Capítulo 28
A la mañana siguiente están todos de pie antes del amanecer.
Comen huevos revueltos y tostadas, y beben lo que queda de café.
Prepara y sirve el desayuno Ryall en la cocina de la Villa.
Recorren la calle del Tranvía y después el camino adyacente con el rótulo prohibido que conduce al complejo de Arrowhead.
En lo alto de la rampa los espera Hestin, que viste un traje negro y una babushka de un color gris oscuro como el de un nubarrón.
No les dirige la palabra y el tet de Jack le devuelve el favor.
Lora, la sobrina de Alice, les sale al encuentro. Jack le desea hoy y le da los buenos días. Jory ronca arrebujado en su saco, pero, al oír sus voces, despierta y se pone en pie.
— Hoy , Jory. ¿Todo en orden?
—Ea. ¿Necesitan ayuda con los contenedores?
—La tenemos.
Jack y Ry depositan los contenedores con las Cajas de la Perdición en la carretilla. Ry propone que levanten la carretilla para mantener horizontales las CP. Jack niega con la cabeza. Mañana o pasado ascenderán por las Crestas, donde los camiones y las cajas se ladearán a causa de la pendiente.
Ry se encoge de hombros.
—Si eso dices, que así sea. Tú eres el dinh.
Jack señala la rampa.
—Si las cajas fueran a estallar, ¿seguiría aquí Hestin?
—Buen argumento.
Empujan la carretilla por la rampa. Jory los sigue con el reloj de arena en una mano y un pulverizador Sprayz en la otra. Los demás pulverizadores, las unidades de aire acondicionado y los indicadores de temperatura los esperan en los camiones que transportarán los explosivos.
Los otros cinco —seis, contando a Richard— siguen a Jack y Ry.
Despunta la primera luz del nuevo día, tan delicada, tan perfecta, tan jodidamente pura.
El cielo presenta un azul inmaculado. Los pájaros trinan en la arboleda situada detrás del complejo de Arrowhead con su canto intranquilo: taf-taf-tafi.
Una neblina baja se enrosca en torno a sus pies como humo de tabaco.
Todos portan pistolas. Jack cae en la cuenta de que, en su primer viaje a través de los Territorios, no vio una sola arma hasta llegar a la estación de tren y abrir las cajas de uzis y granadas de Morgan.
—Más vale que esos ka-mais no echen a perder el desayuno —dice Ry—. La gente tiene hambre.
George no lo acusa de obsesionarse con el control. Nadie pronuncia una sola palabra. Hestin los sigue a treinta o cuarenta pasos, con las manos entrelazadas, más parecido que nunca a un agente de pompas fúnebres con su traje negro.
Pasan por delante de la estación de repostaje.
Más allá, Larry y George han dispuesto su pequeño convoy.
Justo enfrente del Binny Ding que encabezará la marcha, hay un par de letreros en postes torcidos y herrumbrosos.
Flanquean una carretera estrecha con el asfalto a medio desintegrarse: dos carriles separados por un caballón central en el que crecen malas hierbas, lampazos y margaritas.
Uno de los letreros está en inglés; el otro, en los garabatos ganchudos que son la forma escrita de la lengua.
El letrero en inglés reza bayver . En el otro se lee lo mismo.
—Todo listo, sai —anuncia Jory—. Doy fe con mi sello.
—Bien hecho —dice Jack—. Ry, ¿un poco de ayuda?
Los dos juntos levantan uno de los contenedores y lo colocan en la plataforma del camión que conducirá Jack, sobre la arena que Jory ha extendido para mayor amortiguación ante posibles sacudidas.
Jack pone en marcha la unidad ChillZone, percibe la corriente de aire frío orientada hacia la tapa del contenedor y consulta el termómetro.
No sabe interpretar los garabatos, pero advierte que la flecha ya ha empezado a bajar. Todo bien…, o tan bien como es posible.
Cierra las cortinas de lona de la parte de atrás y las ata entre sí.
Empujan la carretilla hasta el camión en el que viajarán George y Mary (y Richard, se recuerda; no nos olvidemos de Richard).
Repiten el proceso: levantan el contenedor, lo colocan en la arena de amortiguación, encienden y comprueban el aire acondicionado, lo mismo con el termómetro, y atan las cortinas de la parte de atrás.
—No se olviden de rociarlas —dice Jory—. Hay agua de reserva en los carros artillados y combustible…
—Todo irá bien —asegura Jack—. No te preocupes.
Solo debes acordarte de tocar el claxon cada vez que pares.
Bip-bip , así. Tan-tara-tan-tan, tan-tan para la mitad del día y el final de la jornada.
Y otra cosa más. Si te topas con algún obstáculo en la carretera, un bocinazo largo y dos cortos. ¿Queda claro?
—Pues sea.
—Bien. —Quizá debería indicar más códigos sonoros a Jory, pero no quiere confundirlo. Como Pay habría dicho, no es el cuchillo más afilado del cajón. Jack daría cualquier cosa por ser un peón más, no el dinh del ka-tet. Porque no son solo sus vidas las que están en peligro.
—¿Y si no oye mis bocinazos, sai?
Jack sonríe.
