAW M249, o como quiera que se llame conforme a la designación de Positronics.

—Estoy bien —dice con la respiración entrecortada—. Estoy bi…

Ry agarra al Peonza por el ancho pantalón vaquero y, tirando de él, lo obliga a abandonar el asiento y la plataforma del carro artillado. Sacude a Larry dos veces, con fuerza suficiente para que los dientes le chasquen como castañuelas, y luego le asesta un puñetazo en la cara.

—¡Pedazo de idiota, hijo de puta, por tu culpa casi nos matan a todos!

Cuando se dispone a golpear a Larry de nuevo —el Peonza tiene ya la nariz torcida a un lado y sangra a borbotones—, Jack le agarra el brazo.

—¡Ya basta, Ryall! ¡Ya basta! ¡Se han ido!

Eso es mucho decir, pero sí se están yendo: retroceden hasta adentrarse entre los árboles como figuras en imágenes rebobinadas. Ninguno de ellos tiene el cabello rojo, pero algunos llevan trazos de tinte de bayas de ave en lo que les queda de las mejillas y la frente. Como pinturas de guerra.

Ry se vuelve hacia Jack. Está loco de ira. Jack pensará más tarde que la única razón por la que Ry no ha sacado la pistola y le ha pegado un tiro al Peonza (o al propio Jack) es que no se le ha ocurrido.

—¿Sabes lo que hacen con los soldados que se quedan dormidos durante un turno de guardia? ¡Les pegan un tiro! ¡Les pegan un tiro!

Ry hace ademán de lanzar el puño de nuevo contra Larry y Jack vuelve a sujetarle el brazo.

—Somos un ka-tet, Ry. Lo dijiste tú mismo. Así que no les hagas el trabajo a ellos. Por favor.

Le resulta difícil mantener sujeto el brazo de Ry.

El muñón del meñique destila pequeñas gotas de sangre teñidas de ungüento, el plasum.

Las mujeres permanecen hombro con hombro, en apariencia aturdidas.

Da la impresión de que Larry apenas se da cuenta de que Ry —a quien se consideraba todo un rompehuesos en sus tiempos con los Gambino— lo está amenazando de muerte.

Se restriega la boca con desesperación en un esfuerzo por eliminar los últimos restos de piel que le ha dejado la muti al besarlo con la boca abierta.

Ry relaja por fin el brazo.

—De acuerdo —dice a Jack—. Vale. Tú eres el dinh. Ocúpate tú de este mierda inútil.

—Me he dormido —admite Larry—. No era mi intención, es que estaba muy cansado.

—También yo —contesta Jack—. Todos estamos cansados.

—¿Se han ido? ¿Se ha ido esa mujer ?