Capítulo 25 #5
No por mucho tiempo , piensa Jack. Gracias a la bala de Wanda Kinderling, el lado de Estados Unidos acabaría con mi vida.
—Pero ¿y si llevamos las cajas a esa Garganta? —pregunta Alice.
—Según Hestin, las cajas la cerrarán —explica Jack—. Será como ha dicho Larry: un niño que sopla las velas de un pastel de cumpleaños.
Hestin asiente, con la frente lustrosa por la humedad. Jack piensa en lo mucho que parece un agente de pompas fúnebres con su traje negro. Excepto, claro, por el detalle de la babushka.
—¿Y si mudamos de aires? —propone Ry—. ¿Qué os parecería? En este mundo debe de haber algún sitio tan bonito como Dezi. Igual de civilizado. En el sur lejano, quizá.
Alice niega con la cabeza.
—No he visto morir en el Gran Camino a mis hermanas del Plato solo para darme media vuelta y huir. Si ustedes, los del lado de Estados Unidos, desisten, intentaré llevar las cajas a esa Gran Garganta yo misma. O con Jack, si él me ayuda.
—¿Y tú qué, calvito? —pregunta Ry—. Se te ve muy fuerte.
—Mi programación no me permite salir de la Baronía de Mejis —contesta Hestin.
—Muy oportuno —dice Ry, que tampoco esta vez parece hablar a nadie en particular—. Pero que muy oportuno.
Eso no es lo único oportuno , piensa Jack. La maquinaria que mantiene estables las cajas ha empezado a fallar, pero , alto ahí, hay a mano un vertedero llamado la Garganta y una excelente razón para llevarlas allí.
A veces se siente como un tipo corriente jugando al ajedrez contra Bobby Fisher.
—¿Podríamos discutir más tarde quién va y quién no va? —pregunta Larry—. Quiero salir de aquí. Esto es frío y húmedo. Y no me importaría abrir el cerrojo de esa SAW para ver si todavía funciona.
—Sois un ka-tet —les recuerda Hestin—. Solo lo lograréis si vais todos.
Jack casi se lo imagina: un convoy a la desesperada avanzando despacio por las tierras vacías entre Dezi y la Garganta, con un cargamento aún más peligroso que el que llevaban los parias de Salario y Carga maldita… , que solo eran, al fin y al cabo, películas.
—Chorradas. —Ry casi escupe la palabra—. Eso tú no lo sabes, calvito. Tú mismo no eres más que una máquina, y si estás programado para salvar algo, seguramente es tu propio culo flaco de plástico.
Es imposible , piensa Jack con la mirada en las cajas. Podemos intentarlo, pero no veo final feliz en esta historia.
—Para esto, rodeos no hay—declara Hestin, y curiosamente parece hablar, al menos a oídos de Jack, como Yoda—. Solo ir hacia delante.
Remontándose de nuevo a Carga maldita , vívida en su memoria, Jack recuerda que, al final, el único paria superviviente, medio loco, camina tambaleante hacia el pozo petrolífero en llamas con una caja de dinamita inestable en los brazos.
Ry se frota la cara con las manos.
—Hestin, mi fra robot, ¿estás diciendo que, o hacemos esto, o el puto universo será absorbido por el espacio del exotránsito?
—Será absorbido, sí. Primero este mundo, después el tuyo, al final todos. No sé adónde irán.
—O sea que, en esencia, estamos jodidos. —Cuando Ry baja las manos, en realidad sonríe—. Puto jaque mate. En cierto modo te admiro, pese a que solo seas un saco de tornillos. Has cortado todas las salidas. Aunque, claro, solo tenemos tu palabra.
Permanecen inmóviles en esa pequeña sala fría y húmeda. Mary tirita. Todos guardan silencio hasta que Hestin habla.
—Hay algo que puedo hacer si conseguís cerrar la Garganta. No por Jack, quizá no por Alice, pero sí por los demás. Puedo mandaros de regreso.
—¿ Cómo dices? —exclama George.
—Sea. A vuestro mundo y vuestro tiempo. Podréis reanudar vuestra vida allí donde la dejasteis.
Larry Magruder se ríe. Es un sonido tan distinto de su alegre risita habitual que sorprende.
—¿Por qué iba yo a hacer eso? Los fines de semana jugaba a soldados con mis colegas, pero era solo eso: un juego. Ellos eran unos pobres desdichados, como yo. Trabajaba de dependiente en una puñetera zapatería.
—Yo era adivina —dice Mary— y quedé como una farsante en televisión.
—Yo era el experto en eficiencia más ineficiente del mundo —declara George Elgin.
—Dice verdad, sai Hestin —afirma Alice—. Yo nunca abandonaría este mundo que tanto quiero para irme a ese otro del que no sé nada.
Ry mira primero a Hestin y después a Alice. Luego suelta una carcajada. No es un sonido agradable.
—¿Se supone que he de volver para dar palizas a los pringados que no pueden aflojar la pasta de la mordida? ¿A meter miedo a las fulanas? ¿A untar a polis con droga? No lo creo. A la mierda; si esto es lo que hay que hacer, me apunto.
—Yo también —dice George.
—Ya somos tres —se ofrece Larry el Peonza.
Mary deja escapar un suspiro.
—¿Por qué no? —Señala las cajas—. Si estallan, al menos será rápido, ¿no?
—Sois un ka-tet —dice Hestin—. Uno entre muchos.
Jack apoya una mano en el hombro de Hestin.
—Has conseguido lo que querías. ¿Ha estado en duda en algún momento?
—No. Ha sido…
—Di ka otra vez y te doy un puñetazo en la cara —ataja Jack—. Aunque dudo de que sirviera de algo.
Hestin sonríe. Por lo visto, los robots tienen sentido del humor. O al menos así es en los Territorios.
—Tú lo has dicho, Jack.
—Pues sí.
—Y ahora ¿podemos largarnos de aquí?