Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

Los establos y las dependencias han quedado reducidos a cenizas.

Lo mismo ha ocurrido con el ala este de Villa Palisandro, pero la casa principal y el ala oeste se han salvado, por lo visto gracias a la intervención de un camión de bomberos robotizado, que ahora permanece inmóvil en el patio adoquinado.

La alta tapia de piedra en torno al preciado jardín de Youngblood se ha chamuscado y el portón doble —con dos orificios de bala— está cerrado.

Jack ignora si la Puerta de los Mundos continúa en su sitio, pero unas huellas de neumáticos se adentran en el jardín.

Ve a un hombre y una mujer sentados en el suelo, con la espalda apoyada en el lateral del camión de bomberos averiado.

Entre ellos hay una bolsa de viaje acolchada, una especie de maletín.

El hombre es Ryall Connors. Tiene manchada de sangre una manga de la tosca camisa de confección casera.

La mujer levanta la cabeza cuando se aproxima el variopinto grupo de Jack.

Una venda ensangrentada le cubre la frente.

Jack reconoce de inmediato a Alice Stines.

Haffe y Alice vivían a tres casas de la de Sophie y Jack, en el segundo nivel del Barrio de Arriba, y los Stines a menudo salían a pasear al fresco del atardecer, siempre cogidos de la mano.

Alice era hermosa, casi regia. Aún se la ve regia, pero en un estado lamentable. Mucho.

Apoyándose en la pared, se pone en pie. Jack corre hacia ella.

—Ca, estoy bien —dice ella—. Más o menos bien, Jack.

Él dobla una rodilla y se lleva el puño a la frente.

—Salve, Alice de Dezi. Yo no la veo bien, pero espero que llegue a estar mejor.

—Elocuentes palabras —responde ella.

Ry se levanta con un gruñido de esfuerzo.

—Eh, Jack. Como decimos en el lado de Estados Unidos, ¿cómo van las cosas?

—Las cosas ya han ido. ¿Estás muy malherido?

—No tan mal como la mayoría. Feony Jacks tenía una de esas armas viejas. Le estalló. Se le llevó casi toda la cabeza.

Eso les ha pasado a muchos , piensa Jack.

—Murió. Yo recibí parte de la metralla. ¿Ese guiñapo carbonizado es nuestro querido líder?

—Así es, sí, en efecto.

—Veo a la borracha, pero ¿dónde está Pay?

—Muerto. Por lo que veo, conservas todo tu encanto.

—Anda y que te jodan, Jacky. ¿Dónde estabas tú mientras nosotros nos defendíamos como podíamos de esos pelirrojos locos y ellos nos machacaban con armas que sí funcionaban?

Jack responde a Ry que es una larga historia. Empieza a cansarse de repetirlo.

—Cuéntala, ¿quieres? Ahora que esos criajos homicidas se han marchado, tenemos tiempo de sobra.

— ¡Refos! —grazna Youngblood—. ¿Dontan?

—Ya vienen —lo tranquiliza Larry—. Ya vienen, sai, los refuerzos casi han llegado.

—Dejaremos la historia para más tarde —dice Jack—. ¿Se encuentra bien, Alice?

—Está bien. Solo la han rozado —responde Ry.

—Preferiría oírselo decir a ella.

—Nos pusimos a cubierto entre los árboles —explica Alice. Al igual que George y el Peonza, presenta el aspecto de fatiga de combate posterior a un tiroteo—. Creíamos…

De pronto, se abre de par en par la puerta de la casa principal.

Sale alguien, tropieza en el felpudo con el rótulo cor talrollo y cruza el patio a trompicones.

Jack tiene la pistola ya en la mano antes de tomar la decisión consciente de desenfundar, pero consigue no disparar.

Es Zumbi la Plumero. Como siempre, lleva la greñuda mata de pelo envuelta con un trapo rojo.

Sostiene en la mano el paño de limpieza y exhibe su omnipresente sonrisa delirante. Pero, por lo demás…

Dios mío y Gan mío , piensa Jack.

—Pero ¿qué coño ? —musita Mary.

—Tengo mucho trabajo que hacer —dice Zumbi.

Ha perdido el brazo izquierdo. De su hombro cuelga una maraña de cables.

Muy adentro, donde debería haber carne, destellan unas luces pequeñas—.

Tengo mucho trabajo que hacer. ¿Es ese sai Youngblood?

Se lo ve indispuesto. Digo lo siento. Tengo mucho trabajo que hacer.

Esto no es real , piensa Jack. Estoy en un manicomio del lado de Estados Unidos. Pronto volverán a inyectarme un antipsicótico y estas alucinaciones se desvanecerán.

Zumbi traza un círculo que recuerda los giros de Larry Magruder, choca contra la parte de atrás del camión de bomberos, rebota y traza otro círculo. Jack advierte que un ojo se le ha desprendido hacia dentro. Detrás parpadean, más pequeñas, otras luces.

—Mucho trabajo que hacer.

Regresa a la casa, tropieza de nuevo con el felpudo humorístico y, acto seguido, el pájaro ha vuelto a su jaula.

Jack, asombrado, mira a George.

—¿Tú lo sabías?

George niega con la cabeza.

—¿Y tú, Mary?

Ella, muy erguida a lomos de Golden Boy, tiene los ojos como platos. Richard, imperturbable, sigue sentado tan tranquilo a la sombra del enorme caballo y lanza dentelladas a los bichos.

—Yo ya sabía que no estaba bien, pero ¿de ahí a saber que era un…?

—Androide —completa George.

—Robot —dice Larry al mismo tiempo.

