Capítulo 27 #4
—Bueno, basta ya de discusiones. —Jack habla a todos, pero es a Ry a quien mira—. Si alguno de vosotros no es capaz de callarse, lo sustituiré. Me parece que Palle estaría más que dispuesto a venir. O quizá Lora.
Es una amenaza vacía, y probablemente lo saben.
En cuanto se forma un ka-tet, deshacerlo augura su ruina.
La perdición no se circunscribe a esas cajas raras que ahora humedecen dos veces cada hora; se percibe en este gabinete, en el aura que los envuelve a cada uno de ellos.
Sí, incluso al bilibrambo que duerme en el regazo de Mary.
—Entendido —dice Ry—. Uno para todos y todos para uno, y todo ese rollo. —Dirigiéndose a George y Larry, añade—: Lo siento.
Para Ry, eso es un paso de gigante hacia la humildad, y Jack prosigue antes de que alguien lo estropee con alguna ocurrencia estúpida.
—Mañana nos ponemos en marcha en cuanto haya luz suficiente para ver la carretera. ¿Víveres?
—De sobra —contesta Alice—. Almacenados en los camiones donde van las cajas. Los cargamos Mary y yo. Si se nos acaban, ya encontraremos algo en el camino.
—Jory viajará delante en un Binny Ding equipado con toda una dotación de misiles Dragonfire. Llevará también un fusil automático y una de esas pistolas sónicas. ¿No es así, Larry? —Sabe que es así, pero quiere concederle a Larry su momento de protagonismo.
—Sí, la pistola sónica es una virguería de Positronics.
De lejos, esas maravillas solo empujan. De cerca, abren un agujero en una persona de tamaño suficiente para pasar un balón de fútbol.
El fusil también es de Positronics, pero en esencia es un M249.
He enseñado a Jory a recargar y qué hacer si el fusil se atasca; todas esas gilipolleces. Lleva una tonelada de munición.
—¿Y los misiles?
Larry se encoge de hombros.
—Algunos fallan, supongo que por lo viejos que son, pero, a juzgar por lo que hicieron los pelirrojos en esta ciudad, la mayoría sirven. Carga uno, apunta, dispara y vuelta a empezar. Pero ojalá tuviéramos comunicación interna.
—Si los deseos se hicieran realidad, los mendigos tendrían castillos —dice Mary (con el irritante tono de fingida devoción que ya ha empleado antes).
—Todos los vehículos disponen de cláxones y alarmas muy sonoras —informa Jack—. Además, hay heliógrafos. Si agitáis un sombrero o un paño delante de ellos, el parpadeo se transmitirá de uno a otro a lo largo de toda la fila. O eso ha dicho Hestin. Ninguno de vosotros sabe morse, imagino.
Los oriundos del lado de Estados Unidos niegan con la cabeza. Alice parece desconcertada.
—Pues hagámoslo sencillo —propone Jack—. Una señal para seguir adelante, dos para problemas.
—Tan inútil como un cenicero en una moto —afirma Ry. Al instante, alza una mano en dirección a Jack—. Lo decía solo por decir.
Como seguramente tiene razón, Jack no lo abronca.
—Larry, dejarás que Jory se adelante un buen trecho y después irás tras él.
Larry levanta un pulgar.
—Tengo la calibre cincuenta, tengo una SAW, tengo misiles Dragonfire. Todo cargado a tope. ¡Excelente!
—Mary y George serán los terceros. Transportaréis la primera CP. —Jack prefiere no decir en voz alta Caja de la Perdición , y, si eso es una superstición, le trae sin cuidado—. Ry será el cuarto, en el segundo carro artillado. Con el mismo armamento que Larry.
—Traer uno de los tanques habría sido una pasada —comenta Larry, que levanta los dedos ampollados—. Pero, ya sabéis, si los deseos se hicieron realidad y todo ese rollo.
—Yo iré detrás de Ryall, con la segunda CP —continúa Jack—. Alice cerrará la marcha en otro Binny.
—¿Ella sola? —pregunta Ry.
—Me las arreglaré perfectamente —contesta Alice. Por su tono, parece decir Qué, ¿algún problema? Ry no ve problema alguno.
—Es nuestra retaguardia. Equipada con un lanzador de Dragonfires y atenta a lo que pueda acercarse al convoy por detrás.
