Capítulo 25 #3
—Actuará más deprisa. Se hará más fuerte. Absorberá montañas y ciudades. Cordilleras y ríos. Personas y ganado, y lobos y aves. Atraído todo hacia esa oscuridad. Pero no terminará ahí. —Contempla los rostros pálidos y asustados—. Luego nuestro mundo. Luego todos los mundos.
Permanecen en silencio hasta que Mary empieza a llorar. Richard apoya las zarpas en sus hombros y le olfatea la cara.
—Chorradas —dice Ry por fin—. Un cuento de miedo al calor del fuego de campamento, contado por un robot o lo que sea. Y tú te lo crees.
Jack no necesita mucha intuición para saber que Ry también se lo cree; en el Gran Camino vio a los pelirrojos moverse como un organismo. Que no quiera creérselo es comprensible pero inaceptable. Es mucho lo que hay en juego.
—¿Quieres venir conmigo y escuchar a Hestin tú mismo? —Jack mira a Ryall, pero les habla a todos.
—Sea —dice Alice—. Yo sí quiero.
—¿Por qué no? —dice Ry—. Ya he oído disparates antes. Soy de Nueva York.
5
Recorren la vieja carretera de Gilead, que tan cerca de Dezi se conoce como carretera del Tranvía.
Richard va al trote pegado a Mary y lanza dentelladas a alguna que otra mosca.
Puede que Jack encontrara al brambo (o que el brambo lo encontrara a él), pero no cabe duda de que ahora es de Mary (o Mary es de él).
Alice se encuentra mejor —los antibióticos han empezado a hacerle efecto—, pero sigue débil, y Ry insiste en que viaje en un tete bucka. Por las afueras de la ciudad vagan numerosos burros y mulis, que pastan y parecen perdidos, pero, con el consentimiento de Jack, Ry pone el arnés a Golden Boy.
Cerca del andén del tranvía (donde ya nunca volverá a parar un tranvía), se encuentran con Ayden Hestin, tal como ocurrió el día que Jack, Pay y Mary subieron al Winola para iniciar un viaje que resultó mucho más largo y accidentado de lo que cualquiera de ellos preveía…
, y del que Payton Orville nunca regresó.
Jack tiene la sensación de que ese día ocurrió hace poco tiempo y de que, simultáneamente, han transcurrido muchos años desde entonces.
A la sazón no conocía a Aaron Destry ni a su hermano gemelo, Mose, ni a la vidente llamada Maeve Quiller.
Ni a los bondadosos mannis del clan Dipa ni al Alcalde de Hemphill y su hija homicida.
No había estado a punto de ser absorbido por la Garganta ni había aparecido en el coche patrulla de Dale con la mirada fija en el Beebop de los California Raisins.
Por entonces aún no había sufrido la descarga de táser ni había sido hospitalizado, ni lo había interrogado Rolf Handler, ni lo había ayudado a escapar de ese hospital una viuda afligida.
Aun así, he aquí al mismo Ayden Hestin. Alto y calvo y flaco, vestido con el mismo traje negro óxido y la corbata de cordón, cubierta la cabeza con una babushka para protegerse la calva.
¿Le preocupa quemarse por el sol? , se pregunta Jack.
¿O teme que el sol abrasador pueda freír sus viejos circuitos?
Hestin espera junto al mismo camino adyacente, pero ahora la verja está abierta y se ha retirado la única palabra escrita en ella: prohibido .
—Salve, Ayden Hestin —saluda Jack, y se lleva el puño a la frente—. La situación se parece mucho al día en que Pay, Mary y yo partimos hacia Pernil, ¿no crees?
Hestin inclina la cabeza.
—Youngblood me pidió que investigara el Gran Tajo, pero eso era idea tuya, ¿no?
Hestin, en lugar de contestar, dirige la atención a los demás.
—Salve, Mary Klee. Salve, George Elgin, tú, el del Gran Experimento del Periscopio. Salve, Lawrence Magruder, también conocido como Peonza.
El tete bucka se detiene y Hestin prosigue con su alocución:
—Salve, Alice Stines de Dezi y viuda de Haffe.
Salve, Ryall Connors, tú, el del clan Gambino.
Salve, Richard, el que vaga por Mundo Medio, conocido también como los Territorios.
—Solo al llegar a Jack Sawyer, se lleva la mano a la frente y flexiona la rodilla—.
Salve, Jack de Estados Unidos. —A continuación, añade—: Pistolero.
—No —responde Jack. Su voz le suena oxidada a él mismo. Se acuerda de la estatua ante la que cayó en Mejis, aquel legendario grupo cuyo dinh llegó de la mítica Gilead provisto de enormes revólveres con cachas de madera de sándalo.
Él no, él nunca, me niego.
—No me conviertas en algo que no soy. Si tienes que llamarme de algún modo, llámame polizonte.
—Como gustes —contesta Hestin—. Pero vosotros siete sois un ka-tet, ¿eso vas a negarlo?
—Contigo ocho —rectifica Jack.
Hestin no lo confirma ni lo niega.
—Acompañadme, pues.
Cuando Alice se dispone a apearse del tete bucka , Ry la sujeta del brazo.
—Aún no está en condiciones para ir de excursión, sai.
—No es muy lejos —informa Hestin—. Solo pasada la próxima colina.
—Aguantaré —asegura ella y le sonríe—. Amarre el caballo a la verja.
Ry obedece.
—Vamos —dice Hestin—. Os enseñaré lo que debéis ver y os indicaré lo que debéis hacer.
