Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 26 #4
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Capítulo 26 #4

Cuando abre los ojos, tiene el cartel delante.

Es de noche. La puerta del baño de la planta baja de la casa de los Cornell está entornada.

Sale al corto pasillo. Tiene el salón a la izquierda y la cocina a la derecha.

Al parecer, no hay nadie en el salón. El televisor está apagado.

Ve a Helen Cornell en la cocina, de espaldas a él.

En ese momento enjuaga una copa de vino y, sin moverse del sitio, baila al ritmo de la música que suena por la radio.

Jack cruza la puerta. Nada desea menos que asustarla.

Se aclara la garganta. Ella no lo oye y ahora tararea la canción.

— Yo era buena chica hasta que tu mal amor me camb…

—Helen.

Ella gira en redondo y se le cae la copa de la mano. Jack, sin detenerse a pensar, salta al frente y la atrapa por el tallo antes de que caiga al suelo. La deja en el escurridor. Ella retrocede contra la encimera. Si abriera un poco más los ojos, se le desprenderían de las órbitas.

—Perdón —dice Jack—. No quería…

—¿Jack? —Es Damon, que baja por la escalera—. ¿Eres tú? ¿Cómo has…? ¿Cómo…? —Es incapaz de terminar la frase. No parece tan aterrorizado como Helen, pero su estupefacción salta a la vista.

—Perdón —repite Jack—. He abusado de vuestra hospitalidad por segunda vez y ruego vuestro perdón.

Helen sujeta a Jack por el brazo. La pena, como la risa, aflora por propia voluntad, y en ese instante una afilada esquirla de dolor traspasa a Jack.

Por alguna razón, el contacto de ella le recuerda la forma en que Sophie palpaba la fruta en el mercado del Barrio de Abajo para comprobar si estaba madura.

—Eres real. Y de verdad estás aquí.

—Sí. He venido al cartel del baño: «Mees de pie o mees sentado, mantén el baño limpio y aseado» .

—¿ Has venido de dónde? —pregunta Damon. A continuación, añade—: ¿Me conviene saberlo?

—Sería una larga historia y el tiempo apremia.

—Tienes un acento raro, como extranjero —dice Helen—. Ya lo pensé la otra vez que estuviste aquí.

—Es posible, supongo. Incluso puede que sea extranjero. He estado fuera mucho tiempo, no del todo por decisión mía. — Aunque, si me dieran a elegir , piensa, me quedaría con Mundo Medio. Incluso sin Sophie —. ¿Habéis conseguido lo que os pedí?

—Sí, pero… ven al salón. Tenemos que hablar, y me parece que mi mujer necesita sentarse.

—Estoy perfectamente. —Helen habla con firmeza, pero no se la ve «perfectamente» ni mucho menos.

Los Cornell se sientan en el sofá. Jack da la vuelta a una silla para situarse frente a ellos.

—Te buscan como posible individuo de interés —informa Damon—. Además, no solo la policía de Hemingford y la del condado de Elm. La policía del estado, el FBI …

—Seguridad Nacional —añade Helen—. Ellos también. No dicen que tengas algo que ver con la destrucción del centro, pero la insinuación está muy clara.

—¿Te fugaste de un hospital en Taylor City? —pregunta Damon.

—Sí. ¿Han interrogado a Sarah Gilbertson? ¿O a David?

—Por supuesto —responde Helen—, pero no en relación con el hospital. Querían saber si existe algún indicio de que puedas ser terrorista, de que tengas ideas radicales, sobre cuál es tu orientación política…

—Demócrata de centro —contesta Jack—. Al menos cuando votaba.

—¿Tenías un amigo que se llamaba Richard?

En un momento de enajenación, Jack piensa que Helen le habla del bilibrambo. Enseguida cae en la cuenta.

—Richard Sloat, sí.

—Está dando un montón de entrevistas. Dijo que eras una persona excelente. Estuvieron de acuerdo en eso varias personas de ese pueblo de Wisconsin del que vino Dale.

