Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

A la mañana siguiente, Jack comprueba el estado de las cápsulas de cefuroxima y ve, con alivio, que han realizado intactas el viaje desde el lado de Estados Unidos.

Durante el desayuno entrega el frasco a Alice.

Ella observa la etiqueta, que reza farmacia walgreens de hemingford home y tomar con alimentos , y luego mueve la cabeza en un gesto de negación.

—Leo «home» y «alimentos». Eso está relativamente claro, pero lo demás son solo formas. Palabras de su mundo, supongo.

—Sí.

—¿Es buen medicamento?

Jack asiente.

—Tómelo con las comidas del mediodía y la noche. Hasta que se acaben. Puede que se encuentre mejor. Puede que se le revuelva un poco el estómago. Aun así, siga tomándolas.

—Si usted lo dice, lo haré.

Cuando terminan de comer, Jack les pide que lo acompañen al jardín del alcalde, donde tiene mucho que contarles. Prevé alguna que otra protesta por parte de Ryall, pero este se limita a ayudar a Alice a levantarse de la silla y ofrecerle el brazo. Que ella acepta.

Ya en el jardín, Larry señala el portón con sus dos orificios de bala.

—Eso lo hice yo —dice antes de ejecutar un giro sobre los gastados tacones de sus botines.

—Pues sea —contesta Jack. Señala el suelo—. Mirad aquí.

—Huellas de neumáticos —dice Ry—. ¿Y qué?

—Os lo enseñaré.

Jack abre el doble portón y lo cruza por delante del grupo.

Siguen las huellas por un camino que serpentea entre las flores y diversos árboles —banianos, kappa-kappas, palmeras, shaggos, abedules— hasta la puerta que lleva, o bien a 1976, o bien al espacio del exotránsito, o bien a alguna zona inerte.

O llevaba. La puerta, reventada, pende de una bisagra que parece no estar unida a nada.

Las rosas que la rodean han sido aplastadas y da la impresión de que se desangran en la tierra.

El propio umbral de la puerta es ahora más ancho .

La extraña nieve en blanco y negro, como la de un televisor sintonizado en un canal vacío, se ha dilatado y ha perdido en parte su forma rectangular.

Al mirarla, Jack experimenta el mismo horror profundo y atávico que sentía de niño al mirar un canal de televisión vacío y alberga la esperanza de no tener que atravesar nunca el umbral de esa extraña puerta.

Aunque piensa que, en cierto modo, estuvo a punto de hacerlo en la Garganta.

Richard, entre los pies de Mary, se ha pegado al suelo en posición de ataque. Emite un gruñido casi inaudible. Mary lo coge en brazos antes de que cometa una estupidez de consecuencias letales.

—¿Quién ha roto la Puerta de los Mundos? —pregunta Alice Stines.

—¿Alguna idea, Jack? —dice Ry.

—Sí, pero alejémonos. Eso me da repelús.

—Si quiere decir que lo asusta —dice Alice—, a mí también.

—Las huellas —dice Ry—. Terminan ahí. ¿Han entrado, Jack?

—Pues sea.

2

Se sientan en bancos de piedra entre palmeras rima y flores extrañas. Hay un bonito estanque artificial con peces que parecen koi, solo que son azules en lugar de dorados.

—La Puerta de los Mundos es la prueba A. Luego pasaremos a la B. Hestin me las enseñó las dos. La segunda nos exigirá un paseo. Alice, puede que usted prefiera ir en un tete bucka.

—Ya lo decidiré cuando llegue el momento. En cuanto a la gente que dejó esas huellas, ¿adónde fueron, Jack? ¿Y quiénes eran?

—Ya llegaremos a eso. Empecemos por esto otro: Ayden Hestin no es más humano de lo que lo era Zumbi.

A Jack le parece interesante que ninguno de ellos manifieste sorpresa, pero, claro está, ya antes de la revelación sobre Zumbi la Plumero sabían que Ayden no era lo que se dice un tipo corriente.

—¿Otro robot? —pregunta Ry—. ¿Un androide? ¿Lo que sea?

—Sí.

Es preferible no complicarlo, pero ahora Jack entiende que Hestin es mucho más que un androide o un robot. Hestin no solo sabe lo que ha ocurrido, sino también lo que ocurrirá. Por eso dirigió a Youngblood hacia un fuerte lleno de armas en su mayor parte inservibles. Jack piensa

( intuye )

que tal vez Hestin sea una especie de terminal de ordenador que parece un ser humano y, como tal, tiene acceso a una gran red de información creada por el Pueblo Antiguo.

Quizá esa creación incidiera de algún modo en la destrucción final de esos Antiguos, pero la red sigue funcionando.

Hestin no es un vidente, como lo era Maeve Quiller, sino una super-IA que puede calcular las probabilidades de sucesos futuros a través de una amplia red que Jack apenas alcanza a comprender.

¿Está viva esa red? Es posible. Jack sabe —sobre todo por Dale, que estaba un tanto obsesionado con esas cosas— que a muchas personas, personas inteligentes , les preocupa la posibilidad de que los ordenadores alcancen primero la sintiencia de los humanos y después la de los dioses.

Jack se tomaba a risa la idea de que los ordenadores fueran a convertir en esclavos a los seres humanos, pero ahora que sabe lo de Ayden ya no se ríe tanto.

—Corta ya el prólogo y ve al grano, Jack —insta George—. Poco a poco van regresando supervivientes y quizá deberíamos tratar de hacer algo con ellos, ahora que Youngblood no está.