—Ver es una cosa —contesta Ryall—. En cuanto a lo de hacer…, eso está aún por decidirse.
Jack ya sabe lo que Hestin quiere que hagan.
6
En lo alto de la colina avistan otro fuerte, pero distinto de los que Jack ha encontrado en sus viajes.
Dispone de una rampa similar (cubierta por arena acumulada y hierbajos marchitos), pero no de panel numérico.
En lugar de eso, hay algo similar a un intercomunicador en un poste.
Cruzan por debajo de un arco de acero y, aunque la herrumbre salpica las palabras grabadas en él, Jack las lee sin dificultad, porque están en inglés.
—No me consta —dice Alice—. Para mí son solo trazos y garabatos.
—Dice «Proyecto Arrowhead» —aclara Larry—. Y en el rótulo pequeño pone «Somber Corp.».
—Sombra —lo corrige Jack.
—Exacto —confirma Ayden Hestin—. Las personas de vuestro mundo, o alguna otra versión del lado de Estados Unidos, pues sea, descubrieron la manera de llegar a este mundo. Construyeron aquí su complejo porque consideraron que lo que hacían era demasiado peligroso para construirlo allí.
—Quieres decir que no les apetecía ensuciar su propio nido. —El comentario es de Ry, pero eso mismo pensaba Jack. Porque le recuerda a Morgan Sloat, que estaba totalmente dispuesto a explotar sin contemplaciones Mundo Medio.
—Lo que encontraron —prosigue Hestin—, o lo que hicieron, los asustó tanto que cerraron el fuerte para siempre. Este agujero en la tierra estaba lleno de horrores. Algunos han muerto. Otros no.
—No quiero entrar —dice Mary. Tiene a Richard en brazos otra vez.
—Pero entrarás —afirma Ayden—. Debes hacerlo.
Se acerca a lo que a Jack le ha parecido un intercomunicador y desliza hacia atrás el panel frontal, con lo que queda a la vista un ordenador que está muy lejos de ser tecnología de vanguardia.
Jack tiene la impresión de que es como el PC IBM antiguo que él usaba a principios de los años ochenta.
Hestin lo toca con un dedo. Una voz automatizada le pide, en inglés, el código de acceso.
Hestin introduce una larga serie de letras y números.
La puerta situada al pie de la rampa se eleva en medio de un traqueteo y una nube de herrumbre y polvo.
Descienden por la rampa; primero Hestin, Jack detrás de él y Mary (con Richard todavía en brazos) en la retaguardia.
Se encienden unos cuantos fluorescentes activados por sensores de movimiento, pero más de la mitad no funcionan.
Hay una cochera, pero este fuerte, a diferencia del Fuerte 19 de Positronics, contiene solo unos cuantos vehículos.
Hay un par de Binny Dings y un camión verde oliva de aprovisionamiento con un número de serie en la puerta y una estrella en el capó.
En la parte de atrás lleva un arma enorme, provista incluso de una cinta de munición y montada en un trípode. La munición parece prácticamente nueva.
—¿Cómo demonios ha llegado esto aquí? —pregunta Ry—. Es de nuestro mundo.
—No lo sé —contesta Hestin—, y tal vez no proceda del lado de Estados Unidos que tú conoces, sai Connors. Hay otros mundos aparte de estos.
—Sí es del nuestro —asegura Larry. Ahora no hace giros ni se sujeta los hombros—. Eso es una M249 SAW. Una ametralladora ligera. Si es totalmente automática, dispara seiscientas cincuenta balas por minuto. —Tiende una mano, la acaricia y exclama en un susurro —: ¡Impresionante!
—Larry, ¿estuviste en las fuerzas armadas? —pregunta Jack.
—Qué va, no me aceptaron —responde él mientras acaricia aún el arma.
El gesto no es muy distinto de como Mary acaricia a Richard—.
Me metí en un club. Nos presentábamos como «milicia».
Nos reuníamos en distintos sitios. Sobre todo en Long Island o en Plum Island.
Hacíamos maniobras. Tirábamos al blanco.
Contra botellas de refrescos, sandías. ¡Pumba-pumba-pumba, taca-taca-taca, pam-pam!
Algo así. ¡Qué tiempos aquellos! Teníamos M16, M16A1, CAR-15…
, excedentes del ejército. Cuando se atascaban, las arreglaba yo.
Según decía Paddy Nickerson, yo tenía ese don.
—Ahora sí gira sobre sí mismo—. ¡Qué tiempos! Apreciaba a esos muchachos.
—Venid —dice Hestin.
Los guía por un largo pasillo. Larry vuelve la vista atrás, como un hombre que lamenta separarse de una amante.
Tras las paredes, en algún sitio, hay maquinaria en funcionamiento.
Jack supone que es un sistema de renovación de aire, pero este emite un sonido cansino.
Cruzan una puerta de barrotes de acero en la que se leen los rótulos proyecto arrowhead y solo personal autorizado .
Encima de estos, alguien ha escrito con pintura negra (o tal vez rotulador), ya descolorida: abandonad toda esperanza, vosotros que entráis.
—Qué mal rollo —comenta Ry.
—Y que lo digas —coincide George.
Al dejarla atrás, Hestin los guía por un largo tramo de escalera descendente. Mientras siguen a Hestin por un pasillo alicatado que recuerda a Jack una estación de metro de Nueva York, se encienden y apagan más fluorescentes.
—Hace frío —dice George.