Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 29 #5
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Capítulo 29 #5

Finalmente, el carro artillado llega al extremo opuesto sin percances. El puente gime y chirría, pero no se comba ni se parte ningún cable a causa de la tensión. Todos buscan otro sitio al que mirar cuando Larry pasa por encima del cadáver de la pelirroja.

Larry tiene que engranar la tracción a las cuatro ruedas para repechar por la empinada rampa desde el puente metálico hasta la carretera de Bayver.

Se apea, se encarama primero al capó y de ahí pasa a la plataforma artillada del vehículo.

Con los dos brazos, les dirige una seña para que avancen, tan exagerada que casi se cae de la plataforma.

—¡Aparta el cadáver de la chica! —grita Jack. Cuando Larry mueve la cabeza en un gesto de negación para indicar que el fragor del río le impide oír, Jack ahueca las manos en torno a la boca y levanta aún más la voz—. ¡Apártala, Larry!

Este obedece. La chica que ha llamado crimpas a Mary y a Alice está hecha pedazos y sus órganos dispersos empiezan a atraer a las moscas.

A continuación, cruza Mary. Conduce despacio mientras Richard, en el regazo de Alice, mira por la ventanilla del acompañante.

Su camión es un poco más ancho que el vehículo de Larry y apenas cabe en el puente, pero cabe .

Jack deja escapar el aliento que no sabía que estaba conteniendo cuando ella, en los últimos dos metros, conecta la tracción a las cuatro ruedas y el camión que lleva la CP 1, tras patinar las ruedas traseras en el resbaladizo metal y agarrarse las delanteras al asfalto roto de la carretera, regresa con una sacudida a tierra firme.

—Es una chica de Jersey —dice Jack—. ¿Quién le ha enseñado lo que es una caja de transferencia?

George y Ry se encogen de hombros, y Jack sabe que él no se lo ha enseñado. Un misterio más.

—Sube ahí y ponte en posición —indica Ry a George.

—Me encanta cuando dices obscenidades —responde George.

—Vete a la mierda, capullo —contesta Ry, pero tiene una discreta sonrisa sesgada en el rostro.

Cuando George se sienta detrás de la SAW, grita:

—¡Mira por dónde vas, Ry! ¡Ahí atrás llevas un cargamento valioso, y no me refiero a las armas!

Ryall, sin molestarse en responder, accede al puente.

Jack espera a que acabe de cruzar y lo sigue, muy atento a la ligera oscilación del puente colgante y al uniforme ruido blanco del río, unos setenta metros por debajo.

Él no sufre de la acrofobia de Mary, pero siente alivio al llegar al otro extremo y se alegra de que todos estén bien, al menos por ahora.

Todos menos Jory. Echan su cuerpo al río para que siga su camino.

8

Cerca del puente hay una zona de aparcamiento, un recuadro de cemento muy erosionado en cuyas docenas de grietas en zigzag brotan hierbajos.

Ofrece una vista tan ilimitada del río, con la atracción añadida de una cascada cauce arriba, que Jack se pregunta si no sería acaso un mirador panorámico en otro tiempo.

¿Existían cosas así en los Territorios? Seguramente no.

Más bien debió de ser un apartadero para los vehículos de trabajo.

Como para confirmarlo, ven los restos en descomposición de un bucka alargado de aprovisionamiento, volcado a medio camino de una empinada rampa descendente.

Hay espacio para sus cuatro vehículos. Cerca de la rampa donde el bucka alargado sufrió su accidente, ven dos Binnys salpicados de barro.

No se requiere un gran genio deductivo para concluir que el trío de lescentes llegó en ellos; los asientos y las palancas de dirección están embadurnados de tinte de bayas de ave.

Hay dentro cantimploras y macutos de cuero. Nadie investiga el contenido de estos.

Jack y George van a echar un vistazo a las Cajas de la Perdición mientras Larry inspecciona los cadáveres.

—Cada uno con un balazo en la cabeza —comenta, maravillado—. ¿Cómo lo has hecho, Jack?

Arrastrando las palabras al mejor estilo Destry cabalga de nuevo, Jack dice:

—Pura suerte, supongo.

Ry suelta un resoplido.

—Quería el fusil de esa chica —dice Larry—, pero se le ha caído al agua, maldita sea.

Después de comer un poco y tomarse las últimas Coca-Colas —en esencia, un rato para distenderse—, Jack dice:

—Vamos, chicos y chicas. Oscurece temprano.

El segundo día recorrieron unos ciento cincuenta kilómetros; hoy, con suerte, llegarán a los ochenta, y Jack siente una desazón cada vez mayor por las cajas que ya no son cajas. Sabe que él no es el único.

Alice toma asiento en la pequeña silla atornillada detrás de la calibre cincuenta en la plataforma del carro artillado de Larry. Jack supone que, si surgieran problemas, ella se sentiría más cómoda con sus platos.

Larry encabeza la marcha, con Alice a cargo de las armas.

Ahora viajan muy cerca unos de otros, sobre todo porque la carretera es más desigual y estrecha.

Al principio, serpentea hacia arriba, y, a su derecha, el paisaje, en apariencia despoblado, está en declive.

