Capítulo 24 #5
niños, pero desconocen de qué ha vivido desde entonces. O dónde. Aparte de Sarah, los Cornell eran las únicas personas a quienes podía acudir. Debe contentarse, supone, con que Damon Cornell no le haya cerrado la puerta en las narices. Da las gracias a Helen y se guarda el frasco en el bolsillo.
—Necesito que me compréis unas cuantas cosas con este dinero.
Nada ilegal, pero lo antes posible. Aquí el tiempo es un factor decisivo.
Solo puedo deciros que se trata de algo importante.
Las pastillas son un buen comienzo. El resto…
Volveré dentro de un par de días. Antes no puedo, no me es posible. Después tenemos que marcharnos.
—¿Quiénes? —pregunta Damon.
—¿Ir adónde? —pregunta Helen.
—No os lo puedo decir. —Mete otra vez la mano en su bolsa y saca un trozo de papel que ha arrancado de uno de los libros de contabilidad de George Elgin—.
Esto es lo que necesito. Lo podéis conseguir todo aquí mismo, salvo por las unidades de aire acondicionado portátiles.
Estas tienen que funcionar con batería, y necesito baterías de repuesto, porque no creo que podamos recargarlas.
Las unidades tendréis que pedirlas por Amazon, supongo, y saldrán caras.
Si el envío en un día tiene recargo, usad una tarjeta de crédito y cubrid el gasto con esto.
—Empuja el fajo con un dedo—. Hay más de veinte mil dólares.
Gracias a Dios, no se ha convertido en vales cuando he cruzado.
Ahora cambian menos cosas que cuando era niño.
Creo que tiene algo que ver conmigo, desde…
Desde que toqué el Talismán.
—¿Desde qué? —pregunta Damon.
—Dejémoslo.
—Porque… —Damon mira a su mujer y dicen al unísono —: No nos lo creeríamos.
Jack no puede evitar una sonrisa.
—No estoy loco, creedme.
—Puedes dormir en la habitación de invitados —ofrece Damon, y a continuación recurre a un viejo tópico, porque es lo único que le viene a la cabeza—. Por la mañana lo verás todo con otros ojos.
Jack ha empezado ya a notar a modo de aviso los primeros latidos desacompasados de la arritmia
( esa maldita táser )
y niega con la cabeza.
—Me encantaría, pero tengo que volver. Las unidades de aire acondicionado son lo más importante, suponiendo que no cambien…
—¿El qué? —pregunta Damon—. ¿Cómo?
—No tengo tiempo. Por favor, chicos. Por favor, reunidme todo eso. Tengo un asunto serio entre manos. Preferiría no hacerlo, pero es importante y no me queda más remedio.
Damon y Helen cruzan otra mirada, y Helen contesta con un parco gesto de asentimiento.
—De acuerdo —dice Damon.
—¿Nos prometes que no nos veremos metidos en ningún lío por esto? —pregunta Helen.
—Lo prometo. —La mira fijamente a los ojos.
—¿De verdad Dale ha muerto?
—Sí. ¿Puedo ir al baño?
—Al final del pasillo —indica Helen—. A la derecha.
—Gracias. —Jack se pone en pie, se tambalea, apoya los dedos de una mano en la mesa y, al cabo de un momento, recupera el equilibrio—. Si pudiera, os informaría con más detalle. Algún día lo haré. — Si sigo vivo.
Recorre el pasillo, entra en el cuarto de baño y cierra la puerta. Fuera oyen el chasquido del pasador.
Damon echa un vistazo a la lista escrita a mano y luego se vuelve hacia su mujer.
—¿Mantas de mudanza? ¿Dos niveles de burbuja?
—¿Está bien de la cabeza, Day?
—Está cansado y maltrecho, pero creo que sí. Dale me habló de él lo suficiente para saber que es un… caso especial.
—¿Adónde va cuando no está en casa de Dale bebiendo cerveza y comiendo costillas?
—No lo sé.
Ven durante un rato la televisión, donde varios corresponsales siguen dando vueltas a lo mismo y especulando; al parecer, la misión de los noticiarios por cable es dividirlo todo en pedazos pequeños, tal como los cuidadores trocean la comida para los ancianos.
Transcurren cinco minutos, luego diez, y Jack no regresa.
—Ve a ver si está bien —sugiere Helen, aún en susurros—. Igual se ha desmayado.
Damon recorre el pasillo, escucha y no oye nada. Llama con suavidad a la puerta.
—Jack, ¿todo en orden?
Nada.
—¡Jack! ¿Sucede algo? —Damon golpea la puerta con más fuerza.
Nada.
Helen se acerca a su marido y levanta la voz:
— ¡Jack! ¿Estás bien? —Como tampoco obtiene respuesta, se vuelve hacia su marido—. ¿No tendríamos que llamar a emergencias?
—¿Después de lo que nos ha dicho y con todo ese dinero? No lo creo.
La puerta no está cerrada por dentro. En el baño no hay nadie. Encima del lavabo hay una ventana de cristal esmerilado, pero el pestillo no se ha descorrido. Jack ha echado el aliento al espejo, donde leen dos palabras: gracias volveré.
Helen Cornell se sienta en la tapa cerrada del inodoro y dice:
—Pero ¿qué coño pasa aquí?
9
En el cuarto de baño de casa de los Cornell, Jack cierra los ojos y no se concentra en el gabinete de Youngblood, sino en el balcón de la casa que compartió (durante un tiempo demasiado corto) con Sophie.
Ahora, tanto su mujer como la casa en la que vivieron han desaparecido, pero el balcón sigue ahí.
Mientras se halla entre nota la atracción de la Garganta, pero no muy intensa.
Al menos, no a esta distancia y no todavía.
Al cabo de un instante, está ya de regreso.
Por esta noche he hecho ya todo lo que podía.
Se tiende, contempla la Vieja Madre, que brilla en el cielo como siempre en Mundo Medio, y piensa (como le enseñó su madre): Ojalá alcance, ojalá logre, el deseo que pido esta noche.
A medio expresar su deseo, el Viajero Jack se duerme profundamente. Sueña con el llano hundido bajo una luna con cara de calavera. Se oye el sonido grave y potente de un desgarro. Es la Garganta, que se ensancha y alarga. Se prepara para hender el mundo.