Capítulo 26 #2
Entretanto, hay mucho trabajo que hacer.
Piensa en hormigas que se afanan en reparar el hormiguero que ha destruido a patadas un viandante desconsiderado.
Ayuda en el comedor comunitario del Redleg.
A la hora de la cena de la tercera noche, junto con Mary y George, sirve sopa de verduras, puré de patatas y filetes de pescado a una fila de supervivientes.
Entre quienes han regresado, los que aún son físicamente aptos actúan de camareros para aquellos que no pueden ponerse en la cola.
Muchas de las yentes de Dezi siguen aturdidas (o heridas), y eso no les permite trabajar demasiado.
Llama la atención el silencio. Conversan en voz baja, pero Jack no oye casi ninguna risa.
—¿Dónde está Alice?
—Ha subido a la Villa —contesta Mary, que se aparta un rizo húmedo de la frente—.
Allí está la enfermería, ¿lo sabías? —Echa una ración en otro plato extendido.
En un susurro, dice—: La mayoría de esos morirá.
Los quemaron con una sustancia que se adhiere a la piel.
Una especie de napalm, creo. Menudos cabrones.
—Por si sirve de consuelo, dudo que los pelirrojos puedan evitarlo.
—No sirve.
—¿Dónde está Ryall?
—En la parte de atrás, asando en seis planchas. Un par de marineros destripan el pescado. Tienen allí toda una cadena de montaje. Vamos, Jack, mantén la cola en movimiento. La gente tiene hambre.
La cola es larga y todos los que la forman traen un plato vacío. Un dato positivo: Mary continúa sobria. Al menos por el momento.
Durante una hora más o menos, Jack, George y Mary sirven.
Ryall aparece de vez en cuando con bandejas llenas de pescado frito y grandes fuentes de puré de patatas.
Lleva una slinkum empapada de sudor y un pañuelo rojo alrededor de la frente.
Tiene en el rostro una expresión que Jack no ha visto antes, y, tras la segunda visita de Ryall para reabastecerlos, advierte qué es: felicidad. O al menos satisfacción.
—Aquel cocinero malhumorado debió de enseñarte algo —comenta Jack.
—Sí. Estoy cocinando y soy guapo, ¿de qué voy a quejarme? Sigue con lo tuyo, grandullón. La mayoría de los que están físicamente capacitados han trabajado duro y tienen hambre.
Jack no necesita preguntar en qué han estado trabajando duro las yentes físicamente capacitadas.
Algunos reparan las casas y comercios que admiten reparación.
Otros cavan tumbas. Los demás, encabezados por Jory Fields, buscan más muertos (y a cualquier superviviente que pueda quedar) en los innumerables edificios desmoronados.
El balance de víctimas asciende a quinientas cuatro…
hasta el momento. Hay cientos de desaparecidos, y eso contando solo a aquellos de los que se tiene conocimiento.
Los pocos pescadores que quedan trabajan en la bahía a bordo de las pocas embarcaciones que quedan y echan al mar las pocas redes que quedan.
Los barcos atracados en el muelle han quedado casi todos reducidos a cenizas.
Tras terminarse la cena y vaciarse casi por completo el comedor del Redleg, Jack ayuda a Ry a limpiar las planchas.
A continuación, lleva a cuestas cubos de malolientes entrañas de pescado hasta el agua, donde las vierte para que se las lleve la marea.
Mientras Ry restriega las planchas, pregunta a Jack por qué no cierra la Garganta él mismo.
—Lleva las Cajas de la Perdición de una en una —sugiere—. Basta con que las cojas en brazos y saltes hasta allí. «Hágalo usted mismo», ¿te consta? Ese tipo de solución.
La primera respuesta que a Jack le viene a la cabeza: Porque no quiero que me absorba a mí. No soy tan altruista . Pero hay una razón más sencilla.
—No puedo saltar de un sitio a otro de este mundo. Lo he probado y no sirve.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Enjuágalas. —Entrega a Jack una de las parrillas planas—. Y hazlo bien. No quiero que haya restos de jabón cuando mañana revuelva un millón de huevos para el desayuno. Dios mío, si hubiera sabido que acabaría trabajando de cocinero en un bar de otro mundo, me habría suicidado.
—En realidad te gusta.
Ry le lanza una mirada adusta… y después sonríe.
—Ya, vale, no estás del todo equivocado. Como mínimo es menos peligroso que lo que nos proponemos hacer. No se lo digas a nadie o te mato. Tengo una pregunta.
—Adelante.
—¿Existen otros lados de Estados Unidos? Los hay, ¿no? A eso se refería Hestin al decir que hay otros mundos aparte de estos.
—Sí. —Jack está pensando en Takuro Spirit, el Proyecto Arrowhead y otras rarezas que ha observado: ¿qué es North Central Positronics?, ¿o Sombra?, ¿de qué versión de Estados Unidos (si era siquiera Estados Unidos) procedían esas pistolas de rayos sónicos?
Cree que realmente existieron los Haces, y, cuando estos se cayeron, todos los mundos empezaron a fundirse como cera que resbala por los costados de velas encendidas que se han agrupado muy juntas.
Pero, cuando las velas se apagan, la cera vuelve a endurecerse —formando un charco de cera de muchas velas—, y ese es el mundo en el que se encuentran.
