Capítulo 24
Aquí y ahora (como decía Lobo, el amigo de Jack), fijaos en esto y fijaos bien.
He ahí a un hombre de pie en un balcón, tras una balaustrada de piedra rosada.
Viste unos vaqueros desvaídos y una camiseta en la que se lee omaha, nebraska.
¡lugar de nacimiento de marlon brando! La camiseta, aunque desgastada tras muchos lavados, está limpia; no tiene manchas de sangre ni de suciedad.
Reconoceríamos a este hombre en cualquier sitio pese a que ha perdido diez kilos.
¿Decís que habéis visto antes a este hombre?
Sin duda lo habéis visto, porque ka es una rueda, cuya única finalidad es girar, y siempre vuelve al punto de partida.
Pero, la última vez que visitamos a este hombre en este balcón, se extendía bajo él una bonita ciudad, asentada en las terrazas descendentes de esa misma piedra rosada.
Había embarcaciones de recreo amarradas en los muelles del puerto y pesqueros de velas multicolores a lo lejos, en la bahía.
Ahora la mayoría de los barcos están panza arriba o hundidos, y la ciudad ha quedado reducida a escombros humeantes.
Las terrazas escalonadas, una especie de sistema de castas construido a lo largo de los siglos, ahora no son más que ruinas sin sentido.
La mayor parte de la casa de este hombre, en otro tiempo con seis habitaciones luminosas y abiertas a la brisa, ha volado en mil pedazos.
Él esperaba poder llevarle a Alice una aspirina para el dolor de cabeza, pero el frasco de Excedrin, comprado en el Walgreens de Hemingford Home, ha desaparecido.
Lo mismo ha pasado con sus preciados recuerdos y con un hermoso retrato de Sophie, pintado por un artista ambulante llegado, según sostenía él, de Lejano Gilead.
La casa donde Alice Stines y el difunto Haffe Stines vivían se ha librado del estado general de destrucción.
Sobresale como un último incisivo en una boca por lo demás desdentada.
Nuestro hombre ya no percibe el aroma de la brisa fresca, sino olores a humo, cerveza y whisky derramados, madera calcinada y carne carbonizada.
Los pelirrojos, antes de seguir su camino, mataron a cuantos encontraron.
Los muelles han desaparecido. La profunda poza frente al Rincón del Pescador ha quedado contaminada por los cadáveres en descomposición.
Hombres y mujeres desnudos penden de los postes de los cables de chispa inservibles.
También niños. Rompieron el escaparate de Caiden’s Candies y robaron las chuches.
Los pelirrojos no prolongaron mucho su visita, pero bastó con eso. Construir requiere tiempo. Asolar no tanto.
Jack piensa en su madre.
Cuando él contaba ocho años, lo llevó a ver una película en el Fox de Westwood.
Como siempre que salía de casa y no quería ser reconocida, se había puesto gafas de sol, un pañuelo y un vestido sencillo.
Como hijo de una actriz de cine, Jacky había visto un sinfín de películas (Lily nunca las llamaba «films» ni «filmes», palabras que consideraba pedantes).
Sería una mala combinación, como metáfora, decir que Jack se crio a los pechos del celuloide, pero permite formarse una idea.
En los cines nunca ha llorado, ni siquiera de bebé, oyó Jack decir una vez a su madre mientras hablaba con una amiga. Siempre tiene la mirada fija en la pantalla, la mar de contento y con los ojos muy abiertos.
La mayoría de las películas a las que Lily lo llevaba eran aptas para su edad, y tras la muerte de su padre casi siempre era Lily quien lo acompañaba.
Lo llevaba una canguro solo si su madre rodaba en exteriores.
Jack vio reestrenos de Bambi, Fantasía y Canción del sur (antes de que esta última se cancelara por considerársela racista).
Vio La montaña embrujada y Benji y Un mundo de fantasía.
La mayor parte de esas películas constituyen una miscelánea de vivos colores en la memoria del Jack adulto (a excepción de los Oompa-Loompas, quienes ocupan un lugar destacado porque lo aterrorizaban).
Lo que mejor recuerda es el día en que su madre se puso las gafas y el vestido sencillo dispuesta a llevarlo a su primera película para mayores.
¿Qué hacía él en casa a los ocho años? ¿Estaba resfriado?
No se acuerda. Seguramente su madre no encontró a una canguro porque era horario de colegio y la señora Westin, el ama de llaves, ese día no estaba.
Lo que recuerda es que su madre dijo: No está recomendada para menores, pero no creo que te provoque ningún complejo, así que vamos.
Lo que recuerda es que fueron derechos a la taquilla, mientras que en otro cine de la misma calle había una cola que daba la vuelta a la manzana.
