Capítulo 29
George Elgin llegó a Dezi en algún momento después de Jack y Sophie (como se ha observado, en los Territorios el tiempo es elástico).
Youngblood quería un experto en eficiencia; lo que consiguió fue a George, que era un hacha con los números, pero un negado en el trato con las personas.
Como George no sentía el menor deseo de verse excluido del favor del GJ y obligado a buscar un alojamiento menos cómodo en el Barrio de Abajo, donde tendría que cagar en un excusado exterior y ganarse la vida con trabajos eventuales (y a veces extrañamente desagradables), se esforzó en complacer a su nuevo jefe.
Su nuevo amo, para ser del todo sinceros.
Hubo problemas. Sin ir más lejos, en Cielo Grande, un rancho de la Pendiente.
Cuando George pidió que le enseñaran las cuentas, los lugareños se le rieron en la cara y sai Banda, el capataz, le enseñó la puerta.
Lo echó de una patada, para ser del todo sinceros.
George acudió a Youngblood y le dijo que, en su opinión, el capataz de allí sisaba (término que tuvo que explicar).
Añadió que, si sus intuiciones eran ciertas, los capataces de varias minas en las que Youngblood tenía intereses tal vez hacían lo mismo.
—¿Les has dicho que vas de mi parte? —preguntó Youngblood.
—Sí. —Por aquel entonces, George era aún demasiado nuevo en Mundo Medio para contestar afirmativamente con un ea , pero aprendería—.
No estoy seguro de que me hayan creído. Su hombre en Cielo Grande me dijo que volviera cuando fuese mayor.
A lo que no le vi sentido. Soy mayor desde hace treinta años.
—¡Gan y Jason, libradme de los necios! —exclamó Youngblood.
George no era tan nuevo como para preguntar quién era el necio, él o el capataz de Cielo Grande. Sabía cuál habría sido la respuesta: los dos.
—Sai, perdone, pero…
—¡Sal de aquí! ¡Necesito pensar!
Para entonces, Youngblood había empezado a depender tanto de Jack como de Hestin para algunas de sus reflexiones. (Muchas, para ser del todo sinceros). El Gobe emplazó a Jack y, durante una partida de Puntos en el Gran Jardín, le dijo:
—Mi hombre de números no es gran cosa. En los libros que me traes, llaman «caguetas» a los hombres como ese. ¿Te consta «caguetas»?
—Me consta.
—Puede que necesite despacharlo.
Jack sentía cierta simpatía por George, que era nuevo y no del todo culpable de sus limitaciones.
Además, a Jack no le gustaba mucho la expresión despacharlo.
Esta tenía connotaciones amenazadoras en muchas de las novelas policiacas que Jack le traía a Youngblood, a la altura de otra como llevarlo a dar un paseo.
Naturalmente, podía significar que se proponía echar a George de la Villa y enviarlo al Barrio de Abajo, pero también cabía la posibilidad de que estuviera pensando en algo más permanente. Jack dijo:
—Supongamos que George pudiera enseñar alguna prueba de que lo representa a usted, con toda su autoridad, y que, si determinadas personas…, determinados capataces , pues sea…, se negaran a cooperar con él, usted, digamos, se disgustaría lo suficiente como para buscar sustituto a ese capataz.
Youngblood quedó horrorizado.
—¿¡No querrás decir nombrarlo sheriff, o siquiera alguacil, o siquiera ayudante!?
—No, eso no daría resultado. —Jack empujó con brío la bola. Tenía un lanzamiento claro a la tercera estaca, pero le pareció que errar era lo más diplomático.
—¡Un tiro desafortunado! Digo lo siento —afirmó Youngblood.
No parecía sentirlo en absoluto—. Porque debes saber, Jack, que jamás en la vida se creería nadie que ese ka-mai sea representante de la ley.
—Golpeó la tercera estaca con tal fuerza que casi la derribó—.
¡Fíjate! ¡No verás un tiro mejor! ¡Nunca en la vida!
—Muy cierto —respondió Jack—. Un ojo de lince.
—¿Eso es algo bueno en el lado de Estados Unidos?
—Ea, muy bueno. Solo digo que tal vez podría concederle a George alguna señal de autoridad…, no sé cómo lo llamaría usted… —Jack sabía muy bien cómo lo llamaría.
—¿Un sigul?
—¡Sí! ¡Exacto! Esa era precisamente la palabra que buscaba.
—Hum. Eso tal vez diera resultado —dijo Youngblood a la vez que se preparaba para el siguiente tiro—. Con los números es listo; si no, ni me molestaría. Si eso no da resultado, sai Elgin se va y encargaré a Ayden que busque a otro mejor.
Jack mantuvo una conversación con George después de su partida de Puntos con el alcalde (que Jack se las ingenió para perder por veinte estacas). George no era corto de alcances y fue bastante sencillo hacerle entender que su siguiente oportunidad bien podía ser la última.
