Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 23 #4
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Capítulo 23 #4

—¿Por ejemplo? —pregunta Ry. Abarca con un gesto los restos humeantes de la ciudad antes hermosa que se extiende a sus pies—. Se acabó lo que se daba, grandullón. Cruz y raya. Tut finí. Pasí le porter muvés nivel, como dicen los franchutes. Solo nos queda recoger los pedazos.

Jack ignora qué acaba de decir Ry en su francés macarrónico y no cree que lo peor haya quedado atrás. Ahí está la Garganta. Todavía abierta, todavía en expansión. Alice bebe a sorbos su Coca-Cola, como si fuera un vino de una añada excepcional.

—¿Qué pasó en el Gran Camino, Alice? ¿Y dónde está Haffe?

—Mi hombre ha muerto —contesta Alice. Mantiene la voz razonablemente firme y el semblante sereno.

Es en los ojos donde se trasluce toda su congoja—.

Haffe era uno de los hombres que nos acompañaron, junto con Mason Downey, Jory Fields, Feony Jacks y sai Connors.

Excepto Ryall, y quizá Jory, todos se han marchado al claro.

¿Quiere que le cuente una cosa? ¿Puedo hablarle con franqueza?

—Como usted desee, sai, y mi más sentido pésame. Lo lamento mucho mucho.

Alice asiente con la cabeza en un gesto de estoicismo, como si dijera noblesse oblige , que a él no lo ofende.

Entre los residentes de Dezi, ella es de la semirrealeza, que ahora ha desaparecido en su mayor parte (quizá por completo).

Para Jack, mucho más importante es el hecho de que Alice haya cumplido valerosamente con su deber en la malhadada defensa de su ciudad.

Ella señala a Jack con una mano y a Ry con la otra.

—No se aprecian ustedes el uno al otro. Eso salta a la vista, pero les ruego que dejen de lado su animadversión por respeto a la ciudad en la que todos vivimos.

Deben saber que sai Connors resultó herido por los fragmentos de metal despedidos al estallar el arma de Feony y, aun así, arriesgó su vida por salvar la mía. Cargó conmigo en brazos.

—Al principio, pensé que estaba muerta —explica Ry—, pero era solo un desmayo. Se sobrepuso y siguió arengando a su tropa, para entonces ya muy diezmada. Aquello era una locura, Sawyer. No lo sabes bien.

—Llegamos allí antes que los invasores y nos apostamos a ambos lados de la carretera —prosigue Alice—.

Llegaron formados en una columna. Los oímos mucho antes de verlos.

Venían en camiones y enormes buckas blindados que, con sus orugas, destrozaban la calzada.

Algunos de los chicos iban a pie, otros a bordo de los camiones; algunos blandían varas con camisas ensangrentadas en lo alto, que agitaban como banderas.

Casi todos los camiones tenían descubierta la parte de atrás.

Veíamos el botín obtenido de sus saqueos en Hemphill y todos los demás tete villons del camino.

—Llevaban comida, por supuesto —dice Ry—, pero también otras cosas sin ningún sentido.

Sillas, candelabros, ropa, cuadros, espejos.

Una de las pelirrojas se había puesto un vestido de noche de terciopelo.

—Se vuelve hacia Alice y se lleva el puño a la frente—.

Imploro su perdón, sai. Siga usted. No volveré a interrumpirla. El grandullón se enfadaría.

Jack empieza a cansarse de que lo llame «grandullón», pero mantiene la boca cerrada.

Ha sido inteligente por parte de Alice pedirles que moderen su animadversión.

En esencia, Jack solo necesita saber si Kinneston y Speckhoffer acompañaban a la turba invasora en el Gran Camino.

Según la visión de Mary, los mataron, pero no en Dezi. En el lado de Estados Unidos.

Esta vez es a Ry a quien Alice Stines dirige su gesto de asentimiento para dar a entender que noblesse oblige.

—Dice verdad: robaron todo lo que les llamó la atención. Varios de los camiones exhibían cabezas cortadas en la parte delantera, donde van los motores. A modo de decoración, supongo.

—Adornos de capó —precisa George.

—Yo quería tenderles una trampa. El plan era ese. Ordené a mis efectivos que dejaran pasar a todos los buckas de motor, por más que así quizá escaparan los que encabezaban el desfile. Dije que era importante liquidar al mayor número posible. Mis señoras aguardaron, pero uno de los hombres…

—Jory Fields —dice Ryall con un gruñido—. Se echó a correr en cuanto empezó el tiroteo, se echó a correr como un puto conejo…

—¿Quieres callarte y dejar que lo cuente la señora? —pregunta Mary.

—¡Por Dios y por Gan míos! —exclama Ry—. ¡La sai borracha habla!

—Conviene que te calles —dice Jack.

—A ver, Jacky, ¿quién te ha nombrado a ti el puto amo del cotarro?

—¿Queréis dejarlo ya los dos? —tercia George a voz en grito—. ¡Dejadlo ya! ¿¡Esa gente ha arrasado la ciudad y vosotros dos andáis a la greña por ver quién mete baza !?

La procedencia del comentario es inesperada y Ryall parece sorprendido. Casi atónito. Acto seguido —tal vez no puede contenerse—, le hace una peineta a George. Pero permanece callado durante el resto de la exposición de Alice.

