Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 29 #4
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Capítulo 29 #4

Larry se enjuga la frente y mira al trío, que monta guardia en el extremo opuesto del puente. Les hace la peineta, lo que por lo visto tiene un significado universal.

—Los chicos tienen solo esas pistolas de rayos sónicos y bas , quizá sin alcance suficiente para llegar a este lado del río, pero la chica lleva un arma con cargador curvo. Podría ser un M2.

—No disparará —asegura Jack—. Nos sería muy fácil ponernos a cubierto. Preferirán atacarnos cuando intentemos cruzar el puente.

—No parece que esos zoquetes tengan mucha capacidad de estrategia —comenta Ry.

—Reciben órdenes de una mente colmena.

—¿Eso crees? —pregunta Mary.

—No me cabe duda. Ahora ayudadme. ¡A la de uno…, a la de dos…, a la de tres !

Chipper se despeña, choca contra la pared rocosa del precipicio y cae al río con estrépito.

Mary orienta las manos al frente para que los ojos tatuados de sus palmas miren a los pelirrojos del extremo opuesto del puente.

— ¡Moriréis! —grita—. ¡Vosotros y todos los de vuestra inmunda calaña!

Dejan de brincar y reírse. Están demasiado lejos para ver los tatuajes, pero algo en la voz de Mary los induce a callar por un momento. A continuación, reanudan su griterío. La chica vocifera:

— ¡Ven aquí si te atreves, guarra, crimpa podrida!

Jack piensa caso perdido. Piensa akba. Al otro lado del río, los tres pelirrojos que custodian el puente lanzan hurras, saltan y agitan los brazos.

El más bajo incluso hace el pino y mueve las piernas hacia el cielo como si pedaleara.

A Jack le recuerdan a estudiantes de instituto eufóricos jaleando a su equipo de fútbol, y casi los compadece.

Luego piensa en Jory y la lástima se esfuma.

Desenfunda la Glock que le dio Maeve Quiller.

Se acerca al extremo del puente donde está el tet.

El más bajo remata el pino con una voltereta hacia atrás y queda de nuevo en pie. Forman una hilera, convencidos de que no están al alcance de su pistola.

—Uy —dice el alto—, tiene un ar…

Al mirarlos en el otro extremo del puente, Jack siente una frialdad mayor que la que podrían proporcionar las unidades ChillZone incluso a su potencia máxima.

Dispara tres veces en rápida sucesión, sin apuntar con los ojos o el cerebro, sino con algo más profundo y auténtico.

El alto sale despedido hacia atrás. El más bajo se desploma.

La chica se lleva la palma de la mano a la frente, como si de pronto hubiera tenido una idea genial.

Avanza tambaleante por el puente y cae de rodillas.

Baja la mano. La sangre le corre por el lado de la cara, de un rojo mucho más vivo que el tinte de bayas de ave del pelo.

Por un momento cruza una mirada con Jack, y él ve en sus ojos tanto cordura como una expresión de duda: ¿Qué hago aquí? Después cae de bruces.

—Por Jesucristo y Jason el Redentor —dice Larry casi en un susurro a la vez que mira a Jack con los ojos como platos—. ¡A esa distancia yo no le habría dado ni a uno! ¿Cómo les has dado a los tres?

—Puede que no sea de la estirpe de Eld, pero él sabe lo que es —dice Alice—. Lo sabe muy bien.

Jack no contesta ni lo niega; se limita a guardar la Glock en la funda del hombro.

6

Detiene a Alice cuando ella se dispone a montar de nuevo en Debra.

—En el Binny no, si le place. Es demasiado pequeño y abierto. No voy a arriesgarme a que la atrapen los pelirrojos.

—O los mutis lentos más allá —añade Mary.

Alice, sin discutir, pregunta:

—¿Dónde, pues?

—Larry, ¿puedes desanclar ese lanzamisiles del Binny de Alice?

—Claro. Es más fácil que el mecanismo de un botijo.

—¿El mecanismo de qué ? —pregunta George.

—Mi abuelo siempre decía que cuando…

—Olvídate de tu abuelo —ataja Jack—. Hazlo. George, humedece tu caja. Yo rociaré la mía.

Jack aparta las cortinas del camión y comprueba la temperatura. Piensa: Acabo de matar a tres personas. Críos. Es verdad, y está seguro de que no eran ellos mismos (aunque la chica, al final, tal vez sí), pero ¿qué otra opción le quedaba?

Ninguna. Aun así, no tenía por qué gustarte. Y te ha gustado.

De eso no está seguro. Al desenfundar la pistola —no, antes, cuando sabía que iba a desenfundarla— ha experimentado esa frialdad.

Esa otredad. Y una sensación de déjà vu, como cuando pensó en el caballo del tiovivo de Divertimundo Arcadia.

¿Y eso qué importa? Tienen una misión que llevar a cabo, tal vez la misión más importante del mundo.

De todos los mundos. Hay que hacerlo. No hay más que hablar.

Hoy hace calor y los vehículos se hallan estacionados muy juntos a plena luz del sol.

En la parte trasera de su camión, la temperatura aumenta gradualmente pese a la cubierta de lona.

El aire acondicionado funciona a toda marcha.

Consulta el porcentaje de batería en el pequeño panel de control led del ChillZone y ve que supera los veinte grados.

No es preocupante. O al menos todavía no.

No desea abrir la tapa del contenedor más de lo que querría retirar una venda para ver si una herida mejora o se infecta, pero se obliga a ello.

Es probable que George este haciendo lo mismo.

