Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

Existe otro eco que Jack no ha mencionado: la similitud entre este grupo y cierto ka-tet legendario encabezado por el último pistolero.

Jack no se ve a sí mismo —no quiere verse— como el segundo advenimiento de esa figura mítica; sin embargo, no le cabe duda de que se le han aguzado los sentidos y tiene unos reflejos más rápidos.

¿Se han dado cuenta los demás de eso? ¿Lo saben?

Cree que sí. Las luciérnagas proyectan sus pequeñas luces sobre el pequeño lago. Las observa.

A lo lejos aúlla un lobo.

3

Tercer día.

Jack despierta de madrugada al oír el ronco retumbo de un motor diésel. Es Jory, que se encamina a cumplir con su deber como ojeador (y caso perdido) del tet. Aún es temprano para que Chipper despliegue sus paneles solares.

Jack lo saluda con un gesto y un hoy . Si hubiera sabido que no volvería a ver vivo a Jory, tal vez se habría esforzado un poco en ofrecerle algo mejor que esa breve despedida.

Ry se acerca a la orilla de la charca en calzoncillos y contempla el cielo azul translúcido.

—Otro puto día en el paraíso —comenta, y echa un largo chorro de orina. Se agacha para lavarse las manos y la cara; después se viste y se dispone a preparar el desayuno, con Alice en funciones de sous-chef.

George y Mary echan un vistazo a su carga.

Jack hace lo propio. El zumbido es más fuerte y parece llenar toda la parte trasera del camión.

Abre el contenedor y toca la tapa de la caja.

Percibe ese pulso lento y un tanto lánguido.

La caja —o lo que quiera que en realidad sea— está tibia a pesar del fresco de la mañana y del aire de la unidad ChillZone, que ha estado en funcionamiento toda la noche.

Lo asalta una extrañísima sensación de déjà vu , como si hubiera tocado ese objeto antes. Piensa

( Dama de Plata )

y retrocede tambaleante. ¿Qué Dama de Plata? ¿Y por qué la relaciona con Speedy Parker, el viejo negro que lo alentó a emprender el viaje de búsqueda en su infancia?

Todo lo caballo del tiovivo tiene nombre… Agarra a la vieja Dama de Plata po debajo de la cola…

Sí. Eso era. El tiovivo de Divertimundo Arcadia. Pero ¿no había otra Dama de Plata?

Jack tiene la impresión de que sí.

4

Recorren ruedas, una vez más dispuestos en el mismo orden que ayer: Larry va primero y Alice sigue en retaguardia, a bordo del Binny que ahora llama Debra. La ciudad costera de Dezi parece hallarse a una distancia mucho mayor que las trescientas ruedas que ya han cubierto. Casi en otro universo.

Los árboles retroceden. La carretera, ahora tortuosa, se adentra en unos montes abruptos y en apretada formación.

Más allá se extienden las Crestas; no son montañas, sino escarpadas laderas y hondonadas medio visibles entre la nacarada bruma matutina.

Esos montes recuerdan a Jack la montaña rusa de Divertimundo Arcadia, cuando él tenía doce años.

Cubren el desigual terreno plantas amarillas y correosas que parecen aulaga o retama escocesa.

¿Lo serán? Jack no lo sabe. Nunca ha estado en las islas británicas, pero el paisaje se le antoja similar al que ha visto en las películas — El perro de los Baskerville , por ejemplo— ambientadas en los páramos ingleses.

Riachuelos, plateados bajo la primera luz del día, zigzaguean sobre las rocas y caen en minicascadas.

Más adelante oyen (pero no ven) el fragor grave y monótono del río Nadie.

El sol asciende en un cielo despejado. Va a ser un día caluroso.

Con tan poca sombra, a Jack solo le cabe esperar que las unidades de aire acondicionado den la talla.

Sospecha que, si las cajas mueren de un golpe de calor, no servirán de mucho cuando lleguen a la Garganta.

Cada media hora oyen el bip-bip del claxon de Jory, que los avisa de que sigue bien y de que es hora de humedecer la carga.

Jack ha desarrollado, a su pesar, respeto por Jory, porque el hombrecillo, en la medida de sus posibilidades, se esfuerza en alcanzar cierto grado de lo que él llama akba.

También porque Alice lo ha perdonado. Así que, cuando oye el largo bocinazo de la alarma de Chipper, a Jack se le cae el alma a los pies.

Naturalmente, la idea de que viajarían de Dezi hasta la Garganta sin ningún percance ha sido siempre una estupidez, Jack lo sabía, y por eso puso a Jory al frente. Confía en que Jory haya encontrado la expiación que buscaba.

Apresuran la marcha y superan una serie de curvas largas.

Ahora los tramos pavimentados ya no son tan uniformes, pero a Jack le preocupa menos que un bache grande active los explosivos, porque no son explosivos.

Lo que ahora le preocupa —supone que no solo a él— es que un bache lo bastante grande pueda despertar a las cajas de su semisoñolencia.

Desearía tener al menos una vaga idea de lo que son, de lo que pueden hacer, pero a ese respecto su intuición ha enmudecido.

El sonido del río aumenta. La carretera es cada vez más empinada.

A su derecha, el terreno desciende en una sucesión de vertientes rocosas y estrechos afloramientos.

Jack rodea una escabrosa ladera a considerable velocidad y casi topa por detrás con el carro artillado de Ry.

