Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Alice se arrodilla junto a su hombre y mece su cabeza maltrecha, que sostiene contra el pecho, mientras Ry Connors permanece a corta distancia cruzado de brazos.

No profiere gemidos ni lamentos; las personas de su clase no «hacen» esas cosas.

Su dolor se manifiesta solo en el temblor de sus labios y los tendones del cuello.

Le susurra algo al oído, se despoja del chal y lo envuelve con él lo mejor que puede. Luego mira a Jack.

—Lo enterraremos. Y a Feony. Y a las señoras que permanecieron an-tet en la defensa de nuestra ciudad.

—Por supuesto —responde Jack, y eso harán. Primero depositarán a los defensores de la ciudad en la cripta de Largos Vientos, que es un espacio fresco y seco. Allí estarán a salvo de las depredaciones de los plunjas y demás carroñeros.

Algunas de las Orizas han acabado entre los árboles y la maleza, pero no muchas.

En su mayor parte están en la carretera, porque dieron en el blanco.

Jack piensa que los pelirrojos que escaparon en sus camiones y Binnys y en sus vehículos blindados tuvieron suerte, porque esas mujeres poseían una puntería letal.

—¡Sai Stines! —exclama Larry—. ¡Creo que he encontrado su plato! —Retrocede.

Alice se acerca a él y se agacha.

—Sea. Es el mío.

—Lo he reconocido por el símbolo de ka —dice Larry—. Y por esto, claro. —Alza la mano a medio curar.

—Gracias, sai. —Alice recoge el plato de borde despiadadamente afilado, lo guarda con precaución en la bolsa acolchada y ata los cordones.

—Pues sea. —Larry flexiona la rodilla y se lleva el puño a la frente.

Ry se aproxima a Jack.

—Liquidaron a cuarenta y seis de esos cabrones y perdieron solo a dieciséis. Un balance impresionante.

—¿Cuántas mujeres? —pregunta Jack sin levantar la voz.

Ryall exhala un suspiro.

—Trece. Todas menos Alice. Gracias a Dios, ahora tenemos muchas armas, por si vuelven.

—No volverán.

—¿Cómo lo sabes?

—Te lo diré a su debido tiempo —responde Jack.

5

Llega el mediodía, pero nadie tiene apetito.

No después del hedor del campo de batalla, la sangre derramada y los cadáveres decapitados de unos asaltantes que eran poco más que niños.

Y menos aún después de cargar en los transportes de tropas los cuerpos de dieciséis personas, entre ellas trece mujeres.

Jack conduce uno; Ry, el otro. Mary se sienta al lado de Jack con Richard adormilado en su regazo.

Le desenreda los nudos del pelaje, apelmazado debido a la sangre.

Se encaminan por la carretera hacia el cementerio Largos Vientos (aún bien conservado).

Se encuentra en lo alto del Reducto y desde ahí se domina toda Dezi.

Es una buena vista. O lo era antes de que volaran en pedazos la ciudad.

Las yentes corrientes de Dezi yacen enterradas en modestas parcelas con lápidas de pizarra.

Los ricos tienen mausoleos. El que lleva grabado el apellido stines en la fachada de piedra rosada es uno de los más grandes, pero, cuando Ry pregunta a Alice si quiere que dejen a Haffe allí, ella niega con la cabeza.

—Combatió con los demás y murió con ellos. Mejor que descansen juntos.

Así pues, depositan los cadáveres en la cripta de Largos Vientos formando una hilera y, cuando terminan, Larry Magruder pregunta a Alice si quiere pronunciar unas palabras.

Tácitamente, forman un círculo y se cogen de la mano.

Richard se sienta en el centro con los ojos ambarinos fijos, como siempre, en Mary. Alice dice:

—Gan, el más grande entre los Haces, velad por quienes han dado lo mejor de sí.

Jack piensa: Y otra cosa, Gan —siempre en el supuesto de que existas y todo esto no te importe un carajo—, convendría quizá que velaras también por esos críos a quienes ha arrastrado una fuerza que no comprendían y a la que no podían resistirse.

Abren los ojos. A sus espaldas habla alguien con voz trémula:

—Digo perdón, eso digo.

Al volverse, ven a Jory Fields. Está al otro lado del muro de mampostería que delimita el cementerio.

— ¡Tú! —gruñe Ry, y desenfunda la pistola de rayos sónicos que ha rescatado del campo de batalla.

Jory es un hombre esquelético de cabello castaño mortecino, que se ha cortado él mismo. Abre los brazos en un gesto de invitación al disparo. Antes de que Ry pueda darle su merecido como tan vivamente desea, Jack le baja el brazo con firmeza.

—¿Qué coño haces? —brama Ryall—. Joder, ¿qué coño haces? ¿Estás mal de la cabeza? ¡Fue él quien echó a perder la emboscada por disparar antes de tiempo! ¡Y luego huyó!

—Ejecútalo —sentencia George.

Mary asiente.

—Ejecútalo.

Larry Magruder, ahora sin girar, pero con las manos aferradas a los hombros muy muy muy fuerte, repite lo mismo.

Desde el centro del pequeño círculo — an-tet y ka-tet— , una vocecilla dice:

—Cútalo.

Jory continúa ahí con los brazos abiertos. Las lágrimas han trazado surcos limpios en su rostro sucio.

—Adelante. Hazlo. Lo merezco.

—¿Jack? —pregunta Alice.

—Creo que quizá aún tenga un papel que desempeñar. An-tet , si no ka-tet.

