Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

La lluvia ha cesado, pero perdura el sonido misterioso del goteo de las hojas de los árboles.

Los otros se han levantado ya; Jack es el último en unirse a la fiesta.

Aunque no hay ambiente festivo. Ry ha encontrado leña seca suficiente en algún sitio para encender una pequeña fogata.

George tirita sobre una manta junto al exiguo calor que el fuego pueda proporcionarle, con su rostro iluminado por los colores de Halloween —el resplandor anaranjado del fuego, sombras negras—, y se lo ve extrañamente desnudo, como ocurre siempre con la cara de aquellos que suelen llevar gafas cuando se las quitan.

Ry las sostiene en alto.

—Se le han caído de la cara.

A Jack no le sorprende. El rostro de George es una máscara de duende cubierta de bultos y protuberancias.

De hecho, la frente se le ha abierto y le corre una mezcla de pus y sangre hacia las cejas.

Uno de los ojos es solo una ranura. El otro sobresale de la cuenca, con lo que su rostro, normalmente afable, ahora exhibe una expresión de horror y sorpresa.

Se le ha hinchado el cuello; respira con roncas inhalaciones.

—Está ardiendo —dice Mary.

—No —corrige George—. ¡Tengo frío! ¡Mucho frío! —Habla con voz gutural, poco más que un susurro.

—Deberías volver —dice Larry.

—No sé de qué habl…

—¡Al lado de Estados Unidos! ¡Hablo del lado de Estados Unidos!

—Larry ha desenfundado una de las pistolas de rayos de Positronics, y, girando en redondo, observa el bosque.

Es lo más cercano a un giro completo que puede permitirse.

Jack confía en que no dispare a alguien por accidente.

A quemarropa, uno de esos rayos sónicos podría causar graves daños—.

¡Tú eres el único que puede! ¡Vuelve y tráele medicamentos!

—No serviría, Larry. Si fuese a Hemingford Home o a Taylor City, me detendría la policía. O incluso en Lincoln u Omaha. Y tampoco tengo dinero estadounidense.

Eso no es todo. Sospecha que, cada vez que salta, pasa por encima del caos que vieron a través de la puerta del jardín de Youngblood.

Por encima del espacio del exotránsito. En esos escasos segundos, también es vulnerable a la atracción de la Garganta.

En Dezi, eso no era un gran riesgo. A esta distancia, muy corta, podría serlo, pese a que aún están al menos a quinientos kilómetros.

—En todo caso, ya es tarde —sentencia Alice—. Los demás estamos mejorando. Él no. Es una chiaffa.

Es una palabra que Jack nunca ha oído, pero supone que se refiere a una alergia. Solo que no es una alergia. Es ka-shume.

El ojo hinchado de George los mira a la cara uno por uno hasta posarse en Jack.

—Acaba lo que has empezado —dice con voz ronca—. Lo que empezaste hace mucho, cuando eras poco más que un babbi. Ya casi está aquí.

Jack no pregunta qué está casi aquí. Apoya una rodilla en la tierra y coge una de las manos inflamadas de George.

—Lo acabaremos, George. Por eso no temas. Tú concéntrate en recuperarte.

—Dame… las gafas. Quiero veros a todos.

Ry se las entrega a Jack, que se las pone a George. Ahora este tiene la cabeza tan abotargada que se rompen las bisagras de las varillas, de modo que parecen más monóculos que gafas. Eso no importará por mucho tiempo. De hecho, el ojo abultado toca la lente agrietada, pero los ve. Los ve muy bien.

—Lamento… marcharme —dice.

Mary se arrodilla.

—¡No! ¡No te marches! ¡Lo… prohíbo!

George tiende la mano hacia Richard, que está sentado junto a Mary. Logra dar una palmada al brambo en la cabeza y, a continuación, la mano le cae inerte.

Larry continúa girando en círculo.

—Nos observan. Están ahí, tíos. Están ahí. Lo presiento.

—Sea —dice Alice—. También yo. —Lleva colgado al hombro el estuche con los platos. Tira del cordel de cuero crudo que lo mantiene cerrado y hunde una mano dentro.

—Debéis seguir —añade George.

—Somos un ka-tet —dice Jack.

Ry mueve la cabeza en un gesto de asentimiento.

—Uno entre muchos.

Mary se agacha y besa la mejilla hinchada y afiebrada de George.

—Si debes marchar, George de Nueva York, ve en paz. Encuentra el claro.

—Pues sea —añade Larry. Sigue dando vueltas, sigue atento al bosque.

George toma aliento por última vez. Vuelve la cara hacia el fuego. Las gafas, sostenidas ahora solo por el saliente de la nariz, caen a la manta.

—¿Está…? —pregunta Mary.

—Ea —contesta Alice—. Se ha adentrado en el bosque.

—Continúan ahí —dice Larry—. No los veo, pero los presiento. —Levanta la voz—. ¡Salid! ¡Mostraos!

No hay nada aparte del goteo de la lluvia en los árboles.

—Ha dicho que tenía frío —dice Alice—. Dejémoslo dormir junto al fuego, al menos por esta noche.

