Capítulo 22 #2
Al día siguiente, densos nubarrones empiezan a surcar el cielo desde el oeste.
Jack permanece atento en busca de un posible refugio, pero al mismo tiempo prefiere no parar.
Sabe que ya es tarde para cambiar lo que sea que ha ocurrido en Dezi, pero lo corroe la necesidad de volver allí.
Pay ha muerto. ¿Cuántos otros de su ka-tet de fracasados habrán muerto también?
No siente gran aprecio por ninguno de ellos (aunque, a su pesar, ha desarrollado cierto respeto por Mary), pero Sophie tenía razón al decirle en broma que se tomaba muy a pecho su lema de polizonte: Proteger y servir.
«Me declaro culpable», había dicho Jack. Estaban en la cama, y él, volviéndose, se colocó sobre ella. Sophie le preguntó qué pretendía, por Gan y Ganley. Jack contestó: «Proteger. Y ahora, si te place, voy a servir».
El recuerdo aún le duele, pero también destila ternura.
Mary se despereza.
—¡Fíjate lo agradable y fresco que está el día, Jack!
Coincide con ella, pero, si llueve, de agradable y fresco degenerará en húmedo y frío.
Entretanto, gracias al convoy de lescentes saqueadores, la carretera ha quedado casi intransitable, un campo de minas con el asfalto levantado por el paso de las orugas de los vehículos Husky blindados y los todoterrenos armados.
Viajan por una quebrada pedregosa y profunda que en otro tiempo fue un río y que podría volver a serlo si cae una lluvia torrencial persistente.
—¿Estamos ya más cerca de Dezi? —pregunta Mary cuando se detienen a comer un almuerzo frío—. Porque tengo la sensación de que pasamos por el mismo sitio una y otra vez. Como en un bucle de película. Cosa que en este mundo de mierda podría ocurrir, supongo.
—Avanzamos —afirma Jack. Señala las columnas formadas por capas de piedra de distintos colores—. Recuerdo que esas las vi desde el Winola y pensé que parecían porciones de una tarta de varias capas.
—¡Qué poético! —dice ella con un amago de su anterior aspereza.
—Alegra esa cara, Mary.
—No me apetece.
—Señora Talbot, usted sabe chistes, ¿no?
«Sí, comandante Iulia».
—Cuéntenos uno para animar a mi compañera de viaje.
«¿Dónde encuentras una vaca sin patas?».
—No lo sé. ¿Dónde?
«Donde la dejaste».
Mary se queda desconcertada, pero de pronto se echa a reír.
«¿Quiere oír otro, comandante Iulia?».
—Creo que ya nos ha entretenido bastante.
«No entiendo “entretenido bastante”».
—Calle, señora T.
«Sí, comandante Iulia».
—Eso me ha recordado a Pay —dice Mary al cabo de un rato.
—Ay, mierda. Lo siento.
—No te preocupes. Me duele, pero es un buen dolor. ¿Te has sentido alguna vez así?
—Sí.
Avanzan en silencio durante un rato. De vez en cuando, Richard se baja de un salto y camina; luego vuelve a subirse a la señora T de un salto. Muy ágil para su edad , piensa Jack.
Cada tanto, Mary masculla «donde la dejaste» y suelta una carcajada.
5
Poco antes de empezar a declinar la luz del día, llegan a un refugio de esos vaqueros seminómadas conocidos como jinetes de la Pendiente.
Tiene la madera astillada y presenta un estado ruinoso, que recuerda a Jack el establo con el anuncio de Mail Pouch, aunque el tejado se conserva intacto y hay un fogón oxidado.
El cobertizo de troncos adosado a la parte de atrás sería un excelente cobijo para Boy.
Jack preferiría seguir adelante, pero, ante la perspectiva de pasar la noche al raso, a oscuras y con amenaza de lluvia, decide que conviene dar el día por concluido.
Cubren el cielo nubes bajas de vientre caído. Se oye el rumor de los truenos.
—¿Cómo lo ves? —pregunta Jack a Mary.
Ella se encoge de hombros.
—Lo que tú digas.
—¿Y eso por qué?
—Porque eres especial.
—¿Porque puedo saltar?
—No solo por eso. Ni porque estuvieras casado con la Reina de las Sombras. Todos lo sabemos, Jack.
El Talismán , piensa. Lo toqué. Lo tuve en mis manos. Dejó su marca.
6
Mary encuentra tres latas pequeñas y polvorientas en un estante cerca del fogón. No tienen etiqueta. Jack, haciendo palanca, destapa una y percibe un ligero aroma a queroseno.
—Una rosa, se la llame como se la llame, tiene siempre el olor dulce a rosa —dice—, y el Sterno siempre será Sterno.
—¿Qué es eso?
—Una especie de gel. Arde.
—Pues sea —dice ella. A continuación se dirige a Richard—: Tú, gandul, ayúdame a recoger un poco de leña. —Y a Jack—: Dale de comer al caballo.
Jack lleva a Boy al cobertizo y esparce un poco de avena.
—Esto es lo más que puedo darte. Las provisiones escasean. —De regalo, ofrece a Boy unos cuantos trozos de manzana espolvoreados con canela. Cuando regresa al refugio, Mary ha metido ya la mayor parte de los víveres y ha encendido el fuego.
—Hay impermeables —informa ella—. Gan debe de apreciarnos.
—¿Eso lo has descubierto por una visión? —Señala los ojos tatuados en las palmas de las manos de Mary.
