Capítulo 28 #3
Antes de que Jack pueda contestarle, Ryall señala con el dedo.
—¿Quizá esos?
Todos se vuelven. En el lado opuesto de la carretera, de pie a la sombra de los árboles cercanos, hay dos mutantes lentos, un hombre y una mujer.
A Jack le parece estar contemplando una versión del cuadro Gótico estadounidense, de Grant Wood, solo que el hombre no sostiene un bieldo y a la mujer le cuelga una mejilla en un jirón de carne infestada de bichos, formando una media sonrisa que deja al descubierto sus dientes amarillentos.
El muti lleva un peto azul descolorido de cavi-cava; la mujer va desnuda salvo por una zapatilla sucia.
A juzgar por la estrella en el costado, Jack supone que es una Converse.
Se oye un doble chasquido. Jack se vuelve y ve que Larry Magruder ha subido a la parte de atrás de su carro artillado y tiene la SAW lista para disparar.
—¡Peonza, no! —ordena Jack.
—Pero… ¿no es por eso por lo que vamos armados?
—Tú no dispares.
Otros mutis van saliendo del bosque y se sitúan a los lados de la carretera.
Esa manera de acercarse, silenciosa e ingrávida, resulta inquietante.
Uno sujeta un conejo muerto por la oreja.
Los integrantes del grupo de Jack desenfundan sus pistolas.
Ry pregunta a Jack si quiere que suba ahí, con lo que, interpreta Jack, se refiere a ponerse tras la calibre cincuenta.
Ahora hay ya por lo menos cincuenta mutis a ambos lados de la carretera.
—Creo que atacarán al primer disparo —dice Jack.
—¿Cómo de seguro estás? —pregunta Mary—. ¿Un poco o mucho? —Es lo más cerca que ha estado de hablar de las intuiciones de Jack.
—¿Y tú? —Le señala las manos—. ¿Qué dicen los ojos?
Ella niega con la cabeza.
—Nada.
—Quizá eso sea buena señal. Si podemos salir de aquí sin disparar, eso es lo que vamos a hacer. Y se acabó lo de mantener las distancias, al menos por el momento. Formación cerrada.
Mary coge en brazos a Richard, por miedo a lo que el bilibrambo pueda hacer…
o desencadenar. Tiene las orejas en punta y enseña los dientes, pero no emite sonido alguno, y desde luego no la semipalabra que ha puesto en movimiento a los bisontes.
Jack señala uno por uno a Larry, George y Mary, y a continuación, con gestos, les indica que suban a los camiones.
Muy despacio, en lo que casi parece una parodia de despreocupación, regresan todos a sus vehículos.
Jory se coloca tras la palanca de dirección del Binny de cabeza.
Este dice: «Bienvenido de nuevo, Jory Fields», y los mutis lentos se vuelven todos hacia el sonido. Por lo demás, permanecen inmóviles.
Caballeros, pongan los motores en marcha , piensa Jack, y arranca el suyo. Espera que los mutantes lentos ataquen. No lo hacen. Ahora, con los parachoques casi en contacto, siguen adelante por la carretera de Bayver.
Cuatro de los mutis acceden a la calzada y se sitúan detrás del Binny de Jory.
Jack ve las luces traseras del carro artillado de Larry Magruder parpadear en rojo por un instante y apagarse.
El Peonza conduce a paso de hombre. Dos de los mutis se apartan.
Uno retrocede. El cuarto cae bajo las ruedas delanteras del carro artillado.
Jack ve asomar unas manos, que se abren y cierran.
Oye un crujido de huesos rotos incluso por encima del áspero retumbo del motor diésel de su camión.
Salta sangre a borbotones. Jack tiene la sospecha de que esa sangre tal vez brillara en la oscuridad. Quizá sea absurdo, o quizá no.
Los mutis a ambos lados de la carretera gesticulan con movimientos espasmódicos, y Jack vuelve a pensar que se abalanzarán sobre el convoy de vehículos, entre los que los Binnys de laterales abiertos son los más vulnerables al ataque.
Sin embargo, permanecen en sus posiciones y enseguida, cuando el pequeño convoy sale a un paisaje más abierto, quedan atrás.
7
Jory acelera y saca ventaja a los demás sin necesidad de que se lo ordenen. Al frente se ve otra oscura franja boscosa donde, cabe suponer, aguardan más mutis. Puede que ataquen. Puede que se limiten a mirar.
De la cabeza del convoy llega el bip-bip del claxon de Jory, que anuncia la media hora transcurrida. Se detienen. George rocía su contenedor. Jack rocía el suyo y, a continuación, indica a Mary y a Larry que se acerquen.
—Mary, ¿qué te parecería conducir durante el resto del día mientras George ocupa su puesto en la parte de atrás del carro artillado de Larry para manejar la calibre cincuenta y la SAW ?
—Puedo encargarme de eso —responde Mary—. He pensado en preguntártelo al salir, pero… —Se encoge de hombros.
—Pero yo soy el dinh —dice Jack—. ¿No?
—Bueno…, sí.
—La próxima vez pregunta.
—Vale.
Ry se acerca a ellos.
—¿Quién va a conducir mi camión mientras yo manejo los hierros de repetición, grandullón? En eso tampoco has pensado, ¿verdad que no?
Contra lo que afirma el antiguo proverbio, la sinceridad no siempre es la mejor política. Sin embargo, esta vez, Jack decide que sí lo es.
—No. No lo había pensado.
—Tampoco nos has hablado de esos capullos salidos de una película de terror. ¿ Te previno el hombre robot?
