Capítulo 30 #3
Alcanza a ver un semicírculo de claridad a unos quinientos metros más adelante, pero el propio túnel está oscuro como boca de lobo.
Los motores diésel son muy ruidosos y el sonido reverbera contra las paredes musgosas de ladrillo.
Larry enciende los faros. Los demás lo imitan, lo que permite a Jack ver una cortina de lluvia negra caer del techo invisible del túnel.
Oye el repiqueteo en lo alto de la cabina.
Gotas negras chocan contra el parabrisas y resbalan por el cristal.
Algo le cae en el hombro, algo que ha entrado por la ventanilla abierta del lado del conductor.
Más gruesas gotas negras han penetrado por la ventanilla del otro lado y se deslizan por el asiento.
Algo le clava una aguja candente en el costado del cuello y cae en la cuenta de que no es lluvia, ni mucho menos.
Millares de gruesas arañas negras revisten el techo del túnel y las luces las han despertado.
Ahora pululan y bullen en el parabrisas, que tapan casi por completo.
Las nota en la camiseta y el pantalón. Más agujas le traspasan las manos, la nuca y las mejillas.
¿Son mordeduras o aguijonazos? ¿Qué más da?
Se las quita de encima en la medida de lo posible y busca a tientas en el salpicadero (lastimándose de nuevo el muñón del meñique, aunque apenas lo nota), hasta que encuentra el mando que activa el limpiaparabrisas.
Lo gira. Las varillas se deslizan a uno y otro lado a toda velocidad, esparciendo por el cristal tripas y patas de araña.
Delante de él, los otros vehículos avanzan a toda marcha hacia la luz del día y dan bandazos por los esfuerzos de Larry, Mary y Ryall de conducir y simultáneamente sacudirse de encima las arañas.
Larry y Ry al menos cuentan con acompañantes que los ayudan y suben las ventanillas, pero Mary va sola, salvo por Richard.
Zigzaguea sin control, topando contra las paredes de ladrillo, primero a la derecha, después a la izquierda.
Jack nota que una araña le corretea por el mentón y la aparta de un manotazo, pero no antes de que le clave un fino alfiler punzante en el labio inferior.
Larry sale a la luz del día, se detiene, abre la puerta y empieza a apearse.
Mary va detrás en Lazaro. Da un bocinazo y embiste el parachoques de Larry.
Jack ve una mano —la de Alice— que tira de Larry para obligarlo a entrar de nuevo.
Avanza para que el camión de Mary pueda salir del túnel y luego el de Ry.
Jack los sigue en última posición y, cuando la luz del día invade la cabina, ve que el salpicadero está vivo, y no por el sonido de la música.
La pechera de su camiseta se mueve y se ondula.
Los seis humanos abandonan sus vehículos.
Richard salta por la ventanilla y de inmediato comienza a revolcarse en la maleza de la cuneta y a lanzar dentelladas a las arañas que le infestan el pelaje.
Ry sale por la puerta del conductor, pero no ha quitado la marcha del carro artillado, que salta hacia delante, topa con el parachoques trasero de Lazaro y se cala.
Ry se sacude con desesperación la cara y los brazos.
Al mismo tiempo brinca como al son de una música disco para desprendérselas del pantalón y la camiseta.
Si no fuese tan horrendo, resultaría cómico.
A Ry se le ha inflamado una mejilla, y Jack nota que su propio labio inferior empieza a hincharse, como a causa de un puñetazo.
Un río de arañas, negras como el alquitrán, sale del túnel y enseguida vuelve a entrar; muchas están moribundas. Sean lo que sean, la luz las envenena.
Alice se desata los pañuelos de los brazos y se sacude con ellos la pechera y los costados.
Jack elimina las pocas arañas que se le adhieren aún al pantalón; nota las que se revuelven bajo la camiseta y se las aplasta golpeándose el pecho con el puño.
Se remanga la camiseta, que llevaba remetida en el pantalón, y deja caer al suelo las arañas muertas.
— ¡Jack! —grita Mary—. ¡Las tengo por todas partes! ¡En la espalda! ¡Por delante!
—Date la vuelta.
Mary se vuelve y se levanta la camiseta.
Jack le limpia la espalda, el trasero y los muslos mientras ella se las quita del cuello, los pechos y el abdomen.
Otras caen por sí solas, primero aturdidas por la luz del día y después moribundas.
George y Ry se ayudan por turnos a sacudírselas.
George tiene la frente abotargada, y Jack ve puntos sanguinolentos allí donde las arañas le han picado.
El ojo tras la lente agrietada de las gafas se le ha hinchado.
Larry se quita la camiseta-turbante de la cabeza y caen cinco o seis orondas arañas negras, que intentan alejarse y mueren.
Larry ejecuta su propio baile disco sobre las pocas que muestran aún indicios de vida. Dice a voz en grito:
— ¡Detesto las arañas! ¡Dios mío, cómo detesto las arañas!
Ryall se acerca a Jack, que está apoyado en el lateral de lona de su camión. Tiene la cara hinchada, pero, por increíble que parezca, sonríe.