—Llevo también mi plato y los de las otras señoras —añade Alice.
Jack mueve la cabeza en un gesto de asentimiento.
—Todos llevaremos armas cortas. Vamos a mantener una separación considerable.
—¿Qué necesidad hay? —pregunta Mary—. Si he entendido bien, en caso de estallar una de esas cajas, se lo llevará todo en kilómetros a la redonda.
—Puede que haya otros problemas —contesta Jack, reproduciendo casi al pie de la letra las palabras de Ayden Hestin—. Si es necesario disparar…
—¡Por si la cosa se pone caliente! —Da la impresión de que a Larry le gustaría realizar un giro de los suyos para celebrar la idea.
—No quiero que nadie hiera a uno de los nuestros por error —aclara Jack—. Cuando era policía, lo vi más de una vez. ¿Entendido?
Responden con un murmullo de conformidad, lo que permite a Jack obviar otras posibilidades.
Si alguien con el gatillo fácil ametrallara con balas de calibre cincuenta uno de los camiones que transportan una Caja de la Perdición, su misión podría concluir antes de que nadie tuviera ocasión de decir Fallo mío.
—¿Alguna pregunta?
Espera centenares, pero todos permanecen en silencio.
—Solo por repasar el orden: primero Jory, segundo Larry en uno de los carros artillados, terceros Mary y George…
—No te olvides de Richard —recuerda Mary.
Jack asiente.
—Mary, George y Richard. En cuarto lugar va Ry, en el segundo carro artillado; después yo; al final Alice.
Tendremos que parar cada media hora para humedecer las CP y asegurarnos de que continúan frías.
Un incordio, pero inevitable. Jory es nuestro cronómetro.
Tocará la bocina dos veces para anunciar los altos cada media hora: bip-bip.
Yo lo repetiré para que todo el mundo reciba el mensaje.
Yo llevo mi viejo Timex, y Jory, el reloj de arena.
Para el alto de la hora de comer y para señalar el final del día, tocaré la bocina siete veces.
—Entona—: tan-tara-tan-tan, tan-tan. Algo así. ¿Queda claro?
Todos asienten.
—Este es un trabajo peligroso, así que, a riesgo de importunaros con mi insistencia, repito: ¿hay alguna pregunta? Como suelen decir, la única pregunta tonta es…
—La que no haces —completa Ry—. Ya, ya. Ya he pasado por eso, me lo sé de carrerilla. Como si lo llevara tatuado en la piel.
Jack se dispone a dar por concluida la reunión cuando Alice plantea una duda.
—¿Cuánto tardaremos en llegar? ¿Cuántos días?
—Según Hestin, por ese camino el viaje no es tan largo. Si conseguimos recorrer cien ruedas al día, creo que llegaremos en unos seis días. Con paradas cada media hora, lo más probable es que sean siete. Todos tendréis algo que contar a vuestros nietos.
Ry hace una aceptable imitación de George C. Scott en el papel de Patton:
—No tendréis que contarles que cargasteis mierda a paladas en Luisiana.
Todos se echan a reír, incluso Alice, que no distinguiría a George C. Scott (ni a George S. Patton) de un agujero en la pared. Ni Luisiana, si a eso vamos.
—Dormid un rato —aconseja Jack—. Saldremos temprano.
Mary se queda cuando los demás se marchan.
—Acuéstate conmigo —dice—. No tenemos que hacer nada, pero, si estás conmigo, a lo mejor duermo. Estoy muerta de miedo.
Jack quiere estar con ella; no por sexo, sino tal como estuvieron después de Pernil y antes de Dezi.
Se siente solo. Además, el suelo del balcón es duro.
La sigue al dormitorio de la segunda planta en el que ella se ha alojado.
Richard se acomoda debajo de la cama, donde se ha creado una pequeña madriguera.
Mary apaga la única lámpara de chispa que funciona en la habitación.
Se desvisten a oscuras sin hablar y se acuestan.
Jack se vuelve de su lado y Mary se acurruca contra él.
Sophie le dice que, si quiere hacer el amor con ella, no le importa.
Añade que es consciente de que ha pasado mucho tiempo.
Pero Mary ya se ha dormido. Y mejor así, se dice.
Mejor así.