Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

Richard, que obviamente ni ha concebido la posibilidad de los celos, contempla arrobado las estrellas.

—¿Cuándo volverás al lado de Estados Unidos a recoger tu artilla?

—Mañana por la noche.

—¿De verdad puedes traer todo eso? ¿Y estará todo igual cuando cruce a este lado?

—Buenas preguntas para las que no tengo respuesta.

Mary lo mira, con su rostro pálido y peculiarmente élfico bajo la luz de las estrellas.

—Nos queda poco tiempo, Jack. A nuestro tet. Lo presiento. ¿Y tú?

Podría mentir, pero en esos momentos finales del crepúsculo, mientras Richard contempla las estrellas y Mary lo mira a él, lo descarta.

—Sí. —Piensa: Son las nueve menos cinco. En París.

—Que te sea de provecho, Jack —dice ella, y le da un beso de buenas noches.

Él le devuelve el beso mientras Richard permanece atento a las extrañas constelaciones de Mundo Medio.

5

A la mañana siguiente, Jack y George transportan en un bucka los contenedores que Palle Dawson ha construido para el complejo de Arrowhead.

Llevan asimismo cuatro cubos grandes llenos de arena blanca y fina de la zona de baño de Cuatro Creciente.

A mediodía, Jack ayuda a servir el almuerzo, esta vez a base de carne picada y patatas fritas.

También fruta en conserva de la despensa de Villa Palisandro, que se está vaciando por momentos.

Gracias sobre todo a Jory, están llegando más provisiones.

Los pelirrojos mataron a cuantos se cruzaron en su camino y volaron todo lo que podía volarse, pero dejaron los cultivos, el ganado y los caballos salvajes que corrían por las tierras de la Pendiente.

Por la tarde, Jack va a la enfermería improvisada de la Villa para examinar la herida en la cabeza de Alice. Cicatriza bien y no presenta indicios de infección. No puede decirse lo mismo de muchos de aquellos postrados en cama en el salón de recepciones del GJ.

Regresa a su antigua casa y se tiende en el balcón.

En cierto modo, se alegra de que la casa haya desaparecido.

Ahora ya no tiene que recorrer las habitaciones que recorrió Sophie ni dormir en la cama que compartió con ella.

¿Quién es el romántico ahora? , piensa mientras se arrebuja en el saco de dormir y se cubre los ojos con un sombrero de ala ancha para protegerse del sol.

Oye los martillazos y las voces procedentes de los barrios del Medio y de Abajo mientras las yentes prosiguen con la reconstrucción, y todavía quedan tumbas que cavar en Largos Vientos.

Ry Connors debe de estar preparándose para la cena en masa de esta noche, quizá maldiciendo a sus ayudantes por su lentitud y su torpeza.

Jack se siente culpable por no echar una mano, pero la intuición le dice que esta noche tendrá sus propias tareas de las que ocuparse, y debe descansar ahora para poder acometerlas.

Sueña con Speedy Parker y Divertimundo Arcadia.

Tiene doce años. Es finales del otoño, a un paso del invierno, y el parque de atracciones está vacío.

Speedy está sentado en los peldaños que ascienden al tiovivo, donde los caballos permanecen inmóviles y el órgano de feria en silencio.

No se oye más música que la guitarra de Speedy.

Canta con la voz bellamente cascada de un anciano: «Jesú, no vendría por aquí, oh, Jesú, no vendría por aquí, porque corren tiempo de nesesidad, tiempo de gran nesesidad… ».

Ve a Jack y deja de tocar.

—¡Fíjate, Jacky, mushasho, qué mayor!

Jack baja la vista y ve que es cierto. Ha pasado de doce años a casi sesenta en un abrir y cerrar de ojos. Eso solo ocurre en los sueños y las películas , piensa. Y a continuación: Porque las películas son sueños.

—En eso tiene rasón, viejo Viajero Jack —dice Speedy. ¿Y se sorprende Jack por el hecho de que le lea el pensamiento? Ni mucho menos.

—¿Lo conseguiremos, Speedy?

—No soy yo quien pue desirlo.

—¿Caerá alguno de nosotros?

—No soy yo quien pue desirlo.

Jack insiste.

—¿Regresará alguno de nosotros?

—Ven a mí, dijiste.

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?

—Ya sabe lo que quiero desir. —Speedy elude la mirada de Jack, concentrado en trastear las clavijas de una guitarra que parecía, al menos para el oído inexperto de Jack, bien afinada.

—¿Son las nueve menos cinco en París, Speedy?

—¿E que no lo son siempre? —contesta Speedy.

6

Jack, al despertar, arrastra aún los restos a medio desvanecerse de su sueño. Ha dormido durante horas. La tarde ha terminado y terminará también el anochecer. Tiene cosas que hacer, pero el sueño sigue incomodándolo.

Revuelve entre las pocas cosas de su artilla que aún le quedan y encuentra el cuaderno envuelto en su camiseta de cerveza Kingsland, que ahora está rota aquí y allá y manchada de sangre.

Sophie solía llamarlo El libro de Jack, una alusión no del todo en broma a El libro del buen agricultor.