En su posterior visita al Bazar de Artículos de Regalo y Mercería de Pedro, Jack compró por cinco dólares una insignia de plata brillante con una estrella fugaz y las palabras jo ven cadete del espacio .
Esta llegó a Mundo Medio casi intacta. La estrella fugaz se convirtió en una luna creciente, pero ese era un detalle menor.
Al llevársela, se acordó de su madre, que siempre lo hacía reír imitando a un bandido mexicano de El tesoro de Sierra Madre.
Como ocurre con muchos actores, era una imitadora excelente.
«¿Placas? —decía a la vez que se tiraba de la cinturilla del pantalón (o de la falda) hacia arriba—.
¡No necesitamos ninguna placa apestosa!».
Lo que más interesó a Jack de la insignia del bazar no fue el efecto que tendría en los hombres que vivían del cuento o recibían mordidas, sino el efecto que ejercería en George cuando la prendiera del enorme sombrero de ala ancha y copa baja que se ponía siempre que se marchaba de la ciudad camino de la Pendiente.
La siguiente vez que el capataz Banda dijo a sai Elgin que se largara del rancho Cielo Grande y eligiera cómo quería irse, si vestido o sin calzones, porque estos acabarían colgados de la veleta del barracón de los peones, George contestó que se marcharía encantado, pero regresaría con media docena de matones que se llevarían los libros de cuentas por la fuerza, a lo que seguiría una auditoría forense completa.
Banda no sabía ni por asomo qué era una auditoría forense completa, pero sí lo entendió cuando George le hincó el dedo en su elegante chaleco y dijo que ya verían entonces qué pantalones acababan colgados de la veleta del barracón, quizá con el culo de sai Banda todavía dentro de ellos.
La insignia —el sigul— permitió a George hablar con férrea convicción.
Banda lo acató a la vez que insinuaba que cualquier error que George encontrara sin duda sería culpa de cierto jinete de la Pendiente —todo un experto en números, según él— que había desaparecido y era difícil de localizar.
George, que no era incapaz de recurrir a la diplomacia cuando las circunstancias lo exigían, respondió que bien estaba que un mal jinete se hubiera ido, y que así posiblemente no se producirían posteriores «errores».
George obtuvo un éxito similar con unos cuantos capataces de minas, sobre todo cuando iba acompañado de Ryall Connors para secundar sus exigencias de examinar los libros de cuentas y comparar los datos con el peso del mineral extraído.
Sai Ry tenía unos silencios de mirada vacía muy convincentes, unidos a la vieja pistola que exhibía al cinto.
Ahora, en el segundo día de su viaje, Jack, al ver aparecer la insignia de plata de Cadete del Espacio prendida del sombrero de George, sabe que el antiguo representante de Youngblood está apelando a la más rigurosa autoridad a su alcance.
¿Significa
( la apestosa placa )
el sigul en el sombrero de George que pretende asumir el cargo de dinh ?
No. Eso jamás. Incluso si los demás lo respaldaran, George no ambicionaría ese puesto.
La finalidad de esa insignia —al menos en lo que a Jack se refiere— es poner en tela de juicio su competencia sin en realidad expresarlo en voz alta.
Y bien está que así sea, considera Jack.
Hestin no mintió, solo indujo a Jack a determinadas suposiciones sobre la base de determinadas deducciones.
Nadie lo llevó al huerto; se fue él solito… y ahora aquí están.
2
Ry prepara una excelente cena de campaña a partir de las provisiones guardadas en la parte trasera del camión de Jack: filetes poco hechos sobre un lecho de verduras, patatas fritas con salsa agria (el ingrediente secreto es el whisky) e incluso una tarta de punka (pasada pero aún bastante dulce) de la despensa de Youngblood.
Comen alrededor de un intenso fuego que alimentan con trozos de madera del árbol caído.
Todos prodigan elogios a Ry por sus dotes culinarias.
Quita importancia a los cumplidos, pero salta a la vista que lo complacen.
—En cualquier caso, no esperéis cenar así todas las noches —dice.
Una vez terminada la cena y recogidos y enjuagados los platos de hojalata, Jack señala a George Elgin.
—Llevas el sigul por una razón. Explícala ahora que estamos aquí sentados an-tet. Como decimos en el lado de Estados Unidos, pongamos las cartas sobre la mesa.
George habla con el tono cortante y firme que Jack le había oído emplear cuando conversaba con el Gran Jefe de cuestiones de contabilidad, expresándose siempre con sencillez, porque el intervalo de atención de Youngblood era corto y sus aptitudes matemáticas se acababan en la suma.
—Se me ocurre una sencilla pregunta que quizá nos lleve a comprender con mayor claridad qué es lo que estamos transportando hacia esa Garganta, o ese Tajo, o esa grieta en el mundo.
—Pues sea, pregunta.
—¿Nos darás una respuesta sincera?
—Como dinh vuestro, os lo prometo. Si incumplo mi palabra, que otro ocupe mi lugar.
Ante esa perspectiva, todos excepto Ry Connors muestran inquietud.