—Será Ayden quien comience la tarea de juntar los pedazos de Humpty Dumpty.

Porque Ayden Hestin está de nuestro lado. Quiero creer. Si miente, estamos jodidos.

—¿Habla usted de Humpa-di-Dumpa? ¿El huevo que se cayó de la muralla del castillo?

Jack sonríe.

—Eso es, señora sai. Los mitos y las leyendas circulan, ¿no?

—A mí me la traen floja los cuentos de hadas —dice Ry— y Hestin no está aquí.

—Pero no anda lejos. Está esperando a que os cuente qué pasó y qué necesito que hagáis. Porque no puedo hacerlo solo.

De pronto, George se yergue en el asiento, como si le hubieran pellizcado el culo.

—¡No te jode!

Todos lo miran.

—No fue cosa de Youngblood, ¿verdad? Las minas…, Cielo Grande…, la flota pesquera…, la propia Dezi…, todo fue cosa de Hestin. El verdadero Gobernador era él.

—Sí.

—¿Sabe él cómo funciona eso ? —George señala en dirección a la Puerta de los Mundos, que, por fortuna, no se ve desde la pequeña arboleda donde se han reunido.

—Sin duda —responde Jack—. Creo que siempre ha estado al frente, ya en los tiempos del padre y del abuelo de Youngblood, e incluso antes. Sin envejecer nunca, siempre en espera.

—¿Zumbi también? —pregunta George.

—Zumbi también.

—¿Estaba sai Hestin esperándonos a nosotros ? —pregunta Alice—. ¿Es posible?

—Es posible —contesta Jack—. Sí . Somos un ka-tet. Somos uno entre muchos. Mary la vidente, George el experto en eficiencia, Ry el sicario, Larry el Peonza. Añadamos a Alice y a Richard, el throcken errante. Incluso Pay tenía su propia función.

Mary ladea el pulgar hacia la agarradera que Jack lleva puesta. No dice nada. No hace falta.

—Dios mío —exclama Ry—. Y ahora viene cuando nos dices que es la reencarnación del héroe popular preferido de todos.

Mary enarca las cejas como para decir: ¿A qué viene eso?

Ry se aparta un lado del chaleco con conchas incrustadas y deja a la vista su propia agarradera. Contiene una de las pistolas de rayos sónicos.

—Entonces, yo soy Rollie el Grande. Me hice con esta virguería después del combate en el Gran Camino.

—Quiénes somos o de qué somos eco no importa —dice Jack—. Lo que importa es que, por risible que parezca, Hestin sostiene que nosotros somos la única esperanza de supervivencia para este mundo. Acaso para todos los mundos.

Larry Magruder se inclina hacia delante y se agarra los hombros con las manos.

—Cuenta.

3

—Esas huellas que van hacia la Puerta de los Mundos las dejaron dos adolescentes del lado de Estados Unidos.

Basándome en lo que vio Alice, iban en un Binny Ding, el mismo vehículo en el que llegamos Mary y yo.

Roy Kinneston y Tara Lynne Speckhoffer. Podríamos llamarlos los Pelirrojos Originales.

Tara Lynne era la chica de la chaqueta rosa que usted vio, Alice, y Mary tiene razón: si no hubieran escapado de la emboscada, si hubieran sido abatidos allí, posiblemente, creo, esta horrenda cruzada infantil se habría venido abajo.

En este mundo hay enterrada una especie de mal.

Sé que queda melodramático, pero es la única palabra que parece describirlo.

Un veneno subterráneo. Muy potente, muy tóxico.

No sé si se originó en tiempos del Pueblo Antiguo o si ha estado aquí siempre, y dudo que eso tenga mucha importancia.

Lo que sí la tiene es que Kinneston y Speckhoffer se contagiaron de ese mal y ellos se lo transmitieron a los demás.

»En el lado de Estados Unidos, Roy Kinneston era solo un joven conflictivo con una fascinación morbosa por un asesino en serie llamado Charles Starkweather.

A finales de los años cincuenta, Starkweather, quizá con la ayuda de su amiga Caril Ann Fugate, o quizá no, mató a once personas en Nebraska y Wyoming.

Fugate fue condenada a cadena perpetua. Starkweather murió en la silla eléctrica.

—Nebraska es a donde tú vas —dice Mary—. ¿Verdad?

—Sí.

—Ka —dice ella.

—Ka, sin duda. El interés de Roy Kinneston en Starkweather se transformó en una obsesión.

No diré que estuviera poseído por Starkweather, pero tampoco diré que no.

Speckhoffer y él replicaron los crímenes originales de Starkweather.

Al final, los habrían capturado, como capturaron a Starkweather, pero, antes de que eso ocurriera, tomaron prisionero a mi amigo Dale Gilbertson y se escondieron de la policía en una cueva.

»Desde esa cueva, pasaron a Mundo Medio y salieron a lo que sai Youngblood llamaba Gran Desfiladero y que la gente de Pernil y Riven llama la Garganta o a veces el Tajo.

¿Pasaron por propia voluntad o fueron atraídos?

Hestin no lo sabía, pero yo he estado ahí y creo que fueron atraídos.

Eso tampoco importa. Lo que sí importa es que, mientras cruzaban a este lado en un coche robado, esa fuerza, o entidad, o lo que sea, los contagió.

—¿El Rey Carmesí? —susurra Alice, y forma unos cuernos con los dedos para ahuyentar el mal de ojo.