Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 23 #5
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Capítulo 23 #5

—Solo recuerdo que la chica llevaba una chaqueta rosa con muchos cierres brillantes.

—¿Cremalleras? —pregunta Mary.

—Las cremalleras no me constan —responde Alice.

En la rueda de prensa que Jack vio por televisión en el Marriott Cornhusker, Jerome Gaithers declaró que el granjero que presenció el asesinato de Cole Travers reconoció a Kinneston por el cabello rojo y a la chica por el cabello rubio y la cazadora de motorista.

Sí, eran ellos, pues. Rebasaron ilesos la emboscada e iban a bordo de un Binny Ding. La duda es dónde están ahora. Ellos y los demás, sus seguidores.

8

A lo largo de casi otra hora, Jack y Mary cuentan sus propias aventuras.

Habrían tardado mucho más si lo hubieran contado todo, pero, por mutuo y tácito acuerdo, exponen una versión muy recortada.

Mary no habla del tiempo que pasó entre rejas en Pernil después de su monumental borrachera ni de su estado de parálisis en la torre de agua.

Jack, reacio a dar detalles de su visita al lado de Estados Unidos, se limita a decir que tuvo «algún que otro problema». En cuanto a Dale, no dice nada.

—Me gustaría oír algo más sobre ese lugar que llama Labraskie —dice Alice—. Parece un sitio prodigioso. Quizá en otra ocasión.

—Sí, señora sai. En otra ocasión.

Atardece. Las sombras se alargan y el color del Mar Limpio se degrada de un azul chispeante a una oscura tonalidad vinosa.

Mary se ofrece a ir en busca de la cocina e improvisar algo que jalar.

Cuando Alice dice que no entiende la palabra «jalar» , Jack piensa en todo aquello que la señora Talbot no entiende.

Aunque las sonrisas escasean, ese recuerdo sí le arranca una, más bien parca.

—Yo la ayudaré —dice Alice, pero, cuando intenta levantarse, se tambalea, se lleva una mano a la cabeza vendada y vuelve a sentarse.

Ry la rodea con un brazo. Ella lo mira agradecida y apoya la cabeza en su hombro. Ry dirige una mirada a Jack con la que dice: ¿Qué, grandullón? ¿Algún problema?

El grandullón no tiene ningún problema.

—Yo cocinaría —dice Ry—, pero… —Señala con el mentón a Alice, quien a duras penas se mantiene erguida.

—Ya te ayudo yo —se ofrece George—. Vamos, Mary.

La cocina del ala este ha desaparecido, carbonizada, pero la del lado oeste debería estar en condiciones.

Con provisiones de sobra. Prepararé unas tortitas en un santiamén.

Se las hacía a mis hijas antes de…, ya me entendéis…

, venir aquí. —Le tiembla la voz al pronunciar la última palabra, y Jack cae en la cuenta de que nunca ha preguntado a George por su familia, pese a que ha visto su alianza nupcial.

Esa es una joya de la que carecen Ryall y Larry el Peonza.

—Yo también ayudo —dice Larry. Se levanta de un brinco y ejecuta un ágil giro de trescientos sesenta grados que lleva a Jack a pensar en la película que hizo su madre con Fred Astaire, allá en sus tiempos de starlette . Lily Cavanaugh solo bailoteaba un poco, pero Astaire estuvo extraordinario.

—No, quédate aquí, ya nos ocupamos nosotros —responde George.

Así pues, el Peonza se queda en la gran terraza. Más tarde, Jack pensará que las grandes revelaciones basculan sobre las bisagras más pequeñas. George y Mary se marchan, y Richard sigue al trote a la niña de sus ojos.

—Tendrá que ir alguien al Gran Camino… a recoger los platos… —dice Alice.

—Mañana los traeremos, señora sai —contesta Larry Magruder, y le da unas palmadas en la mano—. Y, desde luego, los recogeremos con mucho cuidado. —Muestra la costra que cubre la herida de su mano.

Ry da una sacudida a Alice, pero con delicadeza.

—No se duerma. No conviene después de una herida en la cabeza, y tiene suerte de estar viva.

Ella abre los ojos.

—Dice ver-ver… —Acto seguido, por más que sea de la alta sociedad de Dezi, empieza a roncar como cualquier borracho desmayado detrás de un bar del Barrio de Abajo.

—Esta mujer me preocupa —comenta Ry—. Si la hubierais visto allí en el camino…, qué valentía la suya…

—No dudo que es de armas tomar, y celebro que hayas cuidado de ella.

—La he cuidado porque la aprecio —afirma Ry.

—Antes has dicho algo en francés. O creo que era en francés. ¿Qué quería decir?

—Seguramente lo he dicho mal. Jacques decía que yo hablaba francés tan mal como folla un viejo.

Lo que he dicho, o he intentado decir, era que «no me gusta ser el portador de malas noticias».

Jacques lo repetía continuamente, sobre todo cuando me enseñaba platos que salían sucios del lavavajillas porque se había incrustado una de sus exquisitas salsas.

—¿Eso cuándo fue? ¿Y dónde?

—Ah. Yo era un chaval. Diecisiete años. Acababa de colgar los libros.

Aparta de la frente de Alice el cabello apelmazado por la sangre, y Jack advierte que tiene ante sus ojos a un hombre enamorado.

Perdidamente. No importa que ella haya perdido a su marido hace muy poco tiempo; no importa que no tenga la menor posibilidad de granjearse la voluntad de la bella dama (la bella dama que ronca ): el amor, como la risa, no pide permiso antes de entrar; irrumpe sin más.

—Por entonces, mi único deseo era largarme de casa, te consta, porque mi padre tenía la mano larga cuando se emborrachaba y siempre estaba borracho.

Eso fue en Jersey City. Me conseguí un cuartucho céntrico en un cuchitril lleno de cucarachas y un trabajo en La Grenouille, en la calle Cincuenta y dos.

De friegaplatos. Jacques Dubois era el cocinero.

Hablaba como un ángel un francés parisino, pero era un cabrón de mucho cuidado.

Se me pegaban muchas de las cosas que decía, porque, a esa edad, uno sencillamente escucha y aprende.

Si eres listo, claro está. Quelle merde para «Es una mierda»; Qui s’y frotte s’y pique para «Quien con fuego juega se quema».

¿A qué viene ese interés, grandullón? ¿Vas a escribir mi biografía?

—No, pero no tengo acceso a Google, así que…

—¿Qué es Google? —pregunta Larry—. ¿Como el gugú de un bebé?

—Olvidaos de Google. Ry, ¿sabes qué quiere decir le salere de la per ?

Ry se echa a reír.

—Eres tú quien habla francés tan mal como folla un viejo, grandullón.

—Lo intentaré otra vez, más despacio. Le sa-le-re de la per. ¿Significa algo?

—A lo mejor te refieres al precio del miedo. O al precio del terror.

—¡Esa la vi! —exclama Larry—. ¡En el Film Forum! ¡Llevé a una chica! ¡Quería verla ella! ¡Le chiflaban las pelis extranjeras! Filmes, las llamaba ella.

—¿Viste qué? —pregunta Jack.

— El salario del miedo. ¡Menudo peliculón! ¡Y eso que era en blanco y negro!