Mientras toman una curva cerrada, Jack ve las ruedas exteriores del carro artillado de Ry tan cerca del borde de la carretera que se desprenden pequeños trozos de asfalto y caen en lo que ahora es más un precipicio que una pendiente.

Al verlo, a la espera de que el carro artillado se ladee, lo venza el peso y se despeñe, a Jack lo asalta el recuerdo, nítido y perturbador, de su madre y él sentados en el cine donde proyectaban, en sesión de tarde, Carga maldita .

El Fox de Westwood, la sala casi vacía, la banda sonora atronadora, la vejiga llena, una caja de palomitas de maíz olvidada entre las piernas, los ojos y la boca muy abiertos, el corazón latiéndole a ciento veinte pulsaciones.

Ese Jacky, casi medio siglo más joven, veía una secuencia tan parecida a la que ahora experimenta que no puede hablarse de déjà vu : es casi una reproducción.

Conducía el francés —Victor, se llamaba— y se volvió hacia el otro, Kazir o Kassam o algo así, y Victor dijo: «Son las nueve menos cinco. En París». Entonces se les reventó el neumático y el camión cayó, lo que le ocurrirá ahora a Ry.

Solo que no ocurre. Ry supera la curva y Jack lo sigue.

Los camiones que lo preceden han dañado el borde exterior de esta curva cerrada, y Jack, incluso arrimándose a la ladera cubierta de maleza de la izquierda, tanto que el retrovisor lateral abre un surco en ella, nota que el asfalto degradado cede bajo las ruedas del lado derecho del camión y que estas coquetean con el vacío.

Más allá de ese punto, la carretera se ensancha y baja sinuosamente, orientada ahora más al sur que al oeste, y Jack vuelve a oír acercarse el monótono rumor del río.

Van muy despacio, pisando más el freno que el acelerador, y ya se les echa encima la tarde.

Se pregunta si Ayden Hestin los ha embarcado en un esfuerzo inútil por una carretera que, tras muchas vueltas y revueltas, traza un bucle y al final, oh, sorpresa, llega de nuevo a los surtidores de gasoil situados detrás del complejo de Arrowhead.

¿Por qué? ¿Qué sentido tendría una cosa así?

¿Una broma? ¿Un fin oculto? ¿Podría esa antiquísima creación robótica del Pueblo Antiguo haber enviado al expoli crédulo y su tet al equivalente a una cacería del gamusino en un campamento de verano?

Una vez leyó un libro en cuyo título se preguntaba si los androides sueñan con ovejas eléctricas.

¿Urden planes los androides? ¿Conciben bromas crueles?

¿Estará Hestin en Villa Palisandro riéndose y diciendo Lo pillas, Jack ?

Se enjuga el sudor de la cara. ¿Tenían la cara sudorosa los parias de Carga maldita y El salario del miedo ?

Claro que sí. Caras sudorosas y barba de varios días.

Es un eco, es una reproducción, es un déjà vu una vez más, y está muy cansado de mantener la vista fija en la parte trasera del camión de Ryall Connors.

Contrólate, Jack.

¿Es esa la voz de Speedy Parker o la suya? ¡O tal vez sea la de Beezer! El cervecero de French Landing y líder del extinguido y lamentado club de motoristas conocido como los Cinco del Trueno. ¿Tiene eso alguna importancia?

Y, por cierto, ¿qué clase de dinh guía desde atrás? La respuesta es un dinh que sabe que son las nueve menos cinco en París. Un dinh listo que quiere ser el único superviviente, de la misma manera que el hombre del sombrero fue el único superviviente en Carga maldita . ¿Cómo se llamaba?

—Jackie Scanlon —masculla—. Se llamaba Jackie.

Igual que yo. Llevaba un viejo sombrero de fieltro estropeado, una reliquia de su vida pasada, como la camiseta de cerveza Kingsland es una reliquia de la mía.

Jack y Jackie. El mismo nombre, por eso me identifiqué con él ya de niño.

Pero él al final de la película enloquece, ¿o no?

Cargado con una caja de dinamita inestable en los brazos y loco como una regadera, avanza tambaleante hacia el pozo en llamas.

Al menos el caballo del tiovivo no es un gemelo.

Dama de Plata es como la última en el juego de las sillas. Se queda sola. —Se ríe y le entra hipo.

Empiezas a tener hipnosis de carretera.

Obliga al camión a tomar otra curva cerrada, pero ahora el terreno a su derecha no es ya un barranco suicida en igual medida. Es más bien una pendiente. Aun así, si se saliera de la carretera, sería su final. Se pregunta qué tal le irá a Ma…

Jack casi embiste por detrás el camión de Ry y frena justo a tiempo. Apaga el motor, echa el freno de mano y sale a ver cuál es el problema.

Hestin lo advirtió de que el viaje implicaría cruzar el Nadie al menos dos veces.

Aquí el río es una sucesión de rápidos y el puente sobre este tramo queda cerca del agua.

La bruma ascendente ha hincado garras de óxido en los cables principales y las péndolas.

Las lamas metálicas del suelo del puente también están oxidadas.

Se halla anclado en ambas orillas del río mediante gruesos postes.

Abajo, el Nadie corre en dirección nordeste con gran estruendo.