Capítulo 24 #2
El recién llegado se ha abierto paso entre los escombros de la casa con tal sigilo que Jack, sobresaltado, está a punto de caer por encima de la balaustrada, lo cual, casi con toda seguridad, habría ocasionado un rápido viaje al claro al final del camino.
Sin embargo, lo agarra una mano fuerte y, cuando se vuelve, ve a Ayden Hestin, que se yergue sobre él.
La luna se ha puesto, y sus ojos son cuencas oscuras a la luz de las estrellas.
Lleva la babushka alrededor de los hombros a modo de chal. Le brilla la calva.
—Por Dios, Ayden, ¡qué manera de asustar a la gente!
—Te ruego tu perdón, sai. Pero tienes que acompañarme.
—¿Adónde? ¿Por qué?
—¿Quieres saber qué les ocurrió al joven y a la chica que abandonaron a tu amigo a merced de los wympis para que lo contagiaran? ¿Te gustaría saber qué debes hacer a continuación?
Jack aún no tiene claro por dónde tirar de aquí en adelante.
Se le ha pasado por la cabeza más de una vez marcharse, quizá al sur, quizá incluso a Nieves Perpetuas.
¿Por qué no? Es el Viajero Jack, al fin y al cabo; a ese respecto, Speedy Parker tenía razón.
Ahí está la Garganta, claro; sigue creciendo, y, cuando haya esclavos pelirrojos suficientes para aumentar su poder, engullirá al mundo entero, pero una parte de él desea decir: A la mierda la Garganta.
Ya ha pasado peripecias más que suficientes.
Está cansado y asustado, que se ocupe otro, que otro sea el héroe, ya es hora de tomarse unas vacaciones.
Resulta evidente que eso es autocompasión y un acto de cobardía.
Lo sabe. Resulta evidente que antepone su satisfacción a corto plazo a un inminente apocalipsis.
Eso también lo sabe. Pero ¿acaso el propio Jesucristo no pidió a su Padre que apartara de él ese cáliz? Y, desde luego, él no está a ese nivel.
Para ganar tiempo, Jack pregunta:
—¿Cómo sabes lo de Dale?
—Sé muchas cosas.
—Hablas como un auténtico oráculo. ¿Sabías que la mayoría de las armas de las que hablaste a Youngblood no funcionarían?
Hestin guarda silencio.
—Lo sabías, ¿verdad?
—Ka es una rueda. Cambiar su curso no sirve más que para convertir calamidades menores en grandes catástrofes.
—Si yo creyera eso, me suicidaría —responde Jack.
A esto Hestin tampoco contesta. Como si no mereciera la pena.
—No eres más humano de lo que lo era Zumbi, ¿a que no?
Ayden Hestin tampoco habla ahora.
—Sai Jack, si quieres salvar este mundo…, muy probablemente todos los mundos…, tú y tu ka-tet aún tenéis un largo camino que recorrer.
—¿Por qué?
—Acompáñame, sai.
—¿Sabes qué te digo? Me parece que no. Ha muerto gente. Es probable que tú no te hayas dado cuenta de eso, pero ha muerto gente, joder. Niños que no habían hecho ningún mal a nadie. Hice lo que pude y no dio resultado. Déjame en pa…
—Son las nueve menos cinco. En París —lo interrumpe Hestin.
—¿Cómo? ¿Qué has dicho? —Habla como si le faltara el aliento, igual que un hombre que ha recibido un puñetazo en el abdomen.
—Acompáñame.
Jack lo sigue.
3
George Elgin, Larry Magruder, Mary Klee y Richard pasan la noche en Villa Palisandro.
El ala este ha quedado reducida a cenizas, pero se conservan aún siete habitaciones en el ala oeste, equipada cada una con un inodoro que funciona y una bañera en la que aún sale agua caliente.
Jack siente una punzada de celos, pero no auténtica sorpresa, cuando Richard se va con Mary, sin volverse siquiera a mirarlo.
Ry Connors acompaña a Alice a la casa de los Stines, y Jack sabe —no por intuición, sino porque conocía a Haffe y a Alice desde hacía mucho tiempo— que Alice dormirá en una habitación y Ryall en otra.
En algún momento del futuro quizá compartan cama, pero todavía no, y el momento nunca llegará a menos que Ry juegue sus cartas con mucho tiento.
Jack no siente gran simpatía por Connors, pero respeta su capacidad para interpretar las intenciones de los demás y cree que no echará a perder sus oportunidades por precipitarse.
Y, si algún día llegan a unirse, Jack no duda de que Ry la tratará con el respeto que ella merece y espera como su legítimo derecho.
La mañana posterior al reencuentro —el ka-commala , en la lengua— de esas yentes, seis humanos y un bilibrambo comen en la cocina de la Villa.
George Elgin prepara más tortitas, esta vez colmadas de virutas de chocolate de Caiden’s, procedentes de una bolsa que ha encontrado en un estante alto de la amplia despensa.
Comen con voracidad. Comparten alguna que otra risa, e incluso Alice consigue esbozar una sonrisa al ver a Richard ir en busca de trozos de tortita y llevárselos de vuelta a Mary.
—Ese puedes quedártelo —dice Mary cuando el brambo le tiende uno de los pedazos. Richard lo engulle.
—Es una monada —comenta Alice.
