Capítulo 29 #6
—¿Se supone que tenemos que cruzar por ahí? —pregunta Ry—. Parece a punto de caerse.
Cómo no , piensa Jack. En Carga maldita había un puente parecido . Esta vez, no gemelos. Trillizos.
—¿Tenemos que pasar? —pregunta Mary.
—Sí —contesta Jack—. Alice, baje. Larry, tú vas primero, y no te entretengas.
—¿Qué vamos a hacer con las Cajas de la Perdición si él se da un chapuzón? —pregunta Ry.
Larry ejecuta un giro y deja escapar una risotada de bobo.
—Me gusta ver que te preocupas tanto por mí. Me derrito por dentro. —Vuelve a montar en su carro artillado—. Solo se vive una vez. Felices campistas, nos vemos al otro lado.
—O en coffa —dice George. En la lengua, ese es el término más cercano para describir el concepto de infierno.
—A mí ya me está bien tanto lo uno como lo otro —responde Larry con tono desenfadado—. Esto es una aventura de puta madre. —Con esa declaración final, se sienta otra vez tras la palanca de dirección, pone en marcha el vehículo y accede al puente.
Esta vez, los chirridos del metal corroído son casi lamentos.
El puente se hunde bajo el peso del carro artillado.
Mientras los enormes neumáticos ruedan por encima de las lamas, Jack ve una lluvia de óxido caer hacia el agua.
No obstante, Larry cruza. Lo sigue Mary con Alice en el asiento del copiloto.
Mary ordena a Richard —en un tono que no admite discusión— que se quede con Jack.
Ese detalle es una clara indicación de que tiene sus dudas sobre si lo conseguirá o no.
Pero lo logra, en medio de un sonoro petardeo del triple tubo de escape al remontar el tramo final y situarse junto al vehículo de Larry.
Richard ha accedido a quedarse atrás, pero, cuando ve que Mary se apea en el lado opuesto, empieza a rascarle el pecho a Jack.
No le muerde, pero tiene tan afiladas las pequeñas garras que le raja la preciada camiseta de cervezas Kingsland, que ahora Jack considera un amuleto de la buena suerte.
Deja al brambo en el suelo y Richard cruza el puente corriendo, muy pegado a las lamas y con las orejas agachadas.
Mary se arrodilla y le tiende los brazos para cogerlo.
—Ya solo quedamos tú y yo, grandullón —dice Ry a Jack.
—No te olvides de mí —recuerda George.
—No me olvidaba —responde Ry—. Tú te quedas a este lado con Jack.
Este es el vehículo más pesado. Con las armas añadidas, debe de superar al menos en ciento cincuenta kilos al camión de Larry.
Tengo un puto mal presentimiento sobre esto.
Ka-shume es como lo llaman aquí. No hace falta que acabemos los dos en el agua si el puente se hunde.
—Tiende una mano—. Pasemos de esa gilipollez del puño en la frente. ¿Me das un apretón, Jack?
—Con mucho gusto.
Ry mira los dos camiones al otro lado del río.
—Si me voy abajo, Larry, Alice y Mary harán todo lo que esté en sus manos para entregar una de esas cajas. George: tú y Jack buscad la manera de entregar la otra, aunque eso represente desandar todo el camino hasta la carretera de Gilead. Por estropeada que esté. Eso ahora ya lo sabemos.
—Pensaba, por las películas… —empieza a decir Jack.
—Ya sé lo que pensabas. No pasa nada.
—Cuando llegues al otro lado…
— Si llego…
— Cuando. Quiero que des la vuelta al camión para que la parte delantera quede de cara al puente. Larry y Mary tendrán que avanzar un poco por la carretera para dejarte espacio de maniobra.
—¿Y eso para qué?
—Confía en mí.
—Como tú digas. —Ry monta, arranca el motor y dice—: Deseadme suerte.
—Suerte —dicen Jack y George al unísono.
Observan a Ry mientras cruza. Los cables y tirantes se tensan y rechinan, y el puente se comba hasta casi tocar el agua.
Algunas lamas metálicas se han soltado y se agitan cuando las ruedas pasan por encima.
Jack se pregunta por un momento cómo es posible que los neumáticos de caucho se hayan conservado sin pudrirse después de milenios en los distintos fuertes de Positronics.
Debe de ser por el aire , piensa. Aire mágico, ¿por qué no?
—Date un paseo, George —dice Jack.
