Capítulo 22 #3
Mary y él lían los bártulos, listos para marcharse si el refugio se inunda, pero, al atardecer, por fin la lluvia cesa.
Al oeste, las nubes se disipan y, a modo de regalo para la vista, surca el cielo un arcoíris, que está cerca y a la vez lejos, y la puesta de sol adquiere un color rojo tan intenso que, piensa Jack, es como contemplar el infierno. O Discordia.
—Mañana nos pondremos en marcha —anuncia.
Mary, con las mejillas encarnadas por el resplandor del sol poniente, esboza su tímida sonrisa de siempre y responde:
—Pues sea.
9
La tierra sedienta tarda dos días en empezar a absorber el exceso de agua y avanzan despacio.
Ahora el viaje a Pernil en tranvía se les antoja un sueño que compartieron; la realidad es esta lenta travesía en dirección este, con muchos pequeños rodeos, hacia Dezi.
No quieren forzar mucho a Golden Boy, pero ese no es el mayor problema.
Algunos tramos de la carretera de Gilead, ya muy dañados por el convoy mecanizado de los pelirrojos, han sido arrasados por el agua, y en más de un sitio los raíles del tranvía han desaparecido bajo charcos tan extensos que semejan lagos poco profundos.
En cambio, los montes de la Pendiente han florecido.
Jack no sabe bien cómo se llaman en la lengua esos amplios retazos de color, pero reconoce —o eso cree— las castillejas, los altramuces, la malva del desierto, los lirios, las margaritas y los alelíes.
También hay matas de bayas de ave, que surcan de rojo los montes bajos y los afloramientos rocosos, como si fueran arterias.
La señora Talbot avanza a poco más que paso de marcha, a veces sumergida hasta los tapacubos en agua estancada.
Golden Boy los sigue a un ritmo tranquilo que a veces llega a ser un trote lento.
En la segunda mañana, Jack interroga a la señora T sobre la profundidad de un socavón, pero no es capaz de calcularlo.
A Jack no le sorprende. Va provista de un radar que aún funciona mucho después de que sus fabricantes se fueran al claro del final del camino —un hecho extraordinario—, pero no de sonar.
En varias ocasiones, él precede al Binny y comprueba la profundidad con una vara mientras Mary conduce, doblando a izquierda o derecha en función de sus indicaciones.
A eso de las doce de la mañana del octavo día, Mary señala un rancho cuya casa flanquean dos de los establos circulares comunes en las Baronías del Oeste.
—Eso es una dependencia del rancho Cielo Grande. ¿Ves la marca, CG, en los tejados de los establos? Según Pay, CG quería decir «Cagada Gigante». Ya estamos cerca de casa. Me parece que mañana podremos dormir en nuestra cama.
—¿Tú crees?
Mary suspira.
—Si lo que hemos oído desde los páramos eran explosiones, dudo que quede gran cosa de las camas o de todo lo demás. Y, si hubiera gente en esa casa de Cielo Grande, habrían salido a ver quién pasa, ¿no?
—Dices verdad. Si estuvieran vivos.
—¿Deberíamos comprobarlo? —pregunta Mary a la vez que, con la mirada, le ruega que conteste que no.
—Diría que es mejor que sigamos adelante, ¿no te parece?
—Ea. Sí. Quizá sería lo mejor.
Pasan por delante de más dependencias de Cielo Grande, más casas, más establos.
Las vacas les mugen desde los corrales. Después, ya más cerca del pueblo, se suceden parcelas de menor tamaño, lo que se conoce como huertas en el lado de Estados Unidos.
Caminos de tierra se desvían a derecha e izquierda.
Pasan junto a un bucka en cuyo pescante ven la mitad inferior del cuerpo del conductor.
Sus manos muertas permanecen cerradas en torno a las riendas, pero la mitad superior de su cuerpo se halla detrás, esparcidas sus entrañas y su sangre por encima de los sacos de hortalizas.
Las dos mulis que arrastraban el bucka, muertas y enganchadas todavía a los tirantes, atraen las moscas.
Mary, con la mano en la boca, aparta la mirada. No hablan de ello.
Ha vuelto a salir el sol, pero no hace tanto calor como en las tierras de la Pendiente, y Jack huele (o imagina que huele) el primer aroma a salitre del Mar Limpio en la brisa.
No ven a nadie vivo, ni en los porches, ni asomado a las ventanas ni en los campos.
Algunas de las parcelas pequeñas han ardido, pero tres días de lluvias han impedido que el fuego se propague.
Aquí el asfalto se encuentra en mejor estado, y más adelante Jack ve un enorme kappa-kappa cuyas ramas cuelgan sobre una curva de la carretera.
