Capítulo 27
A la mañana siguiente, temprano, Jack sube al cementerio Largos Vientos, en el Reducto.
Las ruinas de la ciudad se hallan inmersas en la bruma matutina procedente del mar.
Aún es pronto para que las personas asignadas a la brigada de inhumación de cadáveres estén ahí, pero tenía la casi total certeza de que sí encontraría a Jory Fields y, en efecto, así es.
No muy lejos yacen en una carreta tres cadáveres amortajados.
Las mulis enanas han sido desenganchadas y pacen; una de ellas, albina, tiene una quinta pata vestigial que oscila flácidamente.
Hace fresco, pero Jory ya está sudando. ¿Ha pasado la noche en el cementerio? A Jack no le sorprendería. Jory mira con recelo a Jack, quien se dirige a él en los pronombres arcaicos de los mannis. Es su manera de advertir: No pretendo hacerte daño y Me trae aquí un asunto serio.
—Habéis venido muy temprano, sai.
Jory vuelve a centrarse en su trabajo.
—Las tumbas no se cavan solas.
—¿Solo tres?
—Ea, esta mañana. He prendido dos nombres de las camisas. Al tercero no lo reconozco. Tiene la cara quemada, ¿entendéis?
—Sea, de sobra —responde Jack con expresión sombría.
—Luego habrá más, bien lo sé. —Jory hinca la pala en un montón de tierra y se enjuga la frente—. Hemos traído a casi todos los de la ciudad, aunque con algunos de los edificios tan derruidos… —Se encoge de hombros como diciendo quién sabe y empieza a cavar otra vez.
—¿Expiaríais vuestro error?
Jory se interrumpe de nuevo y se limpia el sudor de la frente con un brazo.
—No me consta.
Jack cae en la cuenta de que ha dicho «expiar» en inglés.
—Quiero decir que si compensaríais vuestro error.
—¿Error, lo llamáis? Salí corriendo como un conejo. Eso jamás podré compensarlo, sai. Fueron muchos los que murieron. No hay akba , no hay compensación. No hay reparación. Lo hecho, hecho está.
—Pero puede hacerse mejor.
—¿Eso decís? —Un levísimo asomo de esperanza.
—Sí.
—Decid, pues, lo que habéis venido a decir, sai.
Jack se lo dice.
2
Dos horas más tarde, Ryall, George y Mary se reúnen con Jack en la cochera del complejo de Arrowhead.
Todos visten gruesos suéteres de pescador para protegerse del frío del subsuelo…
, pero no guantes. Eso tal vez entorpeciera sus movimientos.
Tienen por delante una tarea delicada. Jack habría preferido a Ayden Hestin o a Larry Magruder, ambos más fuertes que Mary, pero Hestin se ha ido a Gan sabe adónde, y, si Larry decidiera dar una sacudida o un giro en el momento menos oportuno, nadie tendría tiempo de impedírselo y todos acabarían desintegrados en los átomos que los componen. O eso cree Jack.
Mary es flaca, casi se pierde dentro del grueso suéter verde, pero Jack cree que resistirá bien la presión siempre y cuando no implique tener que mirar abajo desde una gran altura.
Ha pedido a Richard que se quede en la Villa.
Él la ha obedecido, como siempre. Si las Cajas de la Perdición pesan demasiado para ella, Jack se arriesgará a probar con el Peonza.
Con Jack en cabeza, van hasta la sala en forma de cápsula. Se ponen en círculo en torno a la barandilla de un metro de altura y miran, nerviosos, aquello que han ido a buscar. Se oye en el techo el cansino chirrido. Cae la llovizna. Como la vez anterior, las cajas absorben la humedad.
No, la beben , piensa Jack. Esas cajas solo parecen de madera.
—¿Suena peor esa maquinaria o ha sido impresión mía? —pregunta Mary.
—No lo sé —responde George—, pero desde luego no suena bien.
Jack agarra la barandilla y la sacude un poco.
—¿Tú qué opinas? —pregunta a Ry.
—Debería ser fácil.
Ry se remanga el suéter y deja a la vista un cinturón de carpintero cargado de herramientas. Se lo ha proporcionado Palle Dawson, quien construyó los contenedores. Jack se ha planteado sustituir a Mary por Palle —el carpintero de barco y manitas es muy fuerte—, pero Alice Stines rechazó la idea.
«Palle es buen hombre, pero un poco chismoso.
Ahora ya solo nos faltaría que alguien anduviera por ahí contando cuentos y metiendo a la gente más miedo del que ya tiene.
En mi opinión, Palle ya sabe más de lo que le conviene.
Usted es el dinh de nuestro tet, Jack, y tiene la última palabra, pero creo que deberíamos guardarnos lo que sabemos…
». En lugar de completar el pensamiento, se lleva un dedo a los labios.
Nadie dice Y guardárnoslo en el tet , pero Jack supone que es lo que todos están pensando.
En Dezi no se ha inventado la llave inglesa, así que Ry selecciona unos alicates con resorte entre las herramientas del cinturón.
Afloja uno por uno los tornillos de la barandilla, y los demás retiran una por una las secciones.
Mary las aparta con cuidado. A continuación, se quedan mirando el catafalco de rieles de acero entrecruzados que sostiene las cajas.
—No son de madera —asegura George—. Se parece un poco a la madera, pero lo mismo puede decirse de los paneles de la habitación de invitados de mi apartamento, y es plástico o algo así. Y… pensaréis que estoy loco, pero…
Ry lo dice por él:
—¿Respiran esos artefactos?
