Capítulo 25 #4
—¿A qué profundidad estamos? —pregunta Mary.
Hestin no contesta.
—Esa SAW parecía en muy buen estado —observa Larry—. Puede que haya que engrasarla un poco, y después lista, a funcionar.
—Aquí ocurrieron cosas espantosas —comenta Alice—. ¿No, Ayden?
—Dice verdad.
Otra escalera, un tramo más corto, y ahora, además del frío sepulcral, flota en el aire un tufo rancio.
Hestin sigue por un pasillo tan estrecho que se ven obligados a avanzar de uno en uno, les guste o no (no les gusta).
Pasan ante puertas sin identificación. Al otro lado de esas puertas, en algunas de las habitaciones hay silencio, en otras no.
Detrás de una se oye un gemido grave y atonal que, se dice Jack (sin mucho éxito), debe de emitir una máquina que está en su etapa final después de un milenio de funcionamiento.
—Quiero salir de aquí —dice Mary—. Esto es horrible.
—Casi hemos llegado. Un poco más, si tenéis a bien.
—No tengo a bien ni mucho menos —contesta Mary, pero sigue adelante.
Una carretilla obstruye el camino. Pasan por encima porque no hay espacio para circundarla.
Más allá se encuentran con una escotilla de acero y otro terminal de ordenador antiguo.
Hestin lo toca y se enciende un símbolo que todos conocen bien: tres triángulos amarillos dentro de un círculo negro.
Desde el techo, una voz robótica atronadora advierte: «¡Peligro, Will Robinson! ¡Peligro!» .
Mary chilla. Richard gruñe. Alice agarra el hombro de Ry. Larry, en cambio, se echa a reír a carcajadas.
— Perdidos en el espacio —exclama—. ¡Esa serie me encantaba!
—La gente que construyó esto hacía algunas bromas estúpidas —comenta Hestin con aparente desaprobación.
Introduce en el teclado otra larga serie de letras y números.
Suena un ruido sordo en el interior de la escotilla y, cuando Hestin tira de ella para abrirla, la voz robótica previene de nuevo a Will Robinson de un posible peligro.
Aparece ante ellos un pozo de negrura. Hestin agita un brazo para activar un círculo de luces con sensores de movimiento.
Desciende por tres peldaños y pide a los demás que lo sigan.
—Pero con cuidado, ¿eh?
La sala es una cápsula revestida de azulejos, más fría aún que los pasadizos que ya han recorrido. En el centro hay dos cajas. Por un momento, Jack siente unas repentinas náuseas y las cajas parecen fundirse en una sola. Se tambalea y extiende un brazo para mantener el equilibrio.
—Jack. —Es Hestin—. ¿Estás bien?
Jack cierra los párpados con fuerza y vuelve a abrirlos de golpe.
En un primer momento, las cajas parecen una mala exposición doble, pero, cuando pestañea para apartarse de los ojos un sudor frío —desde luego, no pueden ser lágrimas—, se separan.
Se le pasan las náuseas. Las cajas son de madera gris mate.
(La vista sostiene que son de madera, pero el cerebro duda: ¿cuánto duraría la madera?
Y, por cierto, el cielo está enmaderado, ¿quién lo desenmaderará?
El desenmaderador que lo desenmadere buen desenmaderador será).
Sacude la cabeza para despejársela y se frota los ojos para volver a ver con claridad.
Las cajas reposan sobre unos rieles metálicos paralelos que a Jack se le antojan —no puede evitarlo— un catafalco, aunque son demasiado pequeñas para ser ataúdes, ni siquiera de enanos; parecen más bien cofres grandes.
Unos adhesivos amarillos, tanto en inglés como en la lengua, advierten: prohibido tocar.
Rodea las cajas una barandilla circular de un metro de altura.
Sus superficies resplandecen como si estuvieran barnizadas. En las paredes resuena la maquinaria.
—¿Tenemos que llevarlas a la Garganta? —pregunta Jack—. ¿La cerrarán o impedirán que siga creciendo?
Hestin mueve la cabeza en un gesto de asentimiento. Es tan alto que casi roza el techo con la cabeza.
