Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Dezi

Más allá de Jack y Mary, en la Gran Vía, ve moverse algo.

No es un vehículo de motor ni una carreta, sino la clase de palanquín conocido como tete bucka.

A veces estos los utilizan los ricos a modo de taxi.

Son en rigor vehículos urbanos, tirados por burros o mulis enanas y utilizados sobre todo para las salidas de compras por el Barrio de Abajo.

De ese tiran hombres en lugar de mulis, y bajo el toldo viaja otro hombre.

Uno muy corpulento que parece bambolearse a causa de los vaivenes y sacudidas.

Jack para el Binny y se apea. Mary y Richard se bajan por su lado y se reúnen con él delante del morro corto e inclinado de la señora T.

Mary se protege los ojos del sol con la mano.

Richard, imitándola, se los protege con una zarpa.

—Tiran de ese trasto George y el Peonza —dice Jack.

—No los distingo. ¿Estás seguro?

—Sí. Y el que va en el bucka es nuestro apreciado Gobernador. —Se interrumpe—. O lo que queda de él.

2

Antes de reunirse con el tete bucka , Jack y Mary llegan al escenario de una batalla.

Hay vehículos abandonados, unos sobre sus ruedas y otros volcados.

Algunos van equipados con armas. A lo largo de la carretera y en ambas cunetas, hay más de sesenta cadáveres dispersos.

Algunos son pelirrojos, otros son defensores: vecinos de la ciudad, peones de rancho y cavi-cavas todavía con su peto azul de minero.

La hierba está chamuscada. Jack se acuerda de Vietnam y el napalm.

—Conozco a algunos de estos —dice Mary—. Noggy Dunn, camarero de la taberna Estrella Brillante… Jemmy Skeggs, que nos daba a Pay y a mí algún que otro pescado si le sobraban… Aquel viejo que pregonaba las noticias…

—Hesh Marten —dice Jack. El vejete ha perdido un brazo. Murió enseñando al cielo los pocos dientes que le quedaban.

Reconoce también a Minny Washam, el mecánico jefe y manitas general de Youngblood, pero solo por la melena rubia, que siempre llevaba recogida en una coleta con una cinta rosa de dashii , en recuerdo de su madre.

Casi toda la mitad inferior de su rostro se ha desintegrado.

Jack no cree que fueran los pelirrojos quienes asesinaron a Minny.

Cerca de su mano extendida hay un hierro de repetición hecho pedazos.

Por lo visto, el arma estalló y Minny murió por el impacto de las esquirlas del cañón.

—Veo pescadores y hombres del pueblo —dice Mary—. Un carpintero que se llamaba Horgan… Ese es Raff Yorn, el fontanero… Y ahí hay un chico que conozco, pero no recuerdo su nombre. Hacía de repartidor en el Barrio de Arriba con su bicicleta de ruedas enormes…

—Jory Gilgal. Creo. —Una saeta de ba había traspasado el cuello a Jory.

—Parecía buen chico —comenta Mary. Habla casi con naturalidad. La conmoción se refleja solo en su rostro pálido—. Por Gan, ¿qué ha pasado aquí?

Lo que ha pasado es evidente, pero Jack señala el tete buc ka que se acerca.

—Les preguntaremos a ellos.

3

Cuando el Binny Ding se aproxima, Jack y Mary ven que el Peonza parece ileso, pero a todas luces agotado.

George Elgin, el hombre de los números y las cuentas de Edward Youngblood, lleva una venda manchada de sangre en torno a una pantorrilla.

Las gafas de montura de concha le caen torcidas sobre la nariz.

Se le ha agrietado una de las lentes. En circunstancias normales, la idea de que dos hombres tan flacos tirasen de la mole de Youngblood sería ridícula.

Pese a su corpulencia, rayana en la obesidad, es evidente que Youngblood no va a durar mucho en este mundo ni en ningún otro.

Se le ha quemado casi toda la ropa. Solo le queda un ojo, y una vez más asalta a Jack el recuerdo de Pay Orville después de su encuentro mortal en la estación de tren.

El GJ ha perdido el pelo. Ampollas sanguinolentas le cubren el cuero cabelludo.

La parte izquierda de la cara se le ha derretido como sebo.

La mejilla de ese lado, carbonizada y deforme, le cuelga ahora sobre la papada. Respira con un resuello ronco.

Aun así, conserva vida suficiente para levantar una pistola de rayos como la que lleva Mary bajo la cinturilla del pantalón.

—¡No! —grita Jack—. ¡Amigos! ¡Amigos! Jack Sawyer y Mary Kl…

Jack oye el chasquido eléctrico, y algo similar a una ráfaga de aire concentrado, invisible pero letal, pasa por encima del Binny Ding.

La señora Talbot habla por propia iniciativa: «Puede que este sea un enemigo. ¿Quiere que embista, comandante Iulia?».

Jack observa a George Elgin mientras retira con delicadeza el arma de ciencia ficción de lo que queda de la mano de Youngblood.

—Nada de embestidas, señora Talbot. No hay problema. — Al menos por ahora.

George habla a Youngblood como un padre a un niño asustado.

—Es Jack, Gobernador. Los envió usted a Pay y a él a investigar el Gran Desfiladero, ¿se acuerda?

El Gran Jefe, que ahora es el Gran Chicharrón, emite una áspera vocalización. Suena a Yack , pero Jack supone que es lo más parecido a su nombre que el GJ puede pronunciar con las cuerdas vocales destrozadas. A continuación, añade algo que no entiende. Parece refos.