—Nos preocuparía. Pero el sonido llega lejos. Lo oiremos. En caso de emergencia, toca el botón de alarma, a la izquierda de la palanca de dirección. ¿Sabes dónde está?
—Sí. Es rojo.
—Todo irá bien, Jory. Te daremos media hora; entonces humedecemos los contenedores y otra vez a rodar.
—Entendido.
Puede que haya mutantes lentos o lobos malos , le dijo Hestin, pero el calvo alto también le recomendó que no añadiera más preocupaciones a una situación ya preocupante de por sí.
—Repíteme qué debes hacer en caso de emergencia.
—Apretar el botón de alarma.
—Exacto. O también puedes decir simplemente: «Activa la alarma, Binny». ¿Entendido?
—Ea.
—Pues en marcha. Y que te sea de provecho.
—Y a usted, sai. Y a usted.
Jory da un doble apretón a Jack en los brazos y sube a su Binny. Jack se plantea decirle que, si quiere, puede ponerle nombre al vehículo, pero el hombrecillo avanza ya por la carretera. La niebla baja se arremolina en torno a las ruedas del Binny. Dobla la primera curva y desaparece.
—Antiguamente a los tipos como Jory se los llamaba batallón de castigo —dice Larry.
—¿Qué es eso? —pregunta Mary.
—Es un señuelo —responde Larry.
—Carne de cañón —añade Ry, y no sin cierta satisfacción.
—Eso no es verdad —dice George, que entonces mira a Jack—. ¿O sí?
—Jory sabe que tiene mucho que compensar —se limita a decir Jack.
2
Esperan media hora. El tiempo pasa despacio. Aumenta la temperatura y la neblina se disipa. Oyen voces lejanas procedentes de la ciudad. Exclaman: «¡Hoy! ¡Hoy!». Así es como dan los buenos días en Dezi.
A las siete y media en punto, según el reloj de Jack, oyen el débil bip-bip del Binny de Jory.
George abre las cortinas traseras de su camión y rocía la tapa del contenedor.
Jack hace lo propio a la vez que consulta el termómetro.
La flecha indica lo que, según supone, son veinte o veintiún grados.
Confía en que baste con eso. Tendrá que bastar.
Le preocupa que las unidades ChillZone no enfríen lo suficiente si durante el día las temperaturas rebasan los veintisiete o veintiocho grados.
No sabe a qué niveles de calor esas cajas desencadenarían una catástrofe.
Hay muchas cosas que no sabe. Mira alrededor en busca de Hestin, pero el hombre (o lo que sea) calvo y alto se ha esfumado sin decir siquiera «que te sea de provecho».
Jack asegura los faldones de lona de la parte de atrás de su camión y piensa en dirigir a su tet unas palabras de aliento, pero decide que cualquier arenga quedaría estúpida. Así que solo dice:
—Vamos.
—Un momento, ¿quieres? —dice Mary. Se adentra entre los arbustos altos a un lado de la carretera de Bayver y reaparece poco después. Regresa al camión abrochándose los pantalones.
—Mi madre siempre me decía que hiciera pipí antes de un viaje. —Luego, volviéndose hacia Ry, pregunta—: ¿Algo que alegar al respecto, sai?
—Nada —contesta él en español.
—¡A sus puestos! —exclama Larry. Acto seguido, con los puños en alto por encima de la cabeza, añade—: ¡En marcha! —Realiza un giro con tal vehemencia que se cae.
—Dios, dame fuerzas —masculla Ry.
Se instalan. Cuando Jack enciende el enorme motor diésel, tiembla el bastidor.
Cierra los ojos y espera la aniquilación.
Al abrirlos, el mundo sigue ahí, así que avanza detrás del carro artillado de Ry.
En la caja abierta del vehículo de Ryall, las cintas de munición reflejan el sol en forma de fulgurantes estrellas.
Voy a estar viendo esto todo el día , piensa Jack, y se prepara para un dolor de cabeza.
Los dos carriles asfaltados tienen el firme liso, al menos de momento. Se abre una brecha entre el carro artillado del Peonza y el camión que lo sigue, el de Mary y George, equivalente a diez o doce coches. Jack calcula que una distancia mayor no serviría de nada.
Por el retrovisor lateral, ve a Alice en retaguardia. La pierde de vista al doblar la primera curva y Ry ya ha desaparecido tras la siguiente. Por un momento está solo.
Van en camino.
3
A lo largo de las veinte primeras ruedas, pasan solo por arboledas aisladas, en su mayor parte de pinos y abedules, con algún que otro kappa-kappa de amplia copa y hojas con olor a vainilla.
En casi todo este primer trecho, avanzan a través de lo que las yentes de la Baronía de Mejis llaman tierras de la Pendiente: campos ondulados de hierba exuberante donde unos cuantos ponis salvajes miran con asombro la fila de camiones y acto seguido se alejan al galope meneando la cola.
A las ocho —una vez más, en punto, según su reloj—, Jack oye el tenue bip-bip de Jory.
Se detiene, va a la parte de atrás del camión y vuelve a rociar la tapa del contenedor.
La humedad anterior ha desaparecido, lo cual no significa nada.
Se resiste al impulso de levantar la tapa sobre las bisagras de cuero para ver si la caja de dentro también está absorbiendo la humedad, pero no serviría de nada. La suerte está echada.