Capítulo 27 #2
—¿La carretilla o solo las cajas? —pregunta Ry a la vez que examina la escalera—. ¿Tú que crees?
—¿Puedes levantar tu extremo de la carretilla?
—Sí. ¿Y tú?
—Sin problema. —Es Mary quien preocupa a Jack. Se la ve bastante agotada, y no quiere que ahora cargue con el extremo de una Caja de la Perdición.
—Arriba, arriba —dice Ry, y agarra una de las varas de la carretilla.
Jack empuña la suya.
—Mantengámosla nivelada.
—No hace falta que me lo digas.
Suben peldaño a peldaño. Las cajas en sí no pesan mucho, pero, sumadas a la carretilla, son más de cuarenta kilos.
Para cuando llegan al siguiente pasillo y la depositan en el suelo —con mucho mucho cuidado—, se les antojan más bien cien kilos.
A Jack le late el corazón deprisa y con fuerza.
Le palpitan todos los cortes, chichones y magulladuras del cuerpo, que son muchos.
Ry le sonríe a la luz de los fluorescentes del techo.
—Espero que te hayas comido tus espinacas, grandullón. El próximo tramo es más largo.
—Eso de grandullón ya cansa, sai. Podrías cambiarlo por tarado o tontolaba.
Mary y George los han seguido escalera arriba.
—¿Tontolaba? —repite Mary—. Eso no lo oía desde octavo.
—Yo no lo había oído nunca —dice George.
—Eso es porque eres un tarado —contesta Mary, y prorrumpen todos en carcajadas nerviosas.
El sonido reverbera, pero el eco se ha transformado en algo muy similar a gemidos, y callan.
Empujan la carretilla por el pasillo alicatado.
A Jack el siguiente tramo de escalera le parece más largo que cuando han bajado.
Ry le pregunta si está listo. Jack contesta que sí.
Ascienden por los peldaños, Ryall marcha atrás, con la respiración ronca.
Mantienen la carretilla nivelada. Para cuando llegan a lo alto, Jack nota que le tiemblan los músculos de los brazos.
Depositan la carretilla —con mucho mucho cuidado— y, a continuación, Ry se apoya en la pared y se deja caer al suelo hasta quedar sentado con las piernas separadas.
El suéter se le remanga hasta debajo de las axilas.
Jack lo mira a través del cabello, que le cuelga ante la frente en mechones sudorosos.
—¿Cómo va? —pregunta. Luego añade—: Grandullón.
Ryall le dedica una doble peineta sin levantar la vista.
George se vuelve hacia Mary.
—Necesitan un respiro. Yo empujaré. Tú ve delante. Había un par de baldosas rotas cerca de esa puerta donde está el cartel de Proyecto Arrowhead. No nos conviene tropezar con ellas.
—Pues sea —contesta Mary.
Cuando llegan a las baldosas rotas, levantan los extremos de la carretilla para que las ruedas no topen.
Por debajo de la puerta con el rótulo del Proyecto Arrowhead sale una bruma fría.
Jack desconoce qué ha ocurrido ahí detrás o por qué alguien escribió en ella abandonad toda esperanza, vosotros que entráis , y no quiere saberlo.
Los fluorescentes parpadean y chisporrotean.
Al otro lado de la puerta, se desliza algo.
Todos lo oyen, pero nadie dice nada al respecto.
No son solo salas de desolación , piensa. Son celdas para seres que prefiero ni imaginar .
3
Jory, Larry y Alice —recién salida de la enfermería— esperan en la cochera.
—¿Ha ido bien? —pregunta Alice. Se ha cambiado la venda de la cabeza por una pañoleta, un farkin , que le cuelga por detrás como una cola de caballo.
—Si no hubiera ido bien, seguramente ya se habría dado usted cuenta, creo yo —contesta Mary. Se apoya en uno de los camiones y se aparta el flequillo de un soplido.
—Has cumplido de sobra —comenta Jack—. Estoy orgulloso de ti.
—Y yo también —coincide Ry—. Tontalaba.
Cuando Alice se queda mirándolos, desconcertada al oír la palabra en inglés, los cuatro se desternillan de risa.
Jory y Larry contemplan las cajas como si los fueran a morder.
Jory, como se le ha pedido, ha llevado el enorme contenedor de madera que en el garaje de los Cornell era un baúl metálico, así como los dos contenedores más pequeños construidos por Palle Dawson.
Jack también ha pedido a Jory que lleve una regla, pero lo cierto es que no la necesita; ve a simple vista que las Cajas de la Perdición encajan bien en los contenedores de Palle.
No obstante, se atiene a la máxima de su padre: en los asuntos serios hay que andarse con pies de plomo.
Phil Sawyer hablaba de contratos en relación con actores, directores, guionistas y estudios, pero Jack se figura que eso también es aplicable a las cajas que pueden estallar. Así que toma las medidas.
Alice, vacilante, pulsa el botón de una de las unidades ChillZone y retrocede de un salto al notar el aire frío en la cara. Larry lo apaga.
—Mejor reservémoslo, sai, si tiene a bien.
—Si así dice, que así sea.
—Jack —dice Ry—. En ese contenedor largo caben las dos CP. Casi se diría que se ha hecho a medida. Incluso tiene orificios en la tapa.