Se dispone a proponer que se detengan ahí para comer protegidos del sol al mediodía cuando una descomunal sombra cruciforme pasa por encima de ellos.
Jack habría jurado que Richard dormía profundamente, pero se yergue y salta por la ventanilla de Mary en lo que parece un abrir y cerrar de ojos.
Normalmente, cuando desmonta del Binny, quiere caminar un rato al lado de Boy (y lanzar dentelladas a unos cuantos bichos, lo que Mary ha empezado a llamar «papar moscas»).
En esta ocasión, se adelanta a la señora T a una velocidad de la que Jack no lo habría creído capaz si no estuviera viéndolo con sus propios ojos.
—¿Qué era eso, Mary? ¿Qué era?
—¡Un pájaro! ¡Grande! ¡Enorme! ¡Ha ido más allá del kappa-kappa! ¡Deprisa! ¡No dejes que atrape a Richard!
Jack acelera y la señora T da tumbos y sacudidas sobre el asfalto roto.
La artilla, considerablemente mermada después de días y días en la carretera, bota y traquetea en la parte de atrás.
Atraviesan la sombra donde Jack esperaba parar a comer y doblan la curva.
Richard está sentado en la carretera, y Jack tiene que pisar el freno a fondo para no arrollarlo.
Sin duda, el brambo debe de haber oído el ruido de la carga causado por tanto vaivén, pero no vuelve la cabeza ni se mueve siquiera.
—Por Gan —musita Mary—. ¿Qué… qué demonios…?
Jack ha visto cosas asombrosas en los Territorios, pero esta está a la altura de los hombres voladores y los loros bicéfalos.
Unos veinte metros más adelante, de cara a Richard, hay un plunja.
Es aún más grande que el que Jack vio hace un tiempo: plumas de color verde esmeralda, un pico largo en forma de gancho similar a una espina gigantesca y unos ojos como tazas de té llenas de tinta negra.
Se ha posado sobre el cadáver de un hombre con el característico pantalón de cuero ancho de los jinetes de la Pendiente.
—¡Voy a por Richard! —exclama Mary, pero Jack la agarra del brazo antes de que pueda salir del Binny. Y no con delicadeza. Si intenta coger en brazos a Richard ahora, la morderá. Eso no es una intuición, sino una certeza.
—Espera, ¿quieres?
El plunja abre el pico y lanza un molesto graznido chirriante.
Ni se te ocurra , advierte ese graznido…
, pero Jack sospecha que es un farol. El ave agita las alas y camina sobre la espalda del cadáver sin moverse del sitio, haciendo jirones con las garras la camisa ensangrentada del hombre.
Richard se yergue sobre las patas traseras y empieza a recorrer lentamente la distancia que lo separa del ave.
Echa la cabeza al frente. Enseña los dientes.
—¡Déjame ir, Jack! ¡Lo matará!
—No lo matará —responde Jack. Espera por Dios y por Gan no equivocarse.
Otras sombras se deslizan por encima de ellos, más plunjas en dirección a Dezi. Aves carroñeras , piensa Jack.
Richard se acerca. El plunja aletea de nuevo y se aparta despacio del cuerpo, pero todavía no alza el vuelo. El brambo ha sometido al ave a una especie de trance hipnótico.
El plunja permanece sobre la carretera rota.
Dirige un ojo hacia arriba, quizá para observar a sus compañeros pasar por encima, deseando poder unirse a ellos en su suculento festín, o quizá sin mirar a nada en particular.
Richard agarra entre sus zarpas el cuello escamoso y estirado del ave.
El plunja no se resiste; no se defiende ni trata de escapar.
El brambo sacude la cabeza con un movimiento breve y enérgico.
Jack y Mary oyen el crujido, como el de una rama seca al partirla contra la rodilla, cuando se rompe el cuello del plunja.
Richard se coloca sobre lo que ahora no es más que un montón de plumas.
Ladea la pata y se mea sobre el enemigo caído.
Luego regresa a zancadas hasta la señora T, contrae los cuartos traseros y sube de un brinco a los brazos de Mary, que ya lo esperaba.
Tiene gotas de sangre en los bigotes. Una única pluma verde se le ha prendido del pelaje en el cuello.
Ella la retira con una mueca de asco y la tira.
Después acaricia la cabeza a Richard a la vez que le dice que es un buen chico.
Jack coincide sin reservas.
10
Mientras se acercan a Dezi, el olor del mar se impone al hedor de otros cadáveres y de los edificios reducidos a cenizas. Un silo arde como una desmesurada vela de cumpleaños.