—Pasó el vehículo de cabeza —continúa ella—, luego el siguiente camión, lleno de lescentes que blandían fusiles y pistolas; algunos disparaban al aire.

Los carros blindados con orugas cerraban la columna, por los daños que causaban en la calzada.

Sabía que las Orizas no servían de nada contra los carros blindados.

Confiábamos en que las armas de los hombres sí sirvieran, pero sus balas rebotaron.

»De pronto, antes de que yo diera la orden, Jory Fields disparó a un lescente, un chico que llevaba una cabeza cortada sujeta por el pelo y la agitaba en el aire.

A partir de ahí, ya no tenía sentido contenerse, así que grité Riza, vuela certera, y las otras señoras gritaron también.

Lanzamos los platos a los pelirrojos que teníamos a la vista.

Los hombres que nos acompañaban empezaron a disparar sus armas.

La de Feony estalló, y diría que se atascó también la de algún otro…

—La de Downey —apunta Ry—. Mason Downey. Lo vi caer.

—Mis señoras lanzaron bien y con acierto —dice Alice.

Va animándose a medida que recuerda la batalla.

Le sube el color a las mejillas, antes pálidas—.

Las Rizas decapitaron a diez o doce lescentes como mínimo.

Al principio, pensé que sí podíamos vencer, o al menos ahuyentarlos.

El sonido de las Rizas…, emiten un silbido agudo cuando vuelan…

, los aterrorizó. Los lescentes, por más que tengan vello en la cara o pechos, siguen siendo, como ustedes saben, poco más que babbis.

Letales, pero babbis de todos modos . Algunos saltaron de los camiones y corrieron hacia el bosque, donde los esperábamos con nuestros propios hierros de mano y hondas y más platos.

Muchos, muchísimos, de los que iban a pie junto a los camiones perdieron la cabeza.

El refugio de los jinetes de la Pendiente asoma por un instante a la memoria de Jack. Cuando Mary gritó: ¡Cabezas cortadas! ¡Muchísimas!

—¿Qué pasó después, sai?

El momentáneo entusiasmo de Alice se desvanece con la misma rapidez con la que ha llegado.

—Nos masacraron. Quizá habría ocurrido lo mismo aunque Jory no hubiera disparado y los hubiéramos tenido a todos en la red.

Disponían de armas mucho más potentes. Nosotras solo teníamos nuestros platos y a unos cuantos hombres, porque Youngblood creía que el bloque principal de pelirrojos llegaría desde el otro lado, por la vieja carretera de Gilead.

No había nada que hacer. Liquidamos a docenas, pero ellos nos liquidaron a todos , excepto a mí y a sai Connors, y, quizá, a Jory Fields.

»No llegué a desmayarme cuando la bala me rozó la cabeza.

El mundo quedó en blanco y resonó en mis oídos un zumbido agudo.

Oía aún el tiroteo y los silbidos de las Rizas lanzadas.

Creí que me moría, pero no quería irme de este mundo allí tendida, así que me puse en pie y grité Riza Riza Riza , pese a que no tenía plato, porque había lanzado el mío, ni tampoco hierro.

Oía pasar las balas alrededor…, zum y zum y zum.

Había explosiones. Caían árboles. El ruido del fuego.

Recuerdo que sai Connors me agarró y me obligó a correr a su lado, pero entonces sí me desmayé.

Cuando recobré el sentido, estaba en algún lugar del Reducto y desde esa altura veía Palisandro.

Sai Connors arrancó un jirón de mi sobrecamisa y me limpió la sangre del costado de la cabeza y del cuello.

Se arrancó una tira de su propia camisa y me vendó la herida con ella.

Me preguntó si sabía cómo me llamaba y qué había ocurrido.

Cuando le contesté a esas preguntas, dijo: «Sobrevivirá, supongo».

—Esa era mi esperanza, pero no estaba muy seguro —dice Ry—. Sangraba mucho. Un moit, como dicen aquí.

—Aún me zumban los oídos —continúa ella— y tengo un dolor de cabeza espantoso.

—Puede que yo tenga algo para aliviárselo —ofrece Jack—. Si mi casa sigue en pie, claro.

—Vimos arder el ala este de Palisandro —dice Alice—. Llegó el camión de bomberos y salvó el resto de la casa, pero de pronto dejó de funcionar, como pasa con las cosas viejas del Pueblo Antiguo.

—Como las armas —añade Larry Magruder, cabizbajo—. Pero además se habían mojado.

—Bajamos aquí, a la Villa, yo en brazos de sai Connors, y me desmayé una y otra vez, ¿se hacen cargo? Y aquí nos ha encontrado.

—Usted comía a veces en casa del Gobe —dice Mary—. ¿Sabía que Zumbi era un… lo que fuera?

—No. Pensaba que era del lado de Estados Unidos y, al venir aquí, se volvió… rara.

—Alice, ha dicho que sus combatientes dejaron pasar a través de su red al vehículo de cabeza.

—Sea, y al camión que lo seguía. —Guarda silencio por un momento y mira a Ry, que asiente.

—¿Era el vehículo de cabeza igual que ese en el que hemos llegado nosotros? —Señala a la segunda señora Talbot.

—Sea, solo que descubierto por arriba. Los chicos iban de pie, gritaban a pleno pulmón y gesticulaban para animar a los demás a seguirlos.

—¿Eran un hombre joven y una chica aún más joven?

Alice arruga la frente.