Capítulo 24 #4
—No vas a explicarme para qué quieres esas cosas, supongo —dice George.
—No.
—¿Te lo pidió Hestin?
—Sí.
—¿Piensas volver al lado de Estados Unidos?
—Sí.
—Ojalá pudiera ir contigo.
—Eso no resolvería el problema que tenemos aquí.
—No vas a decirme cuál es ese problema, supongo.
—Pronto.
El gabinete de Youngblood es la habitación más espaciosa de la planta baja; solo lo supera en tamaño el dormitorio principal del piso de arriba.
Alberga el sinfín de cachivaches que Jack le ha llevado del Bazar de Artículos de Regalo y Mercería de Pedro, desde una hilera de lámparas de lava hasta un robot R2-D2 de esa película que Lily Cavanaugh consideraba «una mierda».
Esos objetos cruzaron de un mundo al otro sin alteraciones.
Por la razón que fuese, a Youngblood le fascinaba Nicolas Cage.
Hay una fotografía trucada del actor en la que, según el ángulo desde el que se mire, Nic sale sonriente o sale con cara de loco.
Hay pósteres de películas antiguas de cine negro, como Perdición y El crepúsculo de los dioses.
De niño, Youngblood coleccionaba huevos, fósiles y diversas monedas de los tiempos del Pueblo Antiguo, hallados por cavi-cavas de las diversas minas de Mejis y Pequeña Mejis.
Como adulto con acceso —básicamente a través de Jack— a otro mundo, su afición por el coleccionismo se convirtió en algo rayano en la obsesión.
En los estantes se alinean novelas de género negro de bolsillo y en tapa dura, muchas de ellas firmadas, en su mayor parte compradas en la librería Toren de Lincoln, en Nebraska.
Hay también una colección de cromos de la Pandilla Basura y una hilera de muñecos de Barrio Sésamo en la repisa de la chimenea, incluida la joya de ese alegre grupo: Elmo Cosquillas.
A Jack no le interesa nada de eso, como tampoco los libros de contabilidad apilados en el escritorio de George en el rincón, que es mucho más pequeño y modesto que el de su difunto dinh.
El escritorio de Youngblood es gigantesco, abrillantado obsesivamente por Zumbi la Plumero hasta una deslumbrante perfección, pero sin un solo papel.
A lo largo del borde delantero, marchan los muñecos Funko Pop, que fueron su última (y postrera) compulsión.
Incluyen desde Arya Stark hasta Rainbow Brite.
«Encontrarás lo que buscas en el cajón de abajo —ha dicho George a Jack—.
No sé qué tiene que ver Hestin con eso, pero es verdad: me insistió en que convenciera al Gobe de que valía la pena coleccionar moneda del lado de Estados Unidos.
Youngblood perdió el interés al ver que muchas de las caras de los billetes eran la misma, pero entonces le señalé que las firmas autorizadas y los números de serie eran distintos.
Eso me lo sugirió Hestin. Yo era solo su títere.
Jack, ¿sabía Hestin que tú querrías eso? Sí, ¿verdad?».
Sabía que lo necesitaría.
Hestin sabía asimismo que pocas de las armas del fuerte inundado funcionarían (si es que funcionaba alguna), pero se las llevó a Youngblood de todos modos. Por el momento, no es preciso que el tet de Jack conozca ese detalle.
Del cajón inferior, Jack saca una fiambrera antigua en la que aparece Spider-Man suspendido de una telaraña con Mary Jane en brazos. Está repleta de billetes de veinte y cincuenta dólares.
El olor a humo viejo del gabinete revuelve el estómago a Jack.
Sale a la gran terraza de Villa Palisandro y respira hondo.
El aire está ya mucho más limpio, aunque se percibe aún el tufo a humo.
Desde ahí no ve a Mary, George y el Peonza, pero sí a Jory Fields, que asciende por la cuesta de la Gran Vía.
Va sentado en una carreta tirada por una reata de cuatro mulis.
Una lona cubre la plataforma de la carreta, pero Jack sabe lo que contiene.
Jory es ahora el Caronte de Dezi y la Gran Vía es el río Estigia.
Esta tarde y todo el día de mañana —quizá también al siguiente— cargará los muertos de Dezi.
Eso será solo el principio de su penitencia.
Jack tiene pensada una misión más peligrosa para el hombre que disparó antes de tiempo y después huyó.
El sol forja un largo camino dorado a través del agua. Al contemplarlo, Jack toma conciencia de lo grande que es su amor por este lugar.
Cierra los ojos.
Se concentra.
Oscila.
Desaparece.
8
A las siete de esa tarde, Damon Cornell, amigo del difunto Dale Gilbertson, sentado con su mujer en el salón de su casa, ve en la CNN un reportaje de una hora de duración sobre la destrucción del centro de Hemingford Home.
«El misterio rodea las muertes de Roy Kinneston y Tarah Lynne Speckhoffer —narra Wolf Blitzer con su característica circunspección—.
Según se nos ha informado, han sido halladas armas muy distintas de las que utilizan los civiles o incluso nuestras fuerzas armadas.
Repito que esta información no se ha confirmado.
Dana Bash se encuentra en el lugar de los hechos…
, o tan cerca como puede estar. Se ha acordonado todo el centro.
Dana, ¿qué ves y qué te cuentan tus fuentes? ».
Suena el timbre de la puerta. Damon dice a su mujer que ya va él, que probablemente sea un alumno de los cursos de verano con un trabajo atrasado.
