Capítulo 30 #4
—Zumo de manzana. Manzanas de Mundo Medio, supongo, pero no está mal. Si tienes la garganta irritada, como es mi caso, te vendrá bien.
Jack coge la taza y dice:
—Retiro todos mis comentarios malintencionados sobre ti, Ry. ¿Los demás también lo han tomado?
—Por supuesto. Repartido a partes iguales. Pero, eso sí, no esperes más. Lo reservaba para un día lluvioso y por fin ha llegado.
Jack se bebe el zumo. Está frío. Es exquisito. Ry le pregunta cómo se encuentra.
—Con fiebre, pero la hinchazón ya ha empezado a remitir. Pienso una y otra vez en esas cajas, y en mi madre, y en el caballo de un tiovivo que se llamaba Dama de Plata. Desconozco por qué.
—En Coney, yo montaba en un tiovivo. Siempre en Charles el Listo. Si se había subido algún otro niño, le pagaba para que me lo cediera. Si no podía pagarle, lo sacaba a puñetazos.
—Vaya un gran hombre.
—Pero si era una niña, cabalgaba a su lado. La protegía de los gilipollas.
—¿Los gilipollas como tú?
—Sí, como yo, grandullón. —Ry retrocede un paso y por un momento se tambalea.
—¿Estás bien, Ry?
—Sí. Solo un poco mareado. Con la fiebre, el pensamiento me va de aquí para allá. Como a ti con el caballito del tiovivo.
Jack no cree que su obsesión con Dama de Plata sea solo efecto de la fiebre, pero se lo calla.
—Larry ha hecho lo que ha podido para tapar las armas —dice Ry—. El agua no debería haberlas afectado, diría yo. ¿Y las cajas?
—Mary está rociando la suya. Yo casi ni tengo que molestarme, por la raja en la lona. Ahí atrás está todo mojado. Quiero enseñarte una cosa.
Chapoteando, rodean Sorcerer hasta la parte de atrás. Jack abre las cortinas para mostrar a Ry el abultamiento en el contenedor de Palle Dawson. Es ya muy visible.
—Joder. Jacky, muchacho, tienes que abrirlo. Si no, el contenedor va a reventar.
—Puede que más tarde. —No quiere abrir el contenedor y dejar a la vista la Caja de la Perdición delante de Ry. Una fuerte intuición le dice que no conviene que Ryall Connors vea en qué se ha convertido—. ¿Qué hay de cena?
Ry se ríe.
—Le traigo zumo bajo la lluvia y ahora quiere manduca. Igual te apetecería que te trajera unas alas de colibrí salteadas en una bandeja de plata.
—Solo lo decía…
—Te estoy tomando el pelo, Jack. Tengo galletas saladas con una especie de pasta asquerosa que sabe a mantequilla de cacahuete.
Más un huevo duro por cabeza. Puede que esta noche o mañana sea posible encender fuego.
Para entonces, tengo carne de cerdo y alubias en lata.
Después de eso viviremos de lo que nos dé la tierra.
—Contempla los árboles chorreantes—. Que no será gran cosa, al menos aquí.
7
Cuando la lluvia se reduce a un chirimiri, Jack pide a Mary que baje de Lazaro para garlar un momento. Está sola; Alice se ha ido con Ry a comer la antedicha mantequilla de cacahuete con galletas saladas rancias. George está con Larry y cabe suponer que hacen eso mismo.
—Es por los contenedores de Palle, ¿no? —pregunta Mary.
—Sí. Me parece que es mejor que los abramos antes de que se partan.
—Puede que sea buena idea. Si no, los cierres van a ceder, pero…, una cosa, Jack: preferiría no ver lo que hay dentro.
—No puede ser peor que las arañas.
—O tal vez sí.
—Arriba ese ánimo, señorita —dice Jack arrastrando las palabras—. Tampoco es para tanto.
—¿ Cómo dices?
—Es una frase de una película que hizo mi madre: El último tren a Hangtown. Mi padre lo decía continuamente. Sacaba de quicio a mi madre.
—No me extraña.
