Capítulo 25 #2
—Tal vez, o tal vez algo mayor —contesta Jack—. Aunque ignoro qué podría ser. Mi mente rehúye esa posibilidad, del mismo modo que rehúye la visión de aquella puerta. Algunas cosas sencillamente son demasiado extrañas para que una mente humana las abarque en su plenitud.
»Kinneston y Speckhoffer se convirtieron en peones de un poder mayor que ellos.
Mucho mayor. Escaparon de la emboscada en el Gran Camino y cruzaron la puerta especial de Youngblood para acceder a mi mundo, donde causaron estragos en una ciudad llamada Hemingford Home, tal como sus seguidores causaron estragos en esta.
Las dos son lugares por los que yo siento apego.
En mi vida adulta, llamo ecos a las similitudes entre Mundo Medio y el lado de Estados Unidos. De niño las llamaba gemelos.
George señala la senda del jardín.
—Según Hestin, esa puerta solo daba a Central Park en 1976. Si lo que tú dices es verdad, él mentía.
Jack deja escapar una risa vacía.
—Hestin sostiene que nunca ha mentido. Dice que él solo permitía a los demás, incluido sai Youngblood, creer determinadas cosas. Pero, si alguno de nosotros intentara cruzar ahora esa puerta, me parece… —Se encoge de hombros.
—El espacio del exotránsito —dice Alice.
—Donde están esos ojos rojos —añade George.
—El Rey Carmesí o lo que queda de él —precisa Mary.
Ry los obliga a volver a la realidad, o a su concepción de la realidad.
—Como por lo visto no lo habéis entendido, lo repetiré: si esos tarados han muerto, ¿para qué darle más vueltas? Has dicho que los demás pelirrojos se esfumarán. Se acabó, pues. Tut finí. Ya solo nos queda recoger los pedazos.
—No es tan sencillo —contesta Jack—. Ojalá lo fuese.
Decimos que ka es una rueda y que su única función es girar.
Esa rueda aplastó a Kinneston y Speckhoffer.
Eran agentes de ka, pero también sus víctimas.
Pasaron del lado de Estados Unidos al lado de los Territorios y después volvieron al lado de Estados Unidos, donde habían empezado.
En el camino, contrajeron una enfermedad horrenda y contagiaron a los adolescentes de este mundo.
Ocurrió deprisa. En un abrir y cerrar de ojos, me dijo una anciana en Mejis.
Primero en Riven y Pernil, pero desde allí se propagó como se propagan todas las enfermedades.
—¿Se tiñeron el pelo a modo de distintivo? —pregunta Mary.
—Sí. Se desplazaron hacia el este, en dirección al Mar Limpio, destruyéndolo todo a su paso y captando adeptos. Si Kinneston y Speckhoffer no hubieran muerto, habría ocurrido en mi mundo lo mismo que ha ocurrido aquí.
—¿Un contagio galopante? —pregunta George.
Jack asiente.
—Empieza en Nebraska, se extiende al resto de Estados Unidos y de ahí a todas partes. Aquí hay muchos menos críos en edad vulnerable. Algunos fueron abatidos. Cuarenta y seis en la emboscada del Gran Camino, no sé cuántos más en la vieja carretera de Gilead.
—Treinta como mínimo —dice George—. Los heridos fueron…, hum…, rematados.
—Había que hacerlo, había que hacerlo —asegura Larry. No le es posible aliviar la tensión reconfortándose con un giro porque está sentado. Solo puede abrazarse—. Estaban locos. Como perros rabiosos.
—Hestin me dijo que los pelirrojos supervivientes regresaron al oeste —continúa Jack—.
Seguirán por la vieja carretera de Gilead, en los vehículos robados de los fuertes o a pie.
De regreso a Pernil, que ya han destruido, y luego a Riven, y de ahí al Gran Desfiladero.
Otros se unirán a ellos en el camino. En la Garganta, serán atraídos.
Yo conozco esa atracción mejor de lo que desearía.
—Pues lo dicho. —Ry parece decidido a zanjar el asunto de los lescentes pelirrojos—. Se acabó el juego. Si han entrado en esa raja, han desaparecido.
—No han desaparecido —corrige Jack—. Duermen.
4
Ante eso todos guardan silencio durante un rato. Richard salta del regazo de Mary y, con un brillo en los ojos ambarinos, se agazapa en el borde del estanque.
—Pensad en los pelirrojos como en una batería casi agotada —prosigue Jack. En esencia, habla a los del lado de Estados Unidos; duda mucho que a Alice Stines le consten las baterías—. No quedan suficientes pelirrojos para arrancar el motor.
—¿El motor es esa Garganta? —pregunta George.
Jack asiente.
—La Garganta está creciendo. Puede que yo haya contribuido a eso, pero aún crece demasiado despacio para cumplir el cometido previsto por la entidad que lo anima.
—El trasgo que vive en el espacio del exotránsito —musita Alice. Está muy pálida. Ry le rodea los hombros con el brazo para tranquilizarla.
—Es posible. Hestin sabe muchas cosas, pero dice que desconoce qué es esa fuerza.
Cuando se lo pregunté, solo me dijo que vive atrapada en ese espacio, tal como el Rey Carmesí estaba recluido en la Torre Oscura.
Dijo: «No creo que sea capaz de pensar».
—Jack los mira—. A ese respecto tal vez se equivoque.