Este lo ha dejado al ralentí para acercarse a donde están de pie George, Mary y Larry. Alice se detiene detrás de Jack.

—¿Qué pasa? —pregunta ella—. ¿Qué le ha ocurrido a Jory?

—Puede que nada. —Sabe que no es así—. Vamos a ver.

Se reúnen con los demás en lo alto de un promontorio aún más escarpado.

Por debajo de ellos, la carretera desciende hacia un puente colgante de acero oxidado por encima del río Nadie.

En la Baronía de Mejis, el Nadie es ancho y plácido.

Aquí, en los páramos, es joven, ruidoso y hosco, y desciende impetuosamente entre dos abruptos montes.

En este extremo del puente, ven volcado el Binny Ding de Jory. Un plunja se ha posado en él.

Larry se protege los ojos del sol con la mano.

—¿Qué coño ha pasado?

Nadie dice que Jory ha muerto, no es necesario. Basta con ver el charco de sangre junto al Binny volcado. Además, Chipper bloquea el acceso al puente.

—¿Qué opinas? —pregunta Ry a Jack.

—Creo que mejor será que Larry y tú me acompañéis —dice Jack—. Alice, Mary, desenfundad las armas. George, allí arriba. —Señala la SAW y la calibre cincuenta en la parte de atrás del carro artillado de cabeza.

George sube, se sienta detrás de la calibre cincuenta y la gira para cubrirlos. Jack, Ry y Larry bajan hacia el Binny Ding. Richard los acompaña parte del camino. Un plunja, solo de verlo, se eleva torpemente en el aire y sobrevuela el río. Al parecer satisfecho, Richard vuelve al trote hasta Mary.

El salpicadero de acero del Binny está manchado de sangre y restos. En el gran botón rojo de la alarma se ve la huella de una mano ensangrentada. El único rastro de Jory es un botín.

—Chipper, ¿estás operativo? —pregunta Jack.

«Ha habido un accidente», dice el Binny.

—¿Qué ha pasado?

«Ha habido un accidente». Chipper es un ordenador, así que Jack debe de estar proyectando el subtexto que cree oír: ¿Eres tonto?

—¡Hoy! ¡Hoy, dinnocks!

La voz procede de la otra orilla del río, y siguen unas risas. No existe una traducción exacta para dinnock , pero en el tet de Jack todos saben qué significa: gilipollas, imbéciles y descerebrados.

En el lado opuesto del río hay tres pelirrojos, dos chicos y una chica. Todos sonríen. El más alto del trío grita:

—Tenemos a vuestro amigo. Bueno, partes de él, pues sea.

El chico de menor estatura sostiene en alto un brazo, envuelto aún en la manga de la camisa azul de confección casera de Jory. La chica sostiene una pierna.

El chico alto sujeta la cabeza de Jory por el pelo; acto seguido, la baja y se la restriega contra la entrepierna del mono de cavi-cava.

—¡Por Gan, qué gusto, qué gusto! —gime, y los tres prorrumpen en carcajadas.

5

Alice y Mary se reúnen con los tres junto al Binny volcado. George se queda donde está, custodiando las armas de la parte trasera del vehículo de Larry.

—¡Uuu, mirad! ¡Un par de crimpas ! —exclama la chica, y sus dos acompañantes sueltan una risotada. El alto mueve la cabeza de Jory arriba y abajo en un gesto de aprobación.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunta Ry.

—Lo primero, ocuparnos del Binny —responde Jack—. Está bloqueando el puente. Ayudadme a empujarlo.

—¿Y el lanzamisiles? —pregunta Larry—. Podría desanclarlo y volar a esas capullos con un Dragonfire.

—Les encantaría que lo intentáramos —dice Jack—. Creo que por eso lo han dejado. Con la esperanza de que volemos su extremo del puente y así nos quedemos aislados aquí.

Los tres pelirrojos se dan media vuelta a la vez, se doblan por la cintura, se bajan los pantalones y menean el trasero. Sea en el lado de Estados Unidos, sea en el lado de los Territorios, enseñar el culo significa lo mismo, supone Jack.

—Esos idiotas de ahí son un cebo —dice Mary—. ¿Verdad?

—Pues sea —dice Larry.

—¿Vienen a por nosotros solo porque estamos aquí o saben lo que estamos haciendo? —pregunta Ry—. ¿Saben adónde vamos?

—No lo sé. Ayudadme a apartar esto.

Los cinco se sitúan a lo largo del Binny volcado y lo empujan hacia el precipicio.

En la orilla opuesta, los tres pelirrojos vociferan y profieren insultos entre los que predominan dinnocks, crimpas y ka-mais .

No tienen un repertorio especialmente ingenioso.

El Binny pesa mucho y no es fácil moverlo, ni siquiera entre todos, menos George, que empuña la calibre cincuenta.

—Empujad con más fuerza, dinnocks —grita el chico alto—. ¡Flojos, además de imbéciles!

El otro se lleva la mano a la entrepierna y exclama:

—¡Mamádmela!

—Beavis y Butt-Head —susurra Jack.

—¿Quiénes? —pregunta Mary.

—Da igual, fue mucho después de tu cuándo.

Al final, logran arrastrar el Binny hasta el borde. Cuando se ladea, emite su declaración previa a la muerte: «Soy Chipper. Ha habido un accidente».