Abren la parte trasera de Lazaro. Contiene sobre todo provisiones, pero han dejado libre un espacio en torno al contenedor que aloja la Caja de la Perdición 1.
Ahora los laterales se ven claramente hinchados y el cierre de cuero se ha tensado hacia arriba.
El zumbido es muy potente…, solo que no es un zumbido en absoluto, y nunca lo ha sido.
—Son voces. Una voz —dice Mary.
Jack hace lo posible por tomárselo a la ligera.
—Quizá la de Pay diciendo: «Un sacerdote y un rabino entran en un bar…».
—No es la de Pay.
—Vale, ¿de quién es?
—No te rías, es la de David Hartman. Salía en Good Morning America el día que yo la cagué de lo lindo. Estaba borracha…
—Ya lo sé. Me lo contó Pay. ¿Quién demonios es David Hartman?
—Me entrevistó. Abril de 1976. ¿La tuya qué dice?
—Que me dé prisa porque mi madre se está muriendo.
—¿Murió?
—No entonces. Yo…, eh…
—¿Qué? ¿Qué, Jack?
—Aquella vez la… la salvé. Me parece. Es un recuerdo confuso.
—¿La salvaste de qué?
—Un cáncer. Una pulmonía. Tal vez las dos cosas.
—Es posible que puedas salvar a alguien de una pulmonía, pero no de un cáncer. ¿ Murió de eso?
—Sí, pero no entonces. —Deja escapar una risa que le queda forzada—. Esas cajas me gustaban mucho más cuando solo zumbaban.
—A mí me gustaban más cuando estaban enterradas en aquel agujero.
—Dices verdad.
—Si se supone que me está lavando el cerebro, intentando enloquecerme por aquella cagada mía en la televisión nacional, no le da muy buen resultado.
Lo tengo asumido desde hace mucho tiempo.
Dela. Aún siento cierta vergüenza, pero aparte de eso…
—Se encoge de hombros—. Solo es, digamos, un tanto irritante. La fiebre es más molesta.
Jack coincide con ella. El monótono canturreo de la voz (o voces) viene a ser como el gruñido de un perro que en realidad no va a morder.
—Podría agravarse. Sonar más fuerte.
Ella levanta un dedo en actitud aleccionadora y dice:
—«Basta a cada día su propio mal». Evangelio según san Mateo. —Mary sonríe al percibir la expresión de sorpresa de Jack—. No siempre he sido una vidente callejera, Jack. Me crie con una madre que cargaba siempre con la Biblia y la citaba sin parar. Todos tenemos un pasado, como sabrás.
—Sí. —Jack vuelve a pensar en su propia madre. En aquel hotel vacío. Aquel hotel frío y vacío. ¿Es eso un recuerdo real? Le parece real. ¿Era frío antes o después de Dama de Plata? No lo sabe, y el mero hecho de pensar en ello parece subirle la fiebre.
Abre el contenedor de Mary. Sale una vaharada de aire fétido, un olor a cadáver en descomposición ante el que retroceden y se tapan la cara.
Dentro, la caja ya no es una caja. Es una masa gris que lo lleva a recordar una película que Richard y él vieron un fin de semana juntos en casa, cuando se quedaron en vela para ver a DraCoola presentar el programa Terror Tales de la KCOP .
Era una peli cómicamente estúpida, incluso para dos niños de diez años. Se troncharon de risa.
Ahora no se ríe.
—Dios mío, qué espanto —dice Mary casi en un gemido—. ¿Qué es?
—La masa devoradora.
—¿Eh?
—Nada. Déjalo.
— Palpita.
—¡Está vivo! —exclama Jack en su mejor imitación de Boris Karloff…, que no es muy buena—. ¡Amo, está vivo !
—No tiene gracia, Jack.
Deja ahí a Mary, contemplando con fascinación y repugnancia lo que antes era una caja y ahora es otra cosa, y va a la parte trasera de Sorcerer. Abre su propio contenedor, lo que provoca la misma desagradable emanación de gas. Observa la masa gris y vuelve con Mary.
—Deja el contenedor abierto —le dice—. Palle los construyó con tan poca holgura que eso lo romperá si lo cierras.