Abre la puerta y ante sí ve no a un alumno, sino a Jack Sawyer.
Damon ha hablado con Sawyer por teléfono en fecha reciente y lo ha visto muchas veces en casa de Dale Gilbertson (que siempre insistía a los Cornell en que fueran reservados con respecto a la presencia de Jack).
El hombre que está ante su puerta parece haber envejecido varias décadas.
Tiene más canas, ha perdido peso y exhibe unas ojeras propias de un estado de agotamiento.
En el rostro se le ven varias magulladuras y cortes.
Sostiene en una mano una fiambrera infantil.
—Dios mío, Jack, ¿qué te ha pasado?
Helen Cornell se acerca a su marido y, al ver al visitante, se lleva la mano a la garganta.
—¡Por Dios, Jack! ¿Estás bien?
—Sí. Y no. ¿Puedo entrar? De paso, tomaría un bocado si tenéis algo que ofrecerme. No os lo pediría, pero me muero de hambre.
—Por supuesto —dicen los dos a la vez.
Helen añade:
—Ven a la cocina.
Jack se detiene en la puerta del salón el tiempo suficiente para echar un vistazo al televisor y les pide que enciendan el aparato pequeño de la cocina.
—¿Has hablado con Sarah sobre nuestra conversación? —pregunta Jack.
—Pensé que era mejor no hacerlo.
Damon enciende de inmediato el televisor mientras Helen calienta en el microondas los restos de unos macarrones con queso.
El faldón al pie de la pantalla reza: masacre en ple no corazón del país.
Con masacre o sin ella, Jack come vorazmente.
Además, bebe dos vasos de leche. En el lado de los Territorios hay leche, pero esta es mejor. Más densa.
—Jack, ¿estás metido en algún lío? —pregunta Helen—. ¿Tiene algo que ver con eso? —Señala el pequeño televisor del estante.
—En cierto modo. Es una larga historia y no tengo tiempo para contarla. Si lo que quieres saber es si el lío os va a salpicar, la respuesta es no. —A ese respecto espera no equivocarse.
—¿Has estado fuera? —pregunta Damon. Es lo más que puede acercarse a algunas de las historias increíbles que Dale Gilbertson ha insinuado.
—Sí, y tengo que volver a… irme. Dime qué ha pasado en Home.
Le cuentan todo lo que saben. Ayden Hestin sabía más, pero no podía mostrarle las imágenes de destrucción, tomadas con drones, que Jack está viendo en la CNN.
Los ecos resuenan cada vez más. El centro de Hemingford Home es la versión en el lado de Estados Unidos de Pernil, Hemphill y Paso de Stark.
Y Dezi, naturalmente. Es posible que les esperen desgracias peores. Jack lo sabe.
—Y ahora cuéntanos qué te ha pasado a ti —dice Damon—. Si necesitas ayuda, dinos qué podemos hacer.
—Si no vamos a meternos en problemas —rectifica Helen.
—Espero que no.
Ella no ha terminado aún.
—Porque tenemos hijos. Y dos nietos.
—He acudido a vosotros porque no quiero presentarme ante Sarah. Está muy afectada por lo de su marido y ya me ha ayudado una vez.
—¿Dale ha muerto? —Helen se lleva la mano a la garganta otra vez.
—Sí.
—¿Lo sabe Sarah?
—Sí.
—¿Dónde? ¿Cuándo?
—Prefiero no entrar en detalles. Y, en todo caso, no os lo creeríais, al margen de lo que Dale quizá os contara sobre mi… mi situación única. ¿No tendréis por casualidad antibióticos?
—Queda un poco de cefuroxima —responde Helen—. El año pasado, mientras partía leña menuda, me hice un corte en el brazo con el hacha y se me infectó la herida. ¿Por qué lo preguntas? Un momento, seguro que no puedes decírnoslo.
—Exacto —responde Jack—, pero diría que la cefuroxima es justo lo que necesito.
—¿Para ti? ¿Estás…? —Helen señala el rostro de Jack.
—No. Para una señora sai.
Helen arruga la frente.
—¿Para una qué?
—Una mujer.
—Jack, esto es raro.
—Lo sé. —Señala el pequeño televisor, que muestra una montaña de escombros donde antes había un ayuntamiento—. Eso es raro. ¿No os parece?
Helen deja escapar un suspiro.
—Está arriba. Voy a buscarla.
En su ausencia, Jack abre la fiambrera de Spider-Man y saca un grueso fajo de billetes. Lo deja en la mesa. Damon se queda mirándolo con los ojos como platos.
—¡Joder! ¿Eso es auténtico?
—Sí. Son de 1976, incluso anteriores.
— ¿Todos?
—Todos, sí.
Helen regresa con un frasco de pastillas, hace ademán de entregárselo a Jack y, de pronto, se queda inmóvil con la mirada fija en el dinero. Ella no pone en duda la autenticidad ni pregunta de dónde lo ha sacado.
—Si eso tiene algo que ver con la droga…
—No va por ahí.
Jack procura no ofenderse por la duda y se recuerda que los Cornell, pese a que Dale los consideraba tan dignos de confianza como para pedirles discreción sobre su presencia en Nebraska, no lo conocen tan bien como los Gilbertson. Saben que Jack desapareció de la ciudad de Wisconsin donde Dale era
( polizonte )
el jefe de policía y que participó en el rescate de unos
( babbis )