Capítulo 27 #3
Los seis han tenido un día muy ajetreado, ocupados en las tareas que es necesario realizar antes de partir y dejar que Dezi se recupere (o no) por sí sola.
Jack se enorgullece de Mary, pero también de los demás, sin exceptuar a Ry Connors.
Están haciendo lo que debe hacerse, pese a que la palabra de Jack es su única prueba de la importancia de la misión.
Bajo el caprichoso gobierno del GJ, los oriundos del lado de Estados Unidos hacían lo justo para ir tirando y no meterse en problemas, pero poco más.
Ahora han pasado a formar parte de un conjunto más amplio.
Ry ha llamado dinh a Jack, y este supone que ese es su papel. Para bien o para mal.
Larry y George han organizado los vehículos que enfilarán primero hacia el sur y después hacia el oeste. Había muchos buckas motorizados, abandonados por los pelirrojos, entre los que elegir.
George ha dicho a Jack que la vieja carretera de Gilead le recordaba a una película que había visto poco más o menos un año antes de que Ayden Hestin lo secuestrara y lo trajera a Mundo Medio.
—Era una peli sobre la Segunda Guerra Mundial titulada Lucharon por su patria .
Salían unas escenas en las que se veían todos los camiones y tanques y fusiles que abandonaron los alemanes al retirarse derrotados de Stalingrado.
La vieja carretera de Gilead era algo así.
Vehículos y chatarra desechados por todas partes.
O bien esos paneles solares no funcionaban, o esos chicos no sabían cómo utilizarlos.
—Me juego lo que sea a que viste esa película en el Film Forum —comenta Jack.
La sorpresa de George raya en el asombro.
—¿Cómo lo sabes?
—Pura deducción. —También un eco. Es donde el Peonza vio El salario del miedo —. O sea, el Angelika no había abierto en 1976.
—¿Qué es el Angelika?
—Un cine. Películas extranjeras, y arte y ensayo. ¿Has traído camiones del tipo que te dije?
—Ea, transportes con cubierta de lona. Los pelirrojos debieron de montarse en la parte de atrás.
Llevamos bidones de combustible a la vieja carretera de Gilead, los sacamos de aquellos surtidores que hay detrás del fuerte de Arrowhead.
Larry tiene la cabeza vacía para muchas cosas, pero cuando se trata de armas y cuestiones mecánicas es un lince.
Tuvimos un pequeño contratiempo, pero los pusimos en marcha.
Los trasladamos hasta Arrowhead y llenamos allí los depósitos.
Parece que esos surtidores de gasoil están en las últimas, pero todavía funcionan.
Hemos dejado los vehículos en fila y listos para partir.
—¿Y algo más de arena?
—Eso también. Palle Dawson y su hermano, Mansy, han traído una carreta entera del Cuarto Creciente. Querían saber por qué llenábamos las cajas de dos camiones de transporte. Les he dicho que no lo sabía porque tú no me habías informado.
Mary Klee y Alice Stines han pasado su último día atendiendo a la gente en la enfermería que antes era el salón de recepciones del alcalde Youngblood.
Ya hay menos pacientes. Algunos se han recuperado lo suficiente para marcharse y otros han muerto, en su mayor parte a causa de las quemaduras, pero todavía quedan alrededor de veinticinco personas que aún necesitan cuidados.
Varias mujeres y unos cuantos hombres se han ofrecido voluntarios para acelerar su restablecimiento o aliviar su sufrimiento en la medida de lo posible.
Mary los llama «enfermeros de medio pelo».
También ha enseñado a Alice a conducir uno de los Binnys.
—Lo ha cazado al vuelo —ha dicho a Jack.
Ryall ha pasado el día en el hotel Redleg adiestrando a media docena de aspirantes a cocinero para que asuman las labores de cocina. También es necesario camelar a los pescadores que quedan para que entreguen gratis sus capturas. A Ry se le da mejor el camelo de lo que Jack habría esperado.
—No te he visto a la hora de comer —dice Ry a Jack—. ¿Estás a dieta?
—He cogido un trozo de pastel de espinacas en la Villa.
—Tendrías que meterte algo más en el cuerpo —insiste Ry—. No voy a ponerme en plan madre judía, pero estás flaquísimo, joder.
En la empinada rampa que es la Gran Vía, se suceden los bancos, y es allí donde Jack se ha comido el pastel de espinacas, sentado al lado de Ayden Hestin, que ha reaparecido de dondequiera que haya ido…
, aunque solo ante Jack, lo que corrobora de nuevo la idea de que Hestin lo ve como líder del tet.
(Jack piensa también que quizá Hestin se haya ausentado por si la caída de una de las Cajas de la Perdición provocaba un gran estallido).
Jack tenía muchas preguntas sobre lo que Hestin llama la carretera de Bayver, sobre el territorio que esta atraviesa y sobre lo que hay más allá.
Hestin le ha contestado lo mejor que ha podido, pero ha insistido en que la región situada al sur de las Tierras Arrasadas es poco conocida, al menos para él.
Reconoce que los montes conocidos como las Crestas son en realidad montañas más que colinas y muestra a Jack los lugares en los que su ruta cruza una y otra vez el río Nadie.