—Necesitan agua, así que… —dice Jack. Se encoge de hombros.
—Hay que joderse —dice Mary casi en un susurro.
Ry asiente y añade:
—Pues sea.
Se advierten unas hendiduras en los extremos de las cajas.
¿Estaban ahí antes? Jack tiene sus dudas, pero cree que no.
Quien no arriesga no gana , piensa antes de introducir la mano en la hendidura.
Mary y George cierran los ojos. Ry lo mira con actitud estoica, pero tiene los labios tan apretados que son poco más que una línea pespunteada.
No ocurre nada. Jack no creía que fuera a ocurrir nada, pero al mismo tiempo tenía la total convicción de que iban a ser todos aniquilados. Los otros tres se arrodillan —como para rezar— y ocupan las posiciones que Jack les ha indicado.
—Aparta, ¿quieres? —dice George a Ry entre dientes.
—Deja de empujar —replica Ry en el mismo tono, pero se desplaza un poco más a la izquierda. Por encima de ellos, la maquinaria gime, las bocas de ventilación se abren y los envuelve de nuevo la llovizna. Las gotas relucen en el cabello de Mary como aljófares.
—¿Estáis listos? —pregunta Jack.
—Vamos allá —dice Ry.
La lista que Jack dio a Damon Cornell incluía dos niveles de burbuja, y él le ha proporcionado admirablemente un par de Workpro con cuatro mirillas: dos horizontales, una vertical, una en diagonal. Jack coloca uno sobre cada una de las Cajas de la Perdición.
—Estad atentos a las burbujas de los viales de inclinación —advierte—. Las Cajas de la Perdición no han de ladearse.
—No, por Dios —dice George. Deja escapar una risita aguda, ciertamente a lo Peonza, y se seca el sudor de la frente—. A saber qué pasaría.
Mary y Ry se sitúan en los extremos de una caja; Jack y George, en los de la otra.
—Joder —exclama Ry—. Está caliente.
—De cerca no parece madera ni mucho menos —dice George.
Jack no señala que George estaba cerca ya antes. Todos lo estaban. Tampoco había cómodas asas. De eso está casi seguro. Las cajas ahora son distintas.
—Al tacto, no parece metal ni mucho menos —observa Mary—. Es más bien como…, no sé…, carne .
—Vosotros estad atentos a los viales de inclinación —insiste Jack—. Mantened esas burbujas quietas en su sitio.
—Dalo por hecho —contesta Mary.
—A la una…, a las dos…, a las tres.
Levantan las cajas con cuidado de no golpearlas entre sí.
Su contenido, sea lo que sea, no pesa mucho más que las unidades de aire acondicionado, puede que unos doce kilos cada una.
A Jack se le pasa por la cabeza la idea de que acaso las Cajas de la Perdición no sean en absoluto peligrosas, sino solo artículos de broma salidos de alguna versión del Bazar de Artículos de Regalo y Mercería de Pedro en otro mundo.
No le cabe duda de que Pay sabría valorar una broma como esa.
—Mary: tú y Ry primero. Nosotros os seguiremos.
Ryall, mirando por encima del hombro para no tropezar, retrocede los tres peldaños que llevan al primer pasadizo. Pese al frío de la sala, el asomo de barba en sus mejillas brilla por el sudor.
—Mantenla horizontal, Mary. ¿Puedes?
—Yo ya me las apaño. Tú ten cuidado con tu extremo.
La mantienen en posición horizontal. Ry asciende el primer peldaño, luego el segundo, luego el tercero.
La voz robótica ha permanecido en silencio cuando han entrado, pero ahora brama: «¡Peligro, Will Robinson!
¡Peligro!» . Mary da una sacudida. También George en el extremo de la caja que Jack y él han levantado de los rieles.
—¡No hagas eso! —reprende Ry a su compañera con voz sibilante.
—Lo siento, digo lo siento —musita Mary—. Aún estamos todos vivos, así que adelante.
Los dos desaparecen en el primer pasadizo, Ry retrocediendo despacio y Mary avanzando en tándem.
—¿Te das cuenta de lo que vamos a necesitar para cargar con estos trastos cientos de kilómetros? —pregunta George—. Milagros. No lo dirás en serio, ¿verdad?
—Vayamos paso por paso —contesta Jack—. Y no me llames Milagros.
George suelta una risotada. Jack piensa: ¿Lo pillas, Pay?
Ry tenía razón: las asas están calientes al tacto. Jack cree percibir en ellas los latidos de un pulso, pero deben de ser imaginaciones suyas.
Las burbujas del nivel se desplazan mínimamente y después regresan al centro de sus viales.
Se atreve a mirar por encima del hombro y ve que Ry y Mary han dejado su caja en la carretilla, que antes habían colocado junto a una pared alicatada.
Apenas queda espacio para que Jack y George pasen junto a la carretilla.
Jack cuenta otra vez hasta tres y ponen la caja junto a la otra.
De inmediato, George se enjuga las manos en el suéter.
—Estas cajas son raras. No sé qué hay dentro ni quiero saberlo.
—Ahora despacio —dice Jack—. Sin prisa pero sin pausa.
Empujan la carretilla por el pasillo, pasando ante las
( salas de desolación )
puertas cerradas hasta el siguiente tramo de escalera. Ahí se detienen.