Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 30 #5
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Capítulo 30 #5

En su cabeza oye: Deprisa, Jackie, Sloat ha apagado la calefacción y me estoy muriendo; la gran P y la gran C han confluido y van a exprimirme hasta quitarme la vida. La poca vida que me queda.

Su madre en un hotel frío. No, había dos hoteles fríos.

Ella estaba en uno. Él —Jacky— estaba en el otro.

Gemelos. Ecos. Estaba el de ella, el hotel Jardines de la Alhambra, en la pequeña franja costera de New Hampshire…

, y el otro. Jack y Richard viajaron la mayor parte del tiempo en el tren a baterías de Morgan Sloat, pero ¿hacia dónde?

¿Qué hotel? Todo eso son imágenes brumosas.

¿Por qué no lo recuerda? No es de extrañar que las páginas restantes de la libreta de Sophie estén en blanco.

Recuerda qué iba a buscar, pero no cómo lo consiguió.

Y eso es importante. No sabe por qué, pero lo es.

La voz de la caja no es muy persuasiva. De hecho, no es en absoluto persuasiva. No se parece a la de su madre; es más bien como escuchar un molesto anuncio de una compañía de seguros antes de reanudarse un pódcast sobre un crimen real. Piensa: Intenta captar mi atención.

—¿Y si sale? —pregunta Mary con notable calma.

—¿Crees que saldrá?

—Yo no le veo la gracia a esta situación, Jack. Dime, pues, ¿por qué sonríes?

Es por aquel programa nocturno de cine en la KCOP que sonríe.

Richard y él lo vieron en la leonera del sótano de casa de los Sloat, sentados en sus sacos de dormir.

Incluso los créditos eran cómicos: unas alegres voces cantaban sobre cómo la masa se arrastraba, brincaba, se deslizaba, resbalaba… y quizá se te enganchaba .

—Viejos recuerdos —contesta él—. Atribúyelo a la fiebre. No creo que salga, o al menos no de momento.

—Si se supone que eso es un comentario alentador, no lo es. ¿Una de tus intuiciones?

—Sí. ¿Y tú? ¿Algún destello de videncia?

—Solo uno.

—¿Lo compartes?

—David Hartman es un capullo. Va y me pregunta qué le ha dado la Dussault, la muy zorra. «Lo tengo aquí, en el bolsillo, Mary, ¿no lo ves ? ¿No lo…?».

—Olvídalo.

Mary esboza una parca sonrisa.

—Pensaba que lo había olvidado. Esa puñetera masa me lo ha traído otra vez a la cabeza. Voy a ponerme a cubierto e intentar secarme. No me encuentro muy bien.

—¿Estás peor?

—No, pero las picaduras de las putas arañas me palpitan de mala manera y no quiero enfriarme. Y tengo la fiebre cada vez más alta.

—Pues agárrala antes de que eche a volar.

Se encamina hacia Lazaro; de pronto se vuelve y lo señala. Se le dibuja una sonrisa en la cara plagada de bultos.

—Ya lo pillo.

8

Jack regresa al Sorcerer y come un poco más de las antedichas galletas con mantequilla de cacahuete.

En la cabina del camión, la voz procedente de la Caja de la Perdición queda ahogada y llega solo un tenue murmullo.

La lluvia forma dibujos en zigzag en el parabrisas, que son un tanto hipnóticos, como ver una partida de Plinko.

Le duelen los arañazos y las picaduras de la cara.

También el dedo que ha perdido. Lo que ha leído sobre las partes del cuerpo amputadas parece cierto: da la impresión de que siguen ahí.

La fiebre resulta casi reconfortante, porque sabe que se le pasará. También la lluvia.

Tiene asimismo intuiciones sobre el tiempo.

No siempre son infalibles, pero por lo general no necesita a un meteorólogo de la televisión para decirle si ha de ponerse protector solar o chanclos.

Sentado en la cabina de Sorcerer, contemplando cómo se persiguen las gotas de lluvia en el parabrisas, está convencido de que mañana amanecerá despejado y hará calor.

¿Llegarán al lugar donde el camino de Arrowhead confluye con el fuerte del Pueblo Antiguo?

Probablemente no. Un día y una noche más en estos bosques; luego, hacia la Garganta.

Donde todo irá bien. Esa sensación de ka-shume no importa.

Superarán sus tribulaciones y todo saldrá bien.

La masa de las Cajas de la Perdición no se arrastrará ni brincará ni resbalará por el suelo, y las cosas saldrán bien.

Jack se adormece y sueña que Richard Sloat y él ven La masa devoradora en pijama mientras comen Triscuits y Cheez Whiz; Richard antes de ser enviado a la escuela Thayer, Jack todavía en el colegio de Hollywood, la vida adulta nada más que una carretera envuelta en bruma por delante de ellos, y los dos se ríen mientras la masa se retuerce por encima de unos adolescentes que gritan en una sala de cine…

En el sueño, todos los lescentes tienen el cabello rojo, y eso lo despierta de golpe.

Ve un rostro que lo mira a través de la ventanilla del conductor.

Se lleva la mano a la agarradera, lo que le provoca otra punzada de dolor en el dedo desaparecido, hasta que se da cuenta de que es Alice.

En la cara de esta ha empezado a remitir la hinchazón en las mejillas, la frente y la nariz. Jack baja la ventanilla.

—¿Qué? ¿Pasa algo?

—Sí, Jack. —Habla con relativa serenidad, pero tiene los ojos muy abiertos y una mirada triste—. Es George. Puede que se esté muriendo.