Jack siente el impulso, con asombrosa intensidad, de alargar el brazo y alborotar el pelo a Ry.
Así sin más. Están aquí, en lo que en esencia es territorio desconocido, y ese cabello conserva un peinado impecable incluso ahora, alisado hacia atrás desde las sienes y la frente.
Es como si Ryall se creyera que es el matón número 3 en una película de Martin Scorsese, ese que tiene una única frase como ¿Qué quiere que haga con él, jefe?
No desea darle un puñetazo en la cara —aunque sin duda eso sería lo siguiente—, sino solo alborotarle ese absurdo tupé.
En cambio, dice:
—Sí. Dijo que tal vez viéramos mutantes lentos.
Hestin le dijo: Mejor que no sepan todo lo que pueden llegar a encontrarse , y Jack lo aceptó.
¿Lo aceptó? No. Se lo tragó como un niño se traga la idea de que el Ratoncito Pérez, a cambio de una moneda, va a llevarse el diente de leche de debajo de su almohada para fabricar pulseras en su mundo mágico.
El niño se lo traga porque mamá y papá le dicen que es así.
Pero Jack no es un niño y no cree en el Ratoncito Pérez desde que, a los cuatro años, Morgan Sloat, el socio de su padre, le arrancó la ilusión con indiferente crueldad: Madura, chaval, el Ratoncito Pérez es tu madre.
Han empezado a asaltarlo ciertas dudas sobre Ayden Hestin y vuelve a pensar: Un personaje no fiable.
¿Por qué demonios te creíste todo lo que te dijo?
¿Qué ha sido del hacha de los detectives, Jack?
¿El crac de los detectives, con un noventa por ciento de casos resueltos?
Aquel polizonte no daba nada por sentado y pensaba que todo el mundo mentía sobre algo.
Incluso los inocentes. ¿Te hipnotizó Hestin o qué?
No. Jack comprende que se hipnotizó él mismo. Todo cuadraba a la perfección. Debido al eco. Por Carga maldita y Le salaire de la peur. Tal vez Hestin no sea el único personaje no fiable. Tal vez le convenga dejar de creer en el eco y empezar a creer en sí mismo.
—Perdona —dice—. Os contaré todo lo que me dijo cuando paremos esta noche.
—Un poco tarde, ¿no te parece?
—Más vale tarde que nunca —contesta Jack. Es una respuesta poco convincente, y él lo sabe.
George interviene:
—No podíamos traer a nadie más. Ni siquiera a Hestin, si es eso lo que estás pensando. Estamos al límite de capacidad, Ry. Cuando se forma un ka-tet, el grupo se cierra. Empieza a rodar como una rueda.
Otra vez Big Joe Turner , piensa Jack. Otra vez.
—Superstición —dice Ry.
—Te he visto santiguarte cuando han aparecido esos mutis —señala George—. ¿Es eso superstición?
—Hábito —contesta Ry—. Un simple hábito.
Alice Stines apoya una mano en el brazo de Ry y dice:
—No es superstición.
—De acuerdo —responde Ry—. Bien. En cualquier caso, ya es tarde para cambios.
En marcha. Si aparecen más de esos en el camino y se nos echan encima, intentaré pasar a la parte de atrás del vehículo y manejar la SAW antes de que me descuarticen miembro a miembro.
Acordaos del puto Álamo y toda esa mierda.
Una idea acude a la mente de Jack, salida de la nada: Espero que aparezcan y espero que, de paso, te alboroten el pelo, pedazo de tocabolas.
Jack se vuelve hacia Mary.
—Antes, ahí atrás, después de rociar la tapa del contenedor, te has interrumpido. ¿Por qué?
—He oído un ruido.
—¿Un zumbido? ¿Grave?
—Ea. Sí.
—¿Salía de la caja? —No se refiere al contenedor, sino a la Caja de la Perdición que hay dentro.
—No… no estoy segura. Pero, Jack…, cuando rociamos esos contenedores… y la bruma entra por los agujeros… —Mary, eludiendo su mirada, baja la voz gradualmente hasta callarse.
—Adelante —insta Alice—. Diga lo que le ronda por la cabeza, se lo ruego.
—Al principio, lo hacíamos para que las cajas no se calentarán, y eso al menos tiene cierto sentido, ¿no?
—Claro —dice Larry—. Las mantenemos frías para impedir la reacción en cadena. Como en un reactor nuclear.
—Sí. O en una bomba atómica —añade Jack. ¿Y por qué? Porque concuerda con el eco. Concuerda no con una película, sino con dos. Quizá incluso con tres, porque ¿no había también una versión televisiva de El salario ?
Ry mete la cabeza entre las cortinas del camión de Jack. Se echa atrás y dice:
—Lo oigo. Grave y continuo. Sale del contenedor, pero no solo de ahí. Suena en todas partes ahí detrás. Es como si se me hubiera metido en la cabeza. Zzz-zzz-zzz.
Jack mira a Mary.
—Termina, ¿quieres?
—Es como…, no sé…, a lo mejor es una estupidez, pero de niña tuve un hámster, ¿vale? Mister Mike. Y…
—¿No podríamos saltarnos los recuerdos de la infancia? —sugiere Ry—. Estamos malgastando la luz del día.
—Cállate —ordena Jack, y la expresión en el rostro de Ry, como si de repente acabara de recibir una bofetada, le produce un gran placer. Es una forma verbal de alborotarle el pelo—. Esto es importante. Adelante, Mary.
Tras lanzar una ojeada a Ryall, ella sigue: