Capítulo 28 #2
Ha parado en una bajada. Alice rebasa el cambio de rasante. Su Binny ha desplegado los paneles solares en forma de ala de gaviota. Jack da unas palmadas al aire para indicarle que se detenga. Trota hasta ella. Alice se inclina para asomarse desde el lado abierto del Binny.
—¿Qué pasa?
—Nada, pero reduzca un poco la distancia.
—De acuerdo. Me paso el tiempo esperando… a que ocurra algo.
—También ha de estar pendiente de posibles peligros que vengan desde atrás, recuérdelo —dice Jack.
—Eso lo sé. Jack…
—Qué.
—Habla. Este artefacto que conduzco habla.
Jack sonríe.
—Pídale que le cuente un chiste.
—¿Eso dice?
—Sí.
Regresa al trote a su camión y se pone en marcha de nuevo. Veinte ruedas recorridas, seiscientas por recorrer, o más , se dice. Sin prisa pero sin pausa.
4
La carretera desciende en una sucesión de armoniosas bajadas que llevan el convoy hasta un valle hundido.
En el lecho, la escorrentía de un riachuelo cercano, con ayuda de unas tuberías atascadas, ha inundado la calzada.
No es una acumulación de agua profunda, pero ha arrancado parte del asfalto.
Sin caja de explosivos de la que preocuparse, Larry atraviesa el trecho anegado a bordo de su vehículo en medio de un gran salpicón.
Jack observa, a continuación, el camión de Mary y George, que, bamboleándose, cruza lentamente el tramo accidentado, y espera en todo momento un destello blanco que ponga fin a sus vidas.
No puedes vivir así, apretando los dientes ante cada bache y socavón , piensa, pero ¿qué otra opción tiene? Si Jory es un caso perdido, todos los demás también.
Ry sigue a George y Mary, demasiado cerca para el gusto de Jack, casi pegado al parachoques del camión.
Se dice de nuevo que seguramente no importa.
No es como en El salario del miedo o Carga maldita , en las que una explosión se llevaría por delante solo un camión; según Hestin, se los llevaría por delante a todos, además de los campos circundantes.
¿Dijo eso realmente?
Sí. La verdad es que sí. Pero Jack ha descubierto que lo que Hestin no dice es tan importante como lo que sí dice, o quizá más.
Cuando el camión de George supera el largo charco y el asfalto roto, acelera un poco y los bajos gotean agua lodosa.
Ry lo sigue, levantando chorros de agua con las ruedas, y en el campo de visión de Jack flotan los destellos en forma de estrella de la cinta de munición de la calibre cincuenta, que se sacude y cabecea con el vaivén del vehículo.
Jack avanza despacio sobre el asfalto dañado, notando el continuo traqueteo del camión.
Lo lleva a pensar en una anciana que intenta salvar un trozo helado de acera.
Ve que Alice aguarda a que él supere el trecho inundado y espera que eso no sea lo último que vea.
Sale del agua poco profunda a un tramo de asfalto más liso. Se enjuga la boca. Al apartar la mano, ve sangre en la palma. Se ha mordido el labio inferior. Vuelve a pensar: No puedes vivir así.
Detrás de él, Alice —sin necesidad de mimar su Binny— levanta a los lados cortinas de agua lodosa mientras sonríe. Jack no diría que envidia su despreocupación, pero…
Sí, la envidia.
5
Hacen dos paradas más para rociar los contenedores.
Ahora los árboles se echan sobre ellos a ambos lados, lo que crea un túnel de sombra.
Eso es bueno para mantener frescos los contenedores, no tanto para la opción de energía solar de los vehículos.
Todos llevan los depósitos llenos de gasoil, pero Jack no cree que por esos andurriales vayan a encontrar una parada de camiones Pilot Flying J donde repostar.
Han cargado bidones, pero esos trescientos litros de combustible extra, poco más o menos, no darán mucho de sí.
Supone que tal vez encuentren algún fuerte de Positronics donde llenar los depósitos, pero todavía no han visto ninguno.
S on los primeros días , se dice Jack. No te imagines problemas.
A las once, Jack para con el fin de humedecer otra vez la carga.
La parte trasera del camión, a la sombra de la lona, se mantiene fresca y agradable.
Cuando se dispone ya a volver, oye un bocinazo largo seguido de dos cortos procedentes de la cabeza del convoy.
A continuación, suena una serie rápida de bocinazos cortos y largos que para él no significa nada.
Detrás de él, Alice alza las manos en un gesto de incomprensión.
Jack mueve la cabeza y le devuelve el gesto.
Al doblar la curva siguiente, ve que el carro artillado de Larry se ha detenido tras el Binny Ding de Jory.
Mary y George están detrás de ellos. Luego va Ry, seguido de Jack y Alice.
Todos en fila como patos en una barraca de tiro , piensa. Mala cosa.
Se acerca a pie al Binny de Jory. El problema salta a la vista.
No son los pelirrojos: son bisontes. Dos machos montan guardia ante dos hembras, que, tendidas en el caballón cubierto de mala hierba del centro de la calzada, amamantan a cuatro crías.
Una de las crías es albina y, sobre el hocico rosa, tiene un solo ojo velado.
Los machos observan a los intrusos, sin embestir, pero bajan las testas greñudas para enseñar los cuernos. El mensaje está claro.
—En fin, lo que faltaba —dice George—. ¿Y ahora qué hacemos?
—He tocado el claxon, pero no ha servido de nada.
—Matémoslos a tiros —propone Ry.
—No tendría inconveniente en matar a los grandes, pero a las madres que amamantan a las crías… —Larry tiene los brazos cruzados y se agarra los hombros con tal fuerza que se le blanquean los nudillos—. Eso sería…, no sé…, ¡un mamicidio !
—Dios bendito —dice Ry, que cierra los ojos por un momento.
—Además, trae mala suerte —comenta Mary—. La peor. —Mira a Jack.
Todos lo miran. Eso empieza a cansarlo, y solo llevan en la carretera cuatro horas. Tendrá que acostumbrarse, supone, pero no le gusta.
—Haremos ahora un alto y adelantaremos la comida.
—No es lo que quiere. Lo que quiere, lo que quieren todos , es quitarse de encima esta misión horrenda lo antes posible.
El bosque es espeso y está lleno de sombras.
Ahí podría haber cualquier cosa. Lobos malos, mutis lentos y Dios (o Gan) sabe qué más—. Quizá los bisontes se muevan.
—Podría disparar unas cuantas veces al aire —sugiere Larry—. Tal vez así…
Todos se han olvidado de Richard. Este salta de la cabina del camión de George y Mary.
—¡No, Richard! —grita ella.
Él sigue a la suya. Esta vez no va derecho hacia los bisontes, como hizo con los plunjas.
Por el contrario, avanza a ras de hierba con zancadas cautas y delicadas por el caballón central de la carretera hasta situarse a unos seis o siete metros del pequeño rebaño.
Se sienta y, con voz aguda, empieza a emitir un sonido articulado de dos sílabas que Jack nunca ha oído.
Aunque no son palabras, casi podrían confundirse con ellas. Suenan a rou-ram, una y otra vez.
Las hembras se levantan con parsimonia. La cría albina queda colgada de la ubre de su madre hasta que uno de los machos la aparta de un empujón.
La cría vuela por el aire y cae despatarrada.
Los ocho animales cruzan la carretera hacia el bosque, las crías delante de las madres, que las apremian con el hocico.
La cría albina, con sus patas flacas y débiles, los sigue a trompicones, pero, antes de que llegue a la cuneta, uno de los machos se vuelve y le ensarta un cuerno.
La hembra que la alimentaba lanza un bramido de angustia, pero el macho no se da por aludido.
La cría se agita con desesperación por uno o dos segundos, hasta que sus patas quedan flácidas y abiertas.
El macho mueve la cabeza greñuda en una brusca sacudida y lanza el cadáver.
—Supongo que los animales tienen su propia manera de tratar a los engendros —comenta Ry.
Mary no le presta atención. Se agacha y coge en brazos a Richard.
—Les has dicho que se muevan y se han movido, ¿no? Eres un buen chico.
—Es increíble —dice Alice, y acaricia a Richard con cautela.
Richard sonríe a las dos y se acurruca contra el pecho de Mary.
6
Al cabo de una hora paran a comer: popkins y la Coca-Cola que a Youngblood ya no le sirve.
Jack permanece atento al bosque, pero no ve nada.
Mejor dicho…, ve sombras que se deslizan, pero está seguro de que eso es solo el vaivén de las ramas de los kappa-kappas movidas por la brisa.
O eso se dice. Richard, sentado, sostiene su popkin con las patas delanteras y lo mordisquea aquí y allá como si se comiera una mazorca de maíz.
Lo liquida en un abrir y cerrar de ojos.
El brambo se acerca al trote a la cuneta y hace sus necesidades entre la mala hierba.
Mary no le quita ojo de encima. Puede que Pay fuera por un tiempo su amante, pero Richard es su amor.
Y el muy cabroncete lo sabe , piensa Jack.
Cuando terminan de comer, George recoge las botellas de Coca-Cola y unos cuantos curruscos (que Richard despacha gustosamente). Echa las botellas a un morral.
—Aquí no ponen multas por tirar basura —señala Ry— ni te devuelven el dinero por los cascos vacíos.
George no le presta atención. Mary, que ha abierto las cortinas de su camión, rocía la tapa del contenedor.
Empieza a cerrar la lona, pero de pronto se interrumpe y ladea la cabeza.
Después termina de atar las cortinas. Cuando Jack se dispone a preguntarle por qué se ha interrumpido —¿acaso ha visto algo anormal en el contenedor? —, Alice le habla:
—Entiendo por qué sai Fields va en una posición adelantada, para poder alertarnos si pasa algo, pero ¿no deberíamos los demás formar un grupo más cerrado? Me parece que, si esta carga es tan peligrosa, dispersarnos no nos salvará.
—Pueden surgir otros problemas —contesta Jack, esquivo—. Debemos proteger lo que llevamos a la Garganta. Si no llegan allí las dos Cajas de la Perdición, tiene que llegar al menos una. Hombre prevenido vale por dos, ¿entiende?
—¿Qué problemas?