Ya somos dos menos , piensa Jack. Jory y George. ¿Cuántos más? ¿Algunos? ¿Todos?

Se dice que el futuro no está escrito, que aún pueden cumplir su misión y regresar a Dezi —serán dos menos que cuando partieron, pero, por lo demás, el grupo estará intacto—, que aún puede serles de provecho.

En el fondo de su alma no lo cree. Sus buenos presentimientos han desaparecido. Los ha sustituido el ka-shume.

2

Por la mañana entierran a George junto a la carretera, en una fosa que han cavado por turnos.

Jack y Ryall lo bajan, envuelto en dos mantas anudadas en torno al pecho y los tobillos a modo de mortaja.

Para cuando terminan, se empieza a notar el calor del día.

Una brisa matutina agita los árboles y círculos de luz veraniega danzan sobre la tumba.

Es buen sitio donde descansar, considera Jack.

Lo cubren con piedras para impedir la depredación de los animales.

Ry revuelve entre el material traído por Jack del lado de Estados Unidos hasta encontrar un rollo de cinta aislante y, con ella, une dos palos en forma de cruz. Con otro trozo de cinta, sujeta a esta las gafas de George Elgin.

—Seguramente no durarán mucho, algún pájaro picoteará la cinta y se las llevará, pero ¿no dicen que la intención es lo que cuenta?

Dirigiéndose a Alice, Jack dice:

—¿Pronunciará unas palabras, sai?

Ella no habla, pero canta sobre la tumba con una voz clara y alegre, casi jubilosa.

Jack solo distingue unas cuantas palabras, en una versión arcaica de la lengua: Os reuniréis conmigo allí, así que dadme la bienvenida allí.

Su voz se adentra entre los árboles y, tras dos estrofas, queda en silencio.

—Ve en paz, George —dice Mary. Los otros lo repiten y, al terminar, una voz quebrada, junto a la rodilla de Mary, dice: «Paz». Ella se agacha y acaricia la cabeza de Richard.

Siguen adelante.

3

La carretera de Bayver penetra en el bosque, que se alza cada vez más cerca de la calzada.

Es imposible utilizar los paneles solares.

Al mediodía, avanzan con los faros encendidos porque el tupido follaje oculta el sol.

Los árboles son híbridos retorcidos que parecen un cruce entre kappa-kappas y banianos.

Tienden sus manos huesudas por encima de la carretera y las entrelazan.

Alice, que ha demostrado aprender deprisa, conduce el vehículo de cabeza mientras Larry, cubierto otra vez con la camiseta a modo de turbante, permanece sentado en la plataforma tras la calibre cincuenta.

También tiene al alcance de la mano la SAW, y un lanzamisiles de Dragonfires a los pies.

Armado hasta los dientes , piensa Jack, para enfrentarse a cualquier cosa que aceche en esa densidad viviente.

Cuando se detienen a comer unos popkins de carne de cerdo y alubias frías, Larry dice a Jack:

—Llamas a tu camión Sorcerer, ¿no?

—Así es.

—¿Y el camión de Mary es Lazaro?

—Sí.

—Yo voy a poner Goldie a mi buen carro artillado. Porque estaba enamorado de Goldie Hawn. La vi en Shampoo , con Warren Beatty. Pensaba llamarlo Shampoo, pero he llegado a la conclusión de que sería una estupidez.

—¿Por qué no lo llamas Estupidez? —propone Ry—. Eso sí sería un buen nombre para tu vehículo, Larry.

Este no se ofende; suelta una carcajada y lo señala con el dedo.

—Ya lo pillo.

—Bravo por ti. —Ry se vuelve hacia Jack—. Las cajas suenan cada vez más fuerte. La mía dice que Gotti está en la cárcel y tiene cáncer, lo cual es una gilipollez. El bueno de Johnny estaba bien cuando lo dejé.

—Información actualizada —anuncia Jack—. Murió. De cáncer.

—¿Ea? ¿Eso dices?

—Sí.

Ry se detiene a pensarlo.

—Qué putada.

—¿Y tú como vas a llamar a tu vehículo, Ry? —pregunta Larry.

Jack espera alguna pulla por su parte, pero se equivoca.

—Si tengo que ponerle un nombre, supongo que Francesca es tan bueno como cualquier otro. Así se llamaba una chica por la que estaba loco en el instituto. Seguro que ella ni sabía que yo existía.

—Un buen nombre —afirma Jack. Todos quedan en silencio, atentos a las voces procedentes de Sorcerer y Lazaro.

—Me cuesta creer que George ya no esté entre nosotros —dice Mary por fin.

—Sí —coincide Larry—. Lo siento por reírme en este preciso momento. No sé qué me pasa. Quizá deberías pegarme un tiro, Ry.

—No malgastaría una bala. Además, si Pay estuviera aquí, ensartaría un chiste tras otro como un puto chiflado. —Ry baja la voz—. No son solo las voces de esas cajas, mis buenos amigos y amigas. Aún nos observan. Quienesquiera que sean.

—Vámonos —propone Jack, y se levanta—. Cuanto antes salgamos de este bosque, mejor.