Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 30
82%

Capítulo 30

Quinto día. Nublado, húmedo, frío.

El morro del camión de Jack ha quedado maltrecho y el parachoques está inservible, pero los ejes delanteros, el tren de transmisión y los neumáticos permanecen intactos. A Jack le parece que esto raya el milagro. La dirección tira a la derecha, pero es manejable.

El terreno se nivela de forma gradual. Se detienen a pasar la noche en lo que parece una parada de tranvía abandonada hace mucho tiempo.

Los raíles y los cables (además de los propios tranvías) han desaparecido.

Es un lugar solitario. Este paisaje se asemeja más a los Territorios que Jack recuerda de sus viajes de infancia.

Saca la libreta (la palabra sophie de la tapa ya es solo una sombra de lo que fue) y hojea las páginas en blanco.

¿Dejó de escribir porque Sophie pasó al claro o porque se le acabaron los recuerdos?

Ni siquiera conserva una imagen nítida del Talismán, pese a que lo sostuvo en las manos.

¿Y por qué se acuerda una y otra vez de aquel caballo del tiovivo, Dama de Plata?

Es como si el brillo multicolor del Talismán le hubiera cegado de algún modo la memoria.

La estación de tranvía —si es que lo fue— se cae a pedazos, y eso la convierte en un excelente suministro de leña.

Encienden no una fogata, sino una hoguera, y, sentados alrededor, comen los últimos filetes de ternera y melocotón en conserva de postre.

No hablan apenas ni lo necesitan. Ahora la cercanía del ka-tet forma parte de ellos.

Jack no sabe si los demás se asombran de estar vivos, pero él sí.

El meñique ausente le palpita; le duelen los brazos y los hombros de forcejear con el camión, que necesita con urgencia una alineación del tren delantero.

Por desgracia, la cadena de talleres mecánicos AAMCO pertenece a otro mundo.

Después de la cena, Jack organiza los turnos de guardia, que incluirán la tarea de rociar los contenedores, e insiste en que duerman todo lo que puedan.

—Empezaremos temprano. Cuanto antes acabemos con esto, antes podremos volver a casa.

—Pues sea —dice Larry, y se envuelve entre sus mantas lo más cerca posible del fuego sin prenderse.

Va a ser una noche fría y lluviosa. Jack se alegra de eso, porque servirá de respaldo a las unidades de aire acondicionado. Los sistemas de acoplamiento solar de los ChillZone no son muy eficientes. Si salimos de esta, les pondré una reseña de dos estrellas en Yelp , piensa .

Mary tiene el primer turno. Se arrebuja en una manta como si fuera un chal y se sienta en los restos de la escalera de la parada del tranvía.

Mordisquea uno de los E. T. verdes de Caiden’s y arranca trocitos para su nuevo amigo, que está sentado junto a ella.

Seguramente lo rescató de la tienda de chuches destruida antes de marcharse de Dezi.

Por lo visto, no ha perdido por completo sus antiguos hábitos de rebuscadora de vertedero, pero ahora ya no muestra en igual medida que antes un comportamiento de cachorro maltratado.

Todos ellos han cambiado, pero, a juicio de Jack, ella la que más.

Jack duda que vaya a dormir mucho. Cuando aún no se ha tendido, Alice se agacha junto a él.

Con sus botines y su sombrero de ala ancha y copa baja, más los pañuelos atados en torno a los brazos, podría ser una joven ranchera de la Pendiente más que una pudiente dama sai del Barrio de Arriba de Dezi.

—¿Duele mucho esa mano?

—Más bien —reconoce él—. Palpita.

—Pues sea, enséñemela.

Jack tiende la mano magullada y tumefacta. Alice le ha retirado antes el jirón sucio de camiseta que él ha usado inicialmente a modo de venda y le ha aplicado un pequeño apósito que ha sacado de una bolsa con cierre de cordón que lleva en su artilla.

—Me quedan unos cuantos andi-bióticos. Ahora usted los necesita más que yo.

Voy a quitarle la gasa de antes y aplicar plasum.

Las pastillas lo protegerán de la infección…

, a mí me han servido, eso es así…, pero el plasum acelerará la cicatrización.

También aliviará el dolor. La gasa ha de cambiarse con frecuencia para que no se pegue a la herida. Esto va a doler.

—Ya duele —dice Jack, pero no está preparado para la intensa quemazón que siente cuando ella desprende la gasa de muselina de la costra que se ha formado sobre la herida. El muñón del meñique gotea sangre. Alice se lo olfatea.

—¿Cuál es el diagnóstico?

Ella frunce el entrecejo.

—«Di násico» no me consta.

—A qué huele, quería decir.

—A nada, y eso es bueno.

Saca un pequeño tarro de loza de la bolsa de cordón.

Jack arruga la nariz al percibir el olor a pescado de la sustancia gris verdosa que contiene, pero enfría el ardor del muñón y apaga el dolor.

Piensa que, finalmente, quizá sí pueda dormir esta noche y se sienta un poco descansado cuando le toque montar guardia y avivar el fuego.

—Se le puede infectar a pesar de sus pastillas y mis atenciones de emergencia sobre la marcha. Si eso pasa, bien sé que en su mundo hay una medicina poderosa que podría curarlo.

