Capítulo 28 #4
—Vivíamos en un apartamento de una tercera planta, mi madre y yo.
En la imagen no hay un padre, aunque a veces enviaba cheques para la manutención.
Cuando le apetecía. Mister Mike estaba en una jaula en mi cuarto.
En verano, allí, sin aire acondicionado, solo con un ventilador, hacía siempre mucho calor, y a veces yo rociaba a Mister Mike en su jaula.
No tenía un pulverizador grande, como el nuestro, sino una especie de regadera de plástico, pequeña, pero… —Se encoge de hombros.
—Pero la idea era la misma —completa Larry—. ¿No?
—En fin…, sí —contesta Mary—. Y a Mister Mike le gustaba. Se tendía de espaldas para que le rociara la barriga. Esas cajas… en realidad están vivas. O sea, ¿qué va a ser, si no? Todos os habéis dado cuenta, ¿o no?
Nadie responde.
8
Día dos.
Avanzan más juntos tras decidir —sin que nadie, ni siquiera Ry, salga y lo diga— que, si uno se va, se van todos.
Solo Jory se adelanta en su Binny, al que ha empezado a llamar Chipper.
Cada media hora oyen el bip-bip de su claxon al frente y se detienen para comprobar las unidades de aire acondicionado y rociar las tapas de los contenedores.
Aunque podrían ser imaginaciones suyas, activadas por lo que Mary ha contado sobre su hámster, Jack piensa que ahora el zumbido se oye un poco más alto y que, si bien es posible que se centre en el contenedor, ese sonido como de insecto soñoliento parece llenar toda la parte trasera del camión.
Es como si lo que sea que contiene la Caja de la Perdición hiciese ventriloquía.
Eso se le antoja otro eco, este procedente de la cantina de Pernil, donde Pay hacía contar chistes a Hector, la marioneta bien dotada, para impedir que los parroquianos agarraran a Mary y se la llevaran a la parte de atrás.
Entran en otra franja boscosa. Allí el terreno es pantanoso, salpicado de pequeños charcos de agua inmunda que despiden un turbio resplandor a la luz del escaso sol que les llega.
El sotobosque, una acumulación de madera caída y maleza, asfixia los kappa-kappas, y su agradable olor a vainilla ha dado paso al hedor de las hojas podridas y —quizá— de los animales putrefactos.
A Jack los ojos le indican que la carretera no es más estrecha que antes; solo lo parece por la espesa vegetación a ambos lados.
Ve a George sentado detrás de la SAW, en la parte trasera del carro artillado de Larry; ahuyenta de vez en cuando los insectos que le rondan por el cabello y los hombros.
Justo delante de Jack, Ry conduce con un codo asomado a la ventanilla.
Nadie maneja las armas de su vehículo y Jack se reprocha ese lapsus.
La idea de que añadir a otra persona al ka-tet lo hubiera debilitado, o disgregado, no tiene sentido.
No sabe hasta qué punto creérselo. Ya no sabe qué creer.
Al menos no hay mutantes lentos.
Según sus cálculos, han recorrido unas ciento sesenta ruedas en dos días.
La luz ha empezado a declinar; ya es hora de ir planteándose acampar antes de que los sorprenda la oscuridad.
Le gustaría dejar atrás esa maraña de madera muerta y salir a una zona más despejada, pero, como dijo Mary, si los deseos se hicieran realidad, etcétera, etcétera.
De la cabeza del convoy llega un largo bocinazo del claxon de Chipper seguido de dos cortos.
Cuando se acerca a Jory, ve que un árbol enorme bloquea la carretera: otro eco.
En un primer momento, Jack piensa que se trata de una trampa, pero el tocón astillado y las ramas rotas inducen a pensar que el árbol ha muerto por causas naturales.
Bien saben Dios y Gan que ya han visto árboles caídos más que suficientes en el bosque.
La maraña de bosque pantanoso ha quedado atrás, a uno de los lados de la carretera.
A su derecha se extiende ahora una amplia charca donde una bandada de aves flota plácidamente.
Richard se lanza a través de la ventanilla abierta y trota hasta la orilla.
Se agazapa entre la hierba alta y observa las aves.
Mary lo llama para que vuelva. El brambo no le hace caso.
George salta de la parte de atrás del carro artillado.
Alice se detiene y apaga el Binny (al que ha llamado Debra, por una hermana suya que murió joven).
Se reúne con Jack y George. Mary ha seguido a Richard, todavía llamándolo —en vano— para que vuelva.
—Paremos aquí a pasar la noche —propone Jack—. Con la charca a un lado, solo tenemos que preocuparnos por el bosque del otro lado y vigilarlo.
—¿Y qué hacemos con el árbol caído en medio de la carretera? —pregunta Ry.
Jack tiene una respuesta a eso:
—Por favor, Larry, haz los honores. —Señala la calibre cincuenta de la parte de atrás de su carro artillado.
Larry se anima.
—Dalo por hecho. —Ejecuta un giro rápido; acto seguido, sube al asiento del artillero y rota una de las dos ametralladoras pesadas sobre su trípode—.
Esto se parece a un lanzagranadas MK19 —explica con tono magistral mientras cierra la tapa para fijar la cinta de munición—. No es lo mismo, es más bien…
—¿Un eco? —dice Jack.
—Pues sea.
—Como si nos importara mucho —comenta Ry.
—Tapaos los oídos —indica Larry—. Va a hacer mucho ruido.