Cuando Jacky preguntó qué iba a ver esa gente, Lily contestó: «Una mierda que se titula La guerra de las galaxias.
Seguirá en cartel por toda la ciudad dentro de seis meses, y esta que vamos a ver nosotros dejarán de pasarla este fin de semana porque apenas tiene público.
¿Y qué más da? George Lucas es un niño que se divierte con juegos de construcción. William Friedkin es un artista ».
Entraron y vieron los tráileres de otras películas para mayores, como Fiebre del sábado noche y Buscando al señor Goodbar , y no hubo corto de dibujos animados al principio, como era habitual en las películas infantiles; a continuación, empezó la película y resultó que Jacky nunca había visto nada igual.
Era impresionante y hermosa y aterradora y brutal.
Había sangre y explosiones, y algunos de los personajes con los que te identificabas morían, y en dos ocasiones su madre intentó taparle los ojos, pero él le apartó la mano porque quería verlo todo.
La película se titulaba Carga maldita , y después su madre le explicó que era un remake —superior en algunos sentidos, no tan bueno en otros— de una película francesa, escrita y dirigida por Henri-Georges Clouzot, que se pronunciaba «Clu-so».
Si bien le prometió que lo llevaría a ver la original cuando la pusieran en el Nuart (la familia Sloat tenía un reproductor de vídeo Betamax, pero Lily, desdeñosa, rechazaba la idea de ver películas en cinta), nunca lo llevó.
El título de la versión francesa era, según dijo, Le salaire de la peur , que significaba «El salario del miedo».
Jack (aunque por entonces era Jacky) pensó que ese título era mejor que Carga maldita , porque los personajes de la película pasaban mucho miedo, lo mismo que un niño pequeño entre el público acompañado de su madre.
Lo que Jacky recuerda mejor de la película es al francés, Victor, que huye de París a un país en la selva porque ha robado un montón de dinero.
Victor y otro paria llamado Kassem consiguen cruzar un puente casi roto en medio de una intensa tormenta (Jacky en el borde del asiento, la vejiga llena debido a la ansiedad) y, al llegar al otro lado, piensan que han superado el peligro, se relajan, se calman, se tranquilizan, pero no saben que tienen una rueda pinchada.
Jack nunca ha olvidado las últimas palabras de Victor antes de que el neumático reviente y la dinamita que transportan estalle, lo que les cuesta la vida a los dos.
Victor estaba enseñando a Kassem el reloj que le había regalado su mujer.
Dice: «Son las nueve menos cinco. En París».
Jack era solo un niño, pero entendió el mensaje de la película, lo entendió a la perfección: cualquiera podía morir en cualquier momento. En el momento menos pensado.
Ahora, en este balcón, entiende que era eso lo que recordó cuando la señora Talbot tomó la curva y, al otro lado, encontraron la carretera bloqueada por el kappa-kappa.
Al final, sí vio la película de Clouzot.
Estaba en la universidad y fue con un grupo de amigos, todos colocados después de fumarse una excelente roja panameña.
Fueron al cine Billy Wilder, ¿o no? Sí, seguro.
Doblada al inglés. Recordaba el título francés por lo que su madre le dijo el día que no fueron a ver La guerra de las galaxias.
Aquel árbol caído en la carretera hacia la Garganta se lo revivió.
En Carga maldita salía también un árbol caído.
El terrorista palestino, Kassem, lo voló con una bomba de fabricación casera.
Jack usó un misil Dragonfire para apartar el suyo. Aun así…, otro eco.
Recuerda que su madre encendió un Herbert Tareyton (que ella llamaba «mis Herbert Tarrytoons» en alusión a los dibujos animados) en cuanto salieron del cine.
Mientras volvían a casa, dijo que algún día, mucho después de que todo el mundo hubiera olvidado La guerra de las galaxias , seguirían recordando la película de Friedkin y lo magnífica que era.
En fin, mamá, en eso te equivocabas: lo que la gente recuerda es La guerra de las galaxias, no Carga maldita. Aunque nunca ha habido mejor frase que «Son las nueve menos cinco. En París».
Todo cobra sentido, un eco que reverbera no entre Estados Unidos y los Territorios, sino entre el Jacky que fue y el Jack que ahora es.
Salvo por el detalle de que su maldita intuición de siempre le susurra que se equivoca. Que hay algo más.
Un libro titulado Le salaire de la peur se convirtió en una película titulada El salario del miedo. El salario del miedo se convirtió en Carga maldita. Y Carga maldita se convirtió ¿en qué exactamente?
En nada, se dice. Se convirtió en nada porque a veces una película es solo una película. Del mismo modo que un puro es solo un puro.
En ese momento, a su espalda, un hombre dice:
—Sai Sawyer, acompáñame. Ha llegado la hora.
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