Le salaire de la peur , piensa Jack. El eco. Lo habría sabido incluso si Hestin no lo hubiera confirmado.
Ahora, desde arriba, llega un chirrido mecánico. En el techo, las bocas de ventilación rechinan al abrirse y de pronto los envuelve una bruma. La humedad reluce sobre su piel y sobre las cajas.
—Si lo hubiera sabido, habría traído un paraguas —comenta George. Si es una gracia, nadie la ríe.
—Cesará, pues sea —afirma Hestin, y al cabo de un momento así ocurre. Las bocas del techo rechinan de nuevo al cerrarse. El chirrido de arriba se interrumpe.
—Eso suena mal —aventura George.
—Es muy antiguo —contesta Hestin.
Jack señala las cajas sobre sus rieles de acero. Están secas de nuevo.
—No son explosivos plásticos, pero sí muy peligrosas.
—Muy antiguas y peligrosas —confirma Hestin—. Debéis ir con mucho cuidado.
En El salario del miedo y Carga maldita, el cargamento era dinamita que exudaba nitroglicerina , piensa Jack. Una mínima sacudida y son las nueve menos cinco en París.
—Estas cajas podrían destruir no solo Dezi, sino toda la Baronía de Mejis —advierte Hestin—. Quizá más, no lo sé. Sin duda, este fue otro de los horrendos experimentos de esa gente.
Tiene sentido, pero, por alguna razón, Jack no acaba de creérselo. No del todo. ¿Miente Hestin? Le parece que no; como se complacían en decir los viejos pescadores de Dezi, No me consta, ca, ca. Hestin induce a error.
—Podrían ser chorradas —observa Ry, quien tampoco esta vez parece hablar a nadie en particular.
El espacio alrededor es tan exiguo que Larry no puede girar cómodamente, así que se conforma con agarrarse los hombros.
—En la película El salario del miedo , la dinamita apagaba el incendio en el pozo petrolífero como un niño que sopla las velas de un pastel de cumpleaños. ¿Será ese el efecto que esto tenga en el Gran Tajo?
—¿Qué es un película? —pregunta Alice.
—Una historia en imágenes —explica George—.
No le dé mucha importancia. —Se vuelve hacia Hestin—.
Si crees que vamos a cargar con estas dos cajas explosivas de aquí hasta esa Garganta, estás mal de la cabeza, sai.
La carretera de Gilead ya se encontraba en mal estado antes, y esos vehículos la han destrozado aún más.
Sobre todo los carros blindados. Si el material que contienen estas cajas es delicado, volaríamos por los aires en menos de diez metros. Y los campos de alrededor también.
—Es verdad, pero no hay plan B —dice Jack.
—Eso no me lo creo —responde Ry—. Siempre hay un plan B.
—Quieres decir que no estás dispuesto a hacerlo.
—No me digas lo que quiero decir, grandullón.
El chirrido cansino empieza de nuevo. Cae la llovizna. Las gotitas se prenden en los bigotes y el pelaje grisáceo de Richard. La humedad perla también la superficie de las cajas, pero, en cuanto las bocas de ventilación se cierran, el agua desaparece de las cajas.
—¿Están…? —dice Mary.
Como no termina la frase, Larry lo hace por ella:
—¿Están vivas esas cajas?
—No lo sé —responde Hestin. El calvo se vuelve hacia Ry con las manos entrelazadas ante sí—.
Lo que sí sé es que la maquinaria que humedece y enfría las cajas es muy muy antigua.
Ha estado funcionando aquí abajo durante dela , pero no funcionará eternamente.
Si las cajas no se enfrían y humedecen a intervalos regulares, no será necesaria una gran sacudida para que se activen.
Desaparecerán todos los supervivientes de la masacre de los pelirrojos, incluidos vosotros siete.
No quedará nada de Dezi ni de las Baronías del Oeste, más que un hoyo en la tierra que arderá durante cien de vuestros años.
El Mar Limpio dejará de ser limpio. Solo podría escapar sai Sawyer, si salta al mundo que llamáis lado de Estados Unidos.