—Da igual lo que sea —interviene Alice—. La ciudad ha desaparecido y Youngblood está a punto de desaparecer. No era un gran líder, no le llegaba ni a la suela de los zapatos a su padre y a su abuelo, pero era lo que teníamos.

Al oír a Alice hablar de Youngblood, Jack se acuerda de una cosa. Empieza a revolver en lo que queda de su artilla. Mary desmonta de Golden Boy y se acerca a él, seguida por Richard.

—Dios y Gan míos —dice Larry—, ¿es eso un bili brambo ? Yo pensaba que no eran más que invenciones para niños.

Hace ademán de apearse del Binny para investigar. Mary coge en brazos a Richard y lo estrecha contra el pecho.

—No lo toques, es mío. —Y, como si acabara de caer en la cuenta, añade—: Nuestro, quiero decir. ¿Qué buscas, Jack?

Ya lo ha encontrado. Mete la mano en el petate que en otro tiempo era una bolsa de la marca Yeti y saca una botella ancha y baja. La alza y la acerca a lo que queda de los labios ampollados de Edward Youngblood.

—Aquí tiene, sai. Remoje el gaznate.

Cuando Youngblood contrae los labios alrededor del cuello de la botella, se le agrietan. La sangre y la Coca-Cola resbalan por su mentón cubierto de un asomo de barba. Traga dos veces y, cuando Jack retira la botella, dice:

— Bue. Bue.

En un relato, tomaría su trago de Coca-Cola y después moriría. Pero esto no es un relato, y la mole chamuscada de un solo ojo del Gobernador suigéneris sigue respirando.

—Me gustaría beber un poco de eso —dice Ry—. Si no tienes inconveniente, grandullón.

Jack entrega sendas botellas a Mary y a él. No cree que Youngblood se preocupe ya mucho por nada en lo poco que le queda de vida.

—Oh, Dios mío y Gan mío —exclama Mary después del primer sorbo—. Esto está buenísimo.

—Un poco de sabor a hogar —coincide George. Alza su botella baja y ancha de lo que en Mundo Medio es Cooa-Cooa Ori Tay—. ¡Brindemos!

Allí, de pie en el patio, junto a un camión de bomberos robotizado, flotando en el aire el olor de la ciudad costera incendiada, entrechocan sus botellas: Jack, Mary, George, Larry, Ryall y Alice Stines.

—¿Por qué brindamos?

—Por la supervivencia —contesta George.

Todos repiten el brindis, pero, cuando se disponen a tomar el trago ceremonial, oyen la voz de Zumbi procedente de la casa principal de la finca: «Tengo mucho tra…». Interrumpe la frase uno de esos chasquidos eléctricos, seguido de una ráfaga de aire.

A Mary se le cae la botella, y la Coca-Cola que ha recorrido el largo camino desde Lincoln, en Nebraska, burbujea entre los adoquines.

Zumbi la Plumero sale de nuevo por la puerta y vuelve a tropezar con el felpudo.

Esta vez la mujer —o la cosa — se cae. Solo que ahora queda únicamente su mitad inferior, de la que asoma otro manojo de cables.

Oyen un chisporroteo quejumbroso y les llega un olor a metal quemado.

O a componentes. O a algo. Levanta y baja las piernas en un movimiento de tijera, quizá en un esfuerzo por reptar.

Otro grito, y una joven sale corriendo de la Villa.

Es la última flor de alhelí de Youngblood.

La larga melena de Darrie, antes rubia, está ahora veteada de sangre.

Sostiene en la mano una de las pistolas de rayos.

Tropieza con la mitad inferior de Zumbi, cae, se levanta y apunta la pistola hacia Golden Boy, el blanco más grande.

Jack le dispara sin pensárselo siquiera.

No hay tiempo para pensar. Darrie se desploma de espaldas con un orificio de bala entre los ojos.

—Buen tiro —comenta Ry, y Jack le ordena que se calle.

—Chicos… —dice Larry el Peonza—. Esto… Chicos…

Ejecuta un doble giro antes de anunciar que el alcalde ha muerto.

7

En la parte de atrás de Villa Palisandro hay una amplia y hermosa terraza abierta pavimentada de piedra kinna rosada, y es allí donde los seis —siete, si contamos a Richard— garlan durante toda la tarde.

Al cruzar el suntuoso salón de recepciones del Gran Jefe, ven los cuerpos sin vida de los dos perros guardianes de Youngblood, Nemo y Nymo —las Bendiciones—, destripados en el suelo de parquet.

Marcas de dedos surcan la sangre. A Jack no le hace falta ser Sherlock Holmes para saber cómo se ha coloreado Darrie el cabello.

—¿De verdad se han ido, Jack? —pregunta Alice—. ¿Los pelirrojos?

—Sí.

—Eso no lo sabes a ciencia cierta —dice Ry.

—Lo sé. Esa pobre chica, Darrie, era la última. Creo que no se ha ido con los demás porque quería vengarse del hombre que la violó.

Ry se echa a reír.

—¿Llamas violación a lo que se traían entre manos? ¡Vamos, hombre! ¡Esa chica se desvivía por él!

Mary acaricia el pelaje de Richard, sentado en su regazo, buscando consuelo en él.

—Era solo una niña, Ryall.

—A mí no me parecía una niña. —Ahueca las manos ante el pecho—. Esa crimpa se alimentaba con la comida de él, vestía la ropa que él pagaba, la poca que se molestaba en ponerse, claro, y…

—¡Basta! —ordena Jack—. Tenemos otras cosas de que hablar.