Hestin dice que hay puentes…, o los había.
Añade que los construyó y utilizó el Pueblo Antiguo.
Eso a Jack no le resulta muy alentador. Los Antiguos desaparecieron y poco es lo que queda de ellos.
Sus fuertes se conservan en buen estado, es cierto, pero eso se debe a que son subterráneos.
No será ese el caso con los puentes. Jack opta por no compartir esa preocupación con los demás al final de su reunión, en la idea de que no existe motivo alguno para alarmar a su tet por especulaciones infundadas.
No le hace falta que Sophie —o su fantasma— le diga que eso es simple pensamiento mágico: si no los informa de que quizá se encuentren cortado el camino por algún que otro puente caído (o pasos de montaña obstruidos por desprendimientos), eso no ocurrirá.
—A lo largo de la carretera de Bayver hay heliógrafos —explica Hestin—. Algo es algo. O al menos los había hasta donde yo he llegado. Se alzan sobre postes altos.
—¿Y hasta dónde has llegado por la carretera de Bayver?
—Habré recorrido veinte ruedas como mínimo. Puede que veinticinco.
—Eso no es mucho.
—Tendréis otros problemas —indica Hestin—. Ya te he prevenido de algunos.
—Ayden, ¿de verdad perteneces a nuestro tet?
—Sí. Aun dejando de lado la destrucción del mundo, no quiero morir.
—Eres una máquina.
Ayden se encoge de hombros.
—Llámalo instinto de supervivencia o autoconciencia programada en una IA, pero se reducen a lo mismo.
—Dijiste a Youngblood que las armas de las que él dependía para salvar Dezi eran utilizables.
—Y algunas sí.
Jack ha interrogado a muchos sospechosos y reconoce las piruetas semánticas en cuanto las escucha.
—Patrañas. Tú querías que los pelirrojos destruyeran la ciudad.
—Lo siento, pero necesitaba este resultado. Necesitaba que vosotros siete formarais un ka-tet.
Jack piensa en reprocharle que eso es actuar a sangre fría, pero ¿qué sentido tendría?
Ayden Hestin es un ordenador calvo enfrascado en un juego de probabilidades.
Y es cierto que la destrucción de Dezi ha estrechado los lazos entre los oriundos del lado de Estados Unidos.
Jack planea emprender un viaje de cientos de ruedas en compañía de Ryall Connors, un hombre que lo saca de quicio.
Lo que es, debe reconocer, un avance con respecto a su anterior aborrecimiento.
Tampoco está muy seguro de que Hestin se lo haya contado todo. En una novela, sai Hestin sería lo que los profesores de literatura definían como «un personaje no fiable».
Plantea a Hestin una última pregunta, tal vez la única importante:
—¿Estás seguro de que la carretera de Bayver nos llevará a la Garganta?
—Sí —contesta Hestin—.Va a dar más allá de Riven, cerca de uno de los fuertes del Pueblo Antiguo.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Lo tengo almacenado en la memoria.
—Si tú lo dices… ¿Quieres un poco de mi pastel de espinacas? No puedo acabármelo.
—Gracias, pero no.
—¿ Tú comes?
Hestin se pone en pie y se sacude el polvo del pantalón negro.
—Discúlpame, Jack. Tengo que marcharme. Tengo que ir tirando , como decís en el lado de Estados Unidos.
—Rodar como una gran rueda —dice Jack—. Eso es una canción de…
—Big Joe Turner —lo interrumpe Ayden Hestin. Va tirando y deja boquiabierto a Jack, sin contestar a su pregunta de si come o no.
5
—¿Vas a quedarte ahí sentado, mirando al vacío? —pregunta Ry, con lo que obliga a Jack a regresar al gabinete de Youngblood—. Nos has reunido, y supongo que no es para que cantemos el cumbayá, pero aún tengo trabajo pendiente en el Redleg.
—Déjalo todo en manos de Dios —dice Mary con fingida devoción.
—Encanto, eso quizá quede bien en las reuniones de Alcohólicos Anónimos, pero no es así como funciona el mundo real.
La mayoría de mis supuestos pinches de cocina no se encontrarían el culo ni con las dos manos y una linterna.
Lettie Sanden no lo hace mal, pero los demás son nulidades.
Tienen buenas intenciones, pero no me extrañaría que, cuando volvamos de nuestras pequeñas vacaciones, si es que volvemos, encontremos a medio pueblo muerto de hambre o ahogado por intentar pescar en el Rincón.
—Te obsesiona un poco el control, ¿no te parece? —dice George.
Ry le dirige una mirada adusta.
—¿Y tú qué sabes? ¿A qué os habéis dedicado el Gran Peonza y tú? ¿A relajaros?
—Anda y que te jodan —responde George con un brío sorprendente.
Vuelve la cabeza para que Ryall pueda echarle un buen vistazo a su mejilla, que tiene roja y ampollada—.
¿Acaso te ha estallado a ti la batería de uno de esos carros artillados abandonados al intentar arrancarlo con pinzas?
Suerte tenemos de no haber perdido los ojos, ¿a que sí, Peonza?
—Ea. —A Larry le brillan los dedos por el ungüento que Mary le ha aplicado—. Pero estamos listos, Jack.