George se empuja las gafas (sin duda, su posesión más preciada) para desplazárselas sobre la nariz.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que sabes?
—Nada. La precognición no existe. Como experto en eficiencia, deberías saberlo.
—¡Dímelo, Jack!
—¿Soy el dinh de este encantador hatajo de chiflados o no?
—Bueno…, sí.
—Pues obedece, te lo ruego.
George cruza el puente a pie, pisando con cuidado en varias lamas dobladas. Ahora solo queda Jack.
En el lado opuesto, Ry retrocede y maniobra hasta que el morro del camión queda orientado hacia el extremo del puente.
Jack ve la gran caja metálica montada por encima del parachoques delantero, y con su fina vista recién adquirida incluso puede leer el rótulo estampado en inglés: cabrestante tko-h .
tko-h corresponde, supone, a Takuro Heavy.
Sube a la cabina de su camión y pone la primera.
—Allá vamos, Sophie. Hagámoslo.
Jack accede al puente. Ahora los chirridos y gemidos son estridentes. También el fragor del río y el TUANNNG , a la izquierda, de una péndola lateral al soltarse. Suena como la cuerda de guitarra más grande del mundo tensada más allá de su límite.
— ¡Sigue adelante! —exclama Mary—. ¡Deprisa! ¡Pisa el acelerador, Jack! ¡Uno de los postes de anclaje se está soltando!
No parece que el extremo opuesto del puente, donde Ry ha aparcado su camión, se esté acercando.
Jack sabe que eso es una ilusión óptica, pero es convincente.
Se parte otra péndola. El puente comienza a ladearse hacia la derecha.
El camión de Jack, que transporta la Caja de la Perdición 2, se inclina con él.
Esto no es una película , piensa Jack. Me voy abajo.
Es una idea extrañamente esclarecedora, tranquilizadora incluso, y ve que, en realidad, el otro extremo del puente sí está cerca, a no más de veinte metros.
¿De verdad es posible que esté tan cerca?
Al parecer, sí. El puente recupera la posición horizontal, más o menos, y Jack piensa: Voy a conseguirlo. Ahí me ha fallado la intui…
Las lamas bajo la rueda delantera derecha se parten.
El camión se inclina hacia delante, y solo se libra de caer de morro al río gracias al parachoques.
Que está doblándose bajo el peso del motor.
Jack tiene que empujar con el hombro para abrir la puerta del conductor, porque esta roza el suelo del puente.
Sale y se cae de espaldas. El agua del río le empapa los fondillos del pantalón.
De hecho, el puente está dentro del río.
Las lamas resbalan. Jack se levanta y, chapoteando, recorre el resto del puente.
Ahora el agua le llega a los tobillos. A su espalda se suelta otra péndola.
—¡Gracias a Dios! —dice Mary, y lo agarra por los hombros.
Ella hace ademán de abrazarlo, pero Jack la aparta y levanta la tapa del compartimento situado por encima del parachoques de Ry.
Dentro está el cabrestante. Empuja hacia arriba la palanca del embrague, situada junto al tambor, y desacopla el cable.
Debería haberle pedido a Ry que se ocupara de esto , piensa, y recuerda uno de los chascarrillos de Pay: La estupidez no es delito y, por tanto, quedas en libertad.
Jack grita a Ry a la cara:
—¡Ponlo en punto muerto! ¡El cabrestante es hidráulico, tienes que revolucionar el motor!
Ry se apresura a subir a la cabina del carro artillado sin rechistar. Esta vez es Alice quien agarra a Jack, ella con más fuerza que Mary.
—¡Déjelo, Jack! ¡Ya es tarde! ¡Mire!
Señala hacia el otro lado del puente, donde uno de los postes de anclaje está desprendiéndose lentamente de la tierra como una muela infectada de una encía.
Se suelta una cuarta péndola, que azota lo alto del camión varado y raja la cubierta de lona.
El camión se ladea a la derecha aún más y pronto superará el punto sin retorno.
— ¡No! —grita Jack a Alice. Su preocupación no era que el contenido de esa caja pudiera envenenar el río y luego contaminar la tierra a ambos lados y propagarse hasta Gan sabía dónde—. ¡Las necesitamos las dos!
Ella le pregunta cómo lo sabe. Incluso si hubiera tiempo para una conversación —no lo hay—, la respuesta sería que sencillamente lo sabe. Esta intuición tiene algo que ver con su madre, y Dama de Plata, y el parque de atracciones vacío al que volvió después de su viaje en la infancia.