—Sí, pero solo volveré al lado de Estados Unidos como último recurso.

—¿También allí hay problemas, como aquí?

—Soy lo que los agentes del orden llaman «individuo de interés». ¿Le consta?

—¿Quiere decir que es sospechoso de un delito?

—Tal cual.

—Pero tenga presente que es nuestro dinh y aún nos quedan días en esta carretera.

—Entendido.

—Si mantiene limpio el muñón y se pone el plasum , puede que todo vaya bien. Podrá disparar. Al fin y al cabo, Roland de Gilead perdió dos dedos. —Se interrumpe—. O puede que fueran tres. Las leyendas y las canciones discrepan.

Jack, atónito, fija la mirada en ella a la luz del fuego. Le pregunta si habla en broma.

—Jamás en la vida, Jack. —Coloca la venda nueva—. Ahora acuéstese y descanse. Que le sea de provecho.

Jack se duerme en cuestión de minutos. En sus sueños, Speedy le repite que agarre a Dama de Plata por debajo de la cola, que a ella no le importará. Juntos, la ponen en el tiovivo con los otros caballos.

Todo lo caballo del tiovivo tiene nombre, ¿no lo sabía?

Sé que ella es de naturaleza única, Speedy.

No. No lo e. Tie su propia gemela. La conoserá. Montará en ella.

2

El dolor lo despierta justo antes de su turno de guardia. George echa unos cuantos palos más al fuego, que ardía ya con llama baja. Oye a Jack y se lleva la mano a la empuñadura de la pistola de rayos sónicos prendida de la trabilla del pantalón, al estilo jinete de la Pendiente.

—Pues sea, George, no dispares. —Habla en voz baja. Los otros son solo bultos envueltos en mantas alrededor de la hoguera. Mary ha tapado a Richard con parte de su manta, pero el brambo observa a Jack con sus ojos brillantes. También él monta guardia, según parece.

—Si quieres, ya hago yo tu turno —se ofrece George—. No estoy muy cansado.

—Te agradezco el ofrecimiento, pero ve a descansar —contesta Jack. Levanta la mano vendada, en la que ha vuelto a aplicarse el plasum de Alice—. Esto me mantendrá despierto.

—¿Te hace mucho daño?

—He estado peor —dice al acordarse de Wanda Kinderling y la bala que debería haber acabado con él.

—Eso no responde exactamente a la pregunta.

—Me duele lo suficiente como para no dejarme dormir. ¿Has visto algo? ¿Has oído algo?

—Nada. Larry ha dicho lo mismo cuando lo he relevado.

Yo tenía la sensación de que me observaban, pero sospecho que era solo paranoia.

—Pronuncia la última palabra en inglés, porque, al parecer, en la lengua no hay nada equivalente.

Es posible que la paranoia no exista en Mundo Medio.

Jack se acuerda entonces de Youngblood, siempre preocupado por la posibilidad de que la gente conspirase contra él, y supone que sí existe.

—Duerme bien, George. Nos ponemos en marcha al amanecer.

—De acuerdo. —Pero se queda ahí, contemplando el fuego con expresión ceñuda, con el trozo de madera que se proponía echar olvidado, al parecer, en una mano.

—¿Qué pasa? —pregunta Jack.

—Nada. Es solo que… ¿Recuerdas cuando Ry ha mencionado el ka-shume ?

—Sí.

Lo recuerda muy bien. Y lo ha sentido en mayor o menor grado desde que Pay, Mary y él partieron en el tranvía hacia lo que Youngblood llamaba el Gran Desfiladero.

El recepcionista del hotel Good Rest llamó a ese lugar de otra manera.

Para Jack, ahora es la Garganta y supone que siempre lo será, porque una garganta es algo vivo concebido para engullir cosas.

—Ka-shume es el presentimiento de que un ka-tet va a romperse —dice George.

—¿Tú lo presientes?

—Sí. —Se quita las gafas y empieza a limpiarlas con sumo cuidado por la lente agrietada—. Así es.

—No creo que tenga mucha importancia. Los miedos no son hechos, como dicen los granjeros en Nebraska.

—Alberga la esperanza de aparentar sinceridad y cierto humor.

Ni lo uno ni lo otro se corresponden con lo que siente.

Lo que siente, lo que viene sintiendo, es ese mismo ka-shume—.

Es normal sentir temor cuando te enfrentas a una situación peligrosa.

Y ese es nuestro caso. —Levanta la mano para ilustrar el argumento.

—No lo dudo —asegura George, y su rostro dice la última palabra: Pero.

—Acuéstate —insiste Jack—. Eres buena persona. Y valiente, pues sea.

George se encoge de hombros.

—Como ha dicho el Peonza, esto es una aventura de puta madre. —Tras coger sus mantas, se va al otro lado de la hoguera y deja ahí de guardia a su dinh.

A Jack no le gusta verse como suplente del héroe de mil leyendas y canciones en Mundo Medio, pero recuerda lo que su madre decía: No hay peor ciego que el que no quiere ver, Jacky, hijo mío.

Esa ceguera ante las pruebas resulta más difícil de entender ahora que ha perdido un dedo de la mano con la que dispara.

Y, hablando de disparar, ¿qué ha dicho Larry?

Cada uno con un balazo en la cabeza. ¿Cómo lo has hecho, Jack?