—Quiere escapar —afirma Alice—. De la misma manera que cualquier ser vivo querría escapar de una jaula, tanto si es capaz de razonar como si no.
—Según Hestin, no se trata de eso. Él sostiene que ese ser quiere lo que supuestamente quería el Rey Carmesí. Traer Discordia.
—¿Cómo? —pregunta George.
Un pez salta del estanque para atrapar un bicho. Richard lo observa y tensa la espiral que tiene por cola, pero por lo demás no se mueve.
—La atracción de la Garganta, la succión , es más intensa en el llano hundido donde se ha formado una grieta en la tierra, pero yo la percibí a kilómetros de distancia.
Cuanto más me acercaba, más intensa era.
Creo que, en cierto modo, aunque no era esa mi intención, yo la potenciaba.
Ciertamente quería atraerme, porque soy especial.
—Como decía Mister Rogers en la tele, todos somos especiales —comenta Ry, al parecer sin dirigirse a nadie en particular.
Ya lo pillo , piensa Jack. Le complace descubrir que, de hecho, Ry tiene sentido del humor.
—Eres especial porque puedes volver al lado de Estados Unidos siempre que quieras —dice Larry.
—Eso es poner la carreta delante de los bueyes.
Puedo saltar a uno y otro lado porque de niño toqué algo.
No solo lo toqué, lo acarreé. Por eso la entidad quiere atraerme.
Y quiere a más chicos de esos. Si Alice y Youngblood no hubieran matado a tantos, tal vez ya tendría suficientes.
Hay una masa crítica, ¿entendéis? Pero todavía no se ha llegado a esa masa.
En la batería aún no hay energía suficiente para arrancar el motor.
Así que duermen en… algún sitio intermedio.
El espacio del exotránsito, tal vez. Pero vienen más adolescentes pelirrojos sin cesar.
Eso dice Hestin y eso creo yo. Vienen de Garlan y Cressia y Desoy y Yeyla.
Vienen de Debaria y de Il Bosque y de los Montes de Desatoya y de las Baronías Inferiores y de Eluria y tal vez de las ruinas de la mismísima Gilead.
Desde el sur lejano y de los pozos de petróleo en Nieves Perpetuas y las tierras madereras del Bosque Infinito.
Lugares de los que yo nunca había oído hablar, pero que Hestin conoce.
—Yo conozco Desoy y los Montes de Desatoya de cuando estudiaba en el colegio, pero lo demás… —dice Alice. Mueve la cabeza en un gesto de negación.
—Van a la Garganta de uno en uno, de dos en dos y de tres en tres —continúa Jack—. Algunos, chicos de corazón y mente fuertes, pueden mantenerse firmes ante esa atracción. Y ayuda, supongo, el hecho de que grandes extensiones de Mundo Medio estén casi despobladas.
Conoce lo que es la tentación de expoliar las riquezas enterradas bajo esas vastas zonas baldías. Fue lo que impulsó al antiguo socio de su padre, Morgan Sloat.
—Nada de eso nos preocupa —dice Ry. Parece resuelto a no entender—. Los pelirrojos no nos preocupan. Ya tenemos nuestra propia basura que limpiar.
—Esa es también nuestra basura. Cuando haya chicos suficientes, despertarán. Entonces…
Salta otro pez a por otro bicho. Richard brinca hacia el estanque y atrapa el pez entre los dientes. Sale del agua chapoteando, lleva su presa a Mary y la deja en la hierba, a sus pies. El pez colea y le salpica de agua los tobillos.
—¡Richard, devuelve eso a su sitio! —exclama Mary.
Él se encoge al oír su tono de voz; luego recoge el pez con la boca. Se lo lleva hasta el estanque. Se vuelve a mirar a Mary, seguramente para comprobar si se ha enfadado en serio con él.
—Venga —insiste ella.
Richard deja caer el pez en el agua. Este se aleja a toda prisa. Richard regresa cabizbajo junto a Mary.
—Bien hecho —dice ella, y lo coge en brazos.
—Joder —exclama Larry—. Qué listo es ese… lo que sea.
—Olvidémonos de la comadreja —dice Ry—. ¿Qué…?
—¡A ver a quién llamas tú comadreja! —protesta Mary.
—Vaya, fijaos —replica Ry—. Aquí hay una zorra que ha recargado las pilas.
—Y a ver a quién llamas zorra —interviene Jack.
—¡Bien! Nada de comadreja, nada de zorra, pero explícamelo de manera que yo lo entienda. Aclárate, Jack. Aclárate.
Ya lo tienes más que claro , piensa Jack. Te lo veo en la cara. Pero ¿quieres más? Pues vale.
—Vi como la Garganta atraía toda una mesa, y no ha alcanzado su plena potencia ni mucho menos. Imagina una alfombra succionada por un motor de avión. Succionada por el espacio del exotránsito. Succionada por la entidad que espera ahí.
Silencio mientras los demás lo asimilan. Después, en voz baja, George Elgin pregunta:
—¿Estás diciendo… que podría ser peor? ¿Que podría succionarlo todo? ¿El mundo entero?
—Eso dice Hestin, y yo lo creo. En cuanto la Garganta alcance su masa crítica, se alimentará de sí misma como una reacción nuclear.
—No me consta… —empieza a decir Alice.
—Ni le conviene —dice George.
A Jack no le gusta el horror que ve en las caras, pero puede utilizarlo. Debe utilizarlo.