—Tal vez no pensaría así si lo hubiera visto con los plunjas —asegura Mary.
—¿Es verdad, pues? ¿Hipnotizan a esos bichos horrendos?
—Es verdad. —Mary lanza otro trozo de tortita. Richard corre a recogerlo.
—Estás muy callado —dice Larry a Jack—. ¿Qué te pasa?
—Anoche tuve una visita. Me ha dado mucho que pensar.
—¿Quién era? —pregunta George.
—Os lo diré luego. Os lo contaré todo. Antes debemos ir al Gran Camino. Recogeremos los platos de Oriza y empezaremos a ocuparnos de nuestros muertos.
—Normalmente cada señora recoge su Riza —dice Alice—. Es la tradición, y así lo hacemos cuando nos ejercitamos. Como las otras señoras ya no están entre nosotros, yo recogeré mi plato y ustedes recogerán los demás en honor de esas mujeres.
—¿Reconocerá el suyo, sai? —pregunta George.
—Ea, sin duda.
Y, en efecto, lo reconoce.
4
El trecho de media rueda donde las Señoras del Plato intentaron repeler el avance de la otra sección de los pelirrojos, o al menos frenarlo, es un pasillo de sangre y devastación.
Jack ya lo preveía. También Ryall, quien ha sugerido a Alice que se quede atrás.
Ella se ha negado, pero, nada más ver el lugar donde se libró la batalla, oculta la cabeza contra el hombro de Ry.
Apenas él pasa el brazo por encima de su hombro (con la cara de asombro propia de un hombre que no da crédito a su suerte), ella se aparta y mira de frente la masacre.
Hay seis vehículos abandonados. Cuatro portan armas montadas: lanzamisiles y ametralladoras pesadas que, a ojos de Jack, parecen M60, M42 y M240. Otros dos debieron de utilizarse como transportes de tropas.
Embarrancado en una cuneta, muy inclinado, con el cañón apuntando al cielo, ven la versión de un tanque Abrams de North Central Positronics (o tal vez salió hace mucho de una cadena de montaje de Sombra Corporation, posiblemente en otro mundo).
Una adolescente caída asoma a medias por la escotilla.
Salpicones de sangre manchan la parte trasera de los transportes de tropas.
En la carretera abundan las cabezas cercenadas, pelirrojas de la primera a la última.
He ahí la prueba de que Mary sigue siendo una vidente más que aceptable.
—Las Rizas volaron certeras —observa Larry Magruder, que aparta de un puntapié una de las cabezas con una saña que Jack no habría esperado en un hombre de temperamento por lo común tan plácido.
El hedor es insoportable y docenas de plunjas picotean con avidez los cadáveres.
Uno intenta alzar el vuelo con una cabeza en el pico, sujeta por el cabello teñido, pero, a pesar de su denodado aleteo, no logra elevarse.
Richard salta del Binny en el que viajan Jack y Mary.
Jack cree que el brambo acometerá contra el pretendido ladrón de cabezas porque es el que está más cerca.
Sin embargo, con las orejas gachas y los dientes al descubierto, asciende a toda velocidad entre la maleza por un terraplén levantando trozos de tierra con las patas traseras.
Pronto varias de las enormes aves se alzan trabajosamente.
—Sabe dónde están las señoras —dice Mary—. Se propone impedir que esos cabrones voladores profanen los cadáveres más de lo que ya lo han hecho.
Jack tiene sus dudas a ese respecto hasta que Richard vuelve a bajar a todo correr por el terraplén y cruza la carretera, indiferente a los plunjas que están desgarrando a picotazos los cuerpos de los adolescentes muertos.
Asciende por el otro terraplén, donde yacen más Señoras del Plato, y enseguida otros plunjas emprenden el vuelo.
Excepto uno, que no quiere abandonar su alimento y paga el precio.
Richard lo saca a rastras de entre los árboles mientras el ave, al batir las alas, levanta abanicos de barro acumulado en la cuneta.
Le parte el cuello, le mea encima y después se reúne con Mary.
No presta atención a las aves que se nutren del resto de los cadáveres.
—Deja que esos se ceben en los invasores, ¿no? —pregunta Alice a Mary.
—Pues sea —dice Mary.
—¿Cómo sabe que son enemigos? —pregunta George.
—Creo que por el pelo —contesta Mary a la vez que estrecha a Richard contra el pecho. El viejo brambo le sonríe con los dientes manchados de sangre.
Buscan los platos de Oriza. Alice, Ryall y Jack se centran en el lado más cercano de la carretera.
Avanzan poco a poco entre los árboles raquíticos y los matorrales que sirvieron de escondite.
Alice entona los nombres a su paso: Sarey y Francie y Axa y Frindy y Olive y Recha.
George da más nombres desde el lado opuesto.
Todas las señoras han muerto, algunas abatidas antes de arrojar sus platos, pero en su mayoría después.
Esas mujeres lanzaron con acierto, como atestiguan las cabezas cercenadas y los salpicones de sangre en la carretera destrozada.
Encuentran también a tres hombres. Feony Jacks, al estallar el arma, sufrió un desgarro en el cuello, y ahora cubre su cuerpo un delantal de sangre seca. Mason Downey y Haffe Stines cayeron víctimas de los disparos del enemigo.