—Menudo safari, grandullón. ¿No?
—Pues sea —contesta Jack.
Mary se reúne con ellos. Tiene la respiración entrecortada. Se le ha inflamado la garganta como si tuviera bocio. Jack la agarra de los brazos y la sacude.
—¿Puedes respirar, Mary?
—Sí, solo estoy asustada. Dios santo, había miles , y han caído del techo de ese túnel espantoso. ¿Eran viudas negras? ¿Vamos a morir?
—No creo que fueran viudas negras —le dice George—. Esas tienen marcas rojas en forma de reloj de arena en el abdomen. Estas no. Aunque a lo mejor son las viudas negras de Mundo Medio. Lo que Jack llama «gemelas».
Alice se acerca. Al igual que George, tiene un ojo hinchado y un bulto de carne morada en una sien.
—Son arañas rey, roy bleinas. Les gustan los sitios oscuros y rehúyen la luz. La claridad las mata, como han visto. La picadura es venenosa, pero, por lo general, no grave. Como la de la avispa. Aunque a todos nosotros nos han picado muchas veces, bien lo sé. Pueden provocar una fiebre ligera.
—Yo ya la noto, creo —dice Mary—. Podrían ser imaginaciones, pero…
—No —declara George—. Yo también la noto.
—¿Podéis conducir? —les pregunta Jack—. Tenemos que alejarnos mucho de ese túnel antes de que sea de noche.
—Y antes de que empiece a llover y se nos lleve el agua —observa Mary.
Larry señala al frente.
—Hay otra zona de bosque a unos cinco kilómetros, y el terreno es más alto.
—Lleguemos hasta allí y demos el día por concluido —propone Jack.
—Bien —dice George—. Me encuentro de puta pena.
5
El pequeño convoy acaba de llegar a los árboles cuando se desata la tormenta, acompañada de vientos huracanados. Al principio, cae granizo, que aporrea los vehículos y las armas desprotegidas en la plataforma de los dos vehículos blindados. Tiñe de blanco la carretera.
Los árboles ofrecen escasa protección, incluso cuando el granizo da paso a la lluvia.
Larry enciende los faros y reduce la marcha al mínimo.
Más adelante se oye el ensordecedor chasquido de algo que se ha desplomado.
Pese a crecer árboles a los dos lados y ser el terreno relativamente llano, varios centímetros de agua cubren la carretera.
Jack albergaba la esperanza de encontrar algún tipo de refugio, pero no hay nada, y seguir adelante en esas condiciones es tentar a la suerte.
Da un doble bocinazo. Todos se detienen.
Jack recorre la fila y les indica que apaguen los motores para ahorrar combustible.
Se empapa casi de inmediato, pero no le importa.
El agua fría le alivia las picaduras de araña.
También le alivia la fiebre. Calcula que le han mordido —o aguijoneado— al menos diez o doce veces, y eso siendo optimista.
Puede que se acerque más a la cincuentena.
Vuelve a su camión y encuentra en el salpicadero, en el suelo y en el asiento otras cien arañas muertas o más.
Algunas todavía se agitan. Se quita la camiseta mojada, las recoge y las lanza a la lluvia vespertina.
Ve que los demás hacen lo mismo. Mary abre la puerta de Lazaro.
Richard sale de un brinco y al instante empieza a revolcarse por el agua que corre por la carretera para ahogar cualquier araña que pulule aún por su pelaje y librarse así de ella.
Jack no está dispuesto a llegar tan lejos, pero, cuando se pasa las manos por el pelo, caen dos o tres cadáveres de araña más.
Y todo porque hace un calor de morirse , piensa. Si hubiese hecho frío, habríamos llevado las ventanillas cerradas. Se le ocurre que «si» es una palabreja de mierda.
6
Para cuando la lluvia amaina, ya ha atardecido.
No tiene sentido seguir adelante. En todo caso, Jack habría sido en esencia incapaz.
Quizá solo habría accedido a punta de pistola.
De lo contrario, no. Tiene hinchada toda la parte izquierda de la cara y apenas puede abrir el ojo de ese lado, contraído de tal modo que parece la rendija de uno de pirata.
Supone que los demás estarán lidiando con sus propias secuelas.
George es quien ha salido peor parado; da la impresión de que hubiera boxeado diez asaltos con Muhammad Ali.
Todos tienen fiebre. Jack cree que él no está demasiado mal, pero le palpitan los senos de la nariz y le duele un poco la cabeza.
Se siente confuso y, solo con dificultad, consigue hilvanar pensamientos coherentes.
En cierto modo es casi una sensación agradable, como cuando de niño no iba al colegio y se quedaba en casa; envuelto en una manta y tendido en el sofá del salón, bebía zumos fríos mientras veía los concursos en la televisión.
Como si hubiera invocado su presencia al pensar en los zumos, aparece Ryall, con el cabello pegoteado al cráneo por la lluvia y el rostro cubierto de bultos, protuberancias y moretones. Golpetea la ventanilla y le tiende una taza.