Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Con una vista más aguda y unos reflejos más rápidos: así es como lo ha hecho.

Y ahora el dedo arrancado. Según los relatos y canciones, Roland perdió más de uno, víctima presuntamente de unos crustáceos voraces.

Viejos relatos, viejas leyendas, cada una un poco distinta, pero todas iguales en cierto sentido: la sensación de ka-shume invadió al ka-tet de Roland y sus integrantes fueron eliminados uno tras otro, incluso el brambo que viajaba con ellos (aquel llamado Acho, no Richard).

Solo Roland prosiguió con la búsqueda de la Torre Oscura.

Al final solo, tal como estaba al principio, ¿y por qué no? ¿No es ka una rueda?

No es eso lo que va a ocurrir , se dice Jack. Esto no es lo mismo.

Intentando convencerse, echa leña al fuego. Permanece atento a la posible aparición de intrusos. De mutis lentos o patanes pelirrojos. El único intruso es una suave brisa, y al final el día dibuja un trazo blanco por el este.

3

En ese nuevo día, el sexto del tet en su viaje a la Garganta, la carretera discurre por el lecho de un valle entre montes altos de exuberante vegetación.

Se alzan imponentes a ambos lados del pequeño convoy hasta que el cielo queda reducido a una estrecha franja.

Es posible que en lo alto de esos montes sople una brisa fresca, pero aquí abajo hace un calor sofocante.

El único aire acondicionado está en la parte de atrás de los camiones que transportan las CP.

Larry, Mary y Ry llevan las ventanillas bajadas.

En las plataformas de los carros artillados, Alice y George disfrutan de un poco más de aire, pero la escasa corriente que generan los vehículos en movimiento es húmeda y no muy refrescante.

Cada media hora paran y humedecen las tapas de los contenedores.

El zumbido es más audible. El camión de Jack tira cada vez más a la derecha, con la dirección desalineada después de salvarse por poco en el segundo puente.

Hasta las doce de la mañana, el recorrido es casi llano y, si bien el firme de la carretera está erosionado en algunos sitios —fruto de las cascadas de agua de lluvia vertida por las laderas que la delimitan—, hay largos tramos de asfalto uniforme a los lados del caballón central cubierto de mala hierba.

Vuelven al cruzar el Nadie, pero aquí, cerca de su nacimiento, el río es estrecho y el puente sólido.

En la orilla opuesta, la carretera se desvía hacia el noroeste.

Esa es la dirección que, cree Jack —o espera—, los llevará al cruce de la carretera de Bayver y la vieja carretera de Gilead, más allá de Riven.

Hacen un breve alto para comer y Ry se queja del calor.

Jack, con la mano otra vez dolorida, le dice que se aguante.

Ry, con una voz inesperadamente armoniosa, canta:

— Aquí hay alguien de mal humor…, me pregunto quién será…, podría ser nuestro Jacky, quizá.

Larry deja escapar una cantarina risotada muy irritante, y Jack ha de contener el impulso de ordenar a los dos que cierren el pico.

La senda de cielo que se dibuja en el alto es de un azul brumoso, pero de algún lugar al sur llega el retumbo de un trueno.

—Si cae un aguacero y hay una riada, nos ahogaremos todos como ratas en un barril —rezonga Ry.

A veces Ry harta a Jack; él y todos los demás.

Larry con su risa estúpida; George con esa manera tan remilgada de limpiarse las gafas medio rotas; Alice con su tonillo estirado de clase alta; incluso Mary con su alijo secreto de chuches.

Para colmo, me robó el brambo , piensa…, y acto seguido no puede por menos que sonreír ante ese pueril mal genio suyo.

La mano en proceso de curación le palpita en sincronía con los latidos del corazón.

Regresa a la parte de atrás de su camión para rociar la tapa del contenedor.

Mary hace lo mismo en la parte trasera del suyo, seguida de cerca por Richard.

El zumbido es aún más intenso, la sensación de voces ocultas más clara.

Es casi un cántico. El aire acondicionado es menos eficaz, y no solo por el atroz calor del día.

Una de las péndolas del puente rajó la cubierta de lona del camión de Jack al partirse y el sol penetra por la abertura.

El nombre de mi camión es Sorcerer, como en Carga maldita, piensa con la mirada fija en el contenedor.

En la película, los dos camiones tenían nombre.

¿Cómo se llamaba el otro? Imposible acordarse; cuando la vio era solo un niño. Pero sí se acuerda.

—Lazaro —dice—. El camión se llamaba…

Alguien le toca el hombro. Se sobresalta y hace ademán de echar la mano a la agarradera de estiba. Roza la empuñadura de la pistola con el muñón vendado y el dolor —no: el tormento— le sube por el brazo.

—Perdona, perdona —se disculpa Mary a la vez que retrocede.

—Mi madre habría dicho que estaba en Babia. ¿Tú también lo ves? ¿O soy solo yo?

Mary mira el contenedor hecho por Palle Dawson cargado en el camión de Jack.

—Con el mío pasa lo mismo.

Los costados se han hinchado. No mucho, o al menos no todavía —es posible que los orificios ayuden—, pero sí lo suficiente para notarse. El contenedor no se ha hinchado tanto como para romperse el cierre, pero, si sigue aumentando de tamaño, se romperá casi con toda seguridad.

—Eso es lo que pasa con la leche estropeada —comenta Mary—. El brik se hincha. No sé por qué.

Jack, que ha visto los cadáveres abotargados de víctimas de ahogamiento, sabe que eso lo provocan los gases.

Mary baja la voz y habla en susurros:

—¿Y si hace demasiado calor para lo que hay ahí dentro, incluso con el aire acondicionado? ¿Y si se mueren? Muertas, no podrán cerrar la Garganta, ¿no?

—Lo que sea que hay en esas cajas no está muerto —contesta Jack, también en voz baja—. En realidad, con el calor se fortalecen. — Crecen , piensa, pero se lo calla.

—¿Ese zumbido te suena a voces?

—Puede ser.

—¿Voces que dicen algo? ¿Algún secreto?

Antes de que pueda responder, se acerca Larry. Lleva la camiseta en torno a la cabeza como un turbante. Tal vez así esté más fresco, pero, como declaración de moda, resulta vagamente estrafalario.

—Quizá deberíamos ponernos en marcha antes de que las cosas se compliquen, ¿no os parece?

4

Al cabo de una hora, llegan a un túnel que penetra en el monte de la derecha. En lo alto, oscuros nubarrones han tapado el cielo azul. Ry tenía toda la razón: si cae un aguacero persistente, bien podrían verse en medio de una riada.

El túnel los llevará en la dirección correcta, y es posible que al otro lado encuentren un terreno menos peligroso, pero a Jack no le gusta.

No le gusta en absoluto. Se parece demasiado al túnel que atravesó en la zona occidental del estado de Nueva York, el que lo llevó hasta el decrépito pueblo de Oatley, donde acabó en una situación de servidumbre involuntaria en el bar Oatley de Smokey Updike.

A veces un puro no es un símbolo fálico y a veces un túnel no es un eco. Cuando lleguemos al otro lado, puede que encontremos un entorno más propicio. Las Crestas no pueden prolongarse hasta el infinito, ¿no?

Aun así, el túnel presenta un inquietante parecido con sus lejanos recuerdos del túnel de Oatley. Perfila el contorno de la entrada un semicírculo de mampostería antigua, invadida por la hiedra y retazos de musgo que semejan vello púbico alienígena. Dentro solo se ve oscuridad.

Jack emite un doble bocinazo para pedir a los demás que paren. Mary abre la cubierta de lona de su camión para rociar el contenedor. Jack hace lo mismo.

George baja de la parte trasera del carro artillado de Ryall y alza la vista, alarmado al oírse un trueno.

—Eso pinta mal. —Entorna los ojos—. Hay un letrero a un lado del túnel, pero lo tapan la hiedra y los helechos.

Acordándose de Oatley, Jack dice:

—Seguro que pone enciendan los faros.

—¿Tú crees?

—Es una suposición. No quiero que vayas en la plataforma cuando entremos en el túnel. Sube con Ry hasta que lleguemos al otro lado.

—¿En serio? Tiene altura suficiente, si es eso lo que te preocupa.

—No es por eso. —Recuerda el ser similar a un perro que se ocultaba en el túnel de Oatley. Nunca llegó a verlo con claridad, motivo por el cual la situación fue incluso peor. Indica a Alice que suba a la cabina con Larry. Ella, sin discutir, se limita a saludarlo con el puño en la frente.

George mira en la parte de atrás del camión en el que Jack ahora piensa como «Sorcerer».

—Da la impresión de que ese contenedor se está hinchando.

—Tienes que ir a que te gradúen las gafas, George.

Este se echa a reír.

—Como si fuera tan fácil. —Del cielo llega otro trueno—. Tenemos que irnos, Jack. Los túneles tienden a inundarse cuando llueve mucho.

Tiene razón. Jack echa un vistazo para asegurarse de que George y Alice están a resguardo en las cabinas de los carros artillados y después dirige una seña a Larry para que siga.

Se adentran en el túnel. Larry primero, Mary segunda (en Lazaro), Ry tercero, Jack el último (en Sorcerer). Antes de entrar en la oscuridad, Jack ve que, en efecto, el letrero reza enciendan los faros. Y en inglés.

Otro eco, pero no le sorprende.