El zumbido suena más fuerte que nunca y llena la parte trasera del camión, como si procediera de todas partes.

¿Hay palabras en ese zumbido? ¿Algo sobre Dama de Plata? No. Son solo imaginaciones.

Los contornos de la caja han seguido atenuándose.

En realidad, ya ni siquiera parece una caja.

La superficie ha adquirido un tono mate y, cuando la toca con un dedo, percibe cierta elasticidad.

Es como tocar algo vivo, quizá el pecho de una mujer, y se apresura a retirar la mano y cerrar el contenedor.

Lamenta que no tenga cerrojo, pero no cree que eso sirviera de gran cosa.

Duerme , le dice al cerrar las cortinas de la parte de atrás del camión y atarlas bien. Duerme, ¿quieres?

Larry desancla el lanzador y se lo lleva a Jack. Sonríe.

—¡Mira esto! Este mamón se fabricó para disparar desde un soporte giratorio instalado en la parte trasera de un Binny, pero también… —Levanta el lanzador con un rápido movimiento—. ¡Tachán! ¡Se dispara desde el hombro!

—Quizá sea mejor que no lo apuntes a los camiones —advierte Jack.

—Ni a una persona —añade George—. Por ejemplo yo.

—No está cargado, pero hay muchos Dragonfires en el Binny de sai Stines.

—Dáselo a Alice —indica Jack—. A ver si puede manejarlo.

—Tío, no sé si Alice debería… —empieza a decir Ry.

Alice, ajena a él, coge el lanzador. Lleva fulares atados en torno a los bíceps a la manera de los jinetes de la Pendiente, y se le hinchan cuando se coloca el lanzador de Dragonfires al hombro.

—Puedo manejarlo si no tiene mucho retroceso.

—Solo he disparado uno desde la parte de atrás de mi Binny —dice Jack—. Así que no lo sé con seguridad, pero no creo que tenga problema.

—Tío, no sé —repite Ry mirándola.

—No soy un hombre —dice Alice con cierta aspereza—, pero soy fuerte. Llevaré mi plato y los de reserva. También media docena de esos misiles. Con eso bastará si algunos fallan. ¿Dónde quiere que me ponga, Jack?

Al igual que Ryall, Jack la preferiría a resguardo en la cabina de un camión, pero eso sería falsa seguridad.

En todo caso, Alice no sabe conducir con cambio manual, y menos aún en un vehículo de transporte viejo y poco manejable con cinco marchas y una caja de transferencia de dos velocidades.

Toma nota mentalmente para pedirle a Ryall que enseñe a Alice el funcionamiento del embrague y el cambio de marchas.

En el supuesto, claro está, de que sobrevivan al día de hoy.

—Suba al carro artillado que va en primera posición —indica Jack—. Larry conduce y usted se ocupa de la calibre cincuenta, la SAW y ahora, gracias al Peonza, un lanzamisiles. ¿Necesita un tutorial, Larry?

Este arruga la frente.

—¿Un qué?

—Una lección.

—¡Ah! Entiendo. No, no hay nada que enseñar; solo es cuestión de apuntar y disparar.

Jack se acuerda de Pay diciendo: Eres poeta y ni te has enterado, aunque esa cara tuya es un poema.

—Ya lo pillo —dice a Larry.

—¿Cómo? —De pronto el Peonza cae en la cuenta—. ¡Eso lo decía Pay! ¡A todas horas!

—Sí. Era su marca de la casa. —Jack se vuelve hacia Alice—. Tiene las armas, tiene los platos; con eso debería bastarle.

—¡Gracias! —Se le iluminan los ojos. Es la mirada de un guerrero. Jack se alegra de verlo.

—¿Yo sigo solo, pues? —pregunta Ry.

—No. George, tú te encargarás de la potencia de fuego en la plataforma del carro artillado de Ryall.

—Vale.

—Mary, ¿tienes inconveniente en seguir conduciendo?

—No.

—¿El embrague no va demasiado duro para ti?

—Esta noche tendré dolorida la pierna izquierda, pero me las arreglaré.

—No quedará más remedio si vas sola.

—Sola no —contesta ella—. Tengo copiloto. —Se inclina para acariciar a Richard, que está sentado entre sus pies y la mira enseñando los dientes con su habitual sonrisa.

—De acuerdo. Quizá sea mejor que no mires abajo cuando crucemos el puente.

—No miraré, créeme.

—Yo tengo a George —dice Ry—, Larry tiene a Alice, Mary tiene al brambo, así que, por lo que se ve, Jack, ahora eres tú quien va desemparejado.

—No importa —contesta, y piensa: He estado desemparejado desde que murió Sophie.

Piensa en las cajas que ya no son cajas.

Piensa en el tiovivo de Divertimundo.

No sabe cuál es el vínculo entre esas dos cosas, pero lo hay.

Lo hay.

7

Cinco miembros del ka-tet de Jack observan mientras Larry Magruder, alias el Peonza, accede poco a poco al puente. Jack ha pedido a Alice que se quede con ellos, aduciendo que su peso, sumado al peso del carro artillado, podría bastar para romper los cables oxidados que sostienen el puente.

—Eso es una chorrada —contesta ella. En la lengua usan una palabra distinta, sutchunda , pero significa lo mismo. Sostiene a un costado el estuche en el que guarda sus platos y observa a Larry avanzar despacio por el puente.

—Puede ser —dice Jack—. Pero, si él cae, no hay necesidad de que caiga usted con él. —Supone que eso Alice ya lo sabe.