Jack no duda de que las cajas cabrían , como tampoco duda de que el baúl transformado se creó para ellas, bien por azar, bien por ka. Pero la intuición le dice que utilice los contenedores de Palle, y eso hace.
Damon encargó seis alfombrillas de goma por Amazon, tres para el fondo de cada contenedor.
Una vez colocadas, George y Mary levantan su caja y la depositan en el contenedor.
Cuando retroceden (frotándose de nuevo las manos en los suéteres), Jack y Ry introducen su caja en el otro.
Encajan casi a la perfección, con una holgura de no más de cinco centímetros entre los laterales de las Cajas de la Perdición y los costados de los contenedores.
—Jory, ¿has traído la arena?
—Ea. —Sigue sin mirar a Jack a los ojos.
Jory y Larry suben por la rampa que lleva al mundo exterior y vuelven con cuatro cubos llenos de arena blanca y fina procedente de la playa Cuarto Creciente. Vierten la arena en los estrechos huecos que quedan en los contenedores.
—¿Para más seguridad? —pregunta Alice.
—Sí. —Jack se vuelve hacia Jory—. ¿Has llenado las botellas?
—Ea. —Jory aún mira a cualquier sitio menos a Jack, o a cualquiera de ellos.
Damon Cornell también suministró seis pulverizadores Sprayz. En el lado de Estados Unidos estaban calibrados en onzas; aquí, en garabatos. Cada uno tiene una capacidad de cincuenta onzas de agua, un litro y medio. Jory los ha llenado en uno de los muchos arroyos que desembocan en el río Nadie.
—¿Has entendido lo que tienes que hacer, Jory?
—Ea. —Según las instrucciones recibidas, debe rociar las tapas de ambos contenedores cada media hora, cronometrada mediante un reloj de arena que también formaba parte del equipo encargado por Damon Cornell—.
Tengo que rociar encima de los agujeros.
—Lanza una mirada a Jack y al instante desvía de nuevo la vista—.
Aunque no sé si entiendo para qué va a servir eso, porque las cajas que habéis subido son de madera.
—Se interrumpe y se inclina para verlas mejor—. ¿No es así?
—Quizá no, Jory, muchacho —dice Larry.
—No me falles —dice Jack a Jory.
Jory, ahora con la mirada fija en el suelo, mueve la cabeza en un gesto de asentimiento.
—Jamás en la vida, sai.
Rocía las tapas de los dos contenedores y después da la vuelta al reloj. La arena empieza a caer.
—Esta noche te relevará Lora Stines —le dice Alice. Dirigiéndose a Jack, añade—: Lora es mi sobrina y es de fiar. Además, sabe mantener la boca cerrada.
—Puedo encargarme yo, sai —afirma Jory—. Quiero hacerlo. —Casi sin respirar, añade—: Akba.
—Es mejor que por la noche descanses —interviene Jack—. Mañana vendrás con nosotros y tendrás tiempo de sobra para akba.
A Jory se le enciende la mirada.
—¿Así dice?
—Sí.
Ry se lleva las manos a la cabeza, como para evitar que le estallen los sesos.
—¿De verdad? ¿Va en serio?
Jack guarda silencio, lo que es respuesta suficiente.
—Menudo disparate —comenta Ry, y deja caer las manos—. Eres el dinh , así que tú verás. Pero lo lamentarás. El que es cobarde lo es para siempre. Recuerda mis palabras.
Jack sigue en silencio. Jory se encoge, pero mantiene la mirada fija en el reloj de arena.
—Salgamos de aquí —dice Ry—. En vista de que no hemos muerto, quiero ducharme antes de ir a ver si mis ayudantes la han cagado mucho en la comida.
Alice y los cinco del lado de Estados Unidos ascienden por la rampa hacia el sol de media mañana. Jack vuelve la cara hacia el cielo, pensando que el calor y la luz pocas veces le han parecido más gratos, y advierte que los demás hacen lo mismo.
Larry ejecuta un par de giros y luego habla a Jack en voz baja:
—Querías esas cajas en dos contenedores pequeños y no en el grande porque vamos a ir en dos camiones, ¿no? Como en la película.
—Sí.
—En la película que yo vi en el Film Forum, uno de los camiones volaba por los aires.
—Sí. —En Carga maldita ocurría lo mismo.
—¿Cuál de los nuestros estallará? —Larry no parece preocupado; de hecho, se lo ve casi indiferente. Porque, en realidad, ¿en las películas quién muere? Personas reales no, solo personajes.
—Ninguno —contesta Jack—. Nosotros vamos a reescribir el guion.
—Eso es lo que tú esperas —tercia Ry, que a continuación añade (como Jack ya preveía)—: Grandullón.
4
En su última noche en Dezi, el ka-tet se reúne para las instrucciones finales en el gabinete de Youngblood, esa sala llena de artefactos y tchotchkes del lado de Estados Unidos: desde el retrato de Nicolas Cage que cambia de expresión según donde esté el observador hasta el robot R2-D2 de juguete en el que las pilas Duracell se agotaron hace mucho.
El único ausente es Jory Fields. Ha decidido quedarse en la cochera con las Cajas de la Perdición, pese a que ahora es Lora, la sobrina de Alice, quien se ocupa del reloj de arena y los pulverizadores. Jack ha pedido —no: exigido — que los pulverizadores se mantengan siempre llenos.