Capítulo 23 #2
—Jack, daba la impresión de que no tenían jefe. No había estrategia. Vinieron por la carretera, así sin más. Los que iban a pie tropezaban y se caían, y luego se volvían a levantar, con armas enormes en las manos y una amplia sonrisa en la cara. No parecían un ejército. Eran más bien como…, no sé…
—Sí lo sabes —afirma Jack—. Como una turba.
—Ca, ca, como una bandada de pájaros. Al verlos tan confusos, pensé que se achantarían a pesar de esa virguería de armas. Youngblood nos ordenaba a gritos que fuéramos a por ellos, que fuéramos a por ellos sin miramientos, pero entonces…
—Entonces nos atacaron otros por detrás —añade Larry Magruder—. Chavales. De la ciudad. De nuestra ciudad. Se tiñeron el pelo. ¿Cómo se contagiaron? —pregunta—. ¿Cómo es posible ?
George mueve la cabeza en un gesto de negación.
—No lo sé.
Jack sí lo sabe. No es necesario estrechar la mano de un infectado ni respirar donde alguien estornuda; esta enfermedad no es el sarampión ni la gripe. Se acuerda de una vieja película que Richard y él vieron de niños. Trataba de una masa asesina que engullía enteras a las personas.
—¿Cómo se tiñeron el pelo? —pregunta Mary—. En la ciudad no hay arbustos de bayas de ave.
El Peonza deja escapar una risita aguda que es en parte un sollozo.
—Con sangre.
—Mataron a todos los que quedaban en la ciudad —dice George—. Hombres y mujeres viejos, niños pequeños. Se tiñeron el pelo con la sangre de esa gente. Luego vinieron aquí para sorprendernos por la espalda.
—¿Por qué, Jack? —Una expresión de perplejidad y tristeza se dibuja en el semblante de Larry—. ¿Por qué hicieron una cosa así?
—Dos asesinos del lado de Estados Unidos vinieron a través de la Garganta —dice Jack—. El Gran Desfiladero. Estaban infectados. Los demás se contagiaron de ellos. Como si fuera una gripe.
—Pero ¿cómo se contagiaron nuestros chicos?
—Todos los pelirrojos son una única mente —contesta Mary—. Se propagó.
—¿Incluso hasta aquí ? —Larry no alcanza a entenderlo—. ¿En Dezi ?
—Por todas partes —confirma Mary.
5
Jack desamarra a Golden Boy. Sube a Mary a lomos del caballo y, cogiendo una cuerda de su artilla, ata el tete bucka al enganche del Binny. Instala a George y Larry en el Binny y da instrucciones a George sobre cómo conducirlo. No les lleva mucho tiempo.
—Ahora eres el comandante Iulia —informa a George.
—¿Dónde está Pay? —pregunta Larry.
—Muerto.
—Joder. —Incapaz de realizar uno de sus giros en el reducido espacio del Binny, Larry se conforma con cruzar los brazos y agarrarse los hombros—. ¿Cómo fue?
—Una larga historia. —El propio Jack está muy cansado. También Mary—. Ahora no me apetece contarlo.
—Siempre me reía mucho con él. Me decía que los niños podrían usarme para jugar a la botella. —Guarda silencio por un momento—. Eso fue antes de que los niños se convirtieran en asesinos, claro.
Jack pregunta a George si Ry Connors ha muerto.
—No lo sé. Es posible. El Gobe los mandó a él y otros tres o cuatro hombres al Gran Camino con las Señoras del Plato. Aquí nos habrían venido bien, sobre todo Ry. En serio, habríamos podido echarlos.
—¿Quiénes son esas Señoras del Plato?
George le habla de Alice Stines y las otras diez o doce mujeres de su club de lanzamiento de plato.
Jack conocía ya por Sophie lo de esas lanzadoras de plato, pero pensaba que era en esencia un mito, como las amazonas con sus largas lanzas y su puntería letal.
Le cuesta entender en qué reside la letalidad de las Orizas.
Aun después de ver la mano vendada de Larry, que no se hirió durante la contienda en la vieja carretera de Gilead, sino con el borde de uno de los platos de Oriza, solo alcanza a imaginar que esas mujeres concibieron la falsa ilusión de detener a los lescentes saqueadores con frisbis.
En el tete bucka, queda un hueco junto a Youngblood, pero Jack no quiere sentarse al lado de ese bulto resollante que antes era su superior. El hedor de la carne chamuscada de Youngblood es insoportable.
A pie, junto al Binny en lento movimiento, escucha el resto de lo que George sabe.
No es un relato alegre. En cuanto los lescentes de Dezi se echaron sobre los defensores por la espalda, la mayor parte de los vecinos de la ciudad abandonaron sus armas poco fiables y huyeron cada uno por su lado.
George dice que rendirse no servía de nada; los pelirrojos disparaban contra todo aquel que lo intentaba.
Larry Magruder se escondió bajo el bucka diésel que Ayden Hestin había llenado de armas.
Youngblood trató de agrupar a los hombres que le quedaban. George era uno de ellos.
—No me preguntes por qué —dice—. Yo no me alisté aquí para prestar servicio de por vida; me secuestraron a punta de pistola, como a Mary y a Ry, pero me acostumbré a trabajar para Youngblood.
Jack se abstiene de hacer comentarios, pero ¿era su propio caso muy distinto, en especial tras el fallecimiento de Sophie? Por citar las inmortales palabras de Mark Twain, podría haberse largado a los Territorios. Pero no lo hizo. Se quedó.
—Además, estaba furioso —añade George—. Despaché a un par de esos hijos de mala madre, y adiós muy buenas.
A juicio de Jack, la forma de hablar de George nunca ha estado más alejada de la de un contable.
—Pero entonces uno de esos chavales, uno de fuera de la ciudad, giró un arma sobre su eje hacia nosotros.
No tendría más de dieciséis años. Puede que ni llegara.
Iba de pie sobre un trasto como este, un Bunny Dong o como sea que se llame.
Solo que no era un arma que disparase balas o misiles, sino un lanzallamas.
Abrasó al menos a una docena de los nuestros y a un par de los suyos que ni siquiera vio.
El gobernador Youngblood se prendió como una vela de cumpleaños, y a partir de ahí ya ni intentamos detenerlos.
Plaqué al Gobe para echarlo a la cuneta…
, era mi primer placaje desde que jugaba en la liga infantil de fútbol americano…
, y lo revolqué por la tierra. Apagué el fuego.
Para entonces ya se habían marchado casi todos los pelirrojos, y los que quedaban ni nos prestaban atención.
En cuanto dejamos de disparar, les daba igual si vivíamos o no.
Siguieron su camino hacia Dezi para arrasarlo todo.
Esperamos. Oímos las explosiones. Algunas estruendosas.
Tan estruendosas que nosotros las oímos y vimos el humo desde los páramos , piensa Jack…, pero no lo dice. Ya habrá tiempo más tarde para su relato, y el de Mary.
George mira a Jack con expresión de asombro y perplejidad.
—Todo había terminado. Nos habían vencido. ¿Para qué seguir con sus destrozos?
Jack podría explicar a George que siempre ha sido así, que la cuestión no consiste en que los vencedores se reparten el botín, sino más bien en que los vencedores hacen trizas todo lo que cae en sus manos.
Matan a los hombres, incluidos los que intentan rendirse, violan a las mujeres, beben alcohol, destruyen cualquier cosa que tenga un mínimo parecido con la belleza.
—Yo puse el camión en marcha —dice Larry—. Aquel que estaba cargado de armas.
—Así fue, Larry, sí —confirma George—. Eso estuvo bien. —Luego, volviéndose hacia Jack y Mary, añade—: Recorrimos casi todo el camino hasta la ciudad y de pronto ese ridículo montón de tornillos nos dejó tirados. Para entonces habíamos llegado a la tienda de Dezi Exterior… ¿Conoces ese sitio?
Jack asiente con la cabeza.
—Desde ahí teníamos una buena perspectiva de los destrozos. La situación era peor de lo que habríamos querido, para serte sincero. Dezi había quedado tan mal como las ciudades alemanas que bombardeamos durante la Segunda Guerra Mundial. Y esto era un lugar bonito, ¿sabes?
Desde el lomo de Golden Boy, Mary dice en un susurro casi inaudible:
—Era precioso.
—Vimos ese palanquín aparcado junto a la tienda —dice Larry—.
La muli estaba muerta, uno de esos hijos de puta le había pegado un tiro al pobre animal, así que la desenganché y subí al Gobe.
Volvimos por donde habíamos venido. No sabíamos adónde ir, pero sí que queríamos alejarnos.
—Observa a Jack y, a todas luces, está deseoso de realizar unos cuantos giros a modo de autoconsuelo.
Agarrarse los hombros es un mal sucedáneo—. ¿Qué vamos a hacer ahora, Jack?
¿Cómo reaccionaría el Peonza —cualquiera de ellos— si dijera: «Y yo qué coño sé»?
—¿No vería alguno de vosotros por casualidad a los dos que empezaron todo esto? ¿Un chico y una chica muy jóvenes? ¿Vestidos con ropa del lado de Estados Unidos?
—No. Alice Stines quizá sí. Era la dinh de las mujeres de Oriza.
—Conozco a Alice. ¿Era una de las Señoras del Plato?
—Sí —contesta George—. Estará más allá. Todavía viva, bien sé yo.
— ¿Dontan refos? —pregunta Youngblood. Se bambolea en el asiento del tete bucka . Saca la lengua y se lame los labios chamuscados.
—Ya vienen —dice Jack, que da unas palmadas al GJ en el brazo. Se le adhiere a la palma de la mano un trozo de piel chamuscada. Se lo desprende a la vez que piensa: No gritaré. Gritar no servirá de nada.
Aunque, según y como, quizá sí.
6
Jack se ha convertido de nuevo en el jefe de facto de su ka-tet procedente del lado de Estados Unidos.
No le gusta la idea, pero lo acepta. Propone ir a Villa Palisandro, si es que sigue en pie.
Al fin y al cabo, a algún sitio tienen que ir , aunque solo sea para descansar, garlar y decidir qué hacer en adelante.
Existe además otro motivo. Si Palisandro sigue en pie, Edward Youngblood, alias el Gobe, alias el Gran Jefe, podrá morir en su propia cama.