Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Transcurren cinco días hasta que el grupo de Jack está listo para poner rumbo al oeste.

Ahora los ve como un ka-tet de inadaptados, más que de perdedores, lo que considera un ascenso.

Quiere dejar tiempo a Damon y Helen Cornell para reunir los pertrechos, y en Dezi quedan cosas por hacer.

Les es imposible recomponer la ciudad tras tan graves estragos, pero, con Alice Stines al frente, pueden poner en marcha esa labor.

Alice encuentra a un único empleado superviviente de los talleres de proveeduría de barcos, Palle Dawson, que estaba de acampada en una de las pequeñas islas próximas a la costa cuando llegaron los pelirrojos.

Alice le explica lo que necesita. El hombre, sin hacer preguntas, se limita a construir dos contenedores grandes de madera en los que quepan las cajas de Arrowhead.

Ryall empieza a llamarlas «Cajas de la Perdición», que los otros integrantes del tet de Jack abrevian en «CP» para designarlas en clave cuando hay alrededor supervivientes de Dezi.

Los robustos contenedores de sai Dawson van provistos de bisagras y tapas articuladas, en las que taladra unos cuantos orificios con su broca más pequeña.

Como se verá, la aportación de Larry Magruder resulta —quién lo habría dicho— inestimable, y Jack piensa que por eso Hestin persuadió al alcalde Youngblood de que necesitaba a ese individuo por lo demás inútil.

El Peonza carga con la SAW desde el fuerte de Arrowhead, la engrasa y la instala en su trípode frente a una pila de sacos de arena.

Se pone en cuclillas detrás de su precario refugio con unas gafas de cavi-cava y un casco de minero.

Estirando el brazo por encima de los sacos de arena, alcanza el gatillo de la ametralladora.

—Si estalla, da igual, porque seguramente acabaré muerto de todos modos —dice en voz alta a Jack, que se ha situado a lo que, espera, es una distancia prudencial (provisto de su propio casco, lo que se le antoja un tanto ridículo)—. Si solo quedo mutilado, acaba con mi sufrimiento.

La SAW no estalla. En lugar de eso, destruye unos cuantos recipientes de cristal que Larry ha colocado sobre el travesaño de una cerca.

Desintegra asimismo el propio travesaño, cuyos fragmentos y astillas vuelan por los aires.

Larry se yergue de un salto, realiza un giro de ballet y, exultante, se marca un baile de los pajaritos.

—¿Has visto? —pregunta a Jack—. ¿Has visto a esa hija de puta?

—Sí —responde Jack, y da una palmada a Larry en la espalda—. Cambiando de tema, ¿podrías enseñar a Jory Fields a conducir un Binny?

Larry deja de bailar.

—Pensaba que ese tío no nos caía bien. ¿No echó a perder la emboscada y huyó?

—Sí, y no nos cae muy bien, pero lo necesitamos.

—¿Por qué?

—Ya te lo explicaré luego.

2

Alice y Mary ponen en marcha una mesa solidaria en el comedor del hotel Redleg.

Uno de los pelirrojos lanzó un misil Dragonfire al primer piso, pero falló y, gracias a eso, el hotel sigue en pie.

Las mujeres dan de comer a los supervivientes que se escondieron en la ciudad o lograron escaparse a las granjas y ranchos de la Pendiente.

Estos van regresando de uno en uno, de dos en dos o en pequeños grupos.

También llegan cavi-cavas de la mina, en su mayoría vestidos aún con el peto azul de trabajo.

Están todos aturdidos, pero no tanto como para no sentir el hambre.

Ry va en busca de Jory Fields, que continúa transportando cadáveres de la Gran Vía al cementerio Largos Vientos. Le dice que deje eso por el momento.

—Ve a las granjas cercanas y trae toda la fruta y verdura que encuentres. ¿Te consta?

—Sea, me consta muy bien —responde Jory con la cabeza gacha.

—No se te ocurra andar cosechando en los huertos o esas gilipolleces, no hay tiempo. La gente tiene hambre. Mira en los graneros y las despensas. ¿Te ves capaz?

Jory contesta afirmativamente y se dispone a volver a su carreta.

—Ca, ca, deja eso. Acompáñame.

Ry lleva a Jory, quien más que caminar se arrastra sin mirar a nadie a los ojos, hasta donde está Larry.

—Peonza, enséñale a conducir —dice Ry—. Este vehículo y los otros. Me merezco una medalla por no darle una patada en el puto culo.

Puede que Jory sea un cobarde, pero aprende deprisa…

, aunque, desde luego, conducir un Binny no tiene mucho misterio.

Con Larry de copiloto, recorren lo que queda de la vieja carretera de Gilead y encuentran un par de vehículos abandonados provistos de cabrestantes y armamento.

Larry prueba uno y el motor arranca. Lo pone en marcha y pisa a fondo; luego lo apaga y va a por el otro.

—¿No vamos a llevarlos a la ciudad, sai? —pregunta Jory.