—¿Eso dice?

El hombre que en su día tuvo entre las manos el Talismán y que lleva su marca (su cicatriz , piensa a veces) contesta:

—Eso digo, pero la decisión final le corresponde a usted, Alice.

Ella baja la vista para deliberar durante unos segundos, pero da la impresión de que transcurre mucho más tiempo. Nadie se mueve. En la brisa llega la mezcla de olores del salitre y los edificios calcinados. Jory mantiene aún los brazos abiertos y los ojos cerrados. Alice levanta por fin la cabeza.

—Ya ha habido demasiados muertos.

—¿Sin pagar precio alguno? —pregunta Ry—. ¿Sin penitencia?

Asoma al rostro de Jory la expresión de asombro de un hombre incapaz de creerse que sigue en el mundo de los vivos. Jack se acerca a él y lo mira a la cara por encima del muro bajo del cementerio.

—¿Te consideras exento de penitencia, ka-mai ?

—No —responde Jory, su voz casi inaudible—. Creo que cargaré con la penitencia durante el resto de mis días.

Jack rodea con las manos ahuecadas la cara del desdichado y nota el sudor y el asomo de barba de un hombre vivo.

—Puede que sí o puede que no. El destino lo dirá. —Utiliza la palabra «destino» en inglés.

Jory menea la cabeza.

—No me consta, sai.

—Ka, eso quiere decir, pedazo de cobarde —traduce George—. Gracias a sai Alice, conservas la vida. Que es más de lo que mereces.

—¿Sabes conducir un bucka, Jory? —pregunta Jack.

—Sea, claro.

—Ve a buscar uno a la ciudad. Para empezar con tu expiación, recogerás a los muertos.

Recorre la Gran Vía con el bucka y ve cargando los cadáveres.

Ve primero al Rincón del Pescador. Si ves pelirrojos…

, lescentes…, déjaselos a las aves y las ratas.

No habrá muchos, bien lo sé. Trae aquí a los que eran vecinos de la ciudad.

—¿Dónde los dejaremos, Jack? —pregunta Larry—. La cripta está llena.

—Y yo qué coño sé —contesta Jack.

Gracias a Hestin, anoche apenas durmió y está molido.

Confiaba en que, a su regreso a Dezi, podría dar por concluidas sus obligaciones para con Youngblood y la ciudad.

Que podría dar por concluidas sus obligaciones con todo este mundo.

Llámeselo los Territorios o Mundo Medio, o el puto tercer pedrusco que gira alrededor del sol, lo que más os plazca.

Ahora comprende la necedad de esa esperanza.

Todo lo que Ayden Hestin le contó da vueltas y más vueltas en su cabeza, y al final todo vuelve al ka.

La condenada rueda.

—Ve —dice Ry a Jory—. Lárgate antes de que, pese a los deseos de la señora, te mate de un tiro como el perro que eres.

Mary es más concisa.

—¡Vete al carajo, capullo! —Lo dice en inglés, pero Jory lo entiende. Se aleja a trompicones para iniciar su cometido como guardián de los muertos.

Jack se sorprende ante la vehemencia de la ira de Mary.

—Las yentes habrían muerto de todos modos —le dice—. Los pelirrojos de Dezi tenían de su lado el factor sorpresa. Y los otros contaban con armas que funcionaban.

—Así y todo, Jory echó a perder la emboscada —replica Mary—. Y los dos más peligrosos escaparon para sembrar el caos en el lado de Estados Unidos. Escaparon por culpa de ese. —Señala con el dedo a Jory, que se aleja.

—¿Eso cómo lo sabes, Mary?

Abre las manos.

—Lo sé.

6

Los seis regresan a Villa Palisandro a primera hora de la tarde.

Después de manipular a los muertos, todos quieren lavarse.

Más tarde, sin acuerdo previo, se dejan caer uno tras otro por la cocina del ala oeste.

Allí apuran el resto del café y, en general, prescinden de los popkins que han sacado Mary y Ry.

Todos están cansados, pero Alice está rendida: se le cierran los ojos, cabecea y de pronto se espabila.

La herida de la cabeza le rezuma otra vez, y a Jack le preocupa que se le infecte.

Además, se la ve muy dolorida. Tanto Jack como Ry le aconsejan que se retire a descansar, pero ella se niega.

Quiere saber qué pasó con la visita que Jack recibió anoche.

—Era Hestin.

—Por cierto, ¿dónde está esa jirafa de hombre? —pregunta Larry, que mira a su alrededor—. No lo veo desde que se armó la gorda.

—Imagino que anda por ahí. En espera de que os ponga al corriente de lo que me contó. Y me enseñó. Y eso haré, pero no hoy. Tengo otra cosa que hacer.

Alice permite a Ry que la lleve de regreso a su casa, donde dormirá durante las siguientes catorce horas.

George propone que Mary, Larry y él bajen a los barrios del Medio y de Abajo mientras aún es de día, para ver quién queda vivo y si es posible rescatar algo de valor.

Pide a Jack que los acompañe. Jack rehúsa la invitación, pero se lleva a George aparte antes de que los tres se marchen.

Le pregunta por las diversas colecciones de Youngblood.

La respuesta de George es útil y esclarecedora.

7

El gabinete del Gran Jefe se encuentra en el extremo opuesto del ala oeste. Huele a humo, pero ha escapado de las llamas. Aunque la puerta está cerrada, George tiene una llave en la anilla prendida del cinturón.