En otro tiempo, el nombre estampado en la tapa resplandecía, pero ahora no es más que una sombra de lo que fue debido al roce de guardarla en el bolsillo trasero.

En el lomo quedan restos de sangre seca.

En algunos sitios, las hojas están sucias y los ángulos doblados.

Sus recuerdos del viaje desde Thayer hasta la Costa Oeste se han aclarado gracias a su propia visita reciente a la Garganta.

Realizó aquel último tramo con Richard Sloat, el tocayo humano del brambo.

Recuerda que, ya cerca del final, el mundo se convirtió en una vertiginosa mezcla del lado de Estados Unidos y el lado de los Territorios, lo que indicaba que ya por entonces los Haces que separaban los mundos empezaban a debilitarse.

Richard y él se vieron amenazados por árboles que eran y al mismo tiempo no eran kappa-kappas.

A veces eran normales y a veces eran seres repulsivos con raíces carnívoras que buscaban a tientas.

En una ocasión, recuerda (¿cómo olvidarlo?), una de esas raíces se enrolló en torno al brazo de Richard y casi lo arrastró hacia sí.

Ni en la tierra ni aquí, en Mundo Medio, existía nada como esos árboles caníbales. Eran de algún otro dónde.

Como el Takuro Spirit , piensa.

Jack pasa las páginas, pero no escribió nada sobre los árboles, ni sobre el sarpullido de Richard, ni sobre el momento en que Richard empezó a llamarlo Jason, el nombre del hijo de la Reina Laura DeLoessian, que murió en la primera infancia.

También era el nombre —o eso sostenía El libro del buen agricultor — del hijo de Gan.

No soy Jason, como tampoco soy Roland , piensa, pero ya no está tan seguro.

¿Y si es las tres personas? ¿No uno de los gemelos, sino uno de los trillizos?

Da igual.

No son los nombres lo que le interesa. Lo que le interesa es saber qué ocurrió allí donde la nitidez de sus recuerdos degenera en sombras.

Lo que le interesa es saber cómo encontró el Talismán y cómo lo poseyó…

, al menos por un tiempo. Sus recuerdos de Point Venuti y el hotel Agincourt —el hotel negro —se desdibujan, como aquellas evocaciones que se reviven en un estado de fiebre alta.

Lo único que sabe con certeza es que el Talismán tiró de él, igual que tiró de él la Garganta.

Debí de escribir algo sobre el final del viaje , piensa. ¿O no? Pero al final de sus memorias, escritas a petición de Sophie, solo encuentra lo siguiente:

Ven a mí ven a mí ven a mí ven a mí

¡VEN A MÍ YA!

Las demás páginas están en blanco.

7

El olor a comida de las planchas de Ry se eleva hacia él en la brisa. Al este, una luna en forma de hoz se desliza sobre el horizonte y proyecta una trémula senda plateada en la superficie del agua. Ya es hora de que deje a un lado los recuerdos y se ponga manos a la obra.

Piensa en el complejo de Arrowhead, donde las numerosas escaleras permanecen a oscuras y la maquinaria antigua sigue en funcionamiento.

Esas son las salas de la desolación , piensa, y el pensamiento no es suyo, pero no importa, porque es un pensamiento veraz.

Dijo a Ry que no había opción B, y en efecto así era.

Recuerda más de lo que recordaba. No todo, pero más.

Tiene la vista más aguda. Eso lo sabe. Tiene el oído más fino.

Eso también lo sabe. Y, si disparara la pistola enfundada en la agarradera de estiba que ha dejado a un lado en la piedra kinna rosada, tendría mejor puntería que nunca en el pabellón de tiro del Departamento de Policía de Los Ángeles.

No necesita que el Speedy de su sueño le diga que ha cambiado en un sentido fundamental.

Tal vez todos han cambiado. Pero rechaza la idea de que se ha convertido en Jason o en el legendario pistolero de la antigua Gilead.

Él es Jack, hijo de Philip, no Roland, hijo de Steven.

No hay Torre Oscura, si es que alguna vez la hubo.

Hay solo un desgarrón en el mundo que es preciso cerrar.

En el pequeño cuarto de baño de la planta baja de la casa de los Cornell, cuelga un cartel jocoso en la pared: mees de pie o mees sentado, mantén el baño limpio y aseado.

Debería servirle de gancho igual de bien que el Beebop de los California Raisins, y Jack no cree que vaya a sobresaltar a Damon o a Helen si cobra forma de pronto mientras uno de ellos, sentado en el váter, hace una sopa de letras.

Helen subió al piso de arriba a por los antibióticos, así que el baño de abajo es básicamente para las visitas.

Por supuesto, cualquiera de ellos podría entrar un momento para echar una meada o lavarse las manos, pero ese letrero de broma es demasiado útil para no aprovecharlo.

Se le ocurre que a Youngblood le habría encantado.

Jack se agarra a la balaustrada del balcón y cierra los ojos. mees de pie o mees sentado, mantén el baño limpio y aseado , piensa. mees de pie o mees sentado, mantén el baño limpio y aseado.

La barandilla de piedra se funde bajo sus manos.

8