Es una metáfora de mierda, pero no se le ocurre nada mejor, y, a decir verdad, ese es un tema en el que no le gusta pensar.
Porque, si los dos últimos Haces se hubieran caído, todo habría resbalado hasta convertirse en un revoltijo caótico y después habría caído de la mesa del universo al espacio del exotránsito.
¿Quién en su sano juicio querría pensar en una cosa así?
—¿Podrías saltar a esos otros mundos? —pregunta Ry.
Jack niega con la cabeza.
—Eso también lo he probado. Solo puedo ir al lado de Estados Unidos. Nuestra versión de él, podría decirse, supongo.
Ryall reflexiona y pronuncia su veredicto:
—Qué jodienda.
—Pues sea —dice Jack, y enjuaga la otra plancha jabonosa.
Mary sale seguida por Richard al trote. Parece cansada y muy flaca.
—George ha ido al Cuarto Creciente —informa, refiriéndose a la pequeña pero encantadora playa de Dezi—. Me ha dicho que quieres arena.
—Sí, pero también le he dicho que podía dejarlo para mañana.
—Ya lo sabe. —Mary coge la última plancha y la sostiene en alto para que Jack la enjuague—.
Va a dormir allí. «Bajo las estrellas», dice.
Me ha pedido que vaya con él y he estado a punto de ir, pensando que estamos los dos tan cansados que no hay la menor posibilidad de hacer guarrerías, pero prefiero mi propia cama en la Villa. ¿Me acompañas?
—Aquí ya hemos terminado —dice Ry—. Marchaos. —Enarcando una ceja en un gesto irónico, añade—: Niños.
4
Mary no necesita quien la custodie —Richard degollaría a cualquiera que la amenazase—, pero Jack teme que pueda desmayarse en la cuesta de la Gran Vía. No duda de que Richard la protegería con su propia vida, pero el brambo no puede cargar con ella si pierde el conocimiento.
—¿Qué tal te trata la vida sin alcohol? —pregunta Jack.
Mary hace ademán de lanzarle una mirada de inquina, pero el cansancio no le permite mantenerla.
—No me va mal. Tengo más energía. Puedo hacer mi parte, y eso está bien.
—Desde luego.
—Echo de menos a Pay. Jamás lo habría creído mientras él vivía, a veces se ponía muy pesado , pero la verdad es que lo echo de menos.
—Ya lo pillo —dice Jack. Su intención era quitar hierro a la situación, pero Mary rompe a llorar. Son lágrimas de dolor y agotamiento.
Un cavi-cava que sale de Largos Vientos con una pala al hombro, como si fuera una carabina, le pregunta si se encuentra bien.
—Bah, vete a la mierda —contesta Mary, y Jack no puede por menos que reírse. Esa es la mujer que le asestó un puñetazo en el pecho después de bajarla de la torre del agua. Le alegra saber que sigue ahí.
—Vete a la mierda tú —replica el minero, y sigue su camino.
—Todo esto…, reconstruir, dar de comer…, parece el principio de una nueva vida sin un loco al frente —dice—, pero nosotros no estaremos aquí para verlo. ¿Tienes tú la misma sensación o solo soy yo?
Jack le asegura que él siente lo mismo. Se detienen y cruzan una mirada.
—Si quieres venir a dormir conmigo, puedes —propone Mary—. Supongo que no es un gran ofrecimiento, con estas pintas que tengo…
—Estás muy guapa. —No es del todo verdad, pero sí más verdad ahora que antes—. Solo que tú estás cansada, yo estoy cansado y aún es demasiado pronto.
—Además, ¿no le habrás echado el ojo a Alice?
Siguen adelante.
—No. Eso Ry. Si es listo, esperará hasta que ella se fije en él. A su debido tiempo, es posible que lo haga. En una vieja canción cuentan que a las señoras les gustan los maleantes.
—¡Dios mío y Gan mío, Waylon Jennings! ¡Qué recuerdos!
Me encantaba esa música country. Whisky, mujeres, infidelidades, gramolas y camionetas.
Cuando bebía, metía diez pavos en monedas de veinticinco centavos en la vieja gramola del Hanratty’s.
Sobre la barra había un cartel que decía: si no eres irlandés, a tomar por culo .
Yo no era irlandesa, pero el camarero me servía una copa gratis si le echaba las cartas.
Dos si le veía un buen futuro. —Por encima de ellos asoman ya las estrellas, una por una, la Vieja Madre la primera y la más brillante—.
Todavía quieres a la Reina de las Sombras, ¿verdad? A la que ya no está.
Reacio a contestar, Jack se encoge de hombros.
—Interpretaré eso como un sí. Como en esa vieja balada sobre Roland Deschain y Susan Delgado.
—Eso es demasiado romántico, sai.
—¿Y qué más da? Me gusta el romanticismo como me gustaba la música country. —Se dibuja en su rostro una expresión mezcla de felicidad y cansancio que induce a Jack a estrecharla con un brazo—. Lloré cuando Ali MacGraw murió en Love Story . ¿A que soy tonta?
—Ni mucho menos. —Jack recuerda que él se rio.
Han llegado al patio de Villa Palisandro. Ahí sigue el camión de bomberos robótico.
—¿Seguro que no quieres subir y darte un revolcón con una borracha de pecho plano y ya de cierta edad?
—No tienes el pecho plano ni eres una borracha, y seguro que tu brambo me mordería el culo por celos.