—Ca. En el rincón hay artilla en una caja. Todo tipo de ropa. También ratones, que ya han puesto tierra de por medio. ¿Preparas tú la cena o me ocupo yo? Una advertencia: no soy una gran cocinera. ¿Dónde está Ry Connors cuando se lo necesita? Ese sí sabe cocinar.
7
Un trueno despierta a Jack en plena noche.
No encuentra a Mary a su lado. Está de pie en el umbral de la puerta del refugio, envuelta en un poncho y cubierta con un sombrero de copa baja y el ala tan ancha que, debajo, su rostro no es más que un indistinto óvalo blanco.
Richard permanece agazapado entre sus pies descalzos.
—Dormirán —dice Mary.
El destello de un relámpago le ilumina la cara. Lo que Jack ve le infunde un horror casi infantil de tan profundo y elemental. Mary tiene los ojos vueltos hacia arriba en las cuencas, con lo que parecen los globos oculares blancos e inexpresivos de una estatua.
—Mary.
Otro relámpago. Retumba un trueno. Se levanta el viento y Jack se alegra de haber encontrado este lugar. Necesita regresar a Dezi, necesita ver si ha quedado en ruinas y, en tal caso, hasta qué punto. Pero ahora Mary le pone la carne de gallina con sus ojos en blanco y sus vaticinios délficos.
—Vuelve, Mary. ¿Quieres, por favor?
—Dormirán.
Estalla un trueno casi encima mismo de ellos.
Richard se encoge, pero continúa en su sitio.
Cuida de ella , piensa Jack. Un destello ilumina por un instante el páramo rocoso y la cicatriz en zigzag de una quebrada situada más al norte.
¿Acaso se recortan unas siluetas en el borde?
Jack no las distingue con certeza; el destello es demasiado breve.
Intenta convencerse de que eran solo sombras, no mutis lentos.
Richard gimotea y alza la vista hacia Mary, pero aquí solo está el cuerpo de Mary.
El resto de ella se ha ido. Jack coge a Richard en brazos.
—Mary, Richard quiere que ent…
— ¡Cabezas cortadas! — grita—. ¡Cabezas cortadas! ¡Muchísimas!
Richard esconde la cabeza bajo el brazo de Jack. En el cobertizo, Golden Boy relincha. Más relámpagos. Mary tiene el rostro contraído en un rictus. Parece una mujer de mil años. Profiere un chillido agudo y lastimero. Acto seguido se desploma en el umbral de la puerta con la cabeza en las rodillas.
—Dormirán. Y esperarán. Pero no por mucho tiempo. Vendrán más, vendrán en número suficiente, ¡y después reinará Discordia !
Richard ahoga un ladrido. Mary se sacude y mira al brambo.
—¿Qué ha pasado?
—Estabas en trance. Entra.
La coge por el brazo y la guía al interior. Luego va a por Golden Boy, que lo sigue de buena gana. No quiere que el enorme palomino contraiga gurma. O le caiga un rayo.
—Más vale que no se cague aquí dentro —dice Mary.
—No se cagará —asegura Jack, sin saber si lo hará o no.
Jack corre la cortina que hace las veces de puerta. No los protegerá de un rayo, pero, hasta cierto punto, sí los mantendrá a salvo del viento. Y también un poco de la lluvia cuando empiece a caer. Porque sin duda caerá.
Mary se deja guiar por Jack hasta su manta. Él le quita el poncho y el sombrero, y los devuelve a la caja de la artilla, donde los deja sobre un zarape multicolor mordisqueado por los ratones. Richard se revuelve para que lo baje al suelo y de inmediato se acurruca junto a Mary.
—Has dicho que dormirán y esperarán, Mary. ¿A qué te referías?
—No lo sé.
—Y algo sobre cabezas cortadas.
—No me acuerdo.
—¡Haz un esfuerzo, Mary!
—Lo siento, no puedo. Casi nunca me acuerdo cuando me pasa… eso. Quiero dormirme otra vez.
Se la ve cansada y aterrorizada. Jack asiente.
—Duerme conmigo, Jack. No me refiero a eso , solo por el calor. Ahora hace mucho frío.
—Es verdad. —Echa las mantas por encima de ambos. Richard se hace un ovillo entre ellos. Golden Boy piafa un poco; luego se calma.
—Supongo que si quisieras… —Mary no termina la frase. Habla con timidez.
—Chist —dice él, y le besa la frente.
Mary cierra los ojos y Richard cierra los suyos.
Ella duerme , piensa Jack. Y ellos también. Quienesquiera que sean y lo que quiera que eso signifique.
Él mismo se duerme y sueña con la cabeza cortada de Dale, que rueda por la polvorienta calle principal de Pernil. Sueña con la mirada fija del único ojo de Pay. En algún momento de la noche, empieza a llover.
8
Pasan tres días en el refugio de los jinetes de la Pendiente mientras cae una lluvia torrencial y la quebrada se convierte en un impetuoso río.
Cubriéndose con los ponchos y los sombreros de la artilla, se turnan para ejercitar a Golden Boy y después lo secan para evitar que desarrolle una cojera o enferme.
Si eso ocurre, no podrán hacer nada al respecto, pero, después de cavar la tumba de Destry, Jack no quiere ni concebir la idea de enterrar un caballo.
En la tarde del tercer día, Jack pasea a Boy hasta la quebrada y ve que el río recién nacido está a punto de desbordarse.