—¿Estáis vosotros bajo vigilancia? —pregunta Jack.

—No lo sé —responde Damon—, pero seguramente es mejor que no te hayas presentado ante la puerta y hayas llamado al timbre.

—Aunque he perdido diez años de vida por el susto que me has dado —añade Helen.

—No sabes cuánto lo siento. Lamento mucho haberos implicado. Es solo que se trata de un asunto muy importante. Para el lugar de donde vengo y quizá también para este.

—¿Hemingford?

—El mundo entero.

Helen Cornell cierra los ojos.

9

Sí, los Cornell han conseguido proporcionarle a Jack todos los elementos de la lista. No, no creen que las entregas hayan atraído más atención de la necesaria. Las furgonetas de Amazon y UPS circulan a diario por las calles del barrio.

—Las unidades de aire acondicionado son ChillZone —dice Damon—. Mejor aún: funcionan con baterías, pero también con energía solar, y encargué de paso baterías de reserva.

—Eso es aún mejor de lo que yo esperaba. Dios y Gan os lo agradecerán.

—¿Quién es Gan? —pregunta Helen.

Jack se echa a reír y alza las manos en un gesto de dela.

—Sé tan poco como tú.

—Está todo en el garaje —indica Damon—. Te acompañaré allí.

Damon se levanta, pero Helen tira de él. Con contundencia.

—Jack, estoy segura de que eres un buen hombre, Dale te tenía en gran estima, pero no quiero que nos lleven a algún sitio oscuro con la cabeza envuelta en bolsas.

Corren tiempos extraños en Estados Unidos, muchos rumores y teorías de la conspiración sin pies ni cabeza.

Oí decir en el supermercado que los federales encontraron cosas extrañas después de lo que ocurrió en Home.

Armas. El ejército ha acordonado todo el centro.

Jack se acuerda de la pistola de rayos sónicos de una empresa sin página web. Al menos en este mundo.

—Cogeré mi artilla…, mi material…, me marcharé de vuestra casa y os dejaré en paz. —Se pone en pie—. Nunca he estado aquí.

—Quizá sea lo mejor —dice Damon—. Pero, si salvas al mundo, ¿volverás para contárnoslo?

—Ya os enteraréis. Entretanto, gracias a los dos.

—Jack —dice Helen.

Se vuelve hacia ella.

—Atrapaste la copa.

Jack sonríe.

—Un acto reflejo.

Helen no le devuelve la sonrisa.

—Te moviste muy deprisa. Se me puso la carne de gallina.

10

En el zaguán, Damon entrega a Jack una gorra descolorida de la Serie Mundial Universitaria de Omaha.

—Siempre la llevo puesta. Entre la puerta de la cocina y la del garaje hay un pasadizo abierto, pero es muy corto.

En caso de que haya alguien vigilando, si te encorvas un poco y a oscuras, pensarán que soy yo.

Seguro que es una tontería, pero dicen que la paranoia perfecta es la conciencia perfecta.

Y Helen tiene razón. No quiero que nos veamos metidos en un aprieto por hacerte un favor.

—Tampoco yo. Eso jamás.

—Lo he guardado todo en un baúl grande. Costó ochocientos pavos, pero, como el dinero era tuyo, se me fue un poco la olla.

En realidad, era dinero del GJ.

—No me explico cómo vas a mover una cosa tan grande, pero… —Se encoge de hombros. Un profesor de enseñanza media medio calvo que se ha jugado el cuello por el amigo de un amigo.

—Me las arreglaré.

Jack espera que así sea, pero en realidad no lo sabe. Lo que sí sabe es que no volverá a implicar a los Cornell, pase lo que pase. Sujeta a Damon por el hombro con la mano izquierda. Con la derecha se lleva el puño a la frente.

—Largos días y gratas noches, sai. Que a tu esposa y a ti os sea de provecho.

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