Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 28 #5
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Capítulo 28 #5

Eso hacen. Larry se inclina y orienta la mira del arma.

—Esto va a estar bien —dice. Dispara una larga ráfaga.

Líneas de luz convergen en el árbol. Está podrido y vuela por los aires convertido en una nube de astillas.

Las aves se deslizan por la superficie del agua y alzan el vuelo en formación de «V».

Richard no se inmuta por el ruido de la ametralladora.

Sigue la trayectoria de las aves con el hocico mientras se elevan en el cielo, cada vez más oscuro.

El olor a pólvora quemada llega al tet de Jack flotando en la ligera brisa.

—¡Impresionante! —exclama Larry en un susurro. Exhibe una amplia sonrisa de bobalicón—. ¿Habéis visto esas trazadoras?

—Muy bonitas —admite Alice.

—Los trozos de ese árbol deberían arder bastante bien —observa Jack—. Cojamos madera suficiente para una fogata. La mantendremos encendida.

Espera una protesta por parte de Ry —o como mínimo alguna de sus ocurrencias—, pero Ryall se ocupa ya de reunir cazuelas, sartenes y comida en la parte de atrás del camión de Jack.

Extrae filetes de carne de ternera envueltos en hojas de kappa-kappa.

En el lado de Estados Unidos, la carne se habría envuelto en papel, pero en Dezi —y en la mayor parte de Mundo Medio— el papel escasea.

El motivo es un misterio, porque hay árboles de sobra.

Misterio, piensa a veces Jack, sería un nombre mejor para este lugar que los Territorios o Mundo Medio.

Mientras Ry improvisa la cena (observado de cerca por Richard), los demás recogen brazadas de leña del árbol podrido.

George rescata un sombrero rojo descolorido de ala ancha y copa baja de la cabina de su camión.

Lleva prendida una insignia de plata. Ese detalle, combinado con los botines y las gafas de montura de concha un tanto torcidas sobre la nariz, le confiere aspecto de urbanita recién llegado a un rancho para turistas.

Debería resultar gracioso, pero Jack no le ve la gracia.

Esa insignia la trajo él mismo del Bazar de Artículos de Regalo y Mercería de Pedro, la tienda de Hemingford Home, y eso no es una broma.

Significa que Jack tiene cosas que explicar, y se propone hacerlo, por más que quede como un pardillo sin dos dedos de frente.

El hombre que no es un hombre conoce la respuesta a vuestras preguntas, escribió Maeve Quiller. Estaba en lo cierto, pero Jack, por descuido, no planteó algunas preguntas cruciales.

Se dispone a ir a por otra brazada de leña —han acumulado una pila considerable en la franja de hierba entre la carretera y la charca— cuando Ry lo agarra del brazo. Jack tenía la cabeza en otra parte, muy lejos de ahí, y debido al sobresalto casi le lanza un puñetazo.

—Por Dios, ¿y ahora qué?

Ry alza una mano en un gesto apaciguador.

—Tranquilo, Jack. Tú eres el dinh , y lo acepto, al menos de momento, pero tengo que enseñarte una cosa.

—Vale —contesta Jack, que piensa: Al menos de momento.

Ry lo lleva a la parte trasera del camión que Jack conduce.

Ya ha oscurecido. Aún no han salido las estrellas, pero una brisa nocturna susurra entre la maraña de árboles del lado izquierdo de la carretera.

En las zonas de la charca próximas a la orilla, las ranas croan y los peces saltan con la esperanza de capturar unos cuantos bichos más con la puesta de sol.

—He abierto el contenedor para echar un vistazo a la caja. Por pura curiosidad, ¿vale? Pero conviene que lo veas.

El zumbido ha aumentado de volumen y, una vez más, da la impresión de que procede de todas partes, aunque junto al contenedor es más potente. Parece concentrarse aún más cuando Ry retira la tapa sobre sus bisagras de cuero.

Jack observa la caja durante largo rato.

Al principio, en la luz cada vez más tenue, es difícil advertir qué ha cambiado.

De pronto cae en la cuenta de que los ángulos de la caja procedente de las profundidades del complejo de Arrowhead presentan un aspecto distinto.

Los contornos, antes afilados, se han suavizado.

Cierra los ojos con fuerza y vuelve a mirar para asegurarse.

No son imaginaciones suyas. Ojalá lo fueran.

—Tócala —dice Ry—. No muerde. O al menos no creo que muerda, pero ¿quién coño sabe?

Jack sí lo sabe. Tiene que saberlo.

—¿Lo notas?

—Sí. —Piensa de nuevo en Mister Mike, el hámster de Mary—. Palpita. Como un corazón.

Ry deja escapar una risita lúgubre.

—Sin «como». Casi seguro que es así. Tal vez estas cosas no estaban vivas cuando las sacamos de aquel puto agujero en la tierra, o tal vez sí…

, hibernando, por ejemplo…, pero debe de gustarles el aire fresco.

¿Y sabes qué? —Ryall sonríe, y Jack siente nuevamente el absurdo (pero intenso) impulso de alborotarle el cabello, como un niño de primaria en el patio del colegio.

—¿Qué?

—Me parece que quizá deberíamos acelerar tanto como podamos si aún nos proponemos ir a esa grieta en la tierra —dice Ry—. Porque estas cosas, sean lo que sean, van a despertarse del todo muy pronto, diría yo. Y entonces… ¿quién sabe?