—Yo llevaré uno, tú sigue con el Binny Ding. Haz lo que te ha dicho sai Connors. Aún no estás preparado para un cambio manual con diez marchas. —A Larry le brillan los ojos—. Estas joyas van bien equipadas.

Larry informa a Jack de que uno parece un todoterreno Hilux del lado de Estados Unidos y el otro un camión con tracción integral similar a un Unimog de Mercedes-Benz.

—Solo que el que parece un Hilux se llama Takuro DayStar, del que nunca he oído hablar.

Jack no dice a Larry que en uno de los fuertes que visitó vio un automóvil civil llamado Takuro Spirit, probablemente inspirado en alguna otra versión del lado de Estados Unidos.

Entusiasmado, el Peonza informa asimismo de que ambos vehículos van equipados con armas análogas, según él, a la M2 de calibre cincuenta.

Disparan quinientas balas por minuto. Hay también misiles Dragonfire del complejo de Arrowhead.

Larry prueba gustosamente un par de estos en las afueras y vuela un cobertizo que ya se caía a pedazos.

Lo que está bien. O, en la jerga del Peonza, cinco de cinco.

—Jack, ¿cómo es posible que todo este equipo siga en tan buen estado? Cierto es que algunos Dragonfires salen rana, pero en su mayoría estallan perfectamente, y los vehículos arrancan en el acto. Las ruedas no están desinfladas. Sí, tal vez una o dos, pero las demás están bien.

Jack menea la cabeza.

—No lo sé.

—Si Ryall sabe conducir con cambio manual, podemos traer el otro carro de combate aquí —sugiere Larry—. Funcionan con energía solar además de diésel, lo cual es asombroso: vehículos eléctricos con energía solar, ¿quién iba a imaginarlo?

—Tendrías que ver un Polestar —dice Jack.

—¿Un qué?

—Un coche de mi cuándo. Detrás del complejo de Arrowhead hay otra carretera y diez o doce surtidores de gasoil. Puedes llenar los depósitos de los vehículos allí. Prende primero un charco para asegurarte de que el combustible todavía arde.

—Diésel para los días nublados y la conducción de noche, ¿no?

—Lo has captado.

—¿Va esa otra carretera en la dirección en la que queremos ir?

—Según Hestin, sí.

—Bien —dice Larry—. Porque la vieja carretera de Gilead está destrozada por el paso de los pelirrojos al marcharse.

O sea, más jodida que un vampiro en un almacén de ajos.

Si se trata de acarrear algo que no soporta golpes ni sacudidas, ir por la vieja de Gilead…

ni de coña. No avanzaríamos ni diez metros antes del ka-pum.

—Hestin me ha dibujado un mapa.

Eso no es del todo verdad; lo ha dibujado Jack. Todavía duerme en el balcón de su casa en ruinas, y Hestin fue a verlo la noche posterior a su primera visita al complejo de Arrowhead.

«Te conviene copiar esto», dijo, y a continuación abrió la boca.

Salió de ella un haz similar al de un proyector y apareció un holograma.

No una rubia en minishorts, sino una carretera tortuosa que partía desde detrás del complejo de Arrowhead, atravesaba una zona montañosa indicada como las crestas (en inglés, cabía pensar que para facilitarle la lectura a Jack) y seguía hacia la Garganta, justo al sur de las Tierras Arrasadas.

Larry Magruder dijo que los infelices de El salario del miedo tenían que viajar con las cajas de dinamita una distancia de unos quinientos kilómetros a fin de apagar el incendio en el pozo petrolífero.

Jack no recuerda cuál era la distancia en Carga maldita , pero calcula que su ka-tet tendrá que recorrer al menos el doble.

—La llamó carretera de Bayver —informa Jack a Larry—. Seguro que habrá escollos, pero, según Hestin, está mejor que la vieja carretera de Gilead. También es más corta. Solo discurre a orillas del río Nadie parte del camino. Y tomaremos precauciones.

—Vale. —Larry no pregunta qué precauciones, y mejor así. Jack no lo sabe exactamente. Esto empieza a cobrar forma de expedición a salto de mata. Piensa: Improvisando, que es gerundio, ¿te enteras?

—Prueba las armas montadas en la parte de atrás de los camiones. Asegúrate de que funcionan. Si encuentras otra de calibre cincuenta, instálala en uno de los Binny Dings.

—Todos esos Binnys vienen equipados con lanzadores de Dragonfires…

—Además del lanzador.

—Entendido —dice Larry. No le dirige un saludo militar: hace un giro.

3

Jack dedica los días siguientes a ayudar a su ka-tet, pero también al tet más numeroso formado por los supervivientes, con miras a poner Dezi camino de la recuperación.

No le gusta la espera; es la parte más dura.

Recuerda una y otra vez lo cansino que parecía el sonido de la maquinaria de enfriamiento allí abajo, donde se encuentran las Cajas de la Perdición.