—Puede que esté intentando decir «refuerzos» —interpreta George—. Hola, Jack, qué tal. Aquí, como ves, fatal.

Jack piensa en cómo respondería Pay a esa rima involuntaria: Eres poeta y ni te has enterado, aunque esa cara tuya es un poema. ¿Lo pillas? Pay, en vida, era un peñazo. Ahora, en parte por Mary, Jack lamenta su pérdida cada vez que se acuerda de él.

—No se parece apenas al sitio del que nos fuimos —contesta.

George se quita las gafas y se las limpia, poniendo especial cuidado en la lente agrietada.

—No, supongo que no. Iban a llegar refuerzos de Mejis…, o de Pernil…, o quizá de Lejano Gilead. —Su risa es la de un hombre totalmente hundido.

Larry Magruder suelta el varal del tete bucka e intenta realizar un giro. Da un traspié y cae sentado en medio de una nube de polvo. Se mira las manos llagadas.

—¿Por qué demonios lo…? —Jack no puede acabar de formular la pregunta, pero, cuando señala a Youngblood, George capta la idea.

—¿Lo traemos aquí? Bueno, hablaba una y otra vez de los refuerzos y tenía la pistola. La recogió en lo alto de la Gran Vía. La situación venía a ser, digamos, o tiráis de mí o ya veréis. Y algo había que hacer. Además, pensábamos que se moriría, ¿verdad, Larry?

El Peonza asiente.

—Por otra parte, supongo, estamos acostumbrados a bailar al son que él toca —añade George.

—Pues sea —dice Larry, y se echa a llorar.

4

— Refos —repite Youngblood—. ¿Dontan? —Desplaza el ojo ileso a uno y otro lado en la cuenca.

George traduce:

—Quiere saber dónde están los refuerzos.

—Somos nosotros —contesta Jack—. Y, en todo caso, ¿qué más da? Los pelirrojos se han ido, ¿no?

—Claro —dice Larry, pero echa una ojeada alrededor, como si no acabara de creérselo.

—Mary y yo los vimos camino de Pernil. ¿Qué ha pasado aquí? Por lo que se ve, les habéis plantado cara. ¿Cómo ha sido?

—Les tendimos una emboscada —contesta George—. Nos escondimos en las cunetas, a los dos lados de la carretera. Teníamos un camión, un bucka sin caballos, ¿te consta…?

—Me consta muy bien —responde Jack.

—Estaba lleno de armas, traídas de un fuerte que encontró Ayden Hestin. Tapamos el camión con arbustos y unos cuantos árboles pequeños para que pareciese un tete bosque. Eso se le ocurrió a Washam, el pobre. Los esperamos emboscados, igual que las Señoras del Plato en el Gran Camino.

—¿Las Señoras del Plato? —pregunta Mary, pero Jack le pide que calle.

George continúa:

—Vinieron esos chavales. Los pelirrojos.

Ese… —Señala al alcalde de Dezi, que, quemado, languidece en el tete buc ka —.

Ese dijo que no traerían más armas que bas y hondas y machetes.

Dijo que eso de que tenían hierros de repetición y explosionadores eran solo rumores, cuentos de hadas.

Dijo que era como creerse que el Gran Throcken trae regalos a los niños en la Siega.

El Peonza deja escapar una risa aguda.

—Desde luego, ahí se equivocaba. ¿Eh, George?

— Refos —gruñe el GJ—. ¿Dontan?

—Ya vienen —responde George para tranquilizarlo, y da unas palmadas a Youngblood en las manos fundidas y ennegrecidas—. No tardarán en llegar, sai. Muchos refuerzos.

— ¡Bie! ¡Mu bie!

—Dice…

—Ya lo he entendido —ataja Jack—. Sigue.

—Vinieron los chavales —continúa George—.

Esperábamos docenas y llegaron cientos. Y nada de bas y hondas; traían toda clase de armas.

Algunas eran del lado de Estados Unidos…

, fusiles, pistolas automáticas, hierros de repetición…

, pero también tenían otras cosas, como en una película de ciencia ficción.

Rayos térmicos. Misiles. Algunos de los misiles fallaron. Vimos el nombre en las carcasas. Decía…

—Dragonfire.

—Exacto. No sé de dónde sacaron todo eso, o los camiones, o los vehículos blindados con orugas, como tanques.

—De los fuertes —contesta Jack—. Lo que sea que encontró Hestin no se parecía en nada a las armas a las que echaron mano esos críos.

—El calvo alto nos contó que el fuerte se había inundado. ¿No, George?

—Sí. Casi todo estaba oxidado. Aun así, los sorprendimos. ¿No, Lar?

—¡Ea! Nos alzamos con la razón de nuestro lado, eso hicimos.

—Eso hicimos —repite George—. Empezamos a disparar con nuestras armas.

También con bas . Matamos a unos cuantos de esos hijos de puta.

Pero al final las bas fueron más fiables, porque muchas de las armas de fuego no disparaban.

Algunas dispararon una o dos veces y luego fallaron.

Por la humedad y el óxido, imagino. —Señala a Minny Washam—.

Él tenía un hierro de repetición…, una metralleta, ¿entiendes?

Liquidó a unos cuantos con eso, pero al final le estalló en las manos y cayó.

Le voló la cara. Pero los cogimos desprevenidos, y por un momento pensé que se darían media vuelta.